Corrupción – Cuba – Corruption
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La burocracia como chivo expiatorio

Burocracia, Cambios, Raúl Castro

La burocracia como chivo expiatorio
No es que en Cuba existan muchos burócratas, como lo dijo Fidel y lo
repite Raúl, sino que el país carece de ellos
Redacción CE, Madrid | 30/07/2014 5:18 pm

A pesar del espaldarazo que representan los 39 acuerdos de cooperación,
firmados en La Habana por los presidentes de China y Cuba, el gobierno
cubano continúa encarando un problema fundamental en su plan de
“actualización” del modelo económico: la enorme burocracia. Pero qué se
entiende realmente por “burócrata”. Es realmente esa “burocracia mala”
la causante de buena parte de los males económicos de Cuba, o por el
contrario: el problema radica precisamente en la ausencia de una
verdadera “burocracia buena”, y cuál sería esta. Ante todo, es necesario
volver a señalar lo que representa, a los fines del estancamiento
productivo que afecta a la nación cubana, esa clase enquistada en el
poder, así como las denuncias al respecto —que en muchos casos emanan no
solo del alto mando en el poder sino de quienes quieren preservar el
llamado “sistema socialista”—, ver las limitaciones de estas críticas y
tratar de alcanzar una verdadera formulación del problema, como un
avance imprescindible pero no suficiente, en la búsqueda de su solución.
Raúl Castro ha pasado por alto un paso fundamental para la puesta en
práctica de sus cambios —calificados por otra parte de lentos, breves e
insuficientes— y es el desmantelar, al menos parcialmente, el aparato
burocrático que por naturaleza se opone a cualquier medida que limite o
elimine sus privilegios.
La burocracia china no opuso resistencia cuando el presidente chino Deng
Xiaoping comenzó el proceso de reformas tras la muerte de Mao, y ocurrió
una suerte de “purga no violenta” entre los cuadros tradicionales del
Estado y del Partido Comunista, como se explica en un artículo publicado
en este portal.
“Esto ha sido muy importante. Si se quiere implementar una serie de
reformas, hay que garantizar que la burocracia estatal va a sumarse a
este proceso y no va a poner obstáculos”, sostiene Ariel Armony,
director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Miami.
Raúl Castro, por su parte, tras asumir el mando en 2006, incorporó a sus
viejos compañeros de lucha al alto gobierno, en lugar de renovar los
cuadros.
En Cuba desde hace varios años subsisten dos modelos económicos: uno
fundamentado en la propiedad privada y otro tradicional, que se sustenta
en los medios de producción estatales.
Con un éxito relativo, el régimen de La Habana ha logrado mantener
separadas estas dos esferas hasta cierto punto, con una estrategia
primero dirigida tanto a reducir el sector de producción privada
nacional, autorizada durante el llamado “Período Especial”, y permitir
su crecimiento posteriormente, pero limitado a ciertos sectores
fundamentales para la satisfacción de un número de necesidades
apremiantes a la población, pero imposibilitadas de su natural
crecimiento, que las convertiría en empresas de peso dentro del
desarrollo económico, y por lo tanto les brindaría la posibilidad de
adquirir poder social y político. Al mismo tiempo, se ha desarrollado un
plan destinado a concentrar la inversión extranjera y las empresas
conjuntas con capital privado (extranjero) a un número reducido de
grandes corporaciones en sectores que, siendo fundamentales a la hora de
obtener ingresos, pueden ser mantenidos hasta cierto punto “aislados” de
la población en general. Si bien es cierto que la nueva ley de
inversiones extranjeras amplía sustancialmente el campo de desarrollo
empresarial, todavía está por verse su puesta en práctica y sus resultados.
