Corrupción – Cuba – Corruption
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Desmesurada complacencia

Desmesurada complacencia
[23-06-2014 09:47:08]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- La sociedad se enfada a menudo con la
política. La corrupción crónica, la impericia serial, las permanentes
contradicciones discursivas, la ausencia de ideas para gobernar, las
internas despiadadas, los reiterados exabruptos, la abundancia de
privilegios y el despilfarro de los dineros públicos, son solo parte de
una larga nómina de detestables cualidades que molestan, con sobrados
méritos, a buena parte de la ciudadanía.
Eso no podría darse sin la complicidad de una comunidad que se enoja,
pero no lo suficiente, que se incomoda pero no reacciona jamás. La
bronca dura poco, para luego naturalizar lo inadmisible y aceptarlo todo
como parte de una realidad que duele pero se soporta.

En algunas democracias más maduras, simples actitudes individuales
incorrectas de los líderes políticos o meras declaraciones inapropiadas,
dejan fuera de la carrera política a cualquiera que pretenda postularse
a un cargo. En esas sociedades los niveles de exigencia son muy elevados.

Hay que hacerse cargo de que no todo lo que acontece es exclusiva
responsabilidad de la política. Si la sociedad tolera la corrupción, con
liviandad, no puede esperar que esta se extinga por arte de magia.
Cuando los mecanismos más básicos no funcionan mínimamente, no es
razonable creer que algo cambiará. Eso ya no es culpa de la política,
sino de la patética conducta cívica de absoluta pasividad frente a cada
despropósito.

Es importante asumir el presente, no solo para recriminarse la acción u
omisión, sino para intentar modificar el futuro actuando en
consecuencia. Una sociedad que no despierta, que prefiere la apatía, que
se queja sin eficacia y no utiliza las herramientas que tiene a mano, es
cómplice y no un mero observador externo.

Los ciudadanos son participes necesarios de mucho de lo que acaece. Los
políticos de hoy no identifican estímulos suficientes para obrar
correctamente. Cuando desvían fondos del Estado para hacer proselitismo
o para su propio patrimonio personal, lo hacen no solo por su
inmoralidad manifiesta, sino también porque no existe sanción efectiva
por cometer esos delitos. No solo no responden ante la justicia por sus
faltas, sino que tampoco pagan costos electorales, ya que muchos de
ellos permanecen en el centro de la escena por décadas siendo nuevamente
apoyados por ciudadanos que conociendo sus atributos e historias, los
vuelven a votar.

Es posible que esta realidad tenga que ver con la carencia de opciones.
La ciudadanía cree que todos son iguales y se siente empujada a elegir
entre dirigentes corruptos e ineptos. Todos los sistemas que restringen
la competencia promueven esta escasez de alternativas y eso impacta
sobre la cantidad y calidad de la oferta política, debilitando el porvenir.

Para disponer de mayores alternativas resulta imprescindible que las
barreras de acceso sean las mínimas. Sin embargo, la legislación vigente
consagra con categórica convicción el monopolio de los partidos políticos.

Esto no es casual. La corporación política ha cerrado las puertas de
modo intencional. No quieren contendientes en su camino. Desean forzar a
los ciudadanos a seleccionar entre los que ya están en el juego, a los
que diseñaron estas reglas a su medida, justamente para que el estándar
de exigencia sea diminuto y puedan alcanzar sus propios objetivos
personales.

Las leyes imperantes establecen múltiples restricciones para crear un
nuevo partido político, bajo la perversa visión de que es mejor para la
democracia tener pocos y fuertes, que muchos y débiles. Las normas
complican además la chance de mantener activo un partido, dejándolos al
borde de la precariedad formal, con la indisimulable intención de
eliminar alternativas viables para los votantes.

El financiamiento de la política es un capítulo que se agrega, ya que
más allá de lo dice la legislación, a la hora del ejercicio cotidiano,
la evidencia demuestra que, el que controla la “caja” estatal, la usará
sin disimulo, para hacer política con absoluto descaro e impunidad y sin
rendir cuentas.

La inexistente transparencia en el funcionamiento del sistema, favorece
a los más inescrupulosos e invita insolentemente a ser parte de la
cofradía para así acceder a los espacios de poder. Un ciudadano
cualquiera, por capaz, honesto, e inteligente que sea, no puede
postularse como candidato a un puesto público si no pertenece a un
partido político o, al menos obtiene previamente una convocatoria y aval
de una agrupación para hacerlo.

Es paradójico que estas formalidades se cumplan con tanta rigurosidad,
mientras no funciona del mismo modo cuando un funcionario se apropia del
dinero de los contribuyentes apelando a indisimulables prácticas.

Lo que sucede en el presente tiene muchas explicaciones. Pero también
queda claro que, gran parte de lo que ocurre se produce porque una
ciudadanía bastante hipócrita lo respalda con una desmesurada complacencia.

Source: Desmesurada complacencia – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/53a7db7c3a682e16a8b14de5#.U6gpm_mSwx4

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