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La política como continuación de la guerra?

¿La política como continuación de la guerra?
JUAN ANTONIO BLANCO | Miami | 19 Mar 2015 – 8:42 am.

Ahora se trata de si la evolución de la situación venezolana no
emponzoñará el cambio en las relaciones entre Cuba y EEUU.

Es de amplia aceptación el axioma de que la guerra es la continuación de
la política por otros medios. Pero quizás estemos próximos a descubrir
que la política puede ser la prolongación de la guerra por otros medios.

El anuncio conjunto hecho por los presidentes de Cuba y Estados Unidos
el pasado 17 de diciembre desató todo tipo de expectativas en los más
variados actores. La paz está finalmente al alcance de la mano después
de medio siglo, era el tema recurrente de los principales medios de
comunicación en aquellos días. La alegría y el optimismo se expandieron
como una contagiosa y bienvenida epidemia. Era lógico que así fuese. Y
se hacía necesario que el polvo se asentara antes que precipitar juicios
sobre lo que se avecinaba.

En particular en los sectores más liberales de Estados Unidos el hecho
trajo un desbordado optimismo. ¿No era acaso racional esperar que Raúl
Castro —con un aliado venezolano próximo a la bancarrota— abrazara
“inevitablemente” esta oportunidad histórica para restablecer relaciones
diplomáticas con su vecino del Norte, y usara los recursos derivados de
la flexibilización del embargo para iniciar reformas de mayor calado que
las adoptadas hasta ahora? ¿No constituiría esta política la mejor
manera de abortar el resurgimiento de nuevas alianzas cubanas con
regímenes antiestadounidenses como Rusia y Corea del Norte? ¿No es abrir
mercados el mejor modo de propiciar que la Isla se acerque a la
democracia? ¿No se haría ahora “inevitable” que La Habana contribuyese a
moderar el rumbo de Caracas? ¿No servirían también las concesiones
unilaterales de Washington para transformar la VII Cumbre de las
Américas de coro antiestadounidense en un reconocimiento regional al
presidente Obama? ¿No era todo eso de una racionalidad y lógica impecables?

La mayor parte de la población cubana recibió con enorme alegría la
noticia porque supuso que un hasta entonces inesperado tsunami de
turistas, comercio e inversiones gringas mejorarían los negocios de unos
pocos, pero también la agobiada existencia cotidiana de muchos otros.
Hasta un sector del exilio cubano avizoró con entusiasmo que ¡al fin! se
abría espacio a una nueva estrategia para alcanzar el cambio democrático
en la Isla. Estaban ya hartos de esperar la defunción de los hermanos
Castro. Los venezolanos festejaron porque dieron por sentado que Raúl
Castro —que obviamente no había mantenido a Maduro al tanto de sus
conversaciones con Washington— estaría a punto de lanzarlo por la borda
para normalizar sus relaciones con el poderoso enemigo de más de cinco
décadas.

Pero los momentos de felicidad suelen durar poco en política. Pronto se
disipan como ilusiones sin fundamento o los viejos retos son remplazados
por otros nuevos y no menos inquietantes. A apenas dos semanas de
celebrarse la VII Cumbre de las Américas se reinstala la incertidumbre
sobre la atmósfera que prevalecerá en Panamá. Y no solo se trata de si
los diplomáticos de Obama lograrán su propósito de llegar a ese evento
con las relaciones diplomáticas restablecidas con Cuba, lo cual a menudo
parece ser más la expresión de una neurosis que de una estrategia. Ahora
se trata de si la evolución de la situación venezolana —de la que el
deterioro de las relaciones con Washington es apenas un aspecto— no
emponzoñará aquel cónclave de forma irremediable.

¿Qué ha sucedido aquí? Al parecer ciertos presupuestos claves eran
falsos. Veamos.

En primer lugar, la forma de entender y ejercer la racionalidad en La
Habana no es la misma que en Washington. En la Isla no hay ninguna
prioridad que se sitúe por encima de la voluntad de mantener el
ejercicio eterno y transferible de un poder omnímodo. Todo ministro sabe
que la clave para retener su cargo no es fomentar “bienestar”, sino
ejercer “control”. Los cambios que allí han tenido lugar no son los
deseados sino los imprescindibles para ganar tiempo “arriba” mientras se
lo hacen perder a los de “abajo”. Por eso los Castro tienen gran interés
en obtener concesiones que les generen acceso a recursos financieros
(salir de la lista de gobiernos que apoyan el terrorismo, turismo
masivo, comercio e inversiones directas en el sector estatal), pero no
agradecen las dirigidas a favorecer el sector no estatal de la economía
(únicas posibles mientras exista el embargo). Por lo tanto —razona la
elite de poder—, si los cubanos creen que ahora se les va a permitir
desarrollar negocios no estatales que puedan beneficiarse de las nuevas
medidas de Obama, hay que bajarles las expectativas. Bajo el sistema
actual no se puede permitir el desarrollo de potenciales nuevos actores
con poder económico autónomo porque, supuestamente, peligraría el poder
de la elite.

