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De plaza sitiada a plaza visitada

De plaza sitiada a plaza visitada
La realidad que muchos siguen eludiendo es esa capacidad de adaptación
enorme de un sistema
Alejandro Armengol, Miami | 23/12/2014 4:29 pm

Asombra a estas alturas la pereza mental de quienes se refugian en
viejas explicaciones para analizar la relación que se avecina entre
Estados Unidos y Cuba. Si el argumento de plaza sitiada fue utilizado
por décadas por el régimen, en ningún momento implicó compromiso
ideológico alguno y mucho menos único recurso. El que por tranquilidad y
conveniencia se siguiera repitiendo por los voceros de allá y aquí
tampoco significó nunca que quienes realmente gobiernan en la Isla —a
estas alturas un hermano, algunos miembros de una familia, unos pocos
del círculo íntimo— lo necesitaran con urgencia imprescindible. Aun
asusta más ese condicionamiento —adquirido por la comodidad del exilio o
simple cobardía— que impide ver la capacidad de adaptación de quienes —a
punto de cumplir 56 años en el poder— han logrado sobrevivir las
condiciones más diversas y algunas verdaderamente difíciles. Más que
desconocimiento de las capacidades del enemigo, lo que aflora entonces
es una ignorancia casi innata para descubrir la torpeza propia.
Afirmar que Cuba era “una plaza sitiada” o que “la nación estaba en
guerra” constituía parte de ese rosario de lemas ya gastados, pero a los
cuales sacaba utilidad el gobierno, sobre todo en medios
internacionales. Por décadas resultó difícil comprender que un país
estaba en guerra con otro y al mismo tiempo le compraba alimentos a su
enemigo, agasajaba a los legisladores del bando contrario y celebraba
subastas de tabacos donde los compradores no venían de una trinchera
sino viajaban cómodamente a La Habana. Una guerra sin disparos y ataques
mortíferos, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos
“barcos enemigos” que entraban en aguas cubanas traían mercancías que se
cargaban en los puertos de la nación agresora. La clave era que nunca al
régimen le interesó que creyeran sus argumentos, sino simplemente que
los aceptaran.
Cuba estaba en “guerra”, decían los repetidores de los argumentos
surgidos en la Plaza de la Revolución, y no le quedaba más remedio que
encarcelar a los “agentes” del otro bando. Pero la justificación
ideológica había pasado a un plano secundario ante la represión más vulgar.
El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante
la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos
ideológicos y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la
realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa
realidad al propósito único de conservar el poder.
Al principio de la llegada de Raúl al poder asombró la falta de mensajes
oficiales, que orientaran sobre el proceso o explicaran su significado.
Pero eso que se vio como carencia ideológica pronto pasó a convertirse
en la esencia de una nueva etapa: la práctica cubana en la puesta en
marcha de una supuesta “actualización” , en que un día se avanza y otro
se retrocede, pero siempre en la búsqueda de conservar el poder.
Contrario a lo esperado por algunos, el agotamiento ideológico del
modelo marxista-leninista no desembocó en un desmoronamiento del sistema.
Si una parte de quienes viven bajo las ruinas del socialismo cubano son
sujetos moldeados por una época en que se produjo una amplia
distribución de algunos derechos sociales —como tener un trabajo
asegurado y el acceso gratuito a los servicios de salud y educación, que
con los años han experimentado cada vez un mayor deterioro—, son también
ciudadanos con un precario entrenamiento para ejercer derechos civiles y
políticos, o en general poco preparados para asumir riesgos a la hora de
obtenerlos. Por otra parte, ha ido en aumento otra generación que no se
preocupa tanto por esas conquistas sociales como por un bienestar
inmediato. al que se ven limitados con condiciones internas y externas.
Son estos, que nunca han aspirado a “ser como el Che” aunque lo
repitieran de niños, y que tampoco ejemplifican el “hombre nuevo”
guevarista, a quienes están destinados los cambios que se avecinan en la
relación entre Cuba y Estados Unidos: los hijos del Período Especial. En
lidiar con esta generación están empecinados los gobiernos de ambos países.
Raúl Castro ha hecho todo lo posible por mantener esa condición de
acatamiento de los viejos y desinterés político de los jóvenes,
timoneando de acuerdo al momento pero sin soltar el control del rumbo.
