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Transita Cuba hacia la democracia? (II)

¿Transita Cuba hacia la democracia? (II)
ALEXIS JARDINES | San Juan | 4 Dic 2014 – 8:39 am.

En este segundo artículo (de una serie de tres) se analiza la clase
política en el poder.

En esta segunda parte el análisis se dirige a la clase política en el
poder, para explorar los límites de una transición que no rebasaría los
marcos de la sucesión dinástico-partidista. He recurrido a la
experiencia de transición de la Europa del Este para reafirmar la tesis
acerca de que, en la Cuba futura, la mal llamada oposición interna no
accederá a ningún cargo o puesto gubernamental realmente significativo
ni protagonizará transición alguna a la democracia.

De la renovación de las elites partidistas

Tal vez el problema más interesante que ha generado la llamada oposición
leal ?desde el punto de vista conceptual? es el del realismo político,
posicionamiento que transnacionaliza el tema de la lealtad, lo
desarraiga y despoja, en consecuencia, de su naturaleza disidente. Bajo
este desideologizado ropaje las reformas raulistas resultan atractivas
para algún que otro empresario de la diáspora y para potenciales
inversionistas extranjeros.

El supuesto de los realistas es el reconocimiento de que el único marco
jurídico para realizar los cambios es el revolucionario, dado que es el
vigente y carece de oposición. En un escenario semejante, según esta
perspectiva de análisis, parece poco realista apelar a una transición
sin sujeto político. ¿Quién la llevaría a cabo y dentro de qué marco
legal? Cabe destacar en este posicionamiento al lobby empresarial
estadounidense, conformado por sectores de la izquierda (liberal) y
segmentos de la comunidad cubana (mayormente empresarios, además de
buena parte de la llamada emigración económica). Lógicamente, por esta
vía se va directo a la flexibilización/derogación del embargo. Lo que
vale puntualizar aquí, desde el ángulo opositor, es que ni un solo
argumento promovido por la campaña antiembargo es sostenible. Del otro
lado se dirá lo mismo, pero dejemos a un lado lo de disidente/opositor y
concentrémonos en los hechos.

No se puede negar que algunos cambios interesantes van teniendo lugar en
Cuba. Sin embargo, se podría cambiar para peor. Hasta ahora los
Lineamientos no han tenido éxito y la situación del cubano ha empeorado
en todos los sentidos. Mucha gente no entiende la mentalidad
revolucionaria. Cuando Fidel definió la Revolución como el acto de
“cambiar todo lo que debe ser cambiado” el cubano de adentro sabía que
debía agregar la coletilla: “menos la Revolución misma”. Fuera de Cuba
no acaban de entender con quiénes están tratando. Así pues, no son los
cambios per se, sino la naturaleza y el propósito de esas reformas lo
que está en cuestión.

Lo que Cuba busca con su campaña antiembargo es acceder no a los
productos norteamericanos (alimentos, medicina, etc.) porque eso ya lo
viene haciendo sin ninguna dificultad, siempre que pague en efectivo. Lo
que el Gobierno quiere —y esto lo han sabido ver claramente los foristas
en el debate on line sobre el tema— es acceder a los créditos que le
permitirían conseguir esos productos, para luego saldar dichos créditos
con el dinero del propio turismo “antropológico” norteamericano que
inundaría la Isla. Pero si Cuba accede sin capacidad financiera a estos
créditos —y está claro que no tiene ninguna? no solo sería
discriminatoria hacia millones de norteamericanos que tienen su
historial de créditos afectados, sino que el contribuyente
norteamericano terminaría pagando por la incapacidad económica del
régimen de La Habana. Y no se olvide aquí que nadie cuida más el
bolsillo del contribuyente norteamericano que el régimen de Castro en su
permanente campaña de descredito del exilio y de la oposición interna.

Así, pues, es lícito suponer que la situación de miseria del cubano de a
pie permanecerá, porque no guarda relación con el embargo. Ahí está
China con inversiones y sistema crediticio a todo tren, pero con
millones de chinos en la pobreza. Ahí está Venezuela para recordárnoslo
todos los días. El país con las mayores reservas petroleras del mundo
sin leche, sin papel sanitario y, lo que es inaudito, importando petróleo.