Las principales víctimas de esta estrategia han sido tanto el
cuentapropista como el pequeño empresario extranjero. La estrecha
colaboración con el gobierno venezolano ha sido un factor clave en
lograr este objetivo. La posibilidad de la desaparición de la cuantiosa
ayuda proveniente de Caracas es una de las razones fundamentales para la
expansión de las posibilidad de inversión extranjera.
La solución adoptada, sin embargo, encierra una debilidad que sin
hacerse pública subyace en todo el replanteamiento de la situación del
país que en la actualidad se lleva a cabo. El reconocimiento de que Cuba
no ha salido del Período Especial, como ha hecho el propio gobernante
Raúl Castro, es un llamado a volver a enfrentar el problema.
Hablar de la situación actual en la Isla implica el reconocimiento de
que se han producido cambios en la Isla. No todos esos cambios han sido
dirigidos por el gobierno, sino algunos han sido más o menos espontáneos
y otros tolerados hasta el momento. No por ello son menos importantes.
Uno de los principales es precisamente que se ha detenido el proceso de
“vuelta atrás” en que estaba empecinado el gobernante Fidel Castro
durante los últimos meses antes de verse obligado a delegar el poder por
razones de salud.
Otro es el de permitir, dentro de determinados moldes, la formulación de
críticas y las opiniones en favor, precisamente, de “reformas”.
El tercero, y no menos importante, es el intento aún limitado de limitar
la esfera burocrática nacional. Sin embargo, es precisamente aquí donde
radica un talón de Aquiles fundamental, incluso dentro de la estrategia
del propio gobierno.
En esta disminución del aparato burocrático —incluso anticipada en
cierta forma por el propio Fidel Castro— radica una contradicción
fundamental a la que se enfrenta Cuba y por la que pasaron la
desaparecida Unión Soviética y los países de Europa del Este antes de
que desapareciera el socialismo en ellos: al igual que el sector privado
crece de forma “espontánea” y más allá de lo previsto cuando se
posibilita la menor reforma, la burocracia —que es también resultado
espontáneo y natural de la economía socialista— aumenta a pesar de los
sinceros esfuerzos por reducirla.
En la práctica son dos modelos de supervivencia en competencia.
Las economías socialistas clásicas, anteriores a cualquier proceso
reformista, combinan la propiedad estatal con la coordinación
burocrática, mientras las economías capitalistas clásicas combinan la
propiedad privada con coordinación de mercado.
Uno de los aspectos negativos de la mezcla de ambos sistemas en una
misma nación es el aumento del desperdicio de recursos. Mientras que un
sector privado vive constantemente amenazado en un sistema socialista,
al mismo tiempo se beneficia de un aumento relativo de ingresos al poder
fácilmente satisfacer necesidades que sector estatal no cubre, pero
estos artesanos o propietarios de restaurantes no tienen un mayor
interés en cultivar a sus clientes y tampoco en acumular riqueza y
darles un uso productivo, debido a que la existencia prolongada de su
empresa es bastante incierta, sino que en la mayoría emplean sus
ingresos en un mejoramiento de su nivel de vida mediante un consumo
exagerado. Esta actitud y conducta no difiere de la del burócrata que
sabe que sus privilegios y acceso a bienes y servicios escasos dependen
de su cargo.
Si bien la propiedad estatal y privada pueden coexistir dentro de la
misma sociedad, en los ambientes político, social e ideológico de los
países de socialismo reformista ésta es una simbiosis incómoda plagada
de aspectos imprácticos.
A este problema se enfrenta el gobernante Castro, al tratar de busca una
mayor eficiencia en la economía nacional.

