Corrupción – Cuba – Corruption
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La eternidad del presente

Cambios, Reformas, Transición

La eternidad del presente
Hacer un análisis de la situación en la Isla inevitablemente lleva a un
replanteamiento del papel del exilio
Redacción CE, Madrid | 01/07/2014 5:26 pm

Desde la óptica del exilio cubano, el proceso iniciado el 31 de julio de
2006, con lo que fue entonces la entrega temporal del mando del
gobernante cubano Fidel Castro, ha tendido a verse con una óptica
pendular, cuando la realidad y la historia cubana tienden al círculo o a
la espiral. Durante meses —y hasta años— artículos de periódicos,
programas de radio y televisión, comentarios en internet y blogs
acumularon discusiones sobre dos conceptos supuestamente antagónicos:
sucesión y transición.
Cuando los posibles cambios anunciados por el ahora gobernante Raúl
Castro comenzaron a posponerse —o reducirse a pocos, incompletos, sin
llegar a las causas profundas de los problemas para muchos— y terminaron
convertidos en parte de una nueva metafísica insular, la discusión giró
hacia el estancamiento y la posibilidad del caos y la catástrofe. En ese
punto estamos todavía, entre la apatía y la violencia, a partir de la
represión, la escasez y la corrupción, los tres pilares en que se
fundamenta el gobierno cubano.
A la vez que el régimen de La Habana continúa exigiendo una actitud de
aceptación absoluta e incondicionalidad a toda prueba —que no es más que
abrir la puerta a oportunistas de todo tipo—, se aferra a un concepto
medieval del tiempo: confundir el presente con la eternidad.
Dos son las actitudes que parecen determinar la conducta de quienes
están al frente del régimen cubano. Una es un afán desenfrenado en ganar
tiempo, para mantenerse en el poder por lo que les queda de vida. Cae
igualmente dentro de esta actitud su reverso: sobrevivir a la espera de
la muerte natural de Fidel Castro, para a partir de ese momento
establecer alianzas de todo tipo —las que incluso no excluyen a una
parte de la comunidad exiliada— y poder integrarse lo más posible dentro
de un supuesto nuevo centro del poder.
La otra actitud parece ser el reflejo de un gran temor a mover lo
mínimo, no vaya a ser que se tambalee todo. Una especie de efecto
mariposa insular.
El general Castro aparenta estar interesado en impulsar el desarrollo
económico del país. Pero tanto el limitado sector privado como el amplio
sector de economía estatal están en manos de personas que conspiran
contra ese desarrollo, por razones de supervivencia.
La fragilidad de un socialismo de mercado es que su sector privado, si
bien en parte está regulado por la ley y la demanda, en igual o mayor
medida obedece a un control burocrático. Al mismo tiempo, ese control
burocrático decide, en la mayoría de los casos, a partir de factores
extraeconómicos, políticos e ideológicos principalmente.
En su edición del 29 de junio, el diario Granma titulaba así un artículo
sobre el próximo período ordinario de la Asamblea Nacional del Poder
Popular, a realizarse entre el miércoles y el jueves de esta semana:
“Control y fiscalización en el centro de la agenda de las comisiones”.
El análisis de incumplimientos, deficiencias, cuentas por cobrar y
pagar, la ejecución de proyectos e inversiones dominará la agenda de las
sesiones. El necesario examen que se anuncia no estaría mal si fuera
acompañado de una mentalidad abierta al balance de la función estatal
con la privada en la esfera económica. No hay que hacerse muchas
ilusiones de que ello ocurra. Es de esperar, de acuerdo a los resultados
de una reunión ministerial realizada en días pasados, que finalmente se
den algunos pasos necesarios a favor de poner en práctica formas no
estatales de gestión en las actividades de gastronomía, servicios
personales y técnicos, donde los precios estarán determinados por la ley
de la oferta y la demanda, aunque ello no implique la creación de la
pequeña propiedad mercantil ni el establecimiento de empresas privadas
dueñas de todos los medios de producción. Será un avance y un viraje
económico dentro de un sistema absolutamente centralizado y estatista al
máximo. Pero no la transformación que el país requiere.
