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Discriminación y desobediencia civil en la República de Martí

Discriminación y desobediencia civil en la República de Martí
MIGUEL CABRERA PEÑA | Santiago de Chile | 18 Mayo 2015 – 7:50 am.

Varios estudios sobre la racialidad cubana critican la obra de José
Martí sobre los afrodescendientes. ¿Por qué?

¿Deben eliminar los afrocubanos de hoy a José Martí como símbolo en una
probable lucha pacífica contra la discriminación que sufren? Esta es la
pregunta que quisiéramos responder en las líneas que siguen. Por
supuesto que un tema trascendental, como el que aquí tratamos, no se
reduce a los afrodescendientes, y así lo pensó el poeta.

Un sector de la academia norteamericana

Desde mediados de los noventa del siglo pasado, varios estudios con
respecto a la racialidad cubana iniciaron un proceso de críticas a la
obra de José Martí sobre los afrodescendientes en la Isla. El proceso
pronto se convirtió en una tendencia que ha influido en autores
relevantes, entre ellos intelectuales de la raza llamada a luchar en
primera línea contra la opresión que sufre todavía en el siglo XXI.

En un listado incompleto de dichos y obras, sobre todo porque evitamos a
una legión de repetidores o a quienes desde la academia norteamericana
pretenden el “desguace” de Martí, comenzaremos por un volumen
insoslayable de Aline Helg, quien incluye al poeta en lo que se ha
denominado “mito de la democracia racial” en la Isla. Aunque Helg afirma
que el político fue uniquely progressive [singularmente progresista] y
que sobresalió entre los pensadores blancos antirracistas
latinoamericanos en los finales del siglo XIX, define: “el mito eximió a
la élite blanca de compensar por la explotación de la esclavitud y
permitió mantener a los negros en baja escala social a pesar de su rol
en la victoria de la guerra de independencia”.

Si a veces lo analiza en conjunto con otros escritores nacionalistas y
lo enrarece, Ada Ferrer se transformó en la más influyente académica en
lo que respecta a proponer a un Martí que tuvo a las razas por
trascendidas, noción que reitera en libros y ensayos y también la dice
en un documental a Henry L. Gates. Dar las razas por trascendidas
significa silenciar, abandonar y en definitiva oponerse a los más
acuciantes intereses de los oprimidos con ancestros en África. Es más o
menos lo mismo que ser parte del mito. Derivada de lo anterior, surgió
la concepción de una república martiana postétnica, que hace suya otro
puñado de autores. Ferrer, entre incursiones de parecido talante,
sostiene que el líder y otros excluyeron a las mujeres from symbolic
birth of the nation [del nacimiento simbólico de la nación]. Porque
carecemos de espacio para responder punto por punto, solo recordamos las
alusiones del poeta a la combatividad de Mariana Grajales.

Desde antes de publicar Una nación para todos, texto irreemplazable en
la historiografía cubana, Alejandro de la Fuente ya era parte de la
tendencia crítica que se iniciaba. Si en el volumen aludido escribió
nociones que consideramos problemáticas, fue en un ensayo posterior
donde señaló al independentista como legitimador de un “discurso
[racial] fundacional hegemónico”, y además atribuye “excommunicatio” en
Martí acerca de los negros.

Al unísono, y después de estos y nuevos abordajes, se han publicado
criterios que vale mencionar. Un estudioso de cuya importancia para el
conocimiento de la historia y la cultura nacional nadie duda, llegó a
expresar, en sugerencia crítica al artículo “Mi Raza”, que la equality
dentro de aquellas estructuras raciales promised to institutionalize
racism [la igualdad prometía el racismo institucionalizado]. Sin
embargo, pierde de vista Louis A. Pérez que ni una sola vez la palabra
igualdad, con espacios de vaguedad y a la que Martí suele colocarle
compañía para reforzar su significado, aparece en “Mi Raza”, donde el
vocablo “derecho”, sin embargo, se recalca en doce ocasiones.

Cuando habla de igualdad le busca frecuentemente compañía. Así escribirá
“igualdad rigurosa”, “igualdad plena”, “igualdad entera”, “igualdad
completa”. En “Cuba: Discurso sobre la Identidad”, ensayo problemático
respecto a Martí, pero brillante en diversos sentidos, el afrocubano
Enrique Patterson no deja de lado la centralidad del derecho en la
reivindicación racial.

