Corrupción – Cuba – Corruption
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El castrismo como un dudoso bien a heredar

El castrismo como un dudoso bien a heredar
Ahora Paris Hilton se retrata con dos hijos de Fidel Castro, de dos
matrimonios diferentes. para borrar el pasado con dos instantáneas
Alejandro Armengol, Miami | 04/03/2015 8:14 pm

Los hijos de los dictadores son diferentes. El poder heredado les brinda
la facultad de hacer lo que estuvo vedado, o incluso despreciado por sus
progenitores. En el caso cubano, llama la atención que eso que en otra
época pudo haber sido considerado un acto de herejía, sirva ahora a los
objetivos del régimen.
Paris Hilton se toma una selfie con Fidel Castro Díaz-Balart y la
retratan junto a Alejandro Castro. Demasiados significados para dos
imágenes.
Que la modelo británica Naomi Campbell asistiera al mismo evento en La
Habana —el XVII Festival Internacional del Habano— y naturalmente igual
llamara la atención de los fotógrafos nos habla de un fenómeno común: la
atracción mutua entre moda o arte y revolución —no importa si ahora
convertida en pastiche— y todas las ganancias a partes iguales que unen
a la publicidad con lo irreverente o exótico y hasta violento, siempre
dentro de cauces seguros. Si a eso se le añade un barniz de izquierdismo
light y justicia social, la mezcla es perfecta.
Además no hay que olvidar que la Campbell ha estado no solo en Cuba sino
también en Venezuela, donde en su momento se reunió en privado con Hugo
Chávez, lo entrevistó para la edición inglesa de la revista GQ y de todo
aquello nació un rumor de un posible affaire con el fallecido mandatario
venezolano.
Pero con Hilton es diferente. En primer lugar porque a diferencia de
Campbell, que es modelo profesional, siempre se ha dedicado no solo a no
hacer nada, sino a simbolizar la cursilería del dolce far niente. No es
poco pero apenas un comienzo: se trata de una heredera estadounidense a
cuyo bisabuelo le nacionalizaron un emblemático hotel en Cuba.
Ahora Hilton se retrata con dos hijos de Fidel Castro, de dos
matrimonios diferentes. para borrar el pasado con dos instantáneas.
Borrón y cuenta nueva por ambas partes. Por la estadounidense, que de
momento olvida la deuda, y por los dos cubanos, que desde hace rato
olvidaron la ideología —eso que llaman justicia social, el “tener o no
tener”— y se despliegan gozosos de codearse con ricos y famosos, porque
ellos también lo son.
Hay mucho de burla en esas apariciones eventuales, de fotos e
informaciones, en que los hijos de Fidel Castro y Dalia Soto del Valle
aparecen “disfrutando de la buena vida” y entregados al ocio y los
deportes más “burgueses”, desde las regatas de veleros hasta el golf.
No hay que pensar, por otra parte, en un acto casual. Como si se tratara
de una zaga novelística del siglo XIX o comienzos del XX, hay dos ramas
de una misma familia que por años nos han acostumbrado a dos visiones
distintas, dos percepciones diferentes de la fabula de la cigarra y la
hormiga: los hijos de Fidel y Raúl.
¿Una trama casual o demasiadas coincidencias para creer que así sea?
Quizá Soto del Valle optó desde el primer momento por permitirles a sus
hijos disfrutar privilegios y mantenerlos al margen de los peligros de
una posible lucha por el poder, cada vez más cercana.
A lo mejor a ellos no les ha interesado ese destino, luego de contar con
la riqueza asegurada. Demasiado poderosa, por otra parte, la figura del
padre.
La novela espera mientras continúan definiéndose dos destinos. Por lo
pronto es demasiado el contraste entre un nieto de Raúl que le sirve de
guardaespaldas, un hijo militar y dedicado a combatir la corrupción y
una hija defensora de la libertad de orientación sexual., mientras los
hijos de Fidel con Dalia se conforman con el rol de playboys y
“Fidelito” y su hijo se dedican a ser empresarios.