Al ritmo que Castro está conduciendo los cambios, necesitaría vivir unos
doscientos años para llevar a cabo una renovación en Cuba, y en ese caso
limitada solo a una mejora del nivel de vida de los ciudadanos. Así y
todo, esta reforma estaría encerrada dentro de los parámetros dados por
la necesidad inherente al régimen de mantener la escasez y la corrupción
como formas de control.
De este modo, lo mejor es no hacerse muchas esperanzas y apostar más al
seguro de que la retranca a un cambio profundo vuelva a funcionar, salvo
en los aspectos de supervivencia a que obligan las circunstancias.
Todo esto ocurre mientas la represión a quienes buscan mayores espacios
de libertad y cambios políticos se mantiene sin variaciones.
Sin embargo, no parece probable que el reclamo por cambios verdaderos
disminuya, no solo entre quienes con toda justicia apelan a modificar la
situación actual —desde el punto de vista económico, social y políticos—
sino también en aquellos que plantean la necesidad de reformas y a la
vez se manifiestan fieles al gobierno cubano.
Tampoco la situación cubana puede definirse en términos de que nada ha
cambiado, luego de haber apuntado las limitaciones de las medidas
adoptadas por el gabinete de Castro, algunas positivas (tal el caso de
la reforma migratoria), otras a medias, (como ocurre con la agricultura)
otras pendientes de sus resultados en la práctica (ley de inversiones).
El papel del exilio
Hacer un análisis de la situación en la Isla inevitablemente lleva a un
replanteamiento del papel del exilio, o resignarse a un aislamiento aún
mayor.
Lo que podría ayudar al desarrollo de esas posiciones que apuestan por
un cambio —que van desde lo que hasta cierto punto podría considerarse
actitudes reformistas hasta la franca oposición pacífica— es el
desarrollo de un discurso dentro del exilio que rechace la
confrontación, sin por ello renunciar a la denuncia de los abusos a los
derechos humanos.
Mejor que consagrar tanto tiempo a la discusión de una transición que no
llega —ni hay muchas posibilidades de que se produzca más o menos de
inmediato—, sería apropiado dedicar mayor atención al análisis
específico de una evolución lenta pero continua.
Por supuesto que en tal discusión caben todas las posiciones —salvo las
extremistas y los fanatismos de cualquier índole— y que la inclusión no
implica aceptación incondicional.
Ya es hora de sustituir el atrincheramiento en una actitud de todo o
nada —que incluso desde el punto de vista ético puede resultar
meritoria— por un aprovechamiento de las condiciones del momento.
Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas
no nos libra del exilio. No contribuye al fin del castrismo o al
mejoramiento de las condiciones en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia
del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.
Contra este ideal de entendimiento, hay en el exilio quienes a diario se
declaran opositores del régimen cubano, pero manifiestan una actitud
similar a la existente en La Habana: “con nosotros o contra nosotros”.
Las opiniones e informaciones contrarias a sus puntos de vista son
consideradas un ataque y no un criterio divergente.
Estas manifestaciones de intransigencia dentro de un sector del exilio
reflejan el ideal totalitario. No se trata de rebatir una idea sino de
suprimirla. Apelando al argumento del respeto a la comunidad, el “dolor
del exilio” y la necesidad de no “hacerle el juego” a La Habana, algunos
intentan imponer un código de lo que se debe o no se debe informar; la
fotografía que se debe o no se debe colocar; lo que es correcto y no es
correcto hacer; definir la estrategia a adoptar por Washington respecto
a la relación con el gobierno cubano y excluir o santificar a priori
cualquier opinión.
Es cierto que esa ha sido siempre la actitud proclamada y repetida con
orgullo por el régimen de La Habana —y que cuesta trabajo decirle
“gobierno” y no catalogarlo simplemente como “dictadura”, que lo es—,
pero a lo largo de tantos años la exaltación ha demostrado brindar
pobres resultados. Tampoco hay que imitar al enemigo en sus tácticas y
estrategias.
Nada de ello, por supuesto lleva a negarle a quien lo desee la práctica