Alternativa a la lucha de clases marxista

Luego de casi veinte años de investigación, uno de los resultados a que
llegamos fue el siguiente: Martí desarrolló una teorización sobre la
desobediencia civil como alternativa a la lucha de clases marxista, la
cual, además de “echar a los hombres sobre los hombres”, no parece
servirle para resolver, en la práctica, la discriminación, una
preocupación muchas veces literal del político isleño. Por ello
contrapone “el remedio blando” a la violencia estructural en el marxismo
que lo “espanta”.

No titubeó en criticar a los elementos conservadores que sustituyeron
mediante las armas al colonialismo español en Hispanoamérica, donde, en
efecto, poco cambió la condición de las masas oprimidas. Y prevé similar
circunstancia en Cuba, reiterando que la independencia no beneficiaría
sustancialmente la situación de los cubanos en la más baja escala social.

Fuera de la Isla existe hoy reticencia a hablar positivamente acerca de
Martí, debido a la crítica exacerbada, principalmente, por parte de
cierto sector de la academia norteamericana.

El asunto de la “resistencia” en la república, como también la llamó
Martí, aparece de forma implícita y explícita en cartas, artículos y
apuntes, identificada como un instrumento que él calcula universal. En
sus apuntes escribirá una aproximación eficaz, incluso en nuestro siglo,
sobre la desobediencia civil en la democracia e incitará más de una vez
a los afrocubanos a ponerla en práctica en la era postcolonial.

Martí se pregunta por qué no se organizan los pueblos para las campañas
sociales, como lo hacen habitualmente para las políticas, y subraya que
son las sociales las que generan o determinan a buenos o malos pueblos.

De sus palabras se extrae que la campaña social resulta imprescindible a
la vida misma del hombre en civilización. En su época, como en la
nuestra, una campaña es el conjunto de actos o esfuerzos de índole
diversa que se aplican a conseguir un fin determinado. “Un pueblo que no
reclama sus derechos es una entidad estancada, sin libertad”, prescribe,
y medita además sobre el enriquecimiento psíquico que provee la
realización de estas campañas, asunto abordado por Gandhi y Luther King.

Un hombre precariamente humano

Durante años no conseguimos responder la siguiente incógnita con filo de
guillotina: ¿cómo delinear a un político que organiza una guerra
calificada por él mismo de “perdida” para las clases o grupos que, en su
opinión, seguirían bajo opresión económica y falta de derechos? ¿Se
resuelve en sus letras esta suerte de oxímoron?

Durante nuestra indagación, encaramos el problema que generaba esta
aparente contradicción en las palabras martianas y en la historia:
mientras un sector de la academia en Estados Unidos construía y
construye a un Martí más racista contra los negros, más insólita aparece
su alianza con los afrocubanos.

Bien mirado, al negro se le expone como una anomalía desde el punto de
vista social y político, pero ello además cuestiona, en el fondo, la
humanidad misma del hombre con raíces en África. Se intenta que
traguemos que no defendió sus propios intereses, a pesar de haber sido y
ser oprimido como ningún otro en la Isla.

¿Puede considerarse precariamente humano a cualquiera que acepte una
alianza que en primer lugar abre ancha puerta a la muerte y no exija una
vía de mejoramiento social si salía con vida de la contienda?

Cuando la crítica arguye que el poeta manipuló, engañó, amansó o
escamoteó intereses a sus compatriotas de raza negra, lo sustancial no
está en que critique a Martí, sino que precarice la humanidad de los
afrodescendientes. Lo que se nos oferta es un sujeto inerte o despachado
de la historia.

Junto con las, a veces crueles incidencias contra la raza en la guerra
de 1868, no resulta difícil colegir que el negro o mulato libre que
concurrió al campo de batalla y el esclavo ávido de su liberación son
diferentes, sobre todo por su experiencia, a los que acuden al llamado
de 1895. En este período cesó oficialmente la esclavitud y España adoptó
disposiciones en favor de la raza que, al menos, pusieron el tema de la
discriminación sobre el tapete. Por cierto, Rebecca J. Scott, en La
emancipación de los esclavos en Cuba, informa de un activismo notable
antes del 95 contra la opresión racial en la Isla, un asunto apenas
estudiado.

