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Los trece errores de Carlos Alberto Montaner

Los trece errores de Carlos Alberto Montaner
Si a las sucesivas presidencias norteamericanas una posición “dura”
frente a Cuba les aportaba réditos electorales, para las autoridades
cubanas el embargo resultaba vital y consustancial a su corpus teórico
Luis Manuel García Méndez, Houston | 19/01/2015 4:25 pm

Por su prosa limpia y sus reflexiones por lo general bien hilvanadas,
suelo leer con asiduidad los artículos de Carlos Alberto Montaner,
coincida o no con sus puntos de vista, lo cual no significa que él esté
equivocado y yo disponga de las verdaderas respuestas, o viceversa.
Partimos de presupuestos y perspectivas ideológicas diferentes pero que
son, desde luego, complementarias e imprescindibles en el debate sobre
el tema cubano, que es de lo que se trata.
El diario El País acaba de publicar un artículo de Carlos Alberto
titulado “Los cinco errores de Obama en su nueva política sobre Cuba”.
A su juicio, los cinco errores del presidente norteamericano respecto a
las relaciones con Cuba son: Suponer que puso fin a una política que no
había funcionado. Cancelar la política de contención sin tener con qué
sustituirla. El daño hecho a la oposición democrática. Un error de
carácter moral. Y un error de carácter legal.
Para validar esos errores, Montaner incurre a su vez en una serie de
errores, erratas, olvidos y afirmaciones tendenciosas. Parafraseando el
título de su artículo, he llamado a todos ellos errores. Espero que los
lectores me perdonen la licencia. Tal como hace Montaner en su texto, a
continuación los enumeraré:
1
A menos que el autor haya estado presente en los muchos meses de
negociaciones entre Estados Unidos y Cuba que se llevaron a cabo con una
absoluta discreción, afirmar que Roberta Jacobson llega a Cuba
prácticamente a entregarse a las exigencias de Raúl Castro, dado que
Obama “entregó previamente todas las bazas de negociación con que
contaba Estados Unidos” me parece una afirmación más que arriesgada,
temeraria. Sobre todo porque el embargo sigue intacto y su
ablandamiento, no su derogación, es potestad del presidente y puede
regularlo de acuerdo a su criterio. Con Rusia existen relaciones
diplomáticas y comerciales plenas y ello no ha limitado las sanciones.
Para empezar, ya la delegación norteamericana ha exigido y conseguido
reunirse con la disidencia, algo que los Castro siempre han considerado
una inadmisible provocación.
2
Afirma Montaner que desde 1964, cuando concluyó el apoyo norteamericano
a las operaciones subversivas contra Castro, cesó “el propósito de
liquidar al régimen comunista”. El autor parece ignorar que, si se
refiere a la subversión directamente armada, ese propósito cesó mucho
antes, tras los acuerdos entre Kennedy y Kruschev, y si se refiere a
acciones que, de alguna manera, contaran con apoyo o visto bueno de las
instituciones norteamericanas, esto se prolongó más allá de 1964. Y si
no hablamos de un propósito de liquidar al régimen directamente por la
vía militar, sino que lo extrapolamos a medios políticos y económicos,
el propósito continuará hasta la derogación del embargo.
3
Comparar las relaciones de los Estados Unidos con Cuba durante este
medio siglo con las relaciones que tenían con la desaparecida Unión
Soviética, tal como hace el autor, es algo que ni él mismo se cree, dado
que Estados Unidos y la URSS tenían relaciones diplomáticas plenas y
fluidas relaciones comerciales. En cuanto al aislamiento diplomático del
que habla Montaner a la URSS, miembro del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas, resulta difícil de comprobar, por decirlo de la manera
más dulce. Y si nos referimos a periódicas las votaciones en la ONU
sobre el embargo, más aislado parece Estados Unidos que Cuba.
4
Afirmar que hubiera sido muy fácil en la primera mitad de los 90, cuando
había desaparecido la URSS y el castrismo carecía de aliados, “ponerle
fin a la dictadura cubana” es algo que no debería hacer con tanta
soltura. El costo político para los Estados Unidos habría sido enorme en
comparación con sus dividendos. En plena extinción del comunismo como
proyecto viable, Estados Unidos habría creado, para la izquierda
nostálgica, el mártir necesario. Y los Estados Unidos de Clinton Vs.
Castro no son los de Eisenhower Vs. Jacobo Árbenz.
