Corrupción – Cuba – Corruption
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Cuba 3.0

Cuba 3.0
JUAN ANTONIO BLANCO | Miami | 14 Abr 2015 – 7:34 pm.

Raúl Castro se ha limitado a ‘actualizar’ el sistema, cuando lo que se
impone es resetear la sociedad cubana, no para retornar a la de 1958,
sino para avanzar hacia una Cuba 3.0.

Es errado suponer que las dictaduras se sostienen en el poder
exclusivamente por su capacidad para apaciguar económicamente a la
población o ejercer una feroz represión.

Los ciudadanos se resisten al poder —y hasta se rebelan contra él— no
por el simple hecho de sufrir extrema pobreza o represión política, sino
cuando están además convencidos de que su situación no es legítima y
creen alcanzable una alternativa mejor. Pueden resignadamente aceptar
los maltratos si sus gobernantes tienen éxito en traspasar la culpa a
otros (“el iperialismo”, los “enemigos internos” o hasta el cambio
climático) o si son persuadidos de que, por desagradable que les resulte
el presente, no existe ninguna alternativa viable al status quo. La
alta popularidad de Putin, pese al grave deterioro económico de Rusia,
se explica porque el aparato de propaganda del Kremlin —con amplio
control de la prensa nacional— ha logrado exaltar el nacionalismo y
hacer recaer la culpa de las privaciones sobre las sanciones económicas
de Occidente.

Es desde esta perspectiva cognitiva del poder que es necesario
preguntarse cuáles eran las percepciones públicas que deseaban proyectar
en Panamá los diferentes actores políticos que allí se congregaron y qué
propósitos intentaban alcanzar con ellas.

Los objetivos de Obama

La desesperada apuesta de Washington por restablecer relaciones con La
Habana perseguía el objetivo estratégico de relanzar sus relaciones
hemisféricas en un momento en que los gobiernos aliados de Cuba
presentan vulnerabilidades económicas y políticas. La crisis de los
precios de las exportaciones latinoamericanas ha conducido a nuevos
estimados de crecimiento de apenas 1% en 2015. Venezuela ya no puede
subvencionar a otros y la economía china se desacelera. El resurgimiento
de procesos inflacionarios, deterioro del poder adquisitivo y los
escándalos por corrupción que salpican a mandatarios como Dilma
Rousseff, Cristina Fernández de Kirchner o la propia Michelle Bachelet,
ha traído el desencanto a sus bases más sólidas y, en general, a las
clases medias. Las elecciones locales tampoco han arrojado buenos
resultados para los presidentes Correa y Morales.

Dado el complicado contexto de los aliados de La Habana, más que
procurar o esperar la implosión de la sociedad cubana parecía más
atinada la propuesta de contener la influencia de Cuba al sur del Río
Grande, especialmente en Venezuela. En esa dirección apuntó la Casa
Blanca al hacer coincidir con la Cumbre tres grandes iniciativas —la
oferta de una alianza energética a los países del Caribe, un fondo de
más de 1.000 millones de dólares para crear empleos en Centroamérica y
el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba— junto al
endurecimiento de su postura hacia el Gobierno de Venezuela.

Para el presidente Barack Obama, la VII Cumbre era, además la última
oportunidad para construirse un legado personal de política exterior
cuando todo resulta incierto en otras latitudes. Y también un modo de
contribuir con una política exterior “progresista” al incremento de las
posibilidades electorales del Partido Demócrata asegurando los votos de
su cada vez más influyente ala izquierda.

Con la finalidad de alcanzar esos propósitos regionales, partidistas y
personales, Obama no vaciló en sacrificar las normas de procedimiento
establecidas desde 2001 en la Cumbre de las Américas en Quebec, lo cual
es un daño irreparable. En ellas se condicionaba la participación al
compromiso de los gobiernos con la democracia: “Reiteramos nuestro firme
compromiso y adhesión a los principios y propósitos de las Cartas de las
Naciones Unidas y de la Organización de los Estados Americanos (OEA)…..
El mantenimiento y fortalecimiento del Estado de Derecho y el respeto
estricto al sistema democrático son, al mismo tiempo, un propósito y un
compromiso compartido, así como una condición esencial de nuestra
presencia en esta y en futuras Cumbres”.