Mirando el asunto del lado de las empresas norteamericanas cabría la
pregunta: ¿cómo es posible que se estén yendo de Venezuela ?donde, mal
que bien, todavía hay oposición, todavía hay libertad de expresión,
todavía hay derechos y legalidad? y se quieran establecer en Cuba,
causante directa de los males venezolanos? Al Gobierno cubano cabría
puntualizarle que si las propiedades de las empresas norteamericanas se
expropiaron con el argumento que eran capitalistas y foráneas, no debían
pretender ahora que le levanten el embargo para fundar empresas
capitalistas y con dinero extranjero en el territorio nacional. ¿Qué
clase de juego este? ¿Salvar al pueblo o salvar el monopolio del partido
único?

Si fuera lo primero, no habría necesidad de campaña antiembargo ni de
guiños cómplices. Simplemente se sentarían ambas partes, como primer
paso, a negociar la indemnización de las propiedades norteamericanas
expropiadas ilegalmente. Eso es, tanto para Obama como para Raúl Castro,
lo único realista y lo único moral, pero también ?para el segundo? lo
que no necesita de ideologías ni de disidencia alguna, sino de un poco
de humildad, sentido de justicia y respeto por el otro.

Justo hoy, cuando el embargo ha tenido la posibilidad de influir
decisivamente en la política gubernamental —debido a la falta de
liquidez ya insalvable del Gobierno cubano? empresas, individuos y
algunos gobiernos deciden tenderle una mano a la dictadura comunista
para que pueda ver la luz al final del túnel. Con quien negociarían? En
un artículo reciente publicado en este diario, Boris González Arenas,
quien vive en La Habana, nos da la clave cuando descubre la oscura clase
de: “los grandes contrabandistas cubanos que se asocian con las
autoridades necesarias para sacar o entrar al país grandes volúmenes de
mercancías. De esos que desde hace años venimos recibiendo fuertes
evidencias de que se han entremezclado con las autoridades políticas y
los clanes familiares agrupados tras décadas de detentar el poder. Y que
son los mismos que administran sin rendir cuentas las fabulosas
inversiones brasileñas en el puerto del Mariel y los recursos
interminables robados a los médicos cubanos contratados en el exterior”.

No tengo la impresión que coquetear con el Gobierno cubano en fase
terminal sea muestra de realismo político. Todos los pasos de
acercamiento hacia Cuba están sujetos a reversión por la elite
político-militar, de otro modo ni siquiera dialogarían con los que
siguen y seguirán viendo como sus enemigos. Quien piense otra cosa es,
cuando menos, ingenuo. Los que pretenden hacer un favor a la democracia
mediante espaldarazos al Gobierno cubano deben tener presente ese punto
de inflexión que coincidió con el retiro de Fidel Castro: lo que anima a
los controversiales cambios que se vienen produciendo en la Isla no es
la democratización del país, sino la conservación del poder en un
escenario postchavista.

Por otra parte, hay que acabar de entender que la democracia se abre
paso en Cuba no gracias a, sino a pesar de las reformas de Raúl.
Conviene no olvidar que los Lineamientos (la Biblia de las reformas
raulistas) fueron concebidos con el firme propósito de salvar el
socialismo revolucionario.

Veamos, a fin de cuentas, si tiene consistencia tanto la teoría de la
acumulación de cambios modestos y paulatinos —que, supuestamente, deben
llevar a un cambio estructural al mejor estilo de la ley marxista del
tránsito de los cambios cuantitativos en cualitativos— como la que
deposita la esperanza de la transición en la buena voluntad de la casta
dirigente, toda vez que así sucedió en los países exsocialistas. En el
fondo, se trata de un mismo posicionamiento, la diferencia solo estriba
en donde se pone el acento, si en lo económico o en lo político. Sin
embargo, como se sabe, la verdad no suele estar en los extremos.

El pasado año publiqué en este diario un artículo sobre la renovación de
las elites postcomunistas que conserva todo su valor. En lo que sigue me
apoyo en dicho texto no sin antes hacer una salvedad. Por aquella época
vi el obstáculo principal de la transición cubana en el artículo 5 de la
Constitución y tras reproducirlo literalmente comente: “Queda claro que
no se trata de una fuerza política, sino de una estructura jerárquica de
control. De modo que Cuba no está gobernada políticamente, sino
administrada por una cofradía endogámica y nepotista que se vale de una
suerte de sociedad fraternal (el Partido único), la cual ejerce las
funciones de control nacional, social e individual. Cuando se dice que
el Partido es la ‘fuerza dirigente superior de la sociedad’ se indica al
hecho de estar por encima de la ley y, como ‘vanguardia organizada de la
nación’, por encima de la nación misma. Por otra parte, si se tiene
—teleológicamente? un objetivo supremo (la construcción del socialismo y
el avance hacia la sociedad comunista) al cual obviamente no responden
ya las políticas gubernamentales, estamos ante un caso de violación
flagrante de esta, de por sí tendenciosa, Constitución”.

La solución al problema de la transición y de la propia actividad
opositora la vi, en aquel entonces, en la sociedad civil: “es a través
de la potenciación de la sociedad civil que se puede llegar a cambios
políticos. Recuerdo que el contenido de la sociedad civil, desde el
punto de vista de la filosofía política, son las asociaciones
voluntarias, el mercado y la esfera pública […] Así, pues, todo depende
de la expansión de la sociedad civil y del apoyo que la misma reciba
desde el exterior, principalmente en lo que toca al fomento de los
proyectos independientes de orientación opositora, cívica y
contestataria (que no deben confundirse con la oposición tradicional ni
con la disidencia, las cuales, por supuesto, también necesitan
atención). Es muy necesario, en este sentido, que el intercambio
académico-cultural desde el exterior se concentre en esos proyectos y no
en las instituciones del Estado. […] Pero, mientras ello va tomando
cuerpo, hay que ir trabajando ya ?como una manera más de potenciar ese
desarrollo? en la práctica pluripartidista, a la par que en el
desmontaje conceptual del sistema político unipartidista, tarea esta
última que es menester emprender a partir de los propios fundamentos
legales, a saber: la Constitución y, particularmente, su artículo 5″.

Con respecto a la sociedad civil, en cambio, creo haber albergado
demasiadas esperanzas. Es realmente el más importante elemento de
presión, pero la sociedad civil no puede evolucionar por sí misma hacia
objetivos claramente políticos y opositores, sin reparar ya en que la
misma apenas puede crecer y desarrollarse dentro de un marco
totalitario. Las posibilidades de que surja una vanguardia política en
el seno de la disidencia, como ya vimos, son remotas. Así, pues,
llegamos a este punto: o la transición a la democracia la protagoniza el
propio régimen bajo la presión de la sociedad civil o lo hace una
verdadera oposición política con el apoyo de la sociedad civil. De
manera que se combinan los dos vectores del cambio con una presión
social de baja intensidad que conlleva a una situación más bien
estacionaria. Veamos de cerca la primera de estas dos posibilidades

La nomenklatura

Desde el ascenso de Raúl Castro a la presidencia de la República se
viene prestando atención al modelo chino cuando se habla del futuro de
Cuba. Se sabe que lo más característico del viraje de Pekín fue la total
continuidad en el poder de la cúpula partidista. Veamos qué sucedió en
la Europa del Este.

En una documentada investigación sobre las elites políticas
postcomunistas de la Europa Oriental, Jacques Coenen-Huther, apoyándose
en la tesis del economista, sociólogo y filósofo Wilfredo Pareto
(1848-1923) acerca de lo difícil que resulta “desposeer a una clase
gobernante que sabe servirse de la astucia, el fraude, la corrupción, de
una manera avisada”, brinda datos como estos: “El análisis de tres
generaciones de dirigentes políticos —la generación Brézhnev, la
generación Gorbachov y la generación Yeltsin— indica que en medio de los
años 90, alrededor del 75% de la administración-presidencia, cerca del
75% de los miembros del Gobierno y más del 80% de las élites regionales
estaban constituidas por miembros de la nomenklatura soviética”.

Las cifras reflejan el incontestable hecho, revelado ya por otros
autores (Mink y Szurek) que la nomenklatura comunista fue el grupo más
beneficiado con el cambio de régimen. Quizás lo más interesante del
análisis de Coenen-Huther son las fases que distingue en esa peculiar
trasmutación de la cúpula gobernante: “Se está tratando, pues, con un
proceso que se ha desenvuelto en dos tiempos; la tesis de la renovación
de la elite dirigente es aplicable a la fase de degradación de la
economía socialista, mientras que la tesis de la supervivencia de la
elite es aplicable a la fase siguiente: la de la transición”.