5
En su “primer error”, Montaner asegura que un país calificado como
terrorista (clasificación inoperante no por falta de intención sino de
medios), aliado “de las peores tiranías islamistas —Irán, la Libia de
Kadafi—, que se confabula con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua
para articular una gran campaña antinorteamericana” y que continúa
protegiendo a delincuentes norteamericanos políticos y comunes, no puede
ser considerado un país normal, menos aún cuando en julio de 2013
detuvieron en Panamá un barco cargado en Cuba con 250 t de pertrechos de
guerra con destino a Corea del Norte. Y de su “anormalidad” se deduce
que no debe restablecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos. De
hecho, Cuba no cuenta hoy con los mínimos recursos para patrocinar ni el
terrorismo ni la insurgencia, ni a nadie. Cuba es un país patrocinado
por Venezuela (a cambio de médicos y know how totalitario) y con temor a
que ese patrocinio concluya. De hecho, Estados Unidos es también un buen
socio de algunas dictaduras islamistas, comenzando por la peor de todas,
Arabia Saudí, patrocinadora del integrismo, y mantiene buenas relaciones
con dictaduras de diferente naturaleza en distintos lugares del mundo:
China, Malasia, Guinea Ecuatorial, etcétera. Tampoco, ni mucho menos, es
Cuba el único país que protege a delincuentes políticos y comunes
buscados por el FBI. Y todos esos países, excepto Corea del Norte,
mantienen relaciones diplomáticas con Estados Unidos.
6
Afirma Montaner que es un error del presidente norteamericano “cancelar
la política de contención sin tener con qué sustituirla”. No se sabe
bien qué cosa es política de contención. Si es, como afirmaba antes él
mismo, semejante a la política que se mantenía con la antigua URSS, ella
implicaría el establecimiento de relaciones diplomáticas.
7
Es obvio que a Estados Unidos (y a la inmensa mayoría de los cubanos) le
interesaría una Cuba democrática, pacífica y estable. Y Montaner nos
pone como meta a Costa Rica. Posiblemente se refiera a una Costa Rica
que yo desconozco, no a la que se encuentra en Centroamérica, con sus
grandes bolsas de miseria, nepotismo, corrupción política y
administrativa, infraestructuras desastrosas, altísimo costo de la vida
y delincuencia galopante, de modo que en San José el elemento común de
todas las viviendas no es el color blanco de las islas griegas sino el
alambre de púas. Desde luego, todos estaremos de acuerdo en que es
preferible una Cuba próspera, desarrollada y amistosa, “rica y
sosegada”, antes que una Cuba “tumultuosa y empobrecida”. Y se pregunta
el autor si se consiguen estos objetivos “potenciando a una dinastía
militar”. Aparece la necesidad de acudir al diccionario en busca de la
palabra “potenciar”, porque si el restablecimiento de relaciones
diplomáticas equivale a ello, tendríamos que admitir que Estados Unidos
potencia a decenas de regímenes nefastos en todo el planeta. Y habría
otra pregunta imprescindible: ¿potenció la anterior política el cambio
de régimen durante los anteriores 50 años? La respuesta es, obviamente,
no. ¿Qué garantías tenemos de que durante el próximo medio siglo la
misma política inoperante arroje un resultado diferente?
8
“Obama cree que ha resuelto un problema enmendando las relaciones con
Raúl Castro. Falso: lo que ha hecho es aplazarlo”, afirma Montaner en su
segundo error. He buscado en qué momento el presidente norteamericano
afirmó haber resuelto el problema cubano con su nueva política y mi
búsqueda ha sido inútil. A menos que haya sido una comunicación personal
de Obama a Montaner, lo que se desprende de las declaraciones del
mandatario norteamericano es que ha modificado una política probadamente
ineficaz. Medio siglo basta para considerar fallido cualquier
experimento. No ha blasonado en ningún momento de resolver con ello el
problema cubano que, entre otras cosas, debe ser algo que resolvamos los
cubanos, no el presidente de Estados Unidos, de Rusia o de China. Y
vaticina Montaner que “en el futuro próximo se presentarán otras crisis
que arrastrarán a Estados Unidos (…) Es lo que ocurre cuando no se curan
permanentemente las heridas”. Y con ello se remonta a la Guerra
Hispano-Cubano- Norteamericana y de ahí hasta nuestros días. Ignoro qué
significa para el autor “curar permanentemente las heridas”. ¿La
anexión? Y lo pregunto sin intención peyorativa. Grandes patriotas del
siglo XIX fueron anexionistas, y en pleno siglo XXI la globalización nos
anexiona unos a otros como nunca antes en la historia. Lo que tampoco
significa que yo apueste por ella.
9
Se lamenta el autor del “daño hecho a la oposición democrática”.
