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La Habana – urbanización “a la cañona”

La Habana: urbanización “a la cañona”
La cruzada contra las ilegalidades constructivas condena a miles de
familias a destruir sus timbiriches de supervivencia
martes, septiembre 9, 2014 | Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba. — Las medidas contra las ilegalidades constructivas,
impuestas por el gobierno, agrava la crisis habitacional, crea más
descontento entre la población y propicia la corrupción, porque no hay
dudas de que proliferarán los sobornos a inspectores y funcionarios.

Según muy conservadores datos oficiales, en todo el país hay un déficit
habitacional de más de 700.000 viviendas. Más de la tercera parte de ese
déficit afecta a la superpoblada capital, donde sería necesario
construir no menos de 28 000 casas para empezar a paliar solamente un
poco el problema. Pero el año pasado solo se construyeron en todo el
país 25.634 viviendas, casi la mitad de ellas no por el Estado, sino por
sus propios moradores.

Ocurrencias del máximo líder

Las microbrigadas fueron, a inicios de los años 70, la solución que se
le ocurrió al Máximo Líder para enfrentar el problema de la vivienda,
que ya desde entonces se pintaba peliagudo.

Para optar por un apartamento había que integrarse a una de aquellas
brigadas constructoras, en las que se trabajaba 14 horas diarias y
más, de lunes a sábado, amén de los domingos rojos y la participación en
las actividades políticas orientadas por el Partido o el sindicato.

Los integrantes de las brigadas, además de construir el edificio donde
morarían, también estaban obligados a participar en la edificación de
obras sociales, que podían ser lo mismo una escuela o un consultorio
médico que un túnel que sirviera de refugio en caso de un ataque aéreo
norteamericano.

Los apartamentos eran otorgados en asambleas donde se analizaban los
méritos laborales y políticos de los micro-brigadistas. Aquellas
reuniones terminaban convertidas en ollas de grillos –o de alacranes-
donde los compañeros de trabajo se chivateaban y se echaban en cara los
trapos sucios, que lo mismo podían ser problemas ideológicos (chistes,
comentarios o confidencias escuchados alguna vez), acusaciones de robo
de materiales o comida, que otros de carácter más intimo, como
infidelidades conyugales o sospechas de homosexualismo. No pocas
enemistades de por vida entre familias se originaron en aquellas
“asambleas de méritos”.

Palomares de proletariado

Así, se erigieron en todo el país, varias decenas de barrios de
micro-brigadas. En las afueras de la capital estaban Alamar, San
Agustín, el Reparto Eléctrico, Alta Habana, Mulgova y otros. Eran
barrios compuestos por bloques de cinco pisos, todos iguales, cuadrados,
feos, indistinguibles unos de otros de no ser por los números que los
señalizaban y que poco contribuían a que uno no se perdiera en el
laberinto de trillos y pasillos entre los edificios.

Aquellos antiestéticos palomares del proletariado, las versiones
socialistas de las cuarterías, pensados para reforzar el colectivismo y
el control social, eran casi idénticos a los de la Unión Soviética y el
resto de los países de la Europa Oriental. Sólo los salvaba de la
grisura y la monotonía absoluta, la vegetación del trópico, que brotaba
incontenible en los parques, trillos y jardines –si se puede llamar así
a la mezcla de rosales y platanales-, y sus bullangueros moradores, que
nada tenían que ver con la melancolía de los eslavos, por muy similares
que fueran sus circunstancias.

Solo así, por el sol del trópico, la vegetación exuberante y la gente,
uno lograba convencerse de que realmente no estaba en “la Siberia”, como
invariablemente llamaban en todos los barrios -lo mismo en Alamar, en el
Eléctrico que en los demás-, a los edificios más alejados de la carretera.