Está por verse a mediano plazo si su apuesta le dará los resultados que
intentaba alcanzar.

La táctica de Castro

Para el general Raúl Castro, el papel que debía desarrollar en Panamá
era dual y su puesta en escena tenía también dos pistas, una oficial y
otra oficiosa. En el regulado espacio de la conferencia oficial se
mostró duro con Estados Unidos durante su cansón inventario de
reclamaciones históricas —unas legítimas y otras ficticias—, obvió
décadas de fuerte alianza con la Unión Soviética en medio de la Guerra
Fría y expresó solidaridad hacia sus aliados hemisféricos. Pero al
mismo tiempo, se esforzó en mostrar afabilidad y hasta afecto hacia
Obama, hacia quien solicitó el apoyo de todos (¡!¿?) La “actuación” del
General Presidente en el carril oficial perseguía el propósito de no
mostrarse intolerante e irracional. Al fin y al cabo ya había malogrado
con varias exigencias —unas inaceptables y otras imposibles de
satisfacer en pocos meses— el objetivo mediático de Obama de alzarse
definitivamente con el restablecimiento de las relaciones bilaterales
durante la Cumbre.

De forma paralela, en el carril ciudadano de la Cumbre, el propósito
del General Presidente era mostrarse intolerante e irracional a través
de sus representantes oficiosos. Exactamente lo contrario del
comportamiento en el foro presidencial. Ello se hacía necesario para que
la población de la Isla no creyera que con la distensión bilateral con
Washington se avecinaba un cambio en la política represiva interna, y
también para que sus aliados hemisféricos tuvieran evidencia de que
cuando La Habana exhorta a Caracas a reprimir con mano dura a sus
disidentes también aplica esa receta y actúa en consecuencia dentro —¡y
hasta fuera!— de la Isla.

Bajo esa lógica, Castro llevó al escenario ciudadano de este conclave
hemisférico a un amplio grupo de fanáticos y oportunistas con la única
misión de desacreditar toda voz disidente e impedir, con modales
histéricos, que pudieran siquiera asistir a los foros paralelos. Tampoco
les permitieron ejercer la libertad en un parque panameño, cuando un
grupo de “espontáneos” karatecas salidos de la cercana embajada cubana
impidió a algunos exiliados depositar rosas blancas ante el busto del
más ilustre patriota cubano. “Tanto José Martí como las calles —sea en
Cuba o en Panamá— son de Fidel”.

Sin embargo, estas tácticas extremas trajeron el resultado contrario:
los representantes oficiosos del Gobierno cubano se ganaron una
extendida repulsa por sus acciones y no pudieron impedir las
actividades de los opositores. Al foro paralelo de la sociedad civil
copresidido por Obama y los presidentes de Costa Rica y Uruguay fueron
invitados dos representantes de diferentes organizaciones de la
oposición cubana y ninguno de la “aguerrida” delegación oficialista.

Raúl Castro, a diferencia de Obama, no tiene que preocuparse por los
resultados de futuras “elecciones” monopartidistas en Cuba. Pero sí
tiene la necesidad de codificar en clave apaciguadora la interpretación
que haga la población isleña de lo que puede esperar de esta distensión
con Washington.

La elite de poder cubana no cuenta hoy con el poder económico o
ideológico que antes le sirvió para captar el apoyo de amplios sectores
de la población. Y hacer depender al régimen de su capacidad represiva
es una apuesta peligrosa. Como le recordó Talleyrand a Napoleón “las
bayonetas sirven para muchas cosas, menos para sentarse en ellas”. La
ideología tampoco es ya fuente de poder en la Isla —ni siquiera la
ramplona del nacionalismo antiestadounidense.

Pero esa elite cubana envejecida, intolerante, reacia a la innovación,
conservadora hasta el tuétano, tiene todavía la capacidad de moldear
percepciones públicas claves. La más recurrente es la de extender el
desánimo y la desmovilización de la ciudadanía y el exilio sobre la base
de que su régimen es indeseable, pero también inexpugnable. Y la
aceptación incondicional que le ha sido ahora extendida por la
Administración Obama facilita el reforzamiento de esa narrativa.

