Corrupción – Cuba – Corruption
We run various sites in defense of human rights and need support in paying for servers. Thank you.
Calendar
Archives

Un puente demasiado distante

Exilio, EEUU

Un puente demasiado distante
Las dificultades para la reconciliación en el caso de Cuba
Domingo Amuchástegui Álvarez, Miami | 23/07/2013 3:40 pm

Antecedentes

Reconciliación —entendida en términos convencionales— supone,
básicamente, que dos partes antagónicas, luego de un prolongado
conflicto han llegado a razonar la conveniencia de comprometerse en un
proceso de negociaciones conducente a un acuerdo o arreglo mutuamente
aceptable.
Pero en el caso de la experiencia cubana encontramos un conjunto de
características específicas, muchas de ellas muy excepcionales y únicas,
que comparadas con otras experiencias ha conducido siempre a períodos
cíclicos de negociaciones, acuerdos, colapsos o estancamientos, como es
el caso justo ahora.
Entre esas características específicas que debemos tener en mente se
destacan las siguientes:
Primero, las elites cubanas dominantes derrotadas en 1958 marcharon al
exilio en los EEUU absolutamente convencidas que esta superpotencia no
toleraría la existencia de un “régimen comunista” en Cuba y que,
consecuentemente, los EEUU procurarían su derrocamiento violento por
cualesquiera medios. Como comunidad exiliada en los EEUU y con el activo
apoyo y manipulación estricta por las diferentes administraciones en
Washington, estas elites cubanas fueron derrotadas una y otra vez, cada
vez que trataron de desafiar —mediante el recurso de la violencia— el
“régimen comunista” en Cuba. Insurgencias armadas (abastecidas y
teleguiadas desde EEUU), invasión (Bahía de Cochinos o Girón, a gusto
del lector), infiltraciones sucesivas, Operación Mangosta, Plan
Torriente y otras acciones se contaron en el arsenal de opciones puestas
en juego. Todo fracasó, dando origen a un fuerte “síndrome de derrota.”
Una y otra vez, esas elites cubanas dominantes establecidas en los EEUU
vieron sus proyectos minados por reiteradas luchas de facciones, peleas
internas, que buscaban monopolizar las conexiones, recursos y
“bendiciones” políticas y monetarias de Washington. En un final, estas
elites cubanas se reciclaron, transformándose en lobbies (grupos de
intereses) políticos del sistema político bipartidista norteamericano,
mayormente del lado del Partido Republicano, y con esta inserción lograr
transformar el problema cubano en un “tópico rehén” (hostage topic) de
la política doméstica en el Estado de la Florida así como en el Congreso
de los EEUU.
Semejantes desarrollos, dieron origen a tres características
excepcionales. En primer lugar, que las fuerzas de oposición en el
exilio que proclamaban buscar el derrocamiento de la Revolución Cubana o
del “régimen comunista de la Isla” no estaban física y socialmente
operando dentro de las fronteras de la nación cubana pero dentro de un
espacio geográfico, social y político por completo separado, los EEUU,
el que no sólo ha sido una fuente permanente de intervención en la
historia de Cuba, sino el antagonista principal de la Revolución Cubana
desde 1958. La segunda excepcionalidad, consiste en que la comunidad
exiliada deviene esencialmente en un agente o apéndice político en las
manos de las políticas tanto doméstica como exterior de los EEUU,
habiendo renunciado así desde el primer día a cualquier posibilidad de
independencia o alternativas genuinas. La tercera y última, es que la
comunidad exiliada continúa estando seriamente fragmentada, dividida, y
que muchas —si no todas— de sus más influyentes figuras entre los
cubano-americanos lo son, no por su dedicación a la lucha contra el
“régimen comunista,” sino por su involucramiento y compromisos con las
políticas domésticas de EEUU y sus maquinarias políticas.