Si este será definitivamente el destino de esta familia cubana está por
ver, más allá de la literatura, pero que ya en estos momentos se
encierre en un artificio tan simple dice mucho del fracaso de una utopía.
Aquí es donde las imágenes de los hijos de Fidel con la estadounidense y
la británica juegan su papel más destructivo, ya que es precisamente la
fotografía el medio más recurrido por el exgobernante para afirmar que
“aún está ahí”.
Contemplar al hombre que por décadas gobernó un país, sin uniforme,
vestido de forma modesta, casi humilde, y en un ambiente familiar sin
lujos, contrasta con el oropel de un festival que desde hace años se
realiza para disfrute de ricos y conocidos.
Aunque limitarse a este contraste es demasiado cándido —y en última
instancia engañadizo—, cuando lo que importa son, más que los límites,
las muestras del fracaso de un proyecto que no ha podido prescindir del
capitalismo y rendirse a la opulencia.
Porque si desde hace años Fidel Castro busca vender una figuración de
pobreza y entrega al bienestar de la humanidad —con el intento de
mostrar una imagen franciscana cuando toda la vida ha practicado el
jesuitismo más feroz— no hace más que encubrir, en última instancia, un
fracaso personal. Y eso es juzgándolo con la mejor de las intenciones.
La realidad, por supuesto, se impone con mayor fuerza que cualquier
elucubración más o menos trasnochada: si Paris Hilton visitó Cuba para
integrarse a una moda —lo que constituye su conducta y su marca— y
mantenerse en el ojo de la cámara y la letra de los contratos, Fidel y
Alejandro Castro fungieron como teloneros o figurantes, no del capital
financiero y empresarial que tanto busca el gobierno cubano, sino de una
de las fórmulas más pervertidas contra la que supuestamente se inició la
lucha revolucionaria: la riqueza como espectáculo, el dinero no solo
para definir el poder sino también como concepto de belleza y felicidad.
Revolución y frivolidad
En lo ideológico, el fracaso del modelo original castrista tiene más que
ver con la frivolidad, que siempre imperó en su puesta en marcha, que
con las imposibilidades de la utopía.
De esta manera, tan ridículo fue llamar en una época “millonarios” a los
macheteros que cortaban un millón de arrobas de caña de azúcar, como
considerar hoy “luchadores anticastristas” a cinco espías fracasados,
que pagaron con años de cárcel su impericia y falta de recursos.
En este sentido, el gobierno de La Habana nunca ha aprendido nada de la
propaganda de la Coca-Cola.
Poco de lo anterior despeja lo que constituye la verdadera interrogante
tras las fotografías: ¿sobre que sustento ideológico descansa un sistema
que ha perdido su validación, no frente a los enemigos sino para los
aliados?
El gobierno de Raúl Castro ha logrado algo que parecía imposible durante
la época de Fidel: echar a un lado o reducir al mínimo los fundamentos
ideológicos, y aplicar un pragmatismo que no significa adaptarse a la
realidad, como han supuesto algunos, sino todo lo contrario: ajustar esa
realidad al propósito único de conservar el poder.
En parte lo ha logrado con astucia, pero fundamentalmente porque siempre
supo que esos fundamentos mantenían su persistencia no gracias a su
fortaleza sino todo lo contrario: la práctica del mando que estableció
Fidel Castro siempre ha sido un acomodo, que un día avanza y otro
retrocede, pero en cualquier tiempo busca conservar el poder.
Así como —y contrario a lo esperado por algunos— el agotamiento
ideológico del modelo marxista-leninista no desembocó en un
desmoronamiento del sistema, la existencia de cierta permisividad
inofensiva no afecta su capacidad de sobrevivir e incluso le brinda
cierta publicidad adicional, sobre todo en el exterior.
Un modelo que logra adaptarse y sobrevivir ante las presiones externas
no tiene, sin embargo, garantizada su permanencia, gracias a esa
transformación perenne, sino que enfrenta un peligro constante de
erosión interna.
