Corrupción – Cuba – Corruption
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La despreciable actitud de los secuaces

La despreciable actitud de los secuaces
[21-08-2014 10:47:54]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Los caudillos siempre precisan de
aduladores en sus entornos. Sin ese compacto coro de halagadores
seriales que respaldan todas sus decisiones, el líder parece perder esa
autoestima que lo invita a imponer y avanzar.
Es difícil entender a quienes avalan sus determinaciones sin
cuestionarlas. Es bueno asumir que el jefe no siempre tiene razón. Los
liderazgos consistentes se construyen con mentes abiertas, amplitud de
criterio, disposición para escuchar a todos, con ganas de aprender,
para seleccionar las alternativas óptimas. Esos conductores suelen ser
hábiles, convocan a los mejores, a los más capaces, a los que pueden
ofrecer soluciones con sentido común, sensatez y una cuota de
conocimiento técnico combinado con talento profesional.

Algunos dirigentes políticos, mediocres y de escasa personalidad, tienen
una tendencia indisimulable a rodearse de ineptos, de individuos poco
competentes, de escasa formación académica y con temperamentos débiles a
la hora de proponer ideas y establecer posiciones propias.

A veces, ese núcleo de colaboradores está compuesto de gente con
avanzados estudios. Resulta complejo entonces decodificar la humillante
conducta que asumen esos que optan por exaltarlo todo obedientemente,
con un silencio cómplice excesivamente funcional a los objetivos del
jerarca.

Se puede entender la mezquindad, la terquedad y hasta el error habitual
del líder de turno. Es posible comprender la naturaleza y el peso de la
responsabilidad de quien tiene la tarea de conducir, pero eso no puede
explicar jamás porque algunos protagonistas, aparentemente inteligentes,
deciden jugar el perverso juego de alinearse incondicionalmente.

No se visualizan en esos grupos de trabajo, personas aptas para fijar
una postura diferente, diciendo lo que nadie quiere escuchar y listas
para dar el paso al costado si las circunstancias así lo requieren,
sobre todo cuando se recorre un camino inapropiado, inaceptable y sin
regreso posible.

Es inviable justificar a esos personajes que construyen discursos con
esmerada razonabilidad, para luego vitorear barbaridades y apoyar
peligrosas consignas que buscan trastocar el modo de vida de la sociedad.

Es sabido que no se puede estar de acuerdo en la totalidad de los
asuntos de la agenda política. También se asume que no todo se puede
cambiar en poco tiempo. Pero existen límites y es vital identificarlos,
para saber que se puede lograr y que no. Allí es cuando parecen
obnubilarse algunos, permitiendo que esa línea se vaya corriendo
progresivamente.

Algunos creen que solo se trata de mantener esa cuota de poder que el
funcionario supone disponer. Es por eso que aceptan lo que sea.
Pretenden retener ese espacio de maniobra que los apasiona y pagan
costos impensados, cediendo a diario, tranzando inclusive con la
corrupción que los circunda hasta naturalizarla e incorporarla como
hábito al ejercicio de sus tareas. Así es que concluyen también
aceptando la inmoralidad y los desaciertos, como si eso fuera requisito
necesario para hacer política.

Ellos mismos se convencen de que solo se trata de insignificantes daños
colaterales, aparentemente menores y argumentan diciendo que para lograr
cambios hay que estar dentro y ensuciarse, y que eso es parte de las
reglas del sistema. Lo central es que cada individuo debe decidir hasta
donde llega, cual es su frontera personal, donde está el umbral que no
aceptará sobrepasar, y eso tiene que ver con los valores profundos con
los que cada ser humano comulga. Se debe poner en la balanza los
objetivos por un lado y los medios que se aceptan utilizar para
lograrlo, por el otro.

Es en los actos oficiales o hasta en la obscena “cadena nacional”,
cuando se pueden observar con más claridad las poses asumidas por los
funcionarios del gobierno y amigos del poder que siempre secundan al
líder ocasional. La indigna costumbre gestual de aplaudirlo todo, de
sonreír frente a comentarios tan superficiales como de dudoso sentido
del humor y ovacionar lo inadmisible, termina configurando un
comportamiento patético.

En muchos casos merodean el poder, empresarios, profesionales, hombres y
mujeres exitosos en su actividad. Ninguno de ellos precisa de dádivas o
favores, ni de los salarios que ofrece un circunstancial gobierno,
aunque la mayoría lo acepta con demasiada satisfacción.

En la inmensa mayoría de los casos, funciona de otro modo. Habitualmente
los mediocres son solo rehenes de una remuneración, de una cómoda
posición que los lleva a recibir una compensación económica a cambio de
sus servicios. La contraprestación no implica solo trabajar, sino
también la deshonra de decir que sí siempre y aclamar todo sin condiciones.

El proceder de los elogiadores compulsivos no es intrascendente. Se
trata de integrantes de un equipo que cumplen el rol de participes
necesarios, porque son parte de lo que sucede, saben lo que ocurre a su
alrededor y nadie los obliga a estar ahí. Aunque así lo reciten, no
pueden pretender que se los considere como meros espectadores.

No son pocos los que, en privado, critican al líder, su estilo y hasta
sus formas. Pero no se animan a confrontar con el patrón. No tienen la
valentía suficiente para decir lo que piensan porque temen cometer el
pecado de no agradar al jefe. No le plantean sus puntos de vista
discrepantes, ni tienen el coraje de retirarse a tiempo cuando así
corresponde.

Queda claro que el líder puede equivocarse, que sus resoluciones no
siempre son las adecuadas y que sus visiones a veces se encaminan hacia
el inevitable fracaso. Pero eso no sucede solo por sus propios errores,
ni por su enérgico carácter o sus evidentes defectos personales, sino
también por la despreciable actitud de los secuaces.

Source: La despreciable actitud de los secuaces – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/53f5b23a3a682e0830d8c5e1#.U_cZwvmSwx4

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