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El legado mundialista

El legado mundialista
[15-07-2014 11:03:55]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Una competencia deportiva es solo eso. Más
allá de las emociones que genera por momentos, es un mero enfrentamiento
entre rivales circunstanciales. Sin embargo, el efusivo entusiasmo de la
gente invita a una reflexión más audaz, trascendente y fructífera.
Este campeonato del mundo de la disciplina más popular del planeta
podría pasar a la historia solo como uno más de la secuencia habitual.
Pero existe la posibilidad de analizar el interesante legado que ha
dejado como saldo trascendente para la sociedad. De su observación se
pueden obtener muchas conclusiones, algunas de ellas de gran utilidad
para el futuro.

Por un lado, la controvertida modalidad que propone mezclar deporte y
banderas, solo exacerba un nacionalismo, que además de cuestionable,
resulta peligroso porque alimenta, aún sin pretenderlo, cierto
intolerancia, invitando a discriminar a las personas por el lugar en el
que han nacido.

Para muchos ha sido solo una chance para desahogarse, en una sociedad
que pretende escaparse, al menos por un tiempo, de sus propias
desilusiones cotidianas y que encuentra en este espectáculo masivo una
ocasión para desconectarse, por instantes, de la coyuntura que lo agobia.

Lo verdaderamente apasionante, lo digno de destacar, es que este
fenómeno social de características singulares puede, asimismo, mostrar
el camino. Lo que se ha vivido es lo que sucede cuando una sociedad
consigue alinearse detrás de un objetivo compartido, dejando de lado sus
ocasionales diferencias para enfocarse en lo significativo, en su meta
común.

Cabe meditar entonces, con mayor profundidad, acerca de lo que ocurriría
con la inmensa nómina de asuntos pendientes que angustian a la
comunidad, si esta actitud tan simple y básica se pudiera replicar, al
menos parcialmente, en otros tantos campos de la vida en sociedad.

Si los ciudadanos de cualquier lugar alcanzaran a entender como funciona
este sencillo mecanismo que los tiene como protagonistas, podrían
intentar atacar cuestiones relevantes como acotar la corrupción,
disminuir los niveles de inseguridad o mitigar la pobreza.

Sin dudas que estos temas son suficientemente más complejos y que no
alcanza lamentablemente solo con arengar. Pero quizás, con la postura
apropiada, al menos se podría minimizar el interminable impacto negativo
de tantos males que aquejan a la sociedad contemporánea.

El Mundial ha dejado un legado muy palpable y fácil de visualizar. Pero
no menos cierto es que los legados pueden ser aceptados o descartados de
plano. Lo importante es tomar la decisión a conciencia y no por la
inercia de los estados de ánimos que propone una sociedad espasmódica.

Muchos ciudadanos manifiestan su vocación de cambiar la historia de su
país, de torcer el rumbo de los acontecimientos. Están enojados con la
realidad y absolutamente hastiados de tanto descalabro a su alrededor.
Pero para modificar el presente se necesita bastante más que un poco de
bronca esporádica, impotencia inconducente y queja perseverante.

Algo de lo que mostró la máxima competencia deportiva es indispensable
para cambiar. Y está absolutamente a la vista. Claro que se pueden sacar
diferentes conclusiones de lo acaecido y quedarse solo con algunos
aspectos de las tantas enseñanzas que ofrece la Copa del Mundo. Vale la
pena hacer un esfuerzo intelectual adicional para captar con
inteligencia las múltiples oportunidades de aprender que quedaron
suficientemente explicitadas.

Si la sociedad se fija un objetivo y entiende la trascendencia de elegir
su destino, puede recién ahí, dar el paso siguiente, que implica
básicamente aislar sus eventuales diferencias personales, sus constantes
prejuicios hacia los demás y abandonar los personalismos tan propios de
la vida política y colocar entonces todas sus energías para hacer lo
necesario. Si se detiene en las distracciones que propone el paisaje
cotidiano, jamás consigue su objetivo y termina frustrada, enfadada y
abatida por la derrota.

El ejemplo reciente, muestra que en esa hinchada se abrazan todos, se
saludan por las calles los que tienen la misma camiseta, aunque ni
siquiera se conozcan. Los une un objetivo común, una pasión similar, una
meta compartida, un sueño por concretar. No saben cuál será el
resultado, lo viven con tensión e incertidumbre, pero también con el
entusiasmo de quien tiene ganas de intentarlo primero para lograrlo después.

No los une el espanto, ni siquiera el desprecio por el adversario, sino
una devoción casi religiosa por la gloria, es un sentimiento en positivo
que sirve como elemento motivador para ir detrás de la meta trazada. Y
si eventualmente la consiguen, este hecho puntual se convierte en ese
combustible que permite ir por más y no conformarse con lo obtenido.

Los que no entienden nada, ni miran los partidos por televisión, están
igualmente ahí, firmes, ayudando, alentando, haciendo lo que pueden. No
saben de tácticas, ni de nombres, ni siquiera se enteraron quién es el
director técnico, tampoco conocen las historias personales de cada
jugador, ni sus clubes actuales, pero de todos modos están aportando lo
suyo, porque saben que estar es importante y que borrarse no es una opción.

No parece tan complicado. Se trata solo de un requisito, el que tiene
que ver con tener la actitud indispensable para cambiar la historia o al
menos intentarlo. Esa que no aparece casi nunca en la vida cívica de
este tiempo. Tal vez valga la pena recapacitar en serio. La copa
mundial, en esta ocasión no se consiguió, pero si se logró comprender la
tan elemental dinámica que genera movimiento, entonces habrá servido
este legado mundialista.

Source: El legado mundialista – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/53c4ee7b3a682e0bdcc77dd6#.U8T1W_mSwx4

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