Lo que intentamos demostrar son los espacios de maniobra con que contaba
entonces el afrocubano, a la par de una experiencia que imposibilitaba
cualquier engaño, aun cuando, despreciando toda prueba histórica
constatable, Martí hubiera pensado engañarlo. El poeta antepuso las
necesidades de sus compatriotas y legó la herramienta propicia dirigida
a resolver en la práctica sus derechos, asunto que repitió en tantas
ocasiones como ningún otro cubano hasta hoy, en la historia nacional.

Por tal motivo, no se conoce que haya trascendido alguna discrepancia
entre el líder y un grupo enfáticamente interesado en el tema de la
discriminación. Lo trataron con diaria asiduidad y desde luego lo
conocieron mucho mejor que otros posteriores representantes de la raza.
Intelectuales afrodescendientes comprobaron que la alianza con el
político no solo se convirtió en un hecho antirracista, sino en escalón
teórico con desembocadura práctica para su emancipación en la
República, y no les faltó razón. Es entonces cuando la guerra y la
alianza adquieren una lógica aplastante.

Antecedentes de la desobediencia civil

Martí vivió en Estados Unidos entre 1880 y 1895, porción del Gilded Age
caracterizada por la actividad de múltiples movimientos sociales y
políticos que vertieron en la prensa incontables anhelos y teorías.

Algunos historiadores suelen dividir este período en radicalismo,
populismo, ascenso de los sindicatos, progresismo, socialismo… Cada una
de estas corrientes ancha, multicolor, polémica. Era tanto el afán de
cambio que Martí recurre, en mayo de 1883, a una descripción con aliños
humorísticos: “andan a quién reforma más, y más de prisa, por no ser
tachado de poco reformador”.

El poeta se asoma a este formidable debate y comienza a seleccionar las
posiciones que le parecen más permanentes, donde entrevé, por supuesto,
un futuro para Cuba. Son debates, pero al mismo tiempo son “movements”,
es decir, intervenciones —marchas, huelgas, turbamultas— que marcan
entonces la realidad social y política de la república norteña.

Tan temprano como en el ocaso de 1881, testimonia la lucha pacífica de
electores por limpiar los comicios estaduales y municipales de la
corrupción imperante. Admira la “grandeza de la rebeldía” y el “hermoso
empuje” con que se alzan, al fin, contra los que “comercian con su
decoro y beneficio”.

Detenerse en el vocabulario que ocupa Martí, brinda atajos de interés.
Son los buenos ciudadanos quienes protagonizan “la noble rebeldía”, y
además “reúnense en clamorosos meetings”. “Conciértanse” en el proceso,
o lo que es lo mismo, discuten qué hacer, acuerdan y planifican los
sucesos venideros. No describe en general un movimiento espontáneo ni de
inspiración o fines violentos ni limita escenarios ni instituciones. En
Filadelfia —escribe también en 1881— la base del partido republicano
“resiste” contra la cúpula corrupta.

Temprano comienza a utilizar una noción de interés para delinear al
hombre que anhela: un “creador de sí” dotado de potencialidad colectiva.
Paradójicamente, el origen podría estar en slogan muy zarandeado: “self
made man”, que él subvierte.

Martí denomina a los esfuerzos por acabar la corrupción “despertar el
pueblo a la conciencia y uso de sí”. Tal despertar aparece como
capacidad y disposición de actuar con conocimiento: “ruin será el
hombre, y pobre en actos, mientras no se sienta creador de sí y
responsable de sí y providencia de sí mismo”. La ausencia de esto último
fomenta la cobardía, laxa el carácter e impide el desenvolvimiento
natural del espíritu humano. La descripción se corresponde
principalmente con un hombre de paz, acción y decidido, que junto a
otros se moviliza en pro del cumplimiento de sus derechos.

Estos conceptos lo ayudarán a redondear nociones de desobediencia civil
que se reforzarán en el contexto específico del negro cubano. El hombre
que se crea a sí mismo, mientras resiste en la paz y la democracia de la
república norteña, señala una naturaleza de ningún modo limitada al
escenario estadounidense.