En segundo lugar, la esencia del problema de la Isla es interna, cubana.
Se expresa en el conflicto entre el modelo de país al que aspira la
población —moderno, tecnológicamente avanzado, próspero, con libertades
y derechos humanos, políticamente pluralista y socialmente inclusivo— y
el que impone el régimen de gobernabilidad actual. Por propia
confesión, los gobernantes no aspiran —por ahora— a otra cosa que no sea
“actualizar” el modelo totalitario todavía vigente. El conflicto
bilateral con Estados Unidos agrega dificultades indeseadas a ese pulso
entre las aspiraciones populares y las de la elite de poder, pero su
solución tampoco va a suponer necesariamente alcanzar el país al que la
nación aspira y merece.

En tercer lugar, el modelo cubano ha logrado controlar o influir de
forma considerable en la proyección de otros gobiernos de la región
neutralizando o cooptando a líderes claves dentro de sus elites
políticas y militares. De ese grupo el más obediente es sin duda el de
Venezuela.

Los cubanos —que controlan puertos, sistemas de identidad, servicios de
inteligencia, mandos militares, y políticas sociales claves para
legitimar al Gobierno, como las llamadas Misiones— son corresponsables
directos de lo que allí ocurre. Ellos son consultados puntualmente por
Maduro y sus colaboradores antes de dar cualquier paso de alguna
importancia en aquel país. Raúl Castro puede darse el lujo de no
consultar al presidente de Venezuela sobre sus negociaciones con Obama
porque esa es la naturaleza asimétrica de esas relaciones. Caracas
depende hoy más de La Habana que a la inversa.

Esto no ocurrió de forma casual ni abrupta. Es recomendable leer el
libro El delfín de Fidel escrito por el general venezolano Carlos
Peñaloza para entenderlo. Pero precisamente es ese indiscutido control
sobre las palancas esenciales del poder en Venezuela lo que hace
imposible imaginar que el Gobierno cubano sea ajeno, o ignore, la
colaboración de Caracas con terroristas, narcotraficantes y mafias
internacionales para asuntos de naturaleza criminal de los que antes se
ocupaba en Cuba el Departamento MC dirigido por el coronel Tony de la
Guardia. Algunas de esas actividades se encuentran entre las ocho
categorías contempladas por el “National Security Threat List” (NSTL) de
Estados Unidos investigadas por el FBI. Para iniciar una programa de
sanciones en Estados Unidos, sean individuales o contra un gobierno, es
legalmente indispensable declarar que sus actividades constituyen una
amenaza a la seguridad nacional aunque ello represente un regalo a la
propaganda de guerra de Caracas y La Habana.

Esa lista del Buro Federal de Investigaciones tiene como propósito
mandatar a dicha agencia con el monitoreo de actividades hostiles de
personas, sean o no aupados por sus gobiernos, los cuales pueden ser
individualmente sancionados de diversos modos como acaba de ocurrir a un
grupo de funcionarios venezolanos. Las sanciones individualizadas en
este caso no van dirigidas a castigar al Gobierno o la economía nacional
—mucho menos a la población. Lo que se pretende es responsabilizar
personalmente a esos funcionarios por sus actividades criminales aunque
ellas hayan sido ordenadas por sus superiores o existan leyes nacionales
que las amparen en arbitraria violación de los compromisos
internacionales suscritos por Venezuela. Ese enfoque legal data de los
juicios Nuremberg, donde los nazis se negaban a aceptar su
responsabilidad por crímenes de guerra, sancionados en las convenciones
de Ginebra previas al conflicto bélico, apoyándose en el argumento de
que obedecían órdenes superiores y leyes soberanas del Tercer Reich.