En lo que se refiere al aspecto cultural e ideológico, en los años
previos a la llegada del menor de los Castro, el régimen encaminó el
deterioro ideológico sobre el supuesto de un nacionalismo posmarxista,
adoptado como elemento fundacional del proceso. Poco sirvió argumentar
que esos cambios oportunos —o mejor, oportunistas— carecieran de solidez
desde el punto de vista teórico y fundacional, y solo sirvieran de
espejismos al uso para justificar un acercamiento al poder o al dinero,
fue imponiéndose esa praxis que priorizaba la salida individual por
encima de las luchas sociales y políticas —sea gracias a la represión o
la esperanza de marcharse—, y que en última instancia se guía por el
“resolver” a diario sin buscarse “líos políticos”. El argumento de
“plaza sitiada” y el enemigo externo —aunque no eliminado por completo—
comenzó a ceder espacio frente a la urgencia del momento. Abandonar el
país no fue más el último acto de rebeldía o la única muestra
“permitida” de rechazo al sistema, sino una salida económica.
Así Raúl Castro inició un discurso en apariencia repetitivo, torpe y
cansado, pero que al margen de estas características permitía las
inclusiones más diversas.
Tras una parada militar, el 2 de diciembre de 2006, habló de negociar
con Washington, durante un discurso en la Plaza de la Revolución. En
medio de tanques y cohetes, el entonces ministro de las Fuerzas Armadas
y gobernante en funciones no lanzaba una arenga contra su viejo enemigo,
sino declaraba la “disposición de resolver en la mesa de negociaciones
el prolongado diferendo entre Estados Unidos y Cuba”. Propuso sentarse a
negociar “sobre la base de los principios de igualdad, reciprocidad, no
injerencia y respeto mutuo”.
Que años más tarde se inicie al fin tan diálogo no refleja solo la
voluntad o el interés del presidente estadounidense Barack Obama, sino
también una necesidad por parte del gobierno de la Isla. En este
sentido, intereses y razones han sido discutidos y analizados en
detalle, pero hay un elemento primordial que no debe pasarse por alto:
una intención real de negociar.
Curioso que uno de los puntos más significativos del discurso de Castro,
durante la clausura del último período ordinario de la Asamblea Nacional
del Poder Popular de este año, casi no se ha comentado en esta ciudad,
cuando fue dirigido fundamentalmente a Miami y Washington.
Castro ofreció garantías de que su gobierno no boicoteará las
negociaciones, como temen algunos analistas y añadió que se “tomarán
medidas” para prevenir hechos que puedan obstaculizar el diálogo.
Este hecho abre nuevas perspectivas. No se trata de creer al pie de la
letra lo que dice el gobernante. Es algo más simple: no se inicia un
diálogo buscado en los últimos años para romperlo de la noche a la
mañana. Se sabe que no está dispuesto a ceder en aspectos esenciales
—democracia, derechos humanos—, pero hay otras cuestiones en que
mostrará mayor flexibilidad. Que estas cuestiones no resulten las
fundamentales para la oposición cubana no deja fuera la posibilidad de
que se pueda lograr cierto provecho de ella. Sobre todo si se parte de
una premisa fundamental: es un diálogo entre dos naciones, no un debate
nacional interno. Hasta dónde llevará Washington los reclamos
democráticos es la gran interrogante, donde lo mejor es no colocar
muchas esperanzas, pero también resulta contraproducente un rechazo de
plano. Será cínico pero es también realista: ¿con cuántas divisiones
cuenta la oposición, salvo más bien el estar dividida? No es que se
aplauda que la moral quede fuera de la mesa de negociaciones, sino que
se prefiera abandonar cualquier intento a su entrada —aunque sea
limitada— bajo el manto de la intransigencia.
Ampararse en la naturaleza pérfida del régimen, para rechazar el
diálogo, puede reportar dividendos en el exilio y cierta satisfacción
personal, pero poco ayuda en el esfuerzo por avanzar por un camino largo
y difícil. Atrincherarse en juicios pasados sobre la actuación del
gobierno evidencia conocimiento del pasado, pero también ignorancia del
presente.