El universalismo de tales concreciones cooperaría incluso en identificar
lo que no ha sucedido en Cuba luego de 1959: “Crear intereses [en
particular propietarios] es crear defensores de la independencia
personal y fiereza pública necesaria para defenderlos”. Explicar lo
anterior, sobre todo vinculado a la Cuba actual, amerita todo un ensayo.
Martí propone la autonomía del individuo como base de la colectiva y
ambas en disposición y capacidad de una resistencia civil pacífica.

La república que luchaba habría que reformarla y hasta reformularla
luego de la victoria, como la de Estados Unidos, y la desobediencia
civil aparece como instrumento crucial de tal proceso. Razón llevan los
historiadores que no califican a Martí de revolucionario, sino de
reformador.

En su ensayo José Martí y un haitiano extraordinario: Contra el racismo,
Luis Toledo Sande, al igual que Rafael Almanza, Dionisio Poey y otros,
sostiene que el independentista sabía que para alcanzar la república
moral soñada sería necesario combatir toda discriminación y opresión de
unos seres humanos por otros.

Esperanza fallida en la reconstrucción

En sus primeros años en Estados Unidos, el bardo no pone en los
afronorteamericanos la misma atención que alborea desde mediados de los
ochentas, aunque tampoco falta la observación perspicaz y en especial
algo que podríamos llamar “moralidad del negro en Martí”, abundantísima
acerca de su compatriotas masculinos y femeninos.

Téngase en cuenta que el tema moral pasa a un primer plano negativo en
el discurso dominante, según Henry L. Gates, Todorov, Appiah, y Andrew
Valls, entre otros. La capacidad del negro de contribuir a civilizar la
sociedad a la que ha sido traído, constituye piedra de toque del
antirracismo y la moral es un punto inesquivable en esa contribución.
“Yo sé de manos de negro que están más dentro de la virtud que las de
blanco alguno que conozco”, y afirma que afronorteamericanos han logrado
fortunas sin las ilegalidades frecuentes en el blanco.

Aciertan críticos al decir que Martí, en poco más de un lustro, no trató
al afronorteamericano como sujeto, pero se les escurre que, en estricto
sentido, el conocimiento de la actividad de la raza durante el proceso
complejísimo de la Reconstrucción, dio sus primeros pasos en la
historiografía estadounidense décadas después del siglo XX, y las
primacías del mulato y académico W.E. B. Du Bois estuvieron entre
aquellos pasos.

Problemáticas opiniones martianas respecto a un cambio de actitud hacia
el negro en el Sur tuvieron que ver con diversos factores que hacían de
Estados Unidos un caso muy esperanzador por los palpables avances de la
raza. Martí testimonió, durante toda su vida en el país, la presencia de
afronorteamericanos en el Congreso nacional, no pocos nacidos en
esclavitud y uno de los cuales estuvo a pasos de convertirse en
vicepresidente del país, de acuerdo con Nicholas Plater en A Black Vice
President in the Gilded Age? Escribió asimismo sobre embajadores en
Haití, empresarios, estudiantes en Harvard y mencionó graduaciones
numerosas de religiosos y una cifra considerable de periodistas. Sugirió
la creación de resistencia y vida ciudadana alrededor de las iglesias, y
abundó acerca de la raza en los tribunales, además de afirmar la
relevancia de la participación de hombres y mujeres negras en votaciones.

La comparación entre la circunstancia de la raza en Cuba y Estados
Unidos en la época que vive Martí en este territorio, cosa que también
hicieron intelectuales afrocubanos y hasta norteamericanos blancos,
resulta abismal, proporcionalmente, en favor del país del norte, a pesar
de la violencia y discriminaciones imperantes. El Partido Independiente
de Color (PIC) indagaría los porqués de este abismo que continua en el
siglo XXI y del que apenas se habla en la historiografía y en la
política nacional.

El bardo comparó implícitamente lo que sucedía entre Estados Unidos y
una Isla que, a la altura de 1886, acabaría por desmantelar oficialmente
una cruel esclavitud que el artista observó con sustrato de muerte. Si
recordamos que fue en los alrededores de 1890 cuando el Sur aceleró la
desarticulación de la Reconstrucción, ya para la fecha el poeta ha
publicado recias opiniones antirracistas. Sus idealizaciones previas son
fruto de una mirada optimista acerca de aquel proceso que imprimió honda
huella en la historia norteña.

