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El veneno mortal de los discursos políticos

El veneno mortal de los discursos políticos
El socialismo es como bailar una milonga en medio de una comparsa de
rumberos
martes, mayo 27, 2014 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba -Indios y cowboys, héroes y villanos, buenos y malos,
son los términos con los que se suelen clasificar en el cine, en las
telenovelas y en la literatura las polarizaciones de los personajes,
colocándolos, en virtud de ese dualismo maniqueo, en bandos antagónicos
donde, invariablemente, el bien triunfa sobre el mal.

La política, en su interpretación más simplista, no escapa de idéntico
esquema, que asoma en particular en los criterios que se vierten hoy
desde una izquierda infantil y radical cuya pertinacia asombra casi
tanto como asusta, al apelar con nostalgia a los pasados y “mejores”
tiempos del llamado socialismo real, cuando la era de la sovietización
se extendió sobre una buena parte del mundo e incluso invadió, aunque
sin llegar a cristalizar, una realidad cultural y espiritualmente tan
diferente como la cubana.

Resulta sorprendente, tras el estrepitoso chasco del experimento
“marxista-leninista” de Europa del Este, la demostrada ineficacia
económica y la corrupción generalizada del modelo, además de la
represión aplicada contra toda manifestación de librepensamiento,
encontrar entre cubanos relativamente jóvenes, que por demás se
autoproclaman libertarios, expresiones cargadas de admiración y añoranza
hacia “aquella hermosa y gigante nación”, para referirse a la extinta
Unión Soviética. Máxime en un medio social que cada vez se distancia más
de aquel engendro, por lo que tal postura es un anacronismo semejante a
bailar una milonga en medio de una comparsa de rumberos.

Paradójicamente, estos nacionalistas acérrimos, cuyo denominador común
es el rechazo absoluto a todo lo que huela a “imperialismo yanqui”, son
los defensores a ultranza de la que fuera la metrópoli de Cuba durante
treinta años, la URSS –esa forma peculiar que tomó por un tiempo el
imperialismo ruso–, y no se conforman con el hecho de que “una élite
burocrática” que detentaba el poder, y en particular Mijaíl Gorbachov,
protagonizaran “la traición a las posibilidades” de un socialismo que no
fue capaz de sostenerse tras 70 años de férreo control de la economía,
las riquezas naturales, el poder político y la sociedad en su totalidad.
Creen que apenas un puñado de burócratas barrió en pocos meses con la
fuerza moral socialista y con sus logros, contra millones de
“beneficiados” que después ratificaron en las urnas el retorno al
capital. Por eso ahora los trasnochados de acá exigen otra oportunidad
para la estandarización y consagración de la pobreza. Sí, porque de eso
se trata: cual cátaros postmodernos demonizan la riqueza material, como
si la miseria en sí misma constituyera la virtud suprema.

Anotada la cuestión, pero reconociendo el derecho de cada quien a
expresar su propio credo político e ideológico, que de eso se trata la
libertad –y también la democracia, de la que tanto desconfían estos
sujetos, por ser ésta nacida en sociedades burguesas y propia de ellas–,
hay que añadir que son grupos (el principio del “colectivo” es esencial)
reivindicadores de los derechos de los trabajadores, en particular de
los obreros, aunque ellos mismos no lo son, en base al rechazo absoluto
al “capitalismo”. Son otros tantos mesías, especialmente adoradores de
aquel ardoroso matador, el Che Guevara, quien después de fusilar tantos
cubanos y fomentar tanta violencia en diferentes regiones recibió una
cucharada de su propia medicina e hizo mutis.

Sus ideas y estrategias políticas se basan, pues, en el viejo principio
vigesimonónico de la lucha del socialismo (lo “bueno”) contra el
capitalismo (lo “malo”), donde la humanidad –que son los trabajadores,
las “masas” – alcanzarán la justicia y prosperidad merecidas cuando el
primero triunfe sobre el segundo. De nada vale que estemos transitando
ya por la segunda década de un nuevo siglo, donde el conocimiento, la
revolución tecnológica, la información y las comunicaciones son
condiciones esenciales, imprescindibles, para la búsqueda de soluciones
globales para el presente y futuro de la humanidad; donde cada vez se
desdibujan más las fronteras políticas y donde los estrechos conceptos
de “capitalismo” y “socialismo”, “derechas e izquierdas”, no bastan para
definir las complejidades de una época que está pariendo –no sin dolor–
nuevas relaciones y principios de convivencia universal, políticas
incluidas.

Pero los de la izquierda infantil (que, afortunadamente, no es toda la
llamada “izquierda”), están tan absortos en las rememoraciones y en la
contemplación de sus virtuosos ombligos que no se han enterado.

Quizás por eso utilizan frases trilladas (como aquella cursilería de
evocación guevariana: “no se puede construir el socialismo con las armas
melladas del capitalismo”) y desempolvan a su vez viejas y melladas
consignas y figuras históricas que fueron iniciadores o fundadores de la
tendencia de pensamiento de la cual se autoproclaman herederos, quizás
por alguna incapacidad congénita para fundar algún nuevo paradigma de
pensamiento, más adecuado a estos tiempos. Tampoco ninguno de ellos se
ha molestado en definir cuáles son esas “armas melladas del
capitalismo”, que han permitido la permanencia de éste a lo largo de más
de un milenio.

Y no se trata de negar reivindicaciones auténticas. Yo comparto en
principio la actitud crítica de esos sectores de izquierda ante el tema
de las inversiones extranjeras, sea en el Mariel, en la esfera del
turismo (hoteles, campos de golf, marinas, etc.), en industrias varias,
en la agricultura, o en otros renglones de la economía que este régimen
ha destruido sistemáticamente a lo largo de 55 años. Pero no por el mero
hecho de que acudan “las transnacionales” o porque eso “nos inserte en
los flujos del capital y la economía mundial capitalista” –por cierto,
la única economía mundial que existe es la capitalista, la “socialista”
es economía aldeana, de candonga y trapiche–, que en definitiva estoy a
favor de todo lo que signifique prosperidad, desarrollo y bienestar,
sino porque los cubanos de la Isla están excluidos de participar en
ella, porque tales inversiones solo enriquecerán al poder autocrático y
a su élite, y porque los trabajadores ni siquiera tendrán el derecho de
contratarse directamente en esas empresas; al contrario, serán
doblemente expoliados por el Gobierno-Estado-Partido a través sus
agencias empleadoras y de un régimen salarial abusivo.

De cualquier modo, no es en pos de la igualdad o en defensa del
socialismo que tantos miles de cubanos emigran cada año. Tampoco los que
se arriesgan a invertir en algún negocio privado se inspiran en el Che o
en la URSS. Es sabido que la libertad verdadera está en el ejercicio
pleno de las capacidades de los individuos, en sus posibilidades de
prosperar, y no en las miasmas hipnóticas de las ideologías. No culpemos
al capital de nuestros fracasos propios, que no ha habido en Cuba veneno
más mortal que el de los discursos políticos. La nación cubana se forjó
sobre las ansias de prosperidad de sus hijos, sobre el trabajo y los
talentos de millones de ellos, no sobre la primacía de una ideología
sobre otra: tales son las armas sin mella que nos legó la historia

Source: El veneno mortal de los discursos políticos | Cubanet –
http://www.cubanet.org/opiniones/el-veneno-mortal-de-los-discursos-politicos/

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