de una actitud “vertical”, pero además de que esta “verticalidad”
implica el compromiso de ser verdadera, hay que reconocer que en la
actualidad no es compartida —y por motivos diversos— ni por la totalidad
del exilio ni de la población residente en la Isla.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que a la hora de hablar de los
famosos cambios en Cuba se debe distinguir entre los espontáneos o
naturales y los dirigidos. Los segundos son las esperadas reformas, que
en algunos casos no acaban de concretarse o extenderse. Los primeros ya
están en la calle. Lo que lleva a estudiar no solo lo que el régimen
quiere o no cambiar, sino también ver lo que ha cambiado a pesar o a
contrapelo del régimen.
Para alentar estos cambios espontáneos, el exilio debe asegurar a los
que viven en la Isla que cualquier participación de la comunidad
exiliada en el futuro de Cuba tendría entre sus objetivos el contribuir
a buscar los medios necesarios para lograr el difícil equilibrio entre
la justicia social y la libertad individual.
El defender un modelo de justicia social —desaparecido en buena medida
en Cuba—no implica el suscribir propuestas agotadas. Se puede estar a
favor de la educación gratuita, servicios médicos a la población y
renglones económicos de propiedad estatal sin tener que andar con las
obras de Marx y Engels bajo el brazo. Y mucho menos tener que salvar a
Lenin y echarle toda la culpa a Stalin.
No es que el exilio ha dejado de ser anticastrista, sino que el
anticastrismo ha cambiado de forma. Ha dejado de ser vocinglero y
pueril. No le interesa perseguir músicos y tampoco se regodea en la
nostalgia de una Cuba anterior a 1959. Incorpora los valores culturales
de esa época y tira por la borda la exaltación pueblerina de un país
plagado de pobreza, corrupción y asesinatos. Entiende lo ocurrido en la
Isla durante más de medio siglo como un proceso con razones y causas, no
como un destino espurio.
Por conveniencia o facilismo de una prensa local, nacional e
internacional —que se siente cómoda al presentar el estereotipo del
exiliado reaccionario—, se relega a un segundo plano la existencia de
organizaciones, líderes exiliados y puntos de vista que no responden al
cliché de una comunidad intransigente, ignorante y fácil de manipular.
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión
perdida. En un país donde la mayor parte de la población se encontraba
en la infancia o no había aún nacido en la fecha en que Fidel Castro
entra triunfante en La Habana, la vida ha estado regida por un padre
nacional dominante y despótico, pero también sobreprotector y por
momentos generoso: el Estado cubano, que por demasiado tiempo se vio
reducido a una figura, un hombre, un gobernante. Decir que esta
situación ha cambiado sustancialmente es una exageración, pero
considerar que todo en Cuba sigue igual que hace unos años es una
muestra de ignorancia.
En la Isla se mantiene firme, sin embargo, ese control rígido e
inmovilismo ya mencionados, que hace que la realidad cubana continúe
inculcando a sus ciudadanos la necesidad de dominar el arte de la
paciencia. Una tras otra vez, han ido acumulándose las generaciones
inacabadas, incompletas en su capacidad de formar un destino.
Este panorama ha ido cambiando en los últimos años, tanto con la
presencia incesante de opositores que a diario muestran su desacuerdo
—incluso en las calles que por años fueron el coto cerrado “de Fidel”—
como de quienes alientan el surgimiento de la necesaria sociedad social
o luchan para que la información llegue a todos los cubanos.
En este sentido —y aunque a algunos pueda parecerles paradójico—, sería
alentador que también comenzara a cambiar la política norteamericana
hacia la Isla, con una mayor sensatez que sustituya una retórica de
confrontación absurda, inútil y contraproducente. No es una fórmula
garantizada, que va a llevar de inmediato a la añorada transición
política del país, pero sí un intento válido para romper la eternidad
del presente.

Source: “La eternidad del presente – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-eternidad-del-presente-318912

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