Uno de los servicios más preciados que el régimen cubano ha obtenido del
mantenimiento del régimen de Caracas es la externalización de riesgos y
costos por actividades criminales encubiertas, mientras puede,
eventualmente, beneficiarse de sus resultados. La Isla, que ha
exportado a aquel país no solo sus médicos sino también tecnologías de
represión y control, ha practicado también una suerte de “outsourcing”
de operaciones sucias que antes tenían lugar en su territorio.

Por todo lo antes dicho, La Habana reconoce hoy en Venezuela la pieza
central para su supervivencia. A otros aliados se les puede incluso
impulsar a hacer concesiones con tal de salvar a Caracas (como se ha
hecho en el caso de las FARC para apaciguar, con las conversaciones de
paz en La Habana, la peligrosa tensión entre Colombia y Venezuela). Allí
sus aliados locales, ejercen la misma perspectiva que en Cuba. Lo
esencial para quienes hoy rigen Venezuela es expandir y preservar su
poder y control total, lo que supone la anulación de todo espacio
ciudadano autónomo incluyendo los requeridos para el ejercicio de las
libertades de pensamiento y expresión. Que no haya papel sanitario o
escasee la comida es irrelevante, salvo si por ello surgiese la amenaza
de una sublevación de tal dimensión que no fuesen capaces de aplastarla
a sangre y fuego. Que la administración de PDVSA sea un desastre tampoco
es decisivo mientras aseguren el petróleo que necesitan sus aliados en Cuba.

Imaginar que Raúl Castro, en sus actuales negociaciones con Washington,
vaya a cambiar su pájaro venezolano en mano por otro americano volando
(porque todavía no le ha levantado el embargo) es una fantasía. Es por
ello que a los dos gobiernos les urge bajarles las expectativas a
cubanos y venezolanos. Si para continuar la vieja estrategia de culpar
a otros de sus fracasos resulta difícil a La Habana inflar la “inminente
agresión” del Tío Sam —sobre todo si llegan a restablecerse las
relaciones diplomáticas—, se le infla en Caracas y se declara que “el
pueblo cubano” hace suya esa nueva confrontación. Ya ha comenzado una
ofensiva de propaganda dirigida a crear la percepción de que las
sanciones individuales contra funcionarios venezolanos son solo la
antesala de una “invasión gringa”.

¿Qué puede entonces esperar el Gobierno de Obama?

Como era fácil de adivinar, aquellos gobiernos de la región en que se
han destapado grandes escándalos de corrupción, lavado de dinero y
violaciones de derechos humanos se pronunciaron, con altisonante
retorica nacionalista, en defensa de Maduro. Mal precedente ese de que
le congelen a un delincuente sus fondos mal habidos y ya no pueda ir con
su familia a los parques de Disney en Orlando. Si las barbas del vecino
arden es bueno poner las propias en remojo. “¡No pasaran!” fue, más que
el mensaje, la actitud de Unasur y el ALBA.

Si Obama pensaba aterrizar en Panamá para recibir el agradecimiento de
los gobiernos latinoamericanos por restablecer relaciones con Cuba (si
es que finalmente se materializan para esas fechas) fue mal asesorado.
Más ilusoria aún era la esperanza de que, restablecidas las relaciones
con Cuba, la región en pleno pasaría a apoyar a Estados Unidos en su
reclamo de cambios democráticos en la isla. En la VII Cumbre de las
Américas, después del obligado saludo por su gesto unilateral hacia La
Habana, lo más probable es que muchos, si no todos, le reclamen más
concesiones (ya solicitadas por Raúl Castro) y al mismo tiempo lo acusen
de albergar planes subversivos contra Venezuela.

Por ahora sigue siendo factible el restablecimiento de relaciones
diplomáticas de Estados Unidos con Cuba. Ambas partes tienen que dar
solución a algunas cuestiones técnicas y otras más delicadas para
lograrlo, pero si realmente se empeñan en hacerlo no es imposible
alcanzar ese propósito para anunciar el resultado en la VII Cumbre de
Panamá. Sin embargo, la plena normalización entre ambos países no asoma
siquiera en el horizonte.

Si bien Chuck Hagel y John Kerry declararon en su momento que la
política exterior de Estados Unidos estaba transitando de un modelo de
dominación hacia otro de liderazgo hegemónico, ni La Habana ni Caracas
tomaron nota de ello ni han dado señal alguna de que se dispongan a
cambiar su propia mentalidad y modelo. Más bien parece que, por ahora,
la política será la continuidad de la guerra por otros medios.

Source: ¿La política como continuación de la guerra? | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1426689278_13467.html

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