Corrupción – Cuba – Corruption
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El castrismo ‘se baña, pero salpica’

CORRUPCIÓN

El castrismo ‘se baña, pero salpica’
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 8 Nov 2013 – 11:17 am.

La corrupción es estructural y forma parte ya de la cultura nacional.
Fidel y Raúl Castro disponen del patrimonio del país para beneficio de
sus familias y de su claque política.

“Tiburón se baña, pero salpica”. Así dijo de sí mismo el segundo
presidente de la naciente República de Cuba, José Miguel Gómez, un muy
destacado general de la Guerra de Independencia que, al llegar a Jefe de
Estado, robó tanto que el gracejo popular criollo lo bautizó como “Tiburón”.

Con su insólita frase Gómez admitió que era corrupto, pero aclaró que no
era únicamente él quien se bañaba en dinero, pues “salpicaba” a sus
subordinados, algunos de los cuales robaban igualmente al Tesoro de la
joven nación. Durante su gobierno (1909-1913) hubo varios escándalos de
corrupción y repartición de cargos públicos entre los amigos del Presidente.

Un siglo después, en la Cuba de la “moral socialista” la corruptela no
solo sigue vivita y coleando, sino que ha escalado a niveles nunca antes
conocidos. Tiene carácter estructural y forma parte ya de la cultura
nacional.

Los hermanos Castro y los jerarcas de su dinastía se rasgan las
vestiduras cada cierto tiempo y lanzan ofensivas policiales y campañas
contra la corrupción. Hay hasta una zarina anticorrupción, Gladys
Bejarano, con rango de vicepresidenta del Consejo de Estado. Lo que pasa
es que cuando Raúl Castro y ella hablan no especifican que se están
refiriendo solo a la malversación “por la libre”, no a la autorizada o
controlada por ellos.

En la llamada batalla anticorrupción no se toca nunca a los “pejes
gordos”. Se juega con la cadena, no con el mono. Este último es la élite
dirigente, incluyendo la Junta Militar, los “históricos”, todo el
generalato, el Buró Político y las principales figuras civiles del
Partido Comunista. La cadena, en tanto, tiene dos niveles: 1) el resto
de la burocracia estatal (ministros, directores de empresas y hoteles,
funcionarios de turismo, jefes de grandes almacenes, administradores de
las “shopping”, etc); y 2) los administradores de bodegas y tiendas,
los empleados estatales sin cargo alguno, los agentes policiales y
aduaneros y sus jefes, etc.

Si las estridentes campañas contra la malversación fuesen de veras al
fondo del problema los Castro y la nomenklatura irían a la cárcel, o
tendrían que presentar su renuncia. Habría que desmontar el socialismo,
régimen al que le es inherente la corrupción, cual patología incurable,
porque la “propiedad social” no es de nadie y a nadie le duele. Y se
puede meter la mano sin problemas, pues los medios de comunicación son
igualmente estatales y hay un blindaje total contra el escrutinio público.

En las naciones con sólidas instituciones democráticas, independencia
del poder judicial y transparencia mediática, los políticos corruptos
van a prisión, al menos los más connotados. En Cuba es al revés,
quienes más malversan son los que no van a la cárcel.

En los tiempos de José Miguel Gómez, y en los gobiernos republicanos
posteriores, la expresión de corrupción más común era la de sustraer
dinero del presupuesto público mediante partidas infladas de gastos
para obras, o proyectos que se ejecutaban a un costo más bajo, o no
existían; o con la creación de cargos en ministerios y otras entidades
en los que eran nombrados parientes y amigos que ni siquiera iban a sus
oficinas. Era lo que el pueblo llamaba una “botella”.

Hoy no hay “botellas”, ni los funcionarios gubernamentales roban dinero
de obras no construidas, pero la malversación es muy superior. Al llegar
al poder, Fidel y Raúl Castro, como “tiburones” de nuevo tipo, se
apropiaron de todo el patrimonio nacional, del cual disponen a capricho
para beneficio propio, de sus familias y de la claque política que los
sustenta.