Supo advertirlo Fidel Castro en su famoso discurso en la Universidad de
La Habana, cuando habló de que la revolución podría ser destruida por
los propios revolucionarios, refiriéndose a la elite gobernante. Pero la
advertencia nunca fue una tabla de salvación.
El problema más grave es que esa destrucción del modelo no significa
necesariamente el inicio de la democracia. Incluso el tan cacareado “fin
de los Castro” se ve cada vez menos como una terminación y tampoco se
vislumbra en forma de comienzo, sino simplemente como etapa.
Si el futuro inmediato de Cuba se define sobre la línea tenue entre fin
y transformación del modelo, no hay que exagerar la valoración en los
gestos. Más bien significar su valor relativo.
Hijos, pero no herederos seguros
Mariela Castro Espín, como directora del Centro Nacional de Educación
Sexual de Cuba (CENESEX) y de la revista Sexología y Sociedad ha sido
una activista constante de los derechos de los homosexuales y promotora
de la efectiva prevención del sida.
Sin embargo, este empeño no se ha visto libre de la sospecha de
dedicarse a una labor desde una posición única —privilegiada por su
nacimiento— y a partir de un momento en que hubo un cambio de política
por parte del gobierno. Si bien su edad la salva del reproche de un
empeño tardío, no por ello deja de aprovechar sus ventajas: llevar a
cabo una función en momentos en que esta resulta plenamente aceptada por
el gobierno.
Herencia y momento definen también sus limitaciones: la directora del
CENESEX es más pompa que circunstancia. Más que una verdadera
reformista, su labor se limita a presentar en el exterior la versión
light de la familia Castro, con ropaje serio y sin la frivolidad de sus
primos.
Aunque esta frivolidad se diferencia de la antigua, la revolucionaria,
por su marcado carácter comercial. Antonio Castro no reivindica el golf
como juego —más allá de la imagen burguesa—, sino busca convencer que la
Isla es un lugar ideal para practicarlo, si se cuenta con el dinero
suficiente.
En ambos casos el objetivo es el mismo: no son hijos rebeldes sino que
obedecen a nuevas rutas.
A diferencia de Corea del Norte, la sucesión cubana no se traza de forma
hereditaria, sino a través del rumbo partidista o la carrera funcionaria.
Tampoco se trata de un camino único. El coronel Alejandro Castro Espín
representa la vía tradicional.
El tiempo dirá si este sendero que se bifurca, y que de momento cumple
un objetivo común, arribará a un resultado idéntico.
Las vías para destacarse que han optado algunos miembros de la familia
Castro parecen responder no solo a la circunstancia cubana sino a la
actualidad internacional.
Nuevos tiempos
En un guión que se repetía casi sin modificaciones, los herederos tenían
como único objetivo prolongar las dictaduras paternas Así ocurre aún en
Corea del Norte, pero en otros casos, como sucedió con Gadafi y sus
hijos, el mecanismo dejó de funcionar.
Tras largos años de poder absoluto, gobiernos totalitarios que parecían
eternos se desmoronaron en semanas, días, incluso horas. Las plazas en
que por décadas se realizaron discursos, en que se ensalzaba al
dictador, cayeron en manos de los opositores y fueron rebautizadas de
inmediatos; los cientos, miles de carteles con la imagen del hasta
entonces poderoso jefe de Estado fueron pisoteadas, escupidas, desechas
en minutos.
De pronto el futuro se ha tornado frágil para los hijos de los
dictadores. Es un fenómeno nuevo que los debe tener sorprendidos.
Podrá demorarse más o menos, pero en la vida de muchos de ellos llega el
momento en que, como que se les agota la cuerda.
No hay sucesión segura. Es más, se impone que los herederos piensen
sobre la testarudez paterna, cuando todavía hay tiempo, y dediquen un
momento a vivir con las maletas preparadas.

Source: El castrismo como un dudoso bien a heredar – Artículos – Opinión
– Cuba Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-castrismo-como-un-dudoso-bien-a-heredar-322166

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