Reconoce que la solución al problema cubano debe darse entre cubanos y
que no se trata de un diferendo entre Washington y La Habana, pero para
eso “Washington debía mantenerse firme y remitir a la dictadura a la
aduana opositora, cada vez que directa o indirectamente se insinuaba la
posibilidad de la reconciliación”. Pero no explica cómo ayuda a la
oposición cubana el mantenimiento del statu quo. A quien sí beneficia
desde hace medio siglo es al régimen. Su discurso victimista, su manido
argumento de que la culpa de las carencias la tiene el “bloqueo”, la
mutilación de la libertades bajo el argumento de plaza sitiada, y la
“unidad” monolítica frente al enemigo como explicación de una dictadura
unipersonal. Montaner conoce perfectamente que quien torpedeó las
negociaciones durante años “cada vez que directa o indirectamente se
insinuaba la posibilidad de la reconciliación” fue Fidel Castro. Lo hizo
con Carter desatando el Mariel, con Clinton con el Maleconazo y el
derribo de las avionetas en 1996. Si no existiera, al imperialismo
habría que inventarlo, afirmó sagazmente Jean-Paul Sartre en los albores
de la Revolución. Como parte de la oposición, Montaner habla por sí
mismo, y su opinión es respetable, pero difícilmente recoja todo el
sentir de la oposición, especialmente la que vive dentro de Cuba y que
es la más vulnerable y sufrida.
10
En su tercer error, se pregunta Montaner “¿Para qué hacer reformas
democráticas, dirán los herederos de Castro, si ya se nos acepta tal y
como somos? (…) ¿Cuál es el incentivo que le queda a Washington para
inducir el respeto a los derechos humanos, si ya ha hecho la mayor parte
de las concesiones unilateralmente?” ¿A qué se refiere el autor con “la
mayor parte de las concesiones”? ¿Ha obtenido Cuba el estatus de nación
más favorecida? ¿Se ha derogado el embargo? ¿Se ha derogado la Ley de
Ajuste? Creo recordar que China y Vietnam, ambas dictaduras comunistas,
no están sometidas a embargo, tienen relaciones plenas y fluidas con
Estados Unidos y han obtenido el estatus de nación más favorecida,
además de un flujo constante de inversiones que, si esa es la
perspectiva de Montaner, han consolidado las dictaduras respectivas
otorgándole medios para un crecimiento económico espectacular. Nada de
eso ha ocurrido aún en Cuba, y el hecho de que la delegación
norteamericana haya insistido en reunirse con los dirigentes de la
disidencia, cosa que no ha ocurrido con China o Vietnam, es un síntoma
de que el tratamiento en ambos casos es notablemente diferente. Le
recuerdo a Montaner que más de cien países en el mundo tienen relaciones
con Cuba, es decir, que “los aceptan tal y como son”. O no. Porque
muchos países que tienen relaciones económicas y diplomáticas con Cuba
también son críticos con la Isla en cuanto a su desempeño liberticida.
¿El hecho de que Estados Unidos restablezca relaciones diplomáticas con
Cuba significa, automáticamente, que aplauda cualquier comportamiento de
las autoridades de la Isla? Resulta extremadamente simplista afirmar que
“La dictadura está eufórica. Siente que tiene carta abierta para
aplastar a los demócratas sin pagar por ello el menor precio”. Carta
abierta tenía hasta ahora para hacer lo que le viniera en gana sin temer
más represalias de Estados Unidos. Me resulta increíble que Montaner no
considere en su análisis la situación extraordinariamente delicada en
que se encuentra el raulismo, abocado a la posibilidad del cese de la
subvención venezolana. En esas circunstancias, ciertamente, una pequeña
apertura norteamericana es una bocanada de oxígeno, pero al mismo tiempo
una sanción norteamericana, al estilo de las que ha sufrido Rusia
recientemente, puede ser inhibidora de ciertos comportamientos que hasta
ayer, cuando no tenían nada que perder, eran imposibles. Y el raulismo
es infinitamente más pragmático que el fidelisimo, porque visualiza, al
mejor estilo ruso o de la piñata nicaragüense, la repartición del pastel
estatal entre la membresía conspicua de la aristocracia verde olivo,
algo que ya está sucediendo. Del mismo modo que Estados Unidos no pudo
detener la repartición de Rusia entre su nomenclatura reciclada, tampoco
podrán detener ese proceso en Cuba, dado que, en todo caso, los llamados
a hacerlo seríamos los propios cubanos. Esta situación me recuerda la
espléndida novela Vida y destino, de Vasili Grossman. Su protagonista,
un científico brillante, ve peligrar su carrera por las intrigas
políticas de sus compañeros y no tiene reparos en asumir comportamientos
“heterodoxos”. De pronto, recibe una llamada del propio Stalin quien
alaba su trabajo científico. A la mañana siguiente, cuando llega a su
instituto, todos saben que el propio Dios lo ha llamado por teléfono y
los que hasta ayer pedían su cabeza se desviven por halagarlo. Es
entonces cuando el protagonista siente un miedo terrible a perder lo que
hace apenas unas horas ha obtenido, y eso lo convierte en un dócil aterrado.
