Corrupción – Cuba – Corruption
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Xenofobia. Otra vez la hipocresía.

Xenofobia. Otra vez la hipocresía.
[27-10-2014 15:38:27]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Un reciente anuncio oficial cargado de un
alto contenido demagógico, propone expulsar con celeridad a los
extranjeros que cometen delitos en Argentina.
Promete ser el nuevo ícono del nacionalismo doméstico, ese que defienden
tantos, desde diversos extremos ideológicos. Es increíble que un país
que ha sido poblado mayoritariamente por quienes vinieron desde otras
naciones, tenga hoy la osadía de aborrecer a quienes han decidido (como
sus propios abuelos) elegir este lugar para construir el futuro de los
suyos.

Es difícil comprender tanto odio, rencor y resentimiento hacia aquellos
cuyo único pecado ha sido nacer en ciudades diferentes a las propias. La
calidad de un ser humano, su hombría de bien, sus valores, no dependen
de modo alguno del ámbito geográfico en el que ha dado sus primeros pasos.

La despreciable actitud de los que clasifican a los individuos según su
lugar de nacimiento, muestra una forma de concebir el mundo. Se puede y
debe repudiar el delito, la apropiación de lo ajeno, el ataque a la
libertad o a la vida y la integridad física. Pero encasillar a la gente
según su nacionalidad, es un síntoma de la creciente degradación moral
de una sociedad.

Lo más patético frente a esta cuestión es la hipócrita postura de esos
que alientan la deportación de extranjeros frente a delitos no probados,
con sumarios abreviados sin garantías procesales indispensables.

Aunque no lo reconozcan, cuando se refieren a “los extranjeros”, solo
piensan en bolivianos, paraguayos, uruguayos, peruanos o brasileros. Es
que no solo rechazan al forastero, sino que tienen una carga
discriminatoria adicional, que mezcla cuestiones étnicas, raciales y
prejuicios sociales, una letal combinación de fobias imposibles de
justificar con seriedad y sensatez.

Sus “extranjeros” no son daneses, australianos, canadienses, japoneses o
franceses. No lo admitirían, pero el extranjero al que se refieren
pertenece a una casta inferior, un subhumano. Es lo que creen, pero ni
siquiera tienen el coraje de defender su verdadera posición, mostrando
entonces otro de sus detestables costados, el de la deshonestidad
intelectual.

No son capaces de defender sus ideas con valentía. Saben que el odio no
es un valor sustentable y entonces disfrazan su visión xenófoba detrás
de razonamientos elaborados que pretenden presentar con suma inteligencia.

Dicen que la sociedad no debería solventar los cuantiosos costos
carcelarios que se derivan de enviar a prisión a los extranjeros que
delinquen, justificando así la deportación como una solución ingeniosa.
Resulta bastante extraño que les incomoden esas erogaciones pero no
tengan la misma vehemencia a la hora de repudiar la corrupción
estructural de sus compatriotas, al punto de apoyar a esos indecentes
dirigentes en las urnas.

Ni siquiera desde lo pragmático resulta razonable apoyar semejante
dislate. Si una persona comete un crimen debe responder por ello y eso
implica que luego del proceso judicial que lo condene con las pruebas
suficientes, es necesario que cumpla con las penas establecidas.
Desterrarlo por ser extranjero en un procedimiento reducido, en
definitiva bajo un proceso inadecuado, es deambular entre dos riesgosas
situaciones. Una posibilidad es la injusta inculpación anticipada, la
otra es premiar la criminalidad expulsándolo y evitando entonces que
cumpla una pena por sus fechorías.

Las fronteras son solo un invento del hombre, absolutamente artificial y
discrecional, que transita a contramano de la naturaleza. Los individuos
viven en ciudades, por eso son ciudadanos. Habitan territorios
delimitados por la lógica que propone el devenir espontaneo de sus
comunidades.

La creación de las naciones, y su producto derivado más exacerbado, el
de ese nacionalismo patriotero, le han hecho un escaso favor a la
conformación de sociedades pacificas, constructivas y armónicas. Solo
han logrado hasta ahora promover enfrentamientos, guerras, divisiones y
resentimientos.

La incoherencia es una de las claves de este asunto. Algunos que dicen
defender libertades, son los primeros en pretender diferencias jurídicas
entre los nativos locales y los foráneos, apoyando leyes como estas que
se proponen. Del otro lado, los supuestos “progres”, esos que dicen
resguardar los derechos humanos, son los que luego piden normas
proteccionistas para la industria nacional atacando a todo lo que
provenga de afuera.

Es evidentemente que son demasiados los que tienen un gran desorden de
ideas. Sus inconsistencias son muchas y sus argumentos se acomodan según
sus sentimientos y no en función de una visión racional y equilibrada.

A la incoherencia se le suma una constante hipocresía en esto de
justificar posiciones. A estos personajes los mueven pasiones, los
moviliza ese conjunto de abominaciones viscerales y desde una mirada
emocional, construyen ciertas tesis solo para disimular. Saben que el
odio no puede ser exhibido como algo positivo y entonces tratan de
intelectualizar premisas para no quedar tan descolocados.

La xenofobia es un sentimiento detestable. Los que odian a los
extranjeros no lo reconocen con sinceridad e intentan camuflar sus
ruines sensaciones. Ellos saben de su indigna conducta, pero la misma
debe ser considerada solo como una renovada versión de la más absoluta
hipocresía e inconsistencia del pensamiento contemporáneo.

Source: Xenofobia. Otra vez la hipocresía. – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/544e58e33a682e10e8599ffb#.VE-iXPnF9HE

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