Corrupción – Cuba – Corruption
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Reina María Rodríguez – ¿Es esto la vida?

Reina María Rodríguez: ¿Es esto la vida?
Posted on 23 agosto, 2014

Esta semana, la escritora cubana Reina María Rodríguez recibió el Premio
Iberoamericano de Poesía Pablo Nerura 2014 de manos de la presidenta
chilena Michelle Bachelet.

Además de su reconocida obra poética, Reina María acumula una singular
producción de narraciones, ensayos y crónicas que conforman su quehacer
intelectual y reafirman una estética que ha definido la mirada de la
autora a la hora de normar, interpretar y fijar su entorno habanero.

CaféFuerte se suma al homenaje a Reina María con la publicación de una
de sus crónicas, aparecida en un libro lamentablemente poco difundido en
Cuba: Variedades de Galiano (2009). Concebido como un compendio de
estampas cotidianas a partir de sus recorridos por la zona del antiguo
Ten Cents de la populosa avenida, el volumen constituye acaso el retrato
más certero y descarnado de un pedazo de La Habana y sus personajes,
acosados por la indefensión, los derrumbes y el olvido.

NO LA OIGO, MUCHACHA, NO LA OIGO

Por Reina María Rodríguez

He bajado por Zanja -desde el Barrio Chino-, donde venden tamales,
dulces, yerbas (apio, cilantro, espinacas), y donde los humos mezclados
casi me hacen vomitar, hasta la calle transversal con el corte necesario
entre dos derrumbes próximos. Uno saca los escombros cubo a cubo,
lanzándolos. Un hombre primero, otro después. Cae el material desde la
altura y avisan cuando pueden a los transeúntes; otras veces cae nada
más así, el polvo, la llovizna.

Otro derrumbe, algo más hacia la izquierda, es más civilizado, tiene
unos tubos enormes para que pasen las piedras y el material o se deslice
contra la acera. “Estamos en demolición”, dice un cartel cercano y
escrito con tiza.

El parque de siempre, y ya sentada en él, es todavía peor que lo que
imaginé desde el cristal de la cafetería. Los viejos barbudos (babeados)
quietos como estacas, ensimismados en algún recuerdo lejano o próximo.
Algunos llevan una prenda o reliquia (la cadena de un reloj que no han
vendido todavía; una manilla plateada de la infancia; la gorra del
equipo de pelota de provincia). Las viejas son peores. Guardan en las
jabas todo lo que va apareciendo: suetercitos manchados de grasa “por si
regresa el viento”, ganchitos de pelo encontrados por el suelo, papeles
sucios de bocaditos mordisqueados, comida que se desborona. Suciedad.
Oxidación. Dolor de hueso. Artritis crónica.

Siento el movimiento oscuro de los intestinos (las tripas) saltar con
sabores amargos. La saliva pegajosa, la inquietud de los sudores
mezclados, la acidez de un aliento atroz. ¿De dónde han venido? ¿De qué
refugio o páramo llegaron? ¿Cuál fue su guerra? Pero este parque otra
vez se traga todas mis preguntas. El viejo próximo a la esquina de sol
cabecea violento. ¿Quién lo impulsó hasta la miserable decencia?

“Los zapatos son el mejor reflejo del alma” –decía mi abuela- y miro mis
zapatos, los suyos, por horror a ver tan de cerca sus almas. Las pieles
tienen grasa, agrietamientos. ¡Con tal de que no sonrían! La sonrisa es
lo peor, porque entonces salen las cuevas, los desfiladeros, los dientes
de la rabia y el espanto. ¿Qué es esto, un Picasso? ¿Un Mondrián?

El ángel de mármol delgadísimo mira mi asombro, sonríe también nacarado.
Resurrección pide para este contenido humano. Forma otra vez para ellos.
Aunque no asustan menos los chinos del bulevar de Zanja, pero ellos no
tienen ángeles. Tal vez la diosa del amor los dejó abandonados, los
olvidó entre tal corrupción y destartalamiento. Tal vez el canto de los
pájaros allí, o la aleación de comidas refritas hace un ying-yang en mi
ombligo y todo parece más alegre, entre jaulas con pájaros y
jeroglíficos, aunque todo es lo mismo y los chinos sean más resistentes,
más sabios: raza de sol oblicua y membrillo.

“No la oigo, muchacha, no la oigo…”, dice el hombre que recoge cartones
y luego los vende. Supongo que tampoco me ve, ya que piensa que soy una
muchacha cuando ocupo el banco junto a él. El perro que señala con el
hocico negro tiene una sarna que el coge todo el cuerpo, un resplandor.
Está en el centro del parque y exhala un olor bochornoso. El viejo de
los cartones pretende seguir conmigo una conversación dejada con otro
sobre el perro sarnoso. Piensa que alguien lo llevará y se apiadará de
él. “Tengo gatos”, digo, antes de que me lo pida. Pero él trata de
convencerme sobre el perro, al que todavía se puede salvar con luz
brillante.

Sé que es el día perfecto para tirar la foto que me falta, pero no
puedo, siento remordimientos. Una mano paralítica me trae “la prensa”
(como le llaman al periódico aquí), donde se revende. Otra, una bolsa
con panes que zozobran de unos dedos crispados a otros. Un mulato que
fue joven y fuerte recoge restos de cigarros, cabos. “Aquí roban todo”,
dice mirando mis zapatos. Miro la punta cuadrada de piel y la escondo
como puedo bajo el banco. El perro me ha mirado con ganas de comer
pellejos blancos, al menos, recostarse en ellos. El viejo que acumula
cartones sonríe. El perro lame una hoja amarilla que al fin se
desprendió. Agonía del perro y de la hoja (saliva sarnosa y sabia en
recompensa). Siento el olor de la hoja desprendida, moribunda en la boca
del perro, enrojecida. El sol entretanto tortura las yagas sarnosas.

¿Es esto la vida?

Las hojas filtran un cuadro indecoroso de dolor y sensaciones. La mano
me tiembla y hoy tampoco podré escribir. Se acerca una vecina que me
dice tocándose su pelo recién teñido de la peluquería cercana “todo es
en dólares para el Día de las Madres”. La saya fina dorándose tiene
perforaciones por donde penetra el sol, la soledad. Antes era una mujer
vistosa.

Salgo perforada del hemisferio poblado y desolado del parque. La
serpentina rota se recompone con las pisadas. “¡Hay ratas!”, grita un
anciano mártir. Como en la estampida hacia la resurrección, el perro ni
se mueve ni ladra, queda petrificado en el cuadro. “Oiga, muchacha, no
se asuste, esto es normal”, dice el viejo de los cartones y sonríe. Me
inclino por el peso de los bultos que contemplo y que, en pocos días, ya
no estarán. Pero, ¿estarán vivos hoy?

Source: Reina María Rodríguez: ¿Es esto la vida? | Café Fuerte –
http://cafefuerte.com/opinion/17198-reina-maria-rodriguez-es-esto-la-vida/

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