11
Montaner sustenta que desde la época de Jimmy Carter, Estados Unidos
tiene una doctrina democrática para América Latina en cuanto al respeto
de los valores democráticos y los derechos humanos. Y asume que “por
razones estratégicas, o por realpolitik, podría no exigirle a China que
tuviera un comportamiento democrático”. Y sostiene que, en el caso de
Cuba, al restablecer relaciones diplomáticas con una dictadura, “Estados
Unidos ha sacrificado inútilmente su posición de líder ético y ha
regresado al peor relativismo moral”. A este error, que es el cuarto, lo
llama Montaner “de carácter moral”. Ahora bien, ¿se puede tener una
moral acotada geográficamente? ¿Puede alguien sustentar el hecho de que
admitimos una dictadura fundamentalista en Oriente Medio o una dictadura
comunista en Asia pero no una dictadura comunista en América? ¿Admite el
autor una especie de geoética? Aunque reconoce que el restablecimiento
de relaciones con Cuba “es lo que deseaban muchos países
latinoamericanos”, lamenta que “no hay espacio para las consideraciones
morales” en las relaciones interamericanas. Es decir, según Montaner, la
realpolitik que esgrimen la mayoría de los países latinoamericanos,
según la cual la apertura con Cuba, país con el que ya tienen relaciones
diplomáticas y comerciales la mayor parte de las naciones del
continente, puede ser positiva para la evolución de la Isla hacia
mayores libertades y aperturas, no debe ser la realpolitik de Estados
Unidos, aunque sí lo sea en otras regiones geográficas. Y concluye que
“Estados Unidos ha sacrificado inútilmente su posición de líder ético”.
Quizás ingenuamente, yo opino que la moral no tiene nada que ver con la
geografía. Son disciplinas diametralmente distintas. Si lo que es moral
para China no lo es para Cuba, podríamos también admitir que la libertad
de expresión, un valor esencial de occidente, debe ponerse al servicio
de cierta lógica geográfica. El hecho de que todos seamos Charlie no es
incompatible con el mantenimiento de relaciones diplomáticas con los
países islámicos. Además de que, por muy admirable que sea la democracia
norteamericana, elevarla a la categoría de “líder ético” es mucho elevar
después de conocerse millones de escuchas ilegales, torturas como
sistema y otros asuntos turbios, lo cual tampoco descalifica a Estados
Unidos automáticamente.
12
Sentencia Montaner que la decisión del presidente Obama puede ser un
error, o en todo caso un delito, de carácter legal. Nos recuerda el
autor que en Estados Unidos existe una división de poderes, “una
democracia representativa”. Y según él “eso es lo que cuenta y tiene muy
poco que ver con las encuestas o con las decisiones asamblearias”,
aunque reconoce que “es posible que las encuestas reflejan que una
mayoría de la sociedad norteamericana apoya coyunturalmente la
reconciliación con la dictadura cubana”. Una manera elusiva de decir
que, efectivamente, la mayoría de la población norteamericana encuestada
apoya la restauración de las relaciones diplomáticas con Cuba. Podría
haberlo dicho de esa manera y no como un “es posible que las encuestas
reflejen”. El autor sabe perfectamente que en gramática “es posible” que
yo me gane la lotería, mientras “mañana amanecerá” es un hecho probado.