La burocracia y sus críticos
Tanto el limitado sector privado como el amplio sector de economía
estatal están en manos de personas que conspiran contra la eficiencia
por razones de supervivencia. La fragilidad de un socialismo de mercado
es que su sector privado, si bien en parte está regulado por el mercado,
en igual o mayor medida obedece a un control burocrático.
Por su parte, este control burocrático lleva a cabo muchas de sus
decisiones a partir de factores extraeconómicos: políticos e ideológicos
principalmente, en el caso de Cuba.
Una solución parcial a este dilema sería aumentar el papel del mercado y
concederle mayor espacio a las actividades legales, de forma legal y
dejando la vía abierta a la competencia y la iniciativa individual. Solo
que entonces, el éxito en el mercado tendría un valor superior a la
burocracia.
Analistas afines al gobierno cubano han alertado sobre este problema:
“En el contexto de difíciles condiciones económicas, de escaseces y de
necesarias transformaciones en el modelo económico para eliminar
distorsiones como el igualitarismo o las llamadas plantillas infladas,
de no ser consistente y radical el enfrentamiento al burocratismo,
existe el riesgo de que se produzca una cierta impunidad burocrática,
que sume descontentos en la población. Asimismo, puede propiciar
estrangulamiento de la iniciativa popular y alimentar la apatía ante lo
que pudiera considerarse como irremediable, con tendencia a lo que el
argot popular ha llamado ‘no coger lucha pues nada se va a resolver’”,
ha escrito Olga Fernández Díaz, en Rebelión.
“En la Cuba de hoy estamos ante un dilema, porque cuando esa enfermedad
[la burocracia], pasa al cuerpo del estado socialista, sus efectos
pueden ser fatales, los síntomas se extienden con rapidez y lo frenan
todo, inmovilizan, detienen, ralentizan. La burocracia es enemiga de
cualquier cambio porque este significa una mengua de sus pequeñas,
medianas o grandes cuotas de poder”, señala Raúl Antonio Capote en
CubaSi.cu.
También críticos moderados del castrismo han señalado el efecto
perjudicial de la burocracia, y se han servido de esa critica como
justificación del sistema:
“Si Cuba no tiene hoy una mejor conexión a Internet no es por ‘el
bloqueo de los americanos’ ni porque ‘los comunistas limitan la libertad
de información’, sino por un enemigo mucho más poderoso: los burócratas
corruptos”, escribe Fernando Ravsberg en Havana Times.
En un artículo de Pedro Campos Santos, que hace referencia a las
reuniones para informar del nuevo impuesto sobre los ingresos no
declarados en divisas, la resolución 277/2007, el analista señala que
“es un asunto de fondo en la sociedad cubana actual, de supervivencia de
la Revolución: acabamos con el burocratismo y la corrupción o estos
fenómenos acabaran con nosotros. Se trata de la concepción del
socialismo visto como capitalismo de estado, que sólo debe ser parte
inicial del proceso, para el cual los trabajadores son asalariados,
generadores de ingresos, productores de ganancias, igual que en el
capitalismo, solo que ahora no para un capitalista individual, sino para
el estado ‘bienintencionado y buen repartidor’, que le permita a su
aparato burocrático concentrar fondos para su acumulación centralizada
en función de ‘sus planes’, no discutidos, compartidos ni aprobados por
los trabajadores y el pueblo”.
La característica común de trabajos tan diversos, con autores tan
variados, es que al tiempo que se señala el problema, la solución que se
prefiere es un supuesto “control obrero”, idealizado pero imposible de
alcanzar, o la extirpación de un mal que se considera generado por el
sistema pero ajeno a la esencia del mismo.
La realidad transita por otros caminos: si bien el fenómeno de la
burocracia no es único del socialismo, al igual existe en el
capitalismo, esa “burocracia” negativa, que el propio régimen cubano ha
criticado en múltiples ocasiones —de la cual se considera a Ernesto
“Che” Guevara como uno de sus críticos más acérrimos y al que en un
momento determinado se le dedicó incluso una película— es consecuencia
de un centralismo excesivo, la acumulación de un poder económico
desorbitado por parte del Estado y la valoración no solo de la fidelidad
política sino del entreguismo y la complacencia por encima de las
capacidades administrativas.
El burócrata es culpable de gran parte de los males que afectan a la
economía cubana, según Raúl Castro. La burocracia limita que la
“actualización” del supuesto modelo socialista cubano avance con mayor
prontitud. Eso es lo que se desprende de los discursos del gobernante,
pero sobre todo de la prensa oficial de la Isla. Sin embargo, cabe
preguntarse cuánto beneficia al país, e incluso al propio régimen —más
allá de tener a mano un socorrido chivo expiatorio— esta apelación
constante a un culpable que, en última instancia, ni siquiera existe
como tal.