Gómez escandalizó al país cuando después de dejar la Presidencia de la
República se construyó en La Habana un palacete. Pero Fidel tenía 34
residencias, muchas de ellas mansiones millonarias con todas las
comodidades y la tecnología más avanzada, ubicadas en valles de
exuberante belleza tropical.

Como por razones de seguridad nunca se informaba dónde iba a hospedarse
el dictador cuando salía de La Habana, durante los 365 días del año en
esas residencias permanecían cocineros, jardineros, empleados de
limpieza, guardias, que las mantenían listas por si el comandante iba,
aunque fuese una vez al año, o nunca. Cerca de 200 empleados, ociosos,
tenía Castro en esas casas privadas, que no importa si eran propias o
no, pues él era el único que las podía disfrutar.

‘Dolce vita’

Por otra parte, si los generales y coroneles con mando de tropas y los
jefes de las fuerzas represivas no recibiesen privilegios, y recursos
sustraídos del Estado para una vida bien cómoda, el castrismo se vendría
abajo. Además, con la Corporación Gaviota S.A. de las Fuerzas Armadas,
un emporio turístico empresarial multimillonario de carácter
paraestatal, los militares tienen otra fuente colosal de corrupción.

Junto con los militares succionan recursos estatales los “históricos”,
el Buró Político y toda la cúpula dictatorial. La dolce vita de que
gozan supera en años luz el nivel de vida que les correspondería según
sus sueldos oficiales, ninguno de los cuales pasa de 62 dólares
mensuales ( 1,500 pesos cubanos).

Con cargo al Estado, y autorizado por el dictador, se construyen o
remodelan palacetes privados con aire acondicionado y equipamiento
tecnológico del mundo desarrollado, con criados, piscinas, enormes
jardines y áreas verdes donde organizan banquetes homéricos y fiestas. Y
sin preocupación, pues se trata de verdaderos bunkers protegidos por
guardias armados y con altos muros.

Además poseen fincas de recreo, clubes y playas en cayos particulares.
Gastan miles de dólares en viajes al extranjero, donde incluso compran
viviendas o empresas que operan sus hijos y nietos. Disponen de yates y
salen a pescar o a pasear por el Caribe o el Mar de las Bahamas, toman
el mejor whiskey, tienen antenas para ver la TV estadounidense y
mundial, acceso libre a internet, y automóviles con chofer equipados con
todo. El Estado “proletario” paga las cuentas.

¿Le preguntó ya Gladys Bejarano a Mariela Castro, hija del dictador,
cómo adquirió la colección de cuadros de pintura originales que por
valor de más de 120.000 dólares cuelgan en las paredes de su mansión
amurallada?

Las ofensivas anticorrupción se limitan a la parte más delgada de la
soga. Dada la improductividad comunista y el desabastecimiento
generalizado, solo el mercado negro y el “trapicheo” pueden satisfacer
las necesidades básicas de la población. Y ese mercado se nutre de los
“desvíos” de recursos del Estado. En las empresas estatales, jefes,
empleados y guardias se apropian de bienes mediante la adulteración de
los registros contables e inventarios. Envían informes falsos a sus
superiores, quienes a su vez mienten a los de más arriba, hasta llegar
al nivel nacional, que miente más aún. Y pulula el hurto subrepticio.

Hoy en Cuba sustraer productos de un almacén estatal no es considerado
realmente un delito, sino un acto de legítima defensa que permite
“resolver” y subsistir. La gente sabe que los altos dirigentes políticos
son los que más recursos malversan y no tienen moral para hablar de
corrupción.

En fin, el “Tiburón” de principios del siglo XX sería hoy solo un
aprendiz de los Castro, quienes al bañarse salpican con fuerza de
tsunami a los “hombres nuevos” de los que hablaba el Che Guevara.

Source: “El castrismo ‘se baña, pero salpica’ | Diario de Cuba” –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1383901969_5844.html

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