Corrupción – Cuba – Corruption
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General, aún no hemos llegado

General, aún no hemos llegado
DIMAS CASTELLANOS | La Habana | 20 Mayo 2014 – 9:30 am.

Tras 55 años de anunciado el fin de todos los males, la mayoría de los
grandes problemas nacionales continúan pendientes y se han generado otros.

José Martí se propuso fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia,
capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las
fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad
compuesta para la esclavitud”.Con ese fin fundó un partido y organizó la
guerra, de modo que la conquista de la independencia fuera —según sus
palabras— el germen de ese “pueblo nuevo”, pues “en la hora de la
victoria sólo fructifican las semillas que se siembran en la hora de la
guerra”. La concepción martiana de la república era igualdad de derecho
de todo el nacido en Cuba, espacio de libertad para la expresión del
pensamiento, economía diversificada en manos de muchos pequeños
propietarios, para que cada cubano fuera hombre político enteramente libre.

La guerra no terminó con la victoria sino con la ocupación del país por
Estados Unidos. La República tendría que esperar por el resultado de la
Asamblea Constituyente, encargada de redactar la Ley Fundamental y
definir las relaciones con el país ocupante. Los asambleístas cubanos
tuvieron que decidir entre el rechazo o la aceptación de un apéndice
constitucional, conocido como Enmienda Platt, que refrendaba el derecho
de Estados Unidos a intervenir en Cuba, omitía la Isla de Pinos del
territorio nacional e imponía la venta o arrendamiento de tierras para
bases navales.

Después de tres meses de encendidos debates, la Asamblea Constituyente
concluyó con la aprobación de la Enmienda Platt. La decisión,
aparentemente contraria a las razones por las que habían luchado, nos
coloca frente a las dos opciones posibles: Una, votar en contra, lo que
implicaba la ocupación indefinida y en consecuencia la necesidad de
reiniciar la guerra, con el Ejército Libertador desmovilizado, el
partido disuelto, la nación sin cristalizar, el pueblo agotado y el país
sumido en la desolación y la ruina. Otra, votar a favor, y desde la
República posible avanzar hacia la República martiana, opción que se
impuso tras tres meses de debates, hasta que los delegados recibieron un
golpe definitivo: una respuesta firmada por el secretario de la Guerra
donde se decía que el Presidente “está obligado a ejecutarlo, y
ejecutarlo tal como es […], no puede cambiarlo ni modificarlo, añadirle
o quitarle”, como condición para cesar la ocupación militar.

La mayoría optó por lo posible en aquellas condiciones, lo contrario
hubiera sido un acto suicida ante la superioridad del ocupante. El
testimonio de José N. Ferrer revela nítidamente la situación: “Entiendo
que ya se ha resistido bastante y que no puede resistirse más. Consideré
útil, provechosa y necesaria la oposición a la Ley Platt en tanto que
hubo esperanza de que ésta se modificara o retirara por el Congreso
americano… Hoy considero dicha oposición inútil, peligrosa e infecunda…”

Después de casi cuatro siglos de colonia y tres años de ocupación
extranjera, la bandera tricolor comenzó a flotar en sustitución de la
enseña norteamericana, anunciando el nacimiento de la República, sin
independencia absoluta pero con derechos civiles y políticos
incorporados en el texto constitucional: el hábeas corpus, la libertad
de expresión, los derechos de reunión y de asociación, la libertad de
movimiento, la libertad de cultos, el derecho de sufragio y la división
de poderes. Tales derechos no fueron suficientes para erradicar todos
los males heredados en los 57 años de República, pero permitieron que
Cuba emergiera de la postración económica, que en 1925 se recuperara la
Isla de Pinos a través del Tratado Hay-Quesada, que en 1933 se derrocara
la dictadura de Gerardo Machado, que en 1934 nos desembarazáramos de la
Enmienda Platt, que en 1937 se dictara la legislación laboral más
avanzada que Cuba ha tenido hasta hoy, que se convocara la Constituyente
que dio vida a la avanzada Constitución de 1940. Esa es la historia, lo
demás es lo que pudo o no suceder.

Por esos resultados antes de 1959, junto al 28 de enero, al 10 de
octubre, al 24 de febrero y al 7 de diciembre, el 20 de mayo ocupaba un
lugar entre esas cinco efemérides, símbolos de las luchas por la
independencia, de amor a la Patria y de respeto por los que la hicieron
posible. Ese día, el generalísimo Máximo Gómez, al izar la enseña
nacional en el Palacio de los Capitanes Generales, expresó: “Creo que
hemos llegado”. Y realmente habíamos llegado, pero solo al punto de
inicio. Lo que el General no pudo sospechar fue que 112 años después
“aún no hemos llegado”. Por eso, mucho más útil que juzgar a los que
tomaron aquella decisión sería cuestionarse por qué hoy la República
diseñada por Martí sigue pendiente de realización y asumir la parte de
responsabilidad que a cada uno nos corresponde.

Si lo que se avanzó en los años republicanos —mucho o poco— es
inseparable de los derechos y libertades refrendados en las
constituciones de 1901 y de 1940, lo que hemos retrocedido está
estrechamente relacionado con la ausencia de esos derechos y libertades,
que constituyen los cimientos sobre los que descansa el reconocimiento,
respeto y observancia de las garantías jurídicas para la participación,
para edificar una sociedad democrática y un Estado de derecho. Las
razones sobran.

Después de 55 años de anunciado el fin de todos los males, la mayoría de
los grandes problemas nacionales continúan pendientes y se han generado
otros. La estructura deformada de nuestra economía continúa; la
ineficiencia en la agricultura ha sido tal que en nuestra principal
industria hemos retrocedido a las producciones de principios del pasado
siglo; no se ha podido establecer una adecuada correspondencia entre
nivel de vida de la población y su nivel de instrucción; el salario se
desnaturalizó y perdió la correspondencia con el costo de la vida; la
creciente brecha de desigualdades no ha podido detenerse; la corrupción
se generalizó hasta devenir cultura; los trabajadores carecen de
verdaderos sindicatos que los representen y tienen que contratar su
fuerza de trabajo mediante agencias estatales; los cubanos carecen del
elemental derecho de participar como inversionistas en el país que los
vio nacer; hemos involucionado desde un país que se caracterizó por la
introducción casi inmediata de los adelantos científico-técnicos hasta
no tener libre acceso a internet en la época de la información y las
comunicaciones. En fin, porque sin democratización no hay desarrollo.

Cuba necesita de una Asamblea Constituyente para redactar una nueva
Constitución, que refleje la época en que vivimos, que incorpore el
contenido de los pactos internacionales de derechos humanos, que
refrende la desaparecida condición de ciudadano, que incluya todas las
formas de propiedad y todas las ideas políticas, para que desde la
soberanía popular emerja un nuevo consenso y los cubanos determinen
libremente el sistema político que desean. Esa urgente necesidad está en
total correspondencia con la concepción de la república martiana:
“igualdad de derecho de todo el nacido en Cuba espacio de libertad para
la expresión del pensamiento, economía diversificada en manos de muchos
pequeños propietarios, para que cada cubano fuera hombre político
enteramente libre”. El día que lo logremos, podremos decirle al
generalísimo: “ahora sí hemos llegado”.

Source: General, aún no hemos llegado | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1400539490_8650.html

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