Corrupción – Cuba – Corruption
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La deuda de Fidel

La deuda de Fidel
“Nos lo robaron todo”. Familias españolas que dejaron Cuba después de
que el castrismo confiscase sus bienes buscan una compensación
BORJA OLAIZOLA
24 marzo 2015

Las gafas. Eso fue todo lo que el asturiano Arturo González Fernández
pudo sacar de Cuba cuando en 1964 se vio obligado a abandonar la isla.
El castrismo se había incautado de la totalidad del patrimonio que había
reunido después de medio siglo de trabajo. “Tuvo que desnudarse antes
del viaje para dejar claro que no se llevaba nada, le quitaron hasta el
reloj de pulsera”, recuerda su hijo con rabia contenida. El primogénito
de Arturo González, que lleva su mismo nombre, ha oído contar tantas
veces la historia a su madre que se la sabe casi mejor que si la hubiese
vivido en primera persona: “Mi padre era de Trasona, del concejo
asturiano de Corvera, y a los 14 años emigró a Cuba, a una tienda que
había montado un tío lejano. Dormía en una trastienda del comercio y
poco a poco empezó a sacar la cabeza vendiendo periódicos, limpiando
zapatos y haciendo lo que podía. Trabajó, trabajó y trabajó hasta que
pudo montar su propio comercio y hacerse con un patrimonio”.

La historia de los González no difiere mucho de la de otras muchas
personas acomodadas de origen español, que tuvieron que abandonar
abruptamente la isla tras el triunfo en 1959 de la llamada “revolución
de los barbudos”. Jordi Cabarrocas, cabeza visible de un bufete que
trata de captar el mayor número posible de afectados para plantear una
demanda conjunta de indemnización por las incautaciones, calcula que
fueron unas 3.000 las familias obligadas a dejar Cuba, casi todas ellas
de nuestro país. “Algunas regresaron, otras partieron hacia Estados
Unidos y el resto se desperdigó en países próximos como Puerto Rico,
Venezuela, México o Panamá”, explica el titular del despacho de
abogados, que ha alcanzado acuerdos con 150 de aquellas familias para
exigir una compensación ante las autoridades cubanas.

El reciente convenio para la normalización de las relaciones entre Cuba
y EE UU ha abierto nuevas expectativas entre los descendientes de los
emigrantes. “Siempre habíamos pensado que el régimen caería con la
muerte de Fidel Castro, pero las cosas se han adelantado y con el paso
que ha dado Obama el proceso de normalización no tiene ya marcha atrás”,
observa Cabarrocas. La lista de propiedades confiscadas de las familias
que se han adherido a la iniciativa es larga y comprende fincas rurales
con varios miles de hectáreas, viviendas, almacenes, locales comerciales
y hasta edificios enteros. Todo ese patrimonio tendría un valor de unos
1.800 millones de euros en un cálculo hecho a vuelapluma porque, como
apunta Cabarrocas, es muy difícil realizar una estimación real en un
lugar donde no hay mercado.

La expropiación de los bienes no se produjo de la noche a la mañana. Fue
un proceso gradual que muchos no terminaron de creer hasta que los
milicianos irrumpieron en sus casas y sus negocios armados con fusiles y
pistolas. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los expoliados
eran partidarios de la caída del régimen de Fulgencio Batista, muy
debilitado por la corrupción. Algunos incluso habían llegado a apoyar
económicamente a los insurrectos. El cirujano Raúl Álvarez Obregón, hijo
de otro asturiano que había hecho fortuna en Cuba, lo vivió en primera
persona antes de venirse a España con 13 años: “Donde nosotros vivíamos,
en La Habana, la revolución no fue como se ha contado en las películas:
igual explotaba una bomba en unos cines o asesinaban a un militar en una
sala de fiestas, pero no se veían guerrilleros en las calles”.