En otras palabras, se abre amplio cauce a la instalación en la lógica
popular del siguiente razonamiento: “Si hasta los americanos han tenido
que aceptar este sistema no es posible otra cosa que resignarse a
esperar que la mejoría económica nos llegue de la distensión con Estados
Unidos. Eso es lo único razonable”. Si alguien se ha visto forzado a
ejercer la “paciencia estratégica” que predica Obama es el pueblo cubano.

La nueva política de Estados Unidos hacia Cuba puede resultar positiva
pero está muy mal empacada. Quien lo afirma en esta columna de opinión
no solo ha sido siempre crítico del embargo cuando no estaba de moda
serlo, sino activo opositor de esa política. Pero como analista no puedo
sumarme al debate binario y pasional a favor o en contra de la política
ahora asumida por Estados Unidos, sino invitar a la reflexión sobre sus
méritos y deficiencias.

Es cierto que hace rato que la Guerra Fría terminó, pero estamos en
presencia de otra —pendiente de un nuevo nombre— en la que Cuba continúa
alineada al bando más reaccionario. Era imprescindible cambiar una
política que se había sostenido por 55 años sin lograr un cambio
democrático significativo del régimen cubano. De acuerdo. Pero era
necesario haber recordado también que la estrategia de Compromiso
Constructivo —comenzada por Felipe González y seguida por Europa y
Canadá durante 24 años— tampoco ha dado resultado. Es por ello que esa
no puede ser ahora —sin pasar primero por una reflexión sobre sus
límites— la única opción alternativa a la del aislamiento y la
confrontación.

El cambio de régimen y la Cuba 3.0

Las palabras cuentan, como gustaba recordarnos Václav Havel. Son el
medio que usamos para comunicar nuestros razonamientos. Un “régimen” no
es solo un grupo de personas o un gobierno. Esa es la definición
estrecha de ese concepto. Un régimen es ante todo un sistema de gestión
que puede asumir diferentes modalidades, unas democráticas u otras
autoritarias. Apoyar un “cambio de régimen” no equivale a favorecer el
envío de la 182 División Aerotransportada a ningún país ni recurrir al
terrorismo para alcanzar ese fin.

Chávez cambió el régimen democrático de Venezuela por otro autoritario,
pero recurriendo a las urnas. El ya evidente fracaso de su experimento
motiva hoy a la mayoría de los venezolanos a procurar un nuevo cambio de
régimen —lo que no equivale al reemplazo automático e integral del
actual por el anterior a 1998.

En lo referido a Cuba, la naturaleza polarizada y simplista de los
debates en torno a las sanciones estadounidenses dificulta prestar la
debida atención a lo que debería constituir el núcleo duro de toda
discusión: el agotamiento del régimen cubano. Los cubanos sí aspiran a
cambiar ese régimen, no a que se lo cambie una intervención militar
extranjera. Pero desde el poder se construye cotidianamente la
percepción de que ese es un deseo inviable.

A partir de su independencia en 1902 Cuba ha experimentado, a grosso
modo, dos modelos de desarrollo y sistemas de gobierno. La Cuba 1.0
conjugó democracia liberal y mercado hasta 1959 impulsando con ellas la
modernización del país; la Cuba 2.0 impuso la estatización total de la
economía y del espacio político e impuso un igualitarismo subsidiado
por actores externos.

Washington —al igual que cualquier otro país— estará obligado a respetar
ahora la voluntad soberana del pueblo cubano para definir en libertad la
configuración de una Cuba 3.0 (para la que hay más de un modelo
posible). Pero sin alcanzar la plena independencia del actual Estado
intrusivo y controlador la sociedad cubana no tendrá espacio para el
libre ejercicio de su soberano derecho a la autodeterminación.

Raúl Castro se ha limitado a “actualizar” el sistema, cuando lo que se
impone es resetear la sociedad cubana, no para retornar a la de 1958,
sino para avanzar hacia una Cuba 3.0. Pero ese es asunto que solo
compete a los cubanos —no a Estados Unidos— definir y lograr. No
obstante, lo deseable y decente sería que el apoyo político a ese
reclamo legítimo no se extravie por las conveniencias cortoplacistas de
los vecinos y la siempre complaciente retórica hemisférica.

Source: Cuba 3.0 | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1429036442_13983.html

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