A todo lo anterior, hay que sumarle que los cubanos desde el Mariel
(1980) y la crisis de los balseros (1994), y aquellos favorecidos por el
acuerdo para un sistema de cuotas, no incorporan una población que se
incorporen como factor beligerante, de pelea frontal, contra “el régimen
comunista,” sino una población frustrada en sus aspiraciones previas en
su país y consistente de inmigrantes económicos que en su mayor parte se
desentienden de cualquier activismo político y se manifiestan
fuertemente en favor de relaciones e intercambios normales entre la
población cubana en la Isla y sus familiares y amigos en el exterior,
con independencia de su frustración, descontento o críticas de la
experiencia cubana. Es un hecho comprobado, y otro fracaso para el
llamado exilio histórico, que el mismo no ha sido capaz de sumar a sus
posiciones y acciones a ninguna cantidad importante ni contingentes de
activistas de entre estas nuevas olas de inmigrantes.
Desde la oleada migratoria Camarioca-Varadero (vía de salida promovida
por Cuba tras el cierre de los vuelos regulares de EEUU a la altura de
Crisis de Octubre), algunos dirigentes en la Isla comenzaron a
percatarse de que entre esos que abandonaban el país había muchos que ya
no eran representativos de las viejas elites dominantes, sino que
socialmente hablando, eran gentes trabajadoras, segmentos populares de
la sociedad. Obviamente, algo andaba muy mal y se necesitaban soluciones
que rectificaran esta tendencia. Pero, los esfuerzos para discutir este
controvertido tema fue marginado e ignorado finalmente. Años más tarde
con los sucesos de El Mariel, Cojímar, Regla y los balseros, se hizo
evidente que la Revolución Cubana enfrentaba su más seria crisis y donde
la suma de problemas confrontados (escaseces extremas, intolerancias,
errores mayúsculos, corrupción, estancamiento económico y caos) se
relacionaban no sólo con el colapso de las relaciones con la antigua
Unión Soviética y sus satélites europeos, sino debido en igual o mayor
medida a sus propios errores y debilidades. Después de los bloqueos de
EEUU y la URSS, esto último —sus propios errores— representaban un
tercer bloqueo no menos dañino y corrosivo.

Esto desembocaba en crecientes niveles de apatía, descontento y una
relativa pérdida de apoyo popular y autoridad política entre sectores de
la población cubana que condujo a una crisis extremadamente compleja que
continuó arrastrándose hasta la primera década de este siglo XXI. En
este contexto, como nunca antes, la comunidad de cubanos exiliados o
emigrados, y Miami su mejor ejemplo, pasaban a desempeñarse como una
suerte de faro o imán, donde alcanzar niveles de realización individual,
de éxito fácil, progreso y beneficios eran algo posible y cercano. Estas
tendencias eran ahora de crucial importancia para la dirigencia cubana
de la Isla, tendencias que no podían dejar de ser advertidas ni
subestimadas, como había ocurrido en el pasado.
Es en semejante contexto que la dirigencia cubana decide (1977-1980)
iniciar con ciertos sectores cubano-americanos del exilio(encabezados
por Eduardo Benes, María Cristina Herrera, Carlos Dascal, Max Lesnick y
otros, no sin el beneplácito previo de la administración Carter y del
propio representante por la Florida, Claude Pepper), factor que abrió
las puertas a los viajes “comunitarios” y transformó tales contactos e
interacción, con su símbolo representado por Miami, en una poderosa y
atractiva alternativa. Esta vez la dirigencia cubana de la Isla arriesgó
los costos políticos y sociales; era inevitable, pese a sus muchas
implicaciones.