Y acusa al presidente Obama de haber engañado al Congreso manteniendo en
secreto las conversaciones con Cuba. Algo que, hasta donde alcanzo, es
potestad del Presidente, como lo era mantener en la sombra la operación
para eliminar a Osama Bin Laden, y no recuerdo que Montaner haya
protestado porque no se le comunicara antes a la opinión pública. Como
si sus electores no hubiéramos leído los periódicos durante los últimos
seis años, Montaner se pregunta “¿No debió el presidente conversar
previamente con ellos [el Congreso] sobre su política cubana en busca de
opiniones y consejos? ¿No existe la cordialidad cívica en la Casa
Blanca?”. Y la respuesta es, rotundamente, no. En cosas tan esenciales
como la reforma de la salud pública en Estados Unidos, un caso
francamente vergonzoso en el mundo desarrollado contemporáneo, la
oposición no ha tenido el más mínimo interés en colaborar con el
presidente. Muy por el contrario, ha intentado poner todos los palos en
las ruedas, incluso contra el interés y el beneficio de la ciudadanía
norteamericana, no de las aseguradoras y la industria de la salud. Otro
tanto ha ocurrido con la reforma migratoria, etcétera, etcétera. ¿A eso
llama Montaner “cordialidad cívica”? Pocos presidentes norteamericanos
habrán gobernado con una oposición menos cordial. Que la opinión pública
exprese mayoritariamente un criterio es democráticamente intrascendente,
según el autor, no así que la oposición republicana se pronuncie en
contra. Una muestra de cuán “democrático” se es cuando la opinión
pública no coincide con nuestras opiniones partidistas. Máxime cuando,
incluso, la mayoría de la población cubana y cubano-americana en Estados
Unidos aplaude y apoya la derogación de las restricciones. ¿También son
despreciables esas opiniones? ¿O son castristas más de la mitad de los
exiliados cubanos?
13
El autor concluye calificando la decisión del presidente norteamericano
como “un terrible error en el que no habían caído ninguno de los 10
presidentes que lo precedieron en el cargo. Por algo sería”. Con la
misma solvencia teórica se podría decir que la política norteamericana
de apoyar a las peores dictaduras del continente, siempre y cuando éstas
respondieran a los intereses de Washington, fue mantenida por los
presidentes norteamericanos durante un siglo. Por algo sería. Y poner de
esa manera en entredicho la posición norteamericana de defensa de los
derechos humanos y la democracia que el propio Montaner alaba.
Hace dieciocho años, publiqué un artículo contra el embargo bajo el
título “De cómo el lobo feroz se hizo cómplice de la Caperucita Roja”,
que reeditaría hoy sin cambiarle ni una coma. En él sostenía que el
embargo era el único acuerdo entre las diferentes presidencias
norteamericanas y la permanente presidencia cubana. Los unos ganaban
votos electorales en la Florida, y los otros mantenían intacto el
pedigrí antiimperialista en América Latina, justificaban la ineficiencia
y la dictadura, y convocaban la solidaridad internacional de David
frente a Goliat. Si a las sucesivas presidencias norteamericanas una
posición “dura” frente a Cuba les aportaba réditos electorales, para las
autoridades cubanas el embargo resultaba vital y consustancial a su
corpus teórico: mantenimiento de la dictadura desde la perspectiva de
plaza sitiada, erradicación de las libertades invocando la unidad y
excusa del calamitoso estado de la economía insular. La verdadera
víctima de este proceso perverso donde dos enemigos ideológicos
colaboraban por su mutua conveniencia, era la sufrida población cubana
atrapada entre la espada del embargo exterior y la pared del embargo
interior. Pensar que en algún momento el embargo, en tanto que
instrumento que propiciara la democratización de Cuba, fuera efectivo,
equivaldría a concederle al fidelismo, y posteriormente al raulismo,
algún interés por el destino de su propio pueblo. Mucho conceder a una
dictadura que ha demostrado durante medio siglo su más profundo
desprecio por la felicidad y el bienestar de los cubanos, mera materia
prima del poder. Y esos cubanos están hoy mayoritariamente esperanzados
(quizás más de lo que debieran) de que este cambio haga menos penosa su
existencia cotidiana, aunque sólo sea por otorgar mayor fluidez a las
relaciones con la diáspora. Y eso es un hecho. Harían bien los políticos
cubanos del exilio y de la oposición interna en atender al termómetro de
la calle. Si aspiran a la democratización de la Isla, deberían
percatarse de que esos serán los futuros votantes.
Durante medio siglo, a los dirigentes de la Isla no les ha faltado ni lo
esencial ni lo superfluo. Tras convertir a la Isla en su finca privada,
han disfrutado de todos los bienes y lujos, muchos de ellos producidos
por el enemigo y traídos a la Isla por cauces que eludían las
limitaciones del embargo. Ciertamente, un cambio de esas circunstancias,
un paso hacia la normalidad en las relaciones con Estados Unidos, no
garantiza directamente la democratización de la Isla, cosa de la que,
repito, deberán encargarse los propios cubanos. Pero podría ser, y
conste que no lo afirmo con certeza, un camino que invite a
transformaciones de mayor calado, algo que no consiguió la vieja
política durante medio siglo.

Source: Los trece errores de Carlos Alberto Montaner – Artículos –
Opinión – Cuba Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/los-trece-errores-de-carlos-alberto-montaner-321582

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