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Cumbre de Panamá – una fiesta del populismo

Cumbre de Panamá: una fiesta del populismo
ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES | Los Ángeles | 3 Abr 2015 – 8:02 am.

El populismo de izquierda latinoamericano domina la mayor parte del
subcontinente y controla totalmente a la OEA.

En 2012 la amenaza de los países del ALBA de que no asistirían a la
Cumbre de las Américas en Colombia si Cuba no estaba presente no tuvo
éxito. La sensata postura entonces de los gobiernos de Estados Unidos,
Canadá, Chile, México, y Panamá, lo impidió.

Hugo Chávez entonces convenció a sus aliados de que para no aguarle la
fiesta a su repentino “amigo”, el presidente colombiano Juan Manuel
Santos, debían asistir a la conferencia, pero con una condición: para el
encuentro a celebrarse en Panamá en 2015 si Cuba no era invitada los 12
países integrantes del ALBA lo boicotearían.

Esa amenaza sí funcionó. El presidente Santos viajó a La Habana a
pedirle disculpas al dictador Raúl Castro y explicarle que en esa
ocasión Cuba no podía ser invitada porque no había consenso, pero que él
y los demás presidentes harían todo lo posible por estrechar su mano en
Panamá.

Y efectivamente, en los tres años transcurridos empeoró tanto en
Latinoamérica la causa de la democracia liberal, la defensa de los
derechos humanos, y la dignidad humana, que para la cita en Panamá los
países del ALBA no han tenido que chantajear a nadie. Hasta el
presidente de Estados Unidos, Barack Obama, está en la cola para darle
la bienvenida al dictador cubano el 10 de abril próximo.

Este escarnio a la razón misma será posible por dos motivos.
Primeramente porque el populismo de izquierda latinoamericano avanzó
tanto que ya domina la mayor parte del subcontinente y controla
totalmente a la OEA.

El populismo, en síntesis, es una ideología política antiliberal (lo
mismo de derecha que de izquierda) de corte autoritario que prioriza el
capitalismo de Estado sobre el libre mercado. Casi siempre amordaza a
los medios de comunicación, manipula al poder judicial, restringe
libertades individuales, hace promesas demagógicas al pueblo, facilita
la corrupción y despilfarra el dinero del Gobierno para obtener votos y
para comprar lealtades políticas. Y transpira odio a EEUU.

La segunda razón es que en política exterior Obama es el peor
presidente que ha tenido EEUU en muchas décadas (ya superó a James
Carter). Ha mostrado una asombrosa falta de liderazgo y determinación
como conductor de la mayor potencia política, militar y económica del
planeta.

Ha sido muy débil al tomar decisiones, o no ha tomado ninguna, en
situaciones dramáticas del panorama internacional, como en el manejo de
la guerra contra el terrorismo islámico, la crisis en general en el
Medio Oriente, la expansión populista-nacionalista-imperialista de Rusia
(particularmente en Ucrania, con posibilidad de extenderse a Estonia,
Lituania y Letonia). Se ha distanciado políticamente de Israel (algo no
ocurrido antes) y hasta de Gran Bretaña.

Dentro de este pusilánime inventario geopolítico se ubican las
relaciones de EEUU con América Latina. Ello ha coadyuvado al avance
impresionante del populismo. Hoy Washington apenas tiene influencia en
el quehacer político de la región y es de muy buen gusto ser
antiestadounidense.

Para darle un vuelco a esa realidad el presidente norteamericano y sus
asesores centroizquierdistas pensaron que con un abrazo a los Castro y
haciendo concesiones a La Habana para abrir una embajada frente al
Malecón podrían convertir la Cumbre de Panamá en un gran “reencuentro”
Washington-Latinoamérica e iniciar una nueva etapa de relaciones
interamericanas.