Construyendo el puente

Todo comenzó hace 51 años atrás, en Montevideo, y fue una iniciativa
cubana, en ocasión de una cita interamericana. El Ché Guevara se acercó
al enviado de EEUU, Richard Goodwin, con planteamientos orientados a una
negociación y normalización, pero Goodwin desestimó la oferta para una
normalización entre ambos países, y su valoración influyó en el rechazo
de la administración Kennedy a entablar negociaciones. Un año más tarde
—luego de las lecciones de la Crisis de Octubre—, Kennedy rectificaba
esto y aprovechaba una posible mediación mediante el periodista Jean
Daniel, lo que Fidel Castro aceptaría con entusiasmo. Luego del
asesinato de Kennedy, Fidel Castro trató de darle continuidad a un
posible diálogo con el Presidente Johnson (1964), el que decidiría su
cancelación mediante instrucciones terminantes a George Ball.
Otros esfuerzos se hicieron en el decursar de los años para establecer
algunas bases mediante gestos, iniciativas y acuerdos orientados a
construir un puente de comprensión, cooperación y normalización: a.
Devolución de los mercenarios de Bahía de Cochinos; b. Acuerdo sobre
piratería aérea y naval; c. Primer acuerdo migratorio vigente entre 1965
y 1973 (los llamados “vuelos de la libertad” desde Varadero); d. Acuerdo
sobre pesca y zonas económicas en el Golfo de México; e. Sondeos
exploratorios con la administración Nixon-Kissinger; f. Exitoso despegue
con Carter; g. Sondeos de alto nivel con representantes de la
administración Reagan en sus comienzos; h. Negociación exitosa del
conflicto en Angola y Africa Meridional, luego de las derrotas de los
aliados de EEUU (UNITA y Suráfrica).
En el curso de esos largos años, el Congreso de los EEUU se ha mantenido
por lo general permanentemente hostil contra cualquier acercamiento
efectivo y exitoso con Cuba, bloqueando e ignorando los numerosos
proyectos legislativos que aislados grupos de legisladores de ambos
partidos han tratado de someter para ser considerados en plenario, lo
que nunca se ha logrado por los últimos 35 años. Junto a esta tendencia,
el grueso de las elites del exilio cubano-americano se han mantenido en
un estado de permanente hostilidad y rechazando éste cualquier noción de
compromiso constructivo.
Los pocos fundamentos positivos que trataron de impulsarse por sectores
minoritarios del exilio en algún momento fueron con demasiada frecuencia
neutralizados o desarticulados por dichas elites una y otra vez, ya
fuera mediante los asesinatos, los atentados con bombas y campañas de
intimidación, descrédito y aislamiento político de aquellos que
propugnaban tales acercamientos. El listado haría este análisis
demasiado largo. Lo que quedó probado fue que construir un puente de
relaciones normales era una posibilidad bien distante. El libro con las
memorias de Bernardo Benes aporta evidencias documentales y
testimoniales de sobra en este sentido (Secret Missions to Cuba, by
Robert Levine, Palgrave, 2001) y, en particular, sobre la iniciativa
cubana para iniciar un diálogo con la comunidad cubana en Miami desde 1977.
Cualquier revisión o resumen, mostrará cuántas veces las autoridades
cubanas y algunas administraciones de EEUU fueron capaces de explorar,
negociar y alcanzar acuerdos específicos o parciales en determinados
asuntos, en tanto que no es menos cierto mientras que la mayor parte de
las administraciones no hicieron cosa alguna — a excepción los pasos
iniciales del binomio Kissinger-Nixon y de manera más concreta y
constructiva de parte de la administración Carter— para remontar los
conflictos existentes y, contrariamente, actuaron para empeorar los
contactos bilaterales cuando estos se producían.

El único patrón sostenido claramente perfilado en el pasado, desde
1977-78, en cuanto a fomentar un sentido de apertura hacia algunos
niveles de reconciliación, y continúa operando aún hoy, ha sido la
ininterrumpida relación —aunque llena de altas y bajas— entre los
cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida. Su influencia política
implícita e interacciones han sido destacadas repetidamente. Pero
todavía persisten muy fuertes limitaciones tales como:
a. La ausencia de un cuerpo político unificado e institucional de la
representación de los cubanos en el exterior ni las relaciones
comerciales, financieras y consulares normales que faciliten el flujo
normal de dichas relaciones;
b. Las muchas restricciones que se encuentran en la legislación de EEUU,
en sus políticas y acciones;
c. La renuencia oficial cubana hasta ahora de reconocer política e
institucionalmente cualquier cuerpo unificado de la “comunidad cubana en
el exterior”;
d. El inciso anterior es seguido por severas y sectarias restricciones
cuando se organizan los diálogos conocidos en el pasado como “La Nación
y la Emigración” u otras reuniones o encuentros —no menos restringidos—
como la celebrada en la Sección de Intereses de Cuba en Washington, DC,
en el 2012.
Tendencias presentes y futuras: el puente se mantiene muy distante