Burócratas buenos y malos
La famosa lucha contra el burocratismo es un cuento de décadas en Cuba.
Fue un recurso muy conveniente en manos de Fidel Castro, que siempre
estableció una dualidad deforme a la hora de abordar el asunto: mientras
que para alcanzar cualquier cargo público —incluso el de cuidador del
farol de la esquina— se exigían una serie de requisitos políticos, a la
hora de juzgar al funcionario este aparecía como un extraño sujeto ajeno
al aparato político.
La figura de servidor público, lo que es en realidad un burócrata, no
existía en la Isla —y parece que aún no han llegado a la comprensión de
este concepto— y todo se limitaba a mencionar al “compañero” cuando
estaba en buenas y al “burócrata” cuando le tocaba la mala.
Este tratamiento resultaba esencial en Fidel Castro, por su afán de
gobernar desde el caos, pero ahora que Raúl lleva unos cuantos años al
mando, poco se ha hecho para revertir el problema, aunque en principio
el ideal del actual mandatario es establecer un sistema eficiente de
control y mando.
Uno de los errores del régimen cubano es no admitir de forma amplia y
pública la renuncia al ideal político a la hora de administrar el país,
y devolver al concepto de burocracia la acepción que le daba Max Weber,
al considerar que en los estados modernos existen dos tipos de
funcionarios: los administrativos y los políticos.
El funcionario burocrático debe desempeñar sus tareas de manera
imparcial, mientras que el dirigente político debe tomar partido y
mostrarse apasionado.
Una “rutinización” de la política convierte a las resoluciones de
gobierno, en lo que se refiere a la mayor parte de los asuntos de
administración nacional, en decisiones de rutina administrativa, que se
llevan a cabo de acuerdo a patrones establecidos, los cuales cumple un
funcionario de forma burocrática, y que son fundamentalmente ajenos a
las demandas de la acción política.
De esta forma, un político se reduce a un administrador que gobierna con
honradez un país, una provincia o una ciudad, y que se limita a cumplir
con eficiencia un horario normal de trabajo y luego se retira a la
tranquilidad del hogar como un ciudadano cualquiera.
En la vida diaria, el protagonismo político pierde grandeza, se
transforma en actividad cotidiana.
Nada más lejos de ese ideal que la actual situación cubana y la forma en
que Raúl Castro dirige su gabinete. El caudillismo mesiánico de Fidel
Castro ha sido sustituido por el compadraje.
Si Hannah Arendt se refería a la banalización del mal, en el sentido de
que quienes enviaron a morir a millones de judíos no fueron entes
diabólicos de existencia única sino simples funcionarios, también
podemos hablar de una banalidad del poder, que se da a menudo en quien
tiene un cargo y lo desempeña de forma autoritaria e inescrupulosa,
sometiendo a quienes le rodean a un pequeño reino del terror.
El caudillismo constituyó uno de los fundamentos ideológicos del régimen
de Fidel Castro y de la actitud “militante y combativa” exigida a sus
ciudadanos. Con Raúl este caudillismo se ha transformado parcialmente en
la mentalidad de patrono inmisericorde, que rige la conducta de los
tantos que desempeñan puestos administrativos en instancias
gubernamentales y empresas. Pero en todos los casos, del control de un
país a la gerencia de una empresa, el poder aún se ejerce de forma
caprichosa y personal. El barniz autoritario, que busca sustituir el
totalitarismo y permite ciertos espacios de mayor libertad económica, no
puede desprenderse de la irracionalidad que impide gobernar de forma
imparcial.
No es que en Cuba existan muchos burócratas —como lo dijo Fidel y lo
repite Raúl—, sino que el país carece de ellos. No se trata de una
cuestión retórica ni de un aspecto sociológico. Es una prueba más de la
ignorancia de quienes gobiernan la Isla.

Source: La burocracia como chivo expiatorio – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-burocracia-como-chivo-expiatorio-319511

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