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El problema de la información

Prensa cubana

El problema de la información
Tras el asunto de la prensa se esconde otro problema más acuciante: la
circulación de información en un sistema que tendrá que ser
inevitablemente más abierto
Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo | 29/07/2013 8:51 am

En un artículo anterior me he referido a los problemas insolubles que
enfrentan los dirigentes cubanos cuando tratan de “actualizar” el
sistema totalitario e ineficiente y que ahora debe dar paso a un
capitalismo tercermundista en beneficio de unos pocos ganadores, entre
ellos, ellos mismos y sus descendencias.
Para hacerlo, es lo que argumentaba antes, deben mover una serie de
piezas que han sido pivotes claves de la gobernabilidad de la Isla, o al
menos resultados inevitables de ellas: la corrupción generalizada en un
mundo donde los salarios no alcanzan para sobrevivir, el cinismo
político para afrontar el encuadramiento forzoso y la doble moral y los
juramentos de lealtad (desfiles multitudinarios incluidos) mientras se
espera por la visa que permite ensayar una nueva vida —o al menos
disfrutar un pedazo de ella— en los predios del “enemigo histórico”. Una
serie de prácticas técnicamente anómicas que delatan la extensión de una
resistencia popular fragmentada, de corto plazo pero tenaz.
El recientemente concluido congreso de la Unión de Periodistas de Cuba
es un ejemplo de ello. Todos los analistas coinciden —incluso los
adictos al ditirambo— en que se trata en lo fundamental de lo mismo,
parafraseando al borracho del cuento, lo mismitico del congreso pasado:
arengas por una prensa más combativa y critica, pero que al mismo tiempo
debe seguir siendo un baluarte leal de una revolución que hace medio
siglo expiró y de un socialismo que nunca existió. La exaltación de la
prensa como un fiel instrumento del Partido Comunista —un organismo
auxiliar de la élite postrevolucionaria para perpetuar su poder
inapelable— y al servicio del pueblo, un significante flotante que se
rellena periódicamente según los intereses en juego.

Y como ha sido habitual por cinco decenios, la exposición a la crítica
periodística de una serie de temas que han incluido los autobuses que no
se detienen en las paradas, los cronogramas incumplidos de los
ferrocarriles, las croquetas a medio freir, el robo de harina en las
panaderías, los borrachos que orinan en las calles y las rupturas de ese
gran sofisma que se llama la cadena puerto-transporte-economía interna.

Creo, sin embargo, que hay algo que varía y que vale la pena tomar en
cuenta. Tras el asunto de la prensa se esconde otro problema más
acuciante: la circulación de información en un sistema que tendrá que
ser inevitablemente más abierto. Pues, aun cuando los dirigentes cubanos
—ancianos y menos ancianos, militares y civiles— no han contemplado la
democracia como opción, sí pueden entender (al menos los que aún poseen
alguna capacidad para entender la vida) que un sistema de economía más
abierto y de inevitable mayor permisividad, implica otros actores
autónomos, y estos actores necesitan información. Y la información en un
sistema autoritario con dosis crecientes de mercado, y que al mismo
tiempo va renunciando a sus compromisos con el acceso universal al
bienestar, no puede ser administrada como lo fue en el sistema de
planificación centralizada precedente. Si los nuevos actores necesitan
información para tomar decisiones, hay que brindarles de alguna manera
esa información.
Y en tal contexto, como anotó un conferencista al congreso al referirse
a lo que eufemísticamente llamaba “las regulaciones externas a la
prensa”, el mensaje periodístico deviene más formal y menos creíble “…lo
que complica el accionar de la prensa, pero también la credibilidad del
Estado, del Gobierno, de las autoridades, y de la propia Revolución”.
Es a esto a lo que se refería el vicepresidente Díaz-Canel cuando en un
par de ocasiones se refirió al tema, a lo que agregaba otro factor de
primera importancia: el arribo inevitable de Internet, a partir de lo
cual los blogs independientes dejarán de ser simples temas de analistas
foráneos. Y el hecho de que nuestra sociedad transnacional tiene otras
fuentes de información allende los mares. Y sea porque es más joven, o
más instruido, o ambas cosas, el segundo-al-mando logra entender que el
mundo al que aspira a gobernar no está incluido en el corto plazo
atiborrado que vislumbran —desde sus infecundas ancianidades— los
contertulios de José Ramón Machado Ventura.
Pero de cualquier manera, nada induce a creer que en sus conclusiones
del Congreso el vicepresidente Díaz-Canel llegara a plantear algo
diferente, si exceptuamos el anuncio de una oscura comisión que trabaja
para reformular políticas al respecto. No hay en su discurso el menor
asomo —como tampoco en los alegatos más críticos en el Congreso— al
delicado y controvertido tema de la libertad de prensa.

Y ha sido así porque el delfín de la gerontocracia sabe que cualquier
manejo independiente de información es subversivo para un sistema que
sigue pretendiendo —de manera cada vez más irreal e ineficiente— un
manejo totalitario de la sociedad. El sistema y sus administradores se
debaten entre la necesidad de agilizar lo suficiente la información para
que la economía de mercado funcione, y nunca hacerlo más allá de ciertos
límites funcionales al sistema de dominación sociopolítica. Y entre uno
y otro imperativo hay un umbral que reclama un mínimo de credibilidad,
que es justamente lo que reclaman los maltrechos intelectuales orgánicos
del sistema.
Obviamente, algún lector podrá advertirme que los chinos y los
vietnamitas han logrado resolver este problema sin afectar los pilares
del control político autoritario. Y es cierto, al menos por el momento.
Pero chinos y vietnamitas han tenido a su favor dos variables que no
existen en Cuba. La primera es una dinámica económica que facilita la
inclusión al mercado —aun de manera subordinada— a un ritmo superior al
crecimiento del descontento, lo que genera expectativas superiores a las
frustraciones. La segunda que unos y otros son animados por una cultura
de largo plazo donde la obediencia a la autoridad es un principio
irrenunciable.
Y en Cuba no contamos ni con una, ni con otra condición. Y con lo que sí
contamos es con plazos muy cortos para poder recomponer todo lo que se
ha descompuesto en los últimos cincuenta años. Y entre ese todo, el
asunto de la información restringida que hace al mundo que describe,
decía un conferencista, menos y menos y creíble.

Source: “El problema de la información – Artículos – Cuba – Cuba
Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/el-problema-de-la-informacion-289965

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