En cualquier proceso de reconciliación, encontrar lo medular del
conflicto, su comprensión más clara, contribuirá de manera significativa
al éxito de semejante proceso. En la experiencia del caso cubano,
aparecen dos componentes esenciales:
1. Primero, y más importante, es la premisa, y convicción profundamente
enraizada entre los hacedores de política de EEUU, de que en cualquier
tratativa con Cuba no puede haber nada que no sea “la rendición
incondicional.” La iniciativa Carter se apartó de semejante patrón,
siendo la excepción de la regla. El hecho de que el Gobierno cubano, “el
régimen comunista” —asumiendo en éste la naturaleza de un “Estado
satélite— no colapsara en los 90 no condujo a los EEUU a ninguna seria
reconsideración, nuevas ideas y políticas en cuanto a cómo tratar con
Cuba. Por el contrario, llevó a reforzar la estrategia de “rendición
incondicional” bajo una nueva etiqueta, la de forzar una “transición
democrática.” Cualquier cosa que sugiera negociaciones y alcanzar
cualquier fórmula de arreglo bajo la actual dirigencia cubana está —en
su cultura política y mentalidad— absolutamente descartado; es algo
inadmisible.
2. Este primer componente descrito más arriba lleva directamente a los
incondicionales en Miami y en el Congreso de los EEUU a tornarse más
vociferantes y beligerantes frente a cualquier opción seria de arreglo o
compromisos constructivos de parte del Gobierno y/o del Congreso de los
EEUU con las autoridades cubanas con independencia de cuantas reformas
se hayan hecho o se hagan en Cuba y que no comporten el desplome o
derrota total de dichas autoridades. No importa que más de 400 mil
cubanos estén viajando normalmente a la Isla o que los cubanos puedan
viajar libremente ni que esas autoridades cubanas gocen hoy de una
legitimidad internacional incomparablemente mayor que en ningún otro
momento anterior. Frente a esto, los vociferantes y beligerantes de
Miami y en el Congreso no brindan una muestra de consistencia política o
firmeza; se trata, simplemente, de un patrón o cultura de
incondicionalidad hacia Washington desde mucho antes del presente conflicto.
3. Más aún, las crecientes reformas económicas, sociales y políticas que
en la actualidad son, y continuarán siendo, adoptadas en Cuba, deberían
aconsejar la articulación de nuevas políticas hacia Cuba de parte del
Ejecutivo y el Congreso. Pero, no es esto lo que ocurre. ¿Por qué? De
nuevo, porque tales cambios y cualquier grado de normalización entre
ambos países, permitirá a las autoridades cubanas articular con mejores
posibilidades un desenlace de continuidad y clamar victoria en su
diferendo con EEUU. Un desenlace tal es incompatible con las estrategias
políticas vinculadas al caso cubano. La sobrevivencia de Cuba bajo la
actual dirigencia y/o modalidades de continuidad se correlaciona
axiomáticamente —de una manera u otra— con la irrefutable noción de un
histórico fracaso de las políticas de EEUU así como de sus
incondicionales de Miami.
4. En el contexto de semejantes circunstancias, el concepto de
reconciliación en la experiencia no contemplará, en modo alguna, algún
tipo de negociación o arreglos entre ambas partes. Como siempre los
herederos de los incondicionales de Miami permanecerán como lo que han
sido hasta hoy, con su importancia relativa mediante sus maquinarias
políticas y lobbies, y un incómodo socio menor para la política exterior
de EEUU.
5. Consiguientemente, el proceso de reconciliación en la experiencia
cubana continuará estando sujeto a los siguientes factores: a. La
permanente hostilidad y obstáculos de EEUU; b. La postura maximalista
entre “los históricos” de Miami y sus herederos; c. La pesada carga de
prejuicios, reservas y restricciones que todavía persiste entre las
autoridades cubanas hacia no sólo el denominado “exilio histórico” y sus
herederos, sino también hacia los cubanos que, en general, han emigrado
(aunque ya con visibles atenuaciones como lo reflejan la nueva Ley
Migratoria y lo que hasta ahora se conoce de la próxima Ley de Inversiones).
6. Los factores (a) y (b) no han cambiado ni cambiarán en lo esencial.
¿Qué puede cambiar entonces que nos encamine a la reconciliación? Una
transformación total del factor (c), como se viene advirtiendo. Desde
fines de los 70 comenzó a cambiar y ha continuad haciéndolo.
Interacciones sociales sistemáticas entre las dos orillas a niveles
personal y familiar, sientan las bases para su expansión y mejoramiento.
Se hace visible también, en un plano oficial, en las nuevas acciones
legislativas antes mencionadas. Repito: los 400 mil que viajan y más,
son evidencia irrefutable; los cientos y cientos que ya regresan
definitivamente lo son también; la circularidad se completa y
estabiliza, como es normal que ocurra. Su contribución en muy diversos
planos es advertida y compartida por todos. Desarrollos graduales
apuntando a estos niveles de reconciliación son previsibles y posibles,
y éste será el curso de acción principal para construir el puente entre
ambas orillas, incluyendo las actuales y futuras autoridades cubanas.
Los otros dos factores, (a) y (b) de la ecuación planteada en el punto
(5), permanecerán estancados; no tienen soluciones a corto ni mediano
plazo; quedan a la espera de que ocurra un milagro… y tal vez, al
final del camino, se produzca el tardío milagro, pero “sin rendiciones
incondicionales” ni vendettas soñadas. Entonces se habrá completado el
puente.

Source: “Un puente demasiado distante – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/un-puente-demasiado-distante-288387

Tags: , , , , ,

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *