Corrupción – Cuba – Corruption
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La senda de la obnubilación

La senda de la obnubilación
[26-01-2015 08:58:24]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Los que pretenden llegar al poder están
siempre repletos de buenas intenciones. Más allá de sus innegables
ambiciones personales, los inunda un entusiasmo desbordante por hacer
algo diferente, por cambiar el estado de situación actual, por aportar
ese granito de arena que puede modificar el rumbo de forma positiva.
Desde afuera del sistema, sin tener el mando, se horrorizan por lo que
sucede a diario, se espantan por los resultados que obtiene la política
imperante, y se prometen a sí mismos, y a quienes quieran escucharlos,
que al llegar a ese ansiado sitial, eso no volverá a ocurrir nunca más.

Lo concreto es que el tiempo transcurre y algunos de ellos, más tarde o
más temprano, ocupan esos espacios por los que tanto se esforzaron. No
es necesario detenerse demasiado a analizar la nómina de mecanismos
utilizados para conseguirlo, aunque es probable que ese sea el punto de
inflexión, el quiebre moral que tuerce definitivamente el recorrido.

Todo lo que se haya dicho hasta ese momento, puede cambiar súbitamente.
El nuevo rol del ocupante del poder, transforma la matriz original, para
que las supuestas creencias y visiones ideológicas se desvanezcan. No se
debe imaginar al poder como el lugar más destacado, el superior a todos.
A veces solo se trata de cargos menores, espacios irrelevantes en
términos generales, pero esa sensación de tomar decisiones que
impactarán en muchos es lo que lo vuelve mágico, adictivo y, por lo
tanto, corrupto,

El proceso de degradación moral no es automático, ni repentino.
Frecuentemente es progresivo y hasta lento. Lo irrefutable es que la
orientación de los acontecimientos ya no tendrá que ver con lo tantas
veces enunciado, con el recitado políticamente correcto que motivaba a
recorrer este sendero que permitiría, hipotéticamente, cambiar el trayecto.

Existe un discurso lineal que sustenta a esta nueva posición para
justificar cada cambio retórico en el accionar. Los flamantes hombres
del poder dirán que nada se modifica desde afuera del sistema, y que al
ingresar al ruedo, es preciso hacer determinadas concesiones para ser
parte del juego.

Todos los que están adentro lo dicen, lo repiten y hasta se convencen de
la veracidad de esa afirmación. Claro que ese argumento es el que les
otorga la licencia personal para relajar sus reflejos morales y aceptar
como correcto, aquello contra lo que antes despotricaban sin temor.

Esa nueva posición, la dinámica que le “impone” ser parte del esquema de
poder, los lleva a modificar sus conductas una a una. Ya no pueden ser
los mismos de antes. Ahora tienen que aceptar ciertas normas y no solo
tolerarlas amablemente, sino también ejecutarlas como protagonistas.

Es ese el momento en el que todos los valores se trastocan. Lo que antes
era verdadero ahora ya no lo es. Lo que era necesario ahora no es
urgente. Y lo que estaba mal resulta imprescindible para seguir el
sendero elegido.

Antes querían celeridad, ejecutividad, soluciones y eficiencia. Hoy, ya
en el poder, disponen de otros tiempos. Ahora deben buscar la
oportunidad para llevar adelante solo una parte de lo soñado. Una larga
lista de legítimos deseos quedará absolutamente enterrada. Lo que en el
pasado debía modificarse, ahora no solo no es posible, sino que debe
archivarse indiscutiblemente porque es una premisa que no puede ser
vulnerada. Seguramente no dirán que se trata de algo inmodificable pero
recurrirán a eufemismos que sostendrán que “no es el momento”, o que
“aun no resulta posible hacerlo bajo las actuales circunstancias”.

Desde afuera era imperioso eliminar la corrupción, transparentar la
gestión, trabajar para los ciudadanos hasta convertirse en un empleado
de la sociedad dispuesto a servirle para conseguir lo que tantos
anhelan. Hoy, desde adentro, los objetivos mutaron. La prioridad es
sostener el poder, y si fuera posible concentrarlo, acrecentarlo,
controlarlo todo, para que la sociedad sea la que esté obligada a
renovar su voto, no necesariamente por disponer del mejor, sino porque
el adversario ocasional es algo peor.

Al poderoso de turno, solo le importan las encuestas y su chance de
seguir vigente. Si su derrotero ha sido desprolijo, es probable que solo
precise garantías de impunidad para que su salida sea silenciosa y
confortable.

La mayoría no logra comprender este fenómeno por el cual personas
honestas, sensatas, gente de bien, se transforma a una velocidad
inusitada en exactamente lo contrario. Es cierto que algunos no resisten
el proceso y terminan siendo expulsados rápidamente para volver a sus
lugares de origen, con cierta sensación de frustración por no haber
conseguido sus genuinas metas. Los invade una inusitada impotencia que
los marcará de por vida, pero pueden sentirse orgullosos de no haber
sido parte de la indigna trituradora del poder.

Por increíble que resulte el poder enamora, nubla la vista, hace perder
los parámetros y se convierte irremediablemente en una adicción. Es así
que consigue quebrar emocionalmente a aquellos que, sin integridad,
asistirán al derrumbe secuencial de sus convicciones. Una vez que se
recorren los primeros pasos y se ingresa por ese callejón sin salida,
nada tiene retorno.

La llegada al poder implica un ejercicio de aclimatación. Los más logran
dócilmente acomodarse a la nueva situación. Después de todo, la especie
humana sobrevive gracias a su gran capacidad de adaptación. Otros, los
menos tolerantes con ciertas prácticas, desisten a tiempo o son
expulsados. La perversa regla de oro vigente les recordará siempre, y
sin piedad, que quienes entran al sistema deberán recorrer la senda de
la obnubilación.

Source: La senda de la obnubilación – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/54c5f3a03a682e0ce8ed5d22#.VMZrAkfF9HE

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