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De ‘El brigadista’ a ‘Conducta’

De ‘El brigadista’ a ‘Conducta’
DARIELA AQUIQUE LUNA | La Habana | 2 Mar 2014 – 10:22 am.

Cuánto camino han recorrido el cine y la sociedad cubana desde la
película de Octavio Cortázar (1977) hasta la de Ernesto Daranas (2014).

El brigadista, película realizada en 1977 por Octavio Cortázar y
protagonizada por Patricio Wood, cuya trama refiere a la campaña de
alfabetización hecha en el país en 1961, cuenta la historia de un
adolescente alfabetizador, de procedencia urbana, que llega a un pequeño
pueblo en la Ciénaga de Zapata. Allí no solo tendrá que habituarse a un
medio natural que le es ajeno, sino que deberá vencer la intransigencia
de algunos de los habitantes del lugar, que se niegan a ser enseñados
por un “barbilampiño”.

Con guión de Luis Rogelio Nogueras y el propio Cortázar, El Brigadista
se inserta en la larga lista de cintas cubanas de esos años, cuyo
objetivo era ilustrar las epopeyas de la aún joven y venerada
revolución. Nadie imaginaría entonces que 37 años después, la
filmografía nacional distara tanto en contenido y forma de aquello
argumentos entusiastas que conformaban la mise en scène de la justa
sociedad prometida.

La promesa se quedó en los eslóganes, y el cine, como todo arte, es
reflejo de su tiempo. Desde los 90, la mayoría de las películas cubanas,
casi todas coproducciones, son un archivo testimonial de la realidad:
diferencias sociales, deseo compulsivo de abandonar el país, corrupción,
hambre. A menudo se ha acudido al facilismo de las críticas superfluas,
los chistes manidos y los argumentos escatológicos, pero al menos
recientemente, se ha transitando de la comedia costumbrista a la
tragedia contemporánea.

Por estos días las salas de estreno del país exhiben Conducta, del
director Ernesto Daranas. Se trata de una película que marcará un hito
en la historia del cine cubano; por primera vez, la intrepidez del filme
no reside en la temática que aborda —aunque ella no deja de ser la
coartada perfecta para exorcizar demonios encubiertos—, sino que su
valor radica en que es, de punta a punta, una película sincera.

El director de Los dioses rotos desenmascara el desamparo cotidiano,
muestra las instantáneas de esos barrios habaneros que no aparecen en
los catálogos turísticos. Le sube la parada a su ópera prima, con la que
se lanzó al ruedo osadamente. Y aunque en aquella oportunidad tampoco
hizo concesiones, ahora regresa sin ningún tipo de edulcorantes, desde
una historia cruda que nos grita: no nos dejemos engañar, la realidad
siempre supera a la ficción.

Conducta no es más de lo mismo. No apela a tesis complacientes, coloca
el dedo en la llaga sin sensiblería. Pone a la vista La Habana oculta en
los discursos, con su urbanismo decadente, su facha cutre y harta de
basura. Con una fotografía de tonalidades sepias y una adecuada banda
sonora, nos recuerda que no es un melodrama gentilicio, que es apenas
una historia contada, aunque concebida desde la legitimidad: no hace más
que tejer la dramaturgia de los ya tan ajados conflictos familiares, de
una sociedad en crisis, de la miseria nacional.

Conducta nos pone frente a frente a una crónica más de los prejuicios
institucionalizados (que tanto han costado), de la historia del ser
versus las circunstancias. Sin parapetarse detrás de moralejas, no tiene
un final feliz. No es triunfalista y no quiere serlo. No es el episodio
del niño marginalizado por coyunturas adversas que quieren mandar a la
escuela de conducta. No es el episodio del oriental y su niña que
deportan de La Habana porque no tienen dirección allí, aunque la pequeña
sea la mejor del aula, y aunque se le trunque tal vez una exitosa
carrera como futura cantante o bailarina. Tampoco es el episodio de la
experimentada maestra, casi al umbral de la jubilación, que lucha con
incomprensiones y dogmas. Es el episodio de un sistema de Educación
ortodoxo que yerra, pero pervive.

Con un reparto de lujo, valdría hacer una alusión especial a los roles
protagónicos, en los que están la ya bendecida y siempre insuperable
Alina Rodríguez, en el personaje de Carmela (la vieja profesora de
primaria), y el jovencito Armando Valdés, en “Chala” (el problemático
alumno).

En la historia precedente, el personaje de Carmela bien pudo haber sido
una brigadista. Pero en el final de esta película no iza una bandera.
Marcha extenuada entre la gente, con su verdad a cuestas, y como el
grito sordo de Madre Coraje. En cambio ella, sonríe lentamente cuando
“Chala” grita su nombre que suena como un nuevo grito de combate.
¡Cuánto camino recorrieron el cine y la sociedad cubana desde historias
como las del joven brigadista hasta la de la profe Carmela!

Source: De ‘El brigadista’ a ‘Conducta’ | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cultura/1393752162_7406.html

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