Si bien es cierto que el embargo comercial de EEUU hacia el gobierno
cubano ha sido usado como coartada por la élite gobernante, también lo
es que bajo el mando de Raúl Castro hay un interés de dejar a un lado
esa ganancia colateral para enfrentar los aspectos que en realidad
afectan sus planes económicos, que se resumen en la explotación del
puerto del Mariel, la inversión extranjera, el turismo e incluso la
exploración petrolera.
Que por décadas las quejas sobre el embargo, y el argumento de plaza
sitiada, fueran parte esencial de la retórica del régimen no implica que
en un momento determinado puedan ser echados a un lado. El uso del
“bloqueo” como excusa perfecta fue mencionado por Castro es su discurso
del 18 de diciembre de 2010, al referirse a la incapacidad demostrada
por el Estado para producir café en cantidades suficientes. Por supuesto
que ese momento aún no ha llegado por completo y el reclamo del
levantamiento “incondicional” del embargo sigue formando parte de esa
retórica. Pero lo fundamental es reconocer una capacidad de adaptación
de ese régimen que no lo hace ni bueno ni malo: simplemente efectivo.
Casi no vale la pena agregar que ese interés primordial es conservar el
poder; llevan décadas demostrándolo.
La clave del análisis es no confundir los argumentos del régimen con su
realidad, sino considerarlos partes de su superestructura ideológica.
Desde la salida de Fidel Castro del poder cotidiano, buena parte de la
oposición y el exilio no desperdició tribuna alguna en que exponer
puntos de vista, brindar cifras, recordar experiencias —a veces muy
lejanas— y fraguar proyectos. Nada de esto debe impedir analizar que en
Cuba se llevó a cabo un proceso de consolidación acelerada de un nuevo
gobierno, con cambios paulatinos que se han realizado en escala reducida
—en medio de estancamientos que más de una vez han puesto en duda sus
etapas—, sin por ello eludir por completo una necesidad de efectuarlas.
No es que esta transformación en marcha sea para mejor, desde el punto
de vista de la democracia. Con o sin relaciones con Washington el
discurso político continuará siendo cerrado al reconocimiento de las
libertades individuales y los derechos humanos y ciudadanos típicos de
las democracias occidentales, aunque tampoco podrá eludir algunos
cambios que de momento resultarán cosméticos, pero no libres de
consecuencias.
El mecanismo de sucesión establecido, que se ha desarrollado a la
perfección, solo necesitó de dos tácticas para funcionar con la
implacable certeza de un mecanismo de relojería. Primero fue pregonar
que Fidel se mantenía “al tanto de todo”, informado en todo momento y
consultado respecto a las decisiones más importantes, para luego dejar
de mencionarlo salvo en una broma de ocasión, como la intercambiada
entre Raúl Castro y Obama en su reciente conversación telefónica. La
otra ha sido abordar las dificultades e ineficiencias cotidianas, que
endémicamente han mostrado la falta de voluntad y recursos del gobierno,
no como problemas del sistema o consecuencias de su inoperancia, sino
como aspectos disfuncionales capaces de ser enmendados: la indisciplina,
el robo, el mercado negro y la corrupción.
La ausencia de cambios ideológicos y el férreo control de la prensa y
los organismos estatales —que Raúl trata de mantener a cualquier costo—
han contribuido en buena medida a que el exterior no se perciban cambios
dentro del gobierno. En igual medida, y por paradójico que parezca, aún
el exilio se mantiene a la espera del anunciado final de Fidel Castro.
Que el rumor, o la pregunta sobre su destino, vuelva a figurar en estos
días —tanto en la prensa tradicional como en la blogosfera— no es más
que un ejemplo de esa actitud; válida como anhelo, pero también un
desatino político.
La realidad que muchos siguen eludiendo es esa capacidad de adaptación
enorme de un sistema donde el tradicional esquema marxista de estructura
económica y superestructura política e ideológica se empecinan en un
cambalache insólito pero efectivo. Del reclamo de plaza sitiada a la
estrategia de plaza visitada, el régimen ha recorrido un largo trecho,
donde conceptos como escasez, represión y estancamiento económico son al
mismo tiempo realidades del momento y condiciones para el mantenimiento
del poder, colocados al frente de la vidriera o dejados en la trastienda
del negocio, según interese al dueño: ¿hay que decir el nombre?

Source: De plaza sitiada a plaza visitada – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/de-plaza-sitiada-a-plaza-visitada-321324

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