El contraste con la situación cubana resulta revelador: en medio de la
degradación de la economía socialista no se ha producido la renovación
de la elite. Hemos saltado directamente a la supervivencia de la casta
gobernante, correspondiente a la fase de transición, mientras nos
mantenemos en la fase anterior: la degradación. La junta
político-militar que gobierna en Cuba evitó con éxito la necesidad de
renovación. Esto significa que aún no se ha salido de la etapa de
degradación de la economía y que ?considerando el factor biológico? la
fase de transición podría ser abrupta. Sin embargo, cabe también la
posibilidad de una acelerada renovación de cuadros a fin de contar con
el capital humano necesario para encarar la “transición” desde el poder.

En mi artículo sostuve que esta sería la salida por la que apostaría el
Gobierno cubano y cité como ejemplo la “apertura estratégica” —el
término es del vicepresidente Miguel Díaz-Canel— de la Escuela Superior
de Cuadros del Estado y del Gobierno. ¿Qué se estudia allí? Gestión
empresarial, Administración pública y Dirección.

El sector privado

A juzgar por las reflexiones de Coenen-Huther relativas a los
socialismos de la Europa del Este, la economía cubana apenas comienza la
fase de erosión, toda vez que el factor fundamental de cambio parece ser
el sector privado, incipiente en nuestro caso. Sin embargo, también aquí
hay peculiaridades que no se pueden pasar por alto.

Se sabe que en Cuba las licencias de los cuentapropistas se entregan y
retiran según consideraciones ideológicas y el sistema de impuestos
obliga a las microempresas a comportarse de manera leal con el régimen.
Como un ejemplo de todo ello, los llamados cuentapropistas desfilan en
la Plaza de la Revolución —junto a la Central de Trabajadores Cubanos
(CTC)? durante las celebraciones del Primero de Mayo. El mismo sistema
de chantaje y vigilancia (CDR) a que está sometida la población casa por
casa se extiende ahora a las microempresas privadas.

Lo curioso de todo esto es que, como en el caso de los socialismos de la
Europa del Este, a la elite comunista cubana no le simpatiza el
desarrollo del sector privado. Con el propósito de contenerlo y
marginarlo, desestimula el interés que pueda tener hacia él el sector
estatal en términos de intercambio. El marasmo de la sociedad cubana
reside en buena medida en los mecanismos de freno (tormozshénie) que el
sistema socialista necesita imponer al sector privado y levantarle, a su
vez, al sector estatal. Se trata de un imposible porque las
potencialidades del uno no se liberan sino mediante el otro. No por
gusto los soviéticos caracterizaron una situación semejante con la
palabra zastói (inmovilismo).

Retomemos a Coenen-Huther, el paso siguiente lo describe así: “La
entrada en la fase de transición propiamente dicha creó una situación
nueva. El Estado […] dio a conocer su voluntad de establecer las
condiciones legales e institucionales del funcionamiento normal de una
economía de mercado. La barrera que separaba al sector privado del
sector público, desapareció entonces. El sector privado pudo emprender
actividades que habían seguido siendo antes el privilegio del sector
público”.

Es en este punto donde ocurre la bifurcación del sector privado por
cuanto se desgaja uno nuevo, distinto del tradicional (este último, que
alguna vez llamé economía de kiosco, es el que aún existe en Cuba).
Justo aquí nos encontramos detenidos, ya que el nuevo sector en
expansión supone la privatización de propiedades estatales y “nuevas
disposiciones legislativas que permitan la acumulación de capital”. Todo
ello se llevó a cabo en los antiguos países socialistas y, como saldo,
la nomenklatura partidista de segunda generación ?que aprovechó sus
ventajas posicionales, su nivel de instrucción y hasta su “aptitud para
transformar el poder político en carta de triunfo económica”? fue la
beneficiaria de los cambios. Así, se puede asegurar con Coenen-Huther,
siguiendo también las investigaciones de Grabher y Stark en este punto,
que la nueva elite económica de la Europa del Este no emergió del sector
privado tradicional, marginado durante décadas, sino de las filas de los
cuadros socialistas.

En nuestro contexto, Raúl Castro habla de actualización del modelo
socialista y fuera de Cuba se interpreta el proceso en términos de
reformas democráticas y, en general, de transición al capitalismo. Gente
tan optimista podría explicar ¿por qué el consejero de Estado de China
se encuentra ahora en La Habana firmando un acuerdo bilateral para la
capacitación de cuadros del Estado y del Gobierno?

¿Transita Cuba hacia la democracia? (I)
http://www.diariodecuba.com/cuba/1417566290_11591.html

Source: ¿Transita Cuba hacia la democracia? (II) | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1417616079_11601.html

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