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El inexorable derrotero del fascismo populista

El inexorable derrotero del fascismo populista
[25-02-2014]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Hace tiempo que los manipuladores del
discurso político se vienen ocupando de tergiversar el significado de
las palabras. No es casualidad. Lo hacen con una intencionalidad
inocultable.
Buena parte de la explicación de sus éxitos electorales tienen que ver
con que han conseguido instalar determinadas visiones, apelando a las
más elementales enseñanzas de Antonio Gramsci, pero siempre con la
necesaria complicidad de la holgazanería ciudadana que opta por aceptar
linealmente el adoctrinamiento que propone esa dinámica panfletaria y
superficial, que se esfuma ante el primer razonamiento relativamente
sensato.

Han construido una caricatura de la historia que les resulta
inmensamente funcional. Así le dieron nacimiento al perverso “Socialismo
del Siglo XXI” que es solo la peor combinación de marxismo y fascismo, y
la empírica demostración de su innegable parentesco. Solo le han
agregado ciertas aristas folklóricas para brindarle un aire más
domestico y regional, bajo un formato y presentación más amigable para
estas latitudes.

Estos regímenes vienen con la pretensión de quedarse. Es por ello que su
impulso inicial se oriento, en casi todos los casos, a modificar sus
Constituciones, para garantizarse reelecciones indefinidas o ciertos
mecanismos de centralización del poder que le permitieran continuar.

Han destrozado deliberadamente la república, vulnerando la división de
poderes que evita los abusos, fracturando principios básicos como el
estado de derecho, la periodicidad de los mandatos y al mismo tiempo
cooptando a los miembros de la justicia para asegurarse impunidad y
convirtiendo a los legisladores en la virtual escribanía del mandamás de
turno.

Son sistemas de gobierno autoritarios, donde el poder se concentra en
una sola persona que aglutina las decisiones, como si fuera un monarca
con plenos poderes y sin limitaciones, lo que siempre viene acompañado
de obscenos negocios, corrupción indisimulable y un descaro difícil de
ocultar.

El fascismo como sistema político tiene algunas características que le
son propias y son parte de su esencia, como su totalitarismo, el
desprecio por el capitalismo, un nacionalismo premeditadamente extremo y
el infaltable enemigo social específico, siempre seleccionado
cuidadosamente, al que se responsabiliza de todas las calamidades que se
puedan padecer.

Un líder carismático siempre es el que encarna el proyecto, difundiendo
el odio sobre otros, pero también montando ese imprescindible aparato de
propaganda enorme que intenta convertir premisas falsas, que de tanto
repetirse parezcan indiscutiblemente verdades repletas de verosimilitud.

El continente tiene en Venezuela al máximo exponente de este desarrollo,
el que a medida que pasa el tiempo y sigue obtenido triunfos electorales
ha profundizado su autoritarismo como así también el resto de las
características de este régimen político. Las confiscaciones son cada
vez más burdas y carecen de pudor, mientras las libertades se diluyen
una a una, hasta desvanecerse, como parte del atropello a los derechos
de forma siempre gradual, sistemática y progresiva.

Otros países del continente tienen intenciones de seguir ese recorrido y
vienen haciendo los deberes como buenos alumnos, siempre con sus
necesarios matices y estilos de liderazgos circunstanciales.

En realidad se trata de un sistema insostenible en el tiempo. No existe
forma de sostenerlo demasiado porque cada vez precisa de mayores dosis
de totalitarismo para proseguir su rumbo. El fracaso anunciado de sus
políticas, los lleva a necesitar de mayor control y eso
irremediablemente significa que necesitan retirar más libertades para
mantenerse en el poder.

La cobardía de los primeros mandatarios del resto de las naciones es
difícil de explicar. El silencio que legitima las tropelías cotidianas
es difícil de comprender. Los ciudadanos del mundo ya han tomado nota de
este hecho.

Lo que resulta incomprensible es la cantidad de personas que pareciendo
inteligentes y bien intencionadas, lejos de los intereses del poder,
bajo el pretexto de coincidir con algunas posturas demagógicas como el
supuesto enfrentamiento al imperialismo y otras actitudes típicas del
nacionalismo fingido, terminan avalando y aplaudiendo los despropósitos
de esta época.

La lista es larga. Supresión de la libertad de expresión, represión en
las calles a manifestantes que reclaman, intimidación a medios de prensa
locales e internacionales, restricciones a las libertades en todas sus
formas, a lo que se agrega con crueldad los ciudadanos condenados a la
pobreza, al desabastecimiento y a la inflación, mientras la violencia
desenfrenada provoca muertes en hechos delictivos, que a veces hasta
sirven de pantalla para enmascarar persecuciones políticas.

La estrategia es clara. Quedarse en el poder a cualquier precio. Los
pilares de este sistema están a la vista. Un nacionalismo político que
exacerba la soberanía de la mano de un odio contra lo foráneo, un
intervencionismo económico que hace estragos y destruye la riqueza a su
paso, generando un paulatino empobrecimiento, una hipócrita religiosidad
contradictoria con su accionar permanente y ese despiadado monopolio de
la fuerza que les permite controlar militarmente cualquier manifestación
ciudadana.

Sus triunfos electorales provienen de un manoseado esquema electoral.
Con esos argumentos justifican cualquier decisión como si tener votos
habilitara a los gobernantes a ejercer la fuerza contra sus oponentes,
acallarlos, encarcelarlos, quedarse con sus propiedades y limitar sus
libertades.

Lamentablemente, el final de esta historia no podrá ser color de rosas.
Cuando esta farsa concluya y la disparatada aventura culmine, solo
quedará una sociedad dividida, enfrentada, plagada de resentimientos,
con una economía destruida cuya reconstrucción llevará mucho tiempo y
esfuerzo.

Sería deseable que los mecanismos institucionales permitan ese
renacimiento imprescindible, que las formas sean civilizadas y que los
mezquinos intereses de los déspotas de turno no provoquen más sangre que
la ya innecesariamente derramada.

Aunque sigan persistiendo en modificar la historia, acomodar el relato a
sus caprichos y difundir mentiras con apariencias elegantes ya no quedan
muchas dudas sobre el inexorable derrotero del fascismo populista.

Source: El inexorable derrotero del fascismo populista – Misceláneas de
Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/530c60a73a682e1bd0a9aa6c#.Uwx09_ldXg8

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