Con el tiempo, estos edificios resultaron insuficientes. Las familias
que los moraban fueron creciendo y como ya no cabían en los
apartamentos, de dos habitaciones la mayoría y algunos de tres,
decidieron agrandarlos. Para ello, tuvieron que hacer divisiones, abrir
o clausurar puertas y ventanas, cerrar balcones, portales y patios para
convertirlos en cuartos. Los más afortunados, los que tenían carros y
motos, construyeron improvisados garajes, casi siempre comunes.

Durante el Periodo Especial, a pesar de los vecinos que protestaban por
la peste, proliferaron los corrales de gallinas, puercos y chivos. Y
cuando el gobierno autorizó el trabajo por cuenta propia, habilitaron
espacios para talleres y cafeterías.

Timbiriches de supervivencia

Ahora que el gobierno se ha propuesto adecentar a las masas desmandadas
-proletarios, lumpens y lacras, todos mezclados en la precariedad y los
más inventivos y heterodoxos mecanismos de supervivencia- han
emprendido una cruzada contra lo que denominan “ilegalidades e
indisciplinas sociales”. Y en medio de esa cruzada, pretenden
restablecer el orden y la disciplina urbanística.

Inspectores de Planificación Física, un organismo dirigido también, como
no, por un general, y de la proverbialmente corrupta Dirección de
Vivienda, apoyados por la policía, recorren los barrios de
microbrigadas, imponiendo multas y dando plazos, sin escuchar razones,
para que retiren, antes que las autoridades los desmantelen a la fuerza,
vallas, cercas, tabiques, cobertizos, parqueos y timbiriches.

¡Vaya momento que han escogido los mandamases para restablecer el orden
arquitectónico! Con el monstruoso déficit habitacional de más de mil
viviendas. Pero los mandamases que dictan las disposiciones, viven en
cómodas mansiones, y poco les importan las miles de familias que viven
hacinadas en apartamenticos-covachas.

En vez de legalizar lo ya hecho, si la infracción no es grave y no
perjudica a los demás vecinos, o si acaso dejarlo en una multa
razonable, obligan a demoler. Los mandamases prefieren que esos metros
cuadrados arrancados a los necesitados vuelvan a ser terrenos baldíos,
inundados por la yerba, atiborrados de basura y escombros, poblados por
moscas y ratones.

Urbanización “a la cañona”

Es cierto que da grima y deprime caminar por entre los edificios de
microbrigadas de Alamar o el Reparto Eléctrico, entre cercas hechas con
chapas de zinc y de metal oxidado, empalizadas, yerbazales, montones de
basura sin recoger, salideros de aguas albañales, perros hambreados y
sarnosos, tendederas, ancianos-zombis, muchachos que juegan pelota o
fútbol en la calle, hombres sin camisa y mujeres igualmente semidesnudas
y con rolos, que mientras cargan cubos de agua o corren a hacer cola
para comprar algo de comer, se gritan insultos y bromas soeces en las
escaleras, los pasillos o de un edificio a otro.

No es muy distinta la situación si se recorre Centro Habana o Diez de
Octubre. Solo que en lugar de los bloques de edificios, hay cuarterías
con barbacoas y edificios ruinosos, a punto de derrumbarse. Y ni hablar
de los llega y pon, que las autoridades prefieren llamar
eufemísticamente “barrios insalubres”.

En cualquier sociedad es loable el mantenimiento del orden
arquitectónico y de las reglas urbanísticas, solo que la cubana, luego
de más de medio siglo de desastrosos experimentos socialistas, es una
sociedad completamente anómala. Cualquier intento de normalización “a la
cañona”, sin resolver las causas de las anomalías, más que resolver
problemas, los agrava. O crea nuevos problemas. Y siempre los más
humildes son los más afectados. Pero al parecer, los mandarines y sus
mandamases, siempre tan cortos de vista, no son capaces de discernir esto.

luicino2012@gmail.com

Source: La Habana: urbanización “a la cañona” | Cubanet –
http://www.cubanet.org/destacados/la-habana-urbanizacion-a-la-canona/

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