Como ejemplifican autores norteamericanos de nuestros días, Martí
perpetra aquí el mismo error de intelectuales progresistas
estadounidenses. Tal vez la muerte de sus esperanzas sobre nuevos
avances en la Reconstrucción constituyó una de las razones para crear la
frase “vueltas de la preocupación”; o sea, la capacidad de recurrencia
del prejuicio y la discriminación, que en Estados Unidos se unió a la
violencia condenada por él.

Un libro de 1883

En sus páginas acerca de los Cuentos de hoy y de mañana. Cuadros
políticos y sociales, de Rafael Castro Palomino, comenta Martí sus
coincidencias con dicho autor, extraíbles de los sucesos que brinda la
realidad de Estados Unidos en esos años y ya adelantadas por el poeta.

Para lograr las “reformas más urgentes”, cuyo destino es la República,
Martí excluye a la “rebelión inculta”, ira o violencia, pues ésta
acarrea reacción, o lo que es lo mismo, la pelea de unos hombres contra
otros, y confía en lo que nada casualmente llama “el triunfo definitivo
de la calma activa”.

Si la democracia y la desobediencia civil son contextos que acoplan con
su personalidad, especialmente dotada para los avatares de la paz, el
bardo no plantea efectuar al mismo tiempo un turbión de acciones porque,
político al cabo, eso podría romper totalmente el orden desde el
nacimiento de la República. Sin embargo, alude en su prólogo, como hemos
visto, a las “reformas más urgentes”.

Habría que preguntarse si los afrocubanos entrarían en estas reformas.
En torno a los Cuentos, el habanero enfatiza en “los visibles y
afligentes dolores de los hombres; en las desigualdades injustas de su
condición, no fundadas en desigualdades análogas de sus aptitudes”.
Literalmente no habla de raza negra, pero quien dude que la incluye,
sencillamente lee con criterios prehechos.

Así interpretaban los intelectuales descendientes de África en el XIX y
se leían, en general, fragmentos martianos donde no se mencionaba
expresamente a los negros. En otro segmento proclamará que “los derechos
justos pedidos inteligentemente tendrán sin necesidad de violencia, que
vencer”, pues éste es el “único modo eficaz de mejorar los males
sociales presentes”. Este “modo”, según lo va describiendo, puede
legítimamente sustituirse por “método”, según reconoció Juan E. Mestas
sobre la visión de las huelgas en el poeta.

En una carta a Valdés-Domínguez, de mayo de 1894, entiende como
innecesaria la violencia anarquista para conquistar el derecho en un
país de república. Y al aludir a los socialistas vuelve a machacar que
la no violencia sería su manera de buscar el “equilibrio indispensable
en la administración de las cosas de este mundo”.

La precedencia del cubano respecto a Gandhi en la teorización de la
desobediencia civil, que para el isleño es indefectiblemente colectiva
—supera a David Thoreau en este último sentido—, logra realidad en la
organización de afrocubanos que se creó en fecha temprana como agosto de
1908, a apenas seis años de creada la República, aunque el proceso
comenzó mucho antes.

En el documento fundacional de la entidad, que desembocaría en el PIC,
se reclama un país “con todos y para el bien de todos” y una república
que si “no es la de Martí, no sirve”, anota el estudioso Fernández
Robaina, quien tituló “Martí entre los Independientes” un acápite del
libro El negro en Cuba. Destacó asimismo la presencia ideológica del
poeta en el periódico Previsión, vocero del PIC. Fernández manifiesta
“magníficas pruebas” del conocimiento entre los Independientes de la
obra que analizamos.

Historia y presente

Aunque el político cubano conocía en sus generalidades la historia de
resistencia contra la esclavitud, particularmente en el norte de Estados
Unidos, al arribar al país dedica más tiempo a profundizar esos
avatares. El movimiento abolicionista, que tuvo al trascendentalismo
como un pilar, lideró un momento culminante de la tradición de
disidencia contra el poder en Estados Unidos. Además de lo que le
señalaba la pluralidad de esa realidad social y política, la historia de
aquel activismo contra la esclavitud le permite comparar pasado y
presente y advertir sus similitudes en cuanto a rebeldía civil.

En el tiempo que testimonia y en el pasado, los escenarios y acciones de
la lucha civil son múltiples, pues el abolicionismo se produjo en el
“meeting”, el libro, los periódicos, la iglesia, centros simbