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Raúl y Putin o el romance imposible

OPINIÓN

Raúl y Putin o el romance imposible
CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 19 Jul 2014 – 4:26 pm.

Aunque pobre, desorientado y andrajoso, Raúl Castro es el director del
circo y el domador de los enanos: algo que habrá interesado a Putin.

Vladimir Putin aclaró tajantemente que su país no pensaba reabrir las
operaciones de inteligencia electrónica de la base de Lourdes, cercana a
La Habana. Eso era lo predecible. Meterse de nuevo en la cama con los
Castro no tenía sentido. No debe olvidarse que Putin llegó al poder de
la mano de Boris Yeltsin para que completara el entierro del comunismo,
no para revivirlo.

Las instalaciones de espionaje creadas en Cuba en 1964 fueron
abruptamente clausuradas en octubre del 2001 por órdenes del propio
Putin. Esa acción no se la perdonaron Fidel Castro ni los viejos
kagebistas nostálgicos del comunismo, como su exjefe el general Nikolai
Leónov, quien así lo manifestó en una entrevista concedida hace algunos
años a los medios rusos.

En agosto de 1991 el KGB urdió un golpe político-militar para liquidar a
Mijaíl Gorbachov y su política de reformas. A las 24 horas de iniciado
el movimiento subversivo, Vladimir Putin, teniente coronel del KGB,
renunció a su cargo y se situó junto a Boris Yeltsin, el hombre que hizo
abortar el coup d´etat.

Aunque Putin no tenía mucha importancia dentro de la inteligencia, sus
excompañeros lo vieron como un traidor, pero en el bando de Yeltsin lo
aceptaron como un buen aporte a la Rusia que huía de su pasado bolchevique.

Casi una década más tarde, el 31 de diciembre de 1999, Yeltsin, enfermo
y alcoholizado, renunciaría a la presidencia del país dejando a su
discípulo Vladimir Putin al frente de la Federación Rusa con la secreta
tarea de que le cuidara las espaldas y lo defendiera de las (fundadas)
acusaciones de corrupción.

Juntos, con perdón, habían armado la de Dios es Cristo. Enterraron la
URSS, disolvieron el Partido Comunista, privatizaron con amiguetes el
aparato productivo, renunciaron al colectivismo y a la planificación
centralizada, y transformaron los servicios de inteligencia.

Yeltsin y Putin sabían que Fidel Castro era un estalinista irredento. Y
lo sabían, porque al desertar el embajador (interino) cubano en Moscú,
Jesús Renzolí, quien escapó vía Finlandia con la ayuda del diplomático
costarricense Plutarco Hernández, reveló que algunas de las
conversaciones conspirativas para restituir la dictadura
marxista-leninista en la URSS se habían llevado a cabo en la embajada
cubana en Moscú.

No obstante, la base de Lourdes permaneció abierta durante la década en
que gobernó Yeltsin. Pero Putin, a poco de asumir el poder, la cerró, y
lo hizo tan sorpresivamente que Fidel y Raúl Castro se enteraron por la
prensa de la decisión del nuevo líder ruso, propinando un durísimo golpe
a la vanidad de ambos personajes.

Sin embargo, la desilusión mayor fue la de Raúl Castro. De los dos
hermanos, era él quien siempre había admirado más a Rusia, al extremo de
llenar su antedespacho de fotos de mariscales y líderes militares
soviéticos. Incluso, llegó a declarar, en el juicio-pantomima que
organizaron para asesinar al general Arnaldo Ochoa y otros tres
oficiales, que él, Raúl, era, en realidad, “un ruso del Caribe”.

En definitiva, ¿qué buscan Raúl Castro y Vladimir Putin en esta etapa de
las relaciones entre ambos países?

El cubano busca armas para renovar su herrumbroso arsenal de los años
80, plantas eléctricas, una línea de crédito e inversiones en las
elusivas prospecciones petroleras. Ofrece como garantía los petrodólares
venezolanos —su permanente fuente de financiamiento—, pues nada tiene
para exportar a Rusia, incluidos los médicos cubanos, innecesarios y muy
poco respetados en ese país.

El ruso, por su parte, anda a la captura de mercados para sus
cachivaches, especialmente armas, para lo cual —y esta es una reflexión
del sagaz político boliviano Sánchez Berzaín— le conviene arreglar
cuentas con Raúl Castro, porque se trata del godfather de Venezuela,
Bolivia, Nicaragua y Ecuador, y mantiene unas magníficas relaciones con
Argentina, Brasil y Uruguay. Aunque pobre, desorientado y andrajoso,
Raúl, paradójicamente es el director del circo y el domador de los enanos.

Hace muchos años, cuando conocí a Boris Yeltsin, le escuché expresar su
temor a que el KGB le paralizara el corazón con unas ondas de radio que
producían fibrilaciones. Yeltsin no quería nada a Castro.

Ignoro si Vladimir Putin ha controlado a sus excompañeros o si cree que
ya pasó el peligro. Tampoco sé lo que realmente piensa de los dos
hermanos Castro, pero intuyo que no es nada bueno. Fue en Moscú, en esa
época, cuando escuché una expresión llena de desprecio hacia Cuba y el
comunismo tercermundista: “mendicidad revolucionaria”. Putin no quiere
saber de eso nunca más.

Source: Raúl y Putin o el romance imposible | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1405779777_9584.html

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