El Gobierno de Fidel dejó para el final la incautación de las pequeñas
fortunas. “La revolución triunfó el 1 de enero de 1959 ?precisa Álvarez
Obregón? y al principio fueron a por las grandes empresas, las del
sector de la energía y multinacionales como la United Fruit o Bacardí.
Mi familia, como el resto, pensaba que podría seguir haciendo su vida,
pero pronto se vio que no iba a ser posible”. Recuerda perfectamente
cuando su padre, Baldomero Álvarez, le llevó a clase tras las vacaciones
de Navidad de 1960 y tuvieron que darse la vuelta. “Estudiaba en el
colegio de los jesuitas de La Habana, que ocupaba una gran extensión en
el centro. Cuando llegamos nos encontramos con tanques y puestos de
ametralladoras en los patios, habían convertido el colegio en un cuartel
y habían expulsado a todos los jesuitas”.

Seis canales de televisión

Baldomero vio que aquello empezaba a tomar un rumbo peligroso y decidió
poner a resguardo a sus hijos. Al mayor, Pepe, le envió a estudiar
Ingeniería a Estados Unidos mientras que Raúl viajó en solitario hasta
la casa familiar de Asturias, donde quedó al cuidado de sus abuelos.
Solo tenía 13 años, pero su memoria conserva la nitidez de las cosas que
se viven por primera vez: “En aquellos años Cuba era un país muy
avanzado, tenía hasta seis canales de televisión y los partidos de
béisbol se grababan con cámaras desde un avión que daba vueltas por
encima de la cancha”.

La familia tenía una tienda de ropa de caballero en la principal arteria
comercial de La Habana, la calle Galiano, cerca de los legendarios
almacenes El Encanto, un modelo de negocio entonces revolucionario que
imitaron en España firmas como Galerías Preciados o El Corte Inglés.
“Todo el sector textil estaba en manos de los asturianos, eran comercios
con un dinamismo y una capacidad de innovación que atraía incluso a
clientes estadounidenses”.

La tienda se llamaba La Lucha y daba trabajo a ocho empleados. “Mi padre
aguantó allí hasta que un día entraron por la puerta unos milicianos
armados y le pidieron las llaves y la combinación de la caja fuerte. Le
obligaron a firmar un documento cediendo todos sus bienes y de la noche
a la mañana se quedó sin el negocio que había levantado después de 35
años de trabajo. Con nuestra casa, que estaba en lo que hoy son las
Playas del Este, a una veintena de kilómetros de La Habana, ocurrió otro
tanto”. Baldomero tuvo que salir de Cuba con lo puesto en 1966. “Estuvo
unos meses en Asturias y luego se fue a Estados Unidos como refugiado
cubano. Se puso a trabajar limpiando en un hospital y allí fue ahorrando
peseta a peseta hasta que pudo comprarse una casa”.

Raúl, que tiene hoy 67 años, estudió Medicina y llegó a ser jefe de
Cirugía del Hospital de Cabueñes, en Gijón. Nunca ha querido regresar a
Cuba y tampoco espera una compensación por los bienes que les fueron
arrebatados. “En un país democrático hay registros y notarios donde se
puede verificar y acreditar una propiedad, pero un gobierno dictatorial
como el de Cuba ha acabado con todo aquello, no espero que algún día se
nos compense”. Su padre siguió viviendo en Estados Unidos hasta que se
sintió mayor y vino a pasar sus últimos días a su Asturias natal. Raúl
le recuerda evocando sus años en la isla con un regusto amargo pero
entero. “Eran generaciones curtidas en la adversidad”.

Quien sí tiene confianza en obtener algún tipo de compensación es Arturo
González, el hijo del que solo pudo llevarse sus gafas al salir de Cuba.
La familia poseía unos almacenes de tejidos, una vivienda en La Habana y
una finca en la que pastaban más de mil cabezas de ganado. Él ha
conservado los títulos de propiedad de? todos esos bienes, que salieron
de la isla en valija diplomática gracias a un ardid de su padre. Es
parte de la documentación que los abogados del bufete de Jordi
Cabarrocas utilizarán para que la deuda que contrajo Fidel hace ya 56
años sea saldada algún día.

Source: La deuda de Fidel . diariovasco.com –
http://www.diariovasco.com/internacional/america-latina/201503/21/deuda-fidel-20150320223121.html

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