El caso venezolano

Pero entonces Obama declaró a Venezuela como una amenaza para la
seguridad nacional de EEUU, algo que debió hacer hace tiempo y no hizo.
El error no fue clasificar a Venezuela como un peligro, pues lo es,
sino que no explicó por qué. Debió denunciar con firmeza y valentía
política que el régimen de Caracas tiene una alianza cada vez más
peligrosa con Irán y con la organización terrorista Hezbolah, está muy
involucrado en el narcotráfico y el lavado de dinero, apoya a
extremistas islámicos, y financia con dinero de Teherán campañas
electorales de políticos antidemocráticos y enemigos de EEUU.

También debió pedir una reunión urgente de la OEA para analizar la
masacre de la democracia en Venezuela, el encarcelamiento, represión o
asesinato de opositores políticos. Y ahora, antes de viajar a Panamá,
debiera apoyar a Felipe González y Fernando Henrique Cardoso,
expresidentes de España y de Brasil, por participar en la defensa legal
de Leopoldo López y Antonio Ledezma.

Si el jefe de la Casa Blanca actuase así, sin titubeos, firme como líder
mundial, y no a la defensiva, los gobiernos latinoamericanos no se
habrían solidarizado masivamente con Maduro, ni habrían pedido tan
envalentonados la anulación de la acción ejecutiva estadounidense.

Otro despiste garrafal fue pensar que los Castro estaban dispuestos a
sacrificar a Venezuela con tal de tener relaciones normales con EEUU,
cuando no hay aún claras evidencias de que lo quieren realmente. A lo
que aspiran es a que le levanten el embargo, salir de la lista negra,
recibir créditos, turistas estadounidenses e inversiones en los
sectores económicos controlados por el generalato, pero no a una
normalización de relaciones propiamente. No la habrá del todo mientras
ambos hermanos vivan. Y punto.

Cuba, más influyente que EE.UU

La nomenklatura castrista está nerviosa por la crisis en Venezuela,
agravada al caer el precio del petróleo. La reducción a la mitad (55.000
barriles diarios) del suministro de petróleo a Cuba ha sido ya un primer
golpe. Y habrá recortes de subsidios (hoy superan los $10.000
millones). Estos primeros ramalazos deberían presionar al régimen a
negociar seriamente con EE.UU. Pero los Castro y la lógica no se
llevan bien, y la solidaridad “revolucionaria e indestructible”
castro-chavista impide abandonar a Maduro.

Además, el régimen cubano no renunciará por adelantado al petróleo
gratis y a las subvenciones, aunque estén menguados. La gran ironía es
que Caracas, con petróleo y todo, depende más de La Habana que
viceversa. Si cesase el embargo el chavismo podría quedar descerebrado
y en peligro de extinción.

En cuanto a la cumbre presidencial, al margen de las fotos repletas de
sonrisas, será una fiesta populista, como no la soñaron sus grandes
exponentes históricos como Juan Domingo Perón (el peronismo sacó a
Argentina del Primer Mundo y la sigue frenando hoy), Getulio Vargas de
Brasil, Lázaro Cárdenas de México, José María Velasco Ibarra de
Ecuador, Víctor Paz Estenssoro de Bolivia, Jacobo Arbenz de Guatemala, y
otros que igualmente obstruyeron el avance de sus países.

La cita de Panamá será una demostración de fuerza de la izquierda.
Constituirá el certificado de defunción de la Carta Democrática
Interamericana de la OEA, por agasajar al líder de la tiranía más larga
y destructiva del hemisferio y por la previsible inacción ante el
desplome de la democracia en Venezuela, algo de lo que ya esos
gobernantes son cómplices.

Habrá culto a los Castro, loas al deshielo Washington-Habana, y Obama
sostendrá cordiales conversaciones con sus homólogos que no cambiarán en
nada sus complicadas relaciones con Latinoamérica. Entre otras cosas
porque la izquierda populista es genéticamente antinorteamericana y
nada que venga del gobierno de EEUU será bien recibido.

Y porque, aunque cueste creerlo, el castrismo ejerce hoy mayor
influencia política al sur del Río Grande que el coloso del norte. Eso
ni por un instante le pasó por la mente al mismísimo Che Guevara.

Source: Cumbre de Panamá: una fiesta del populismo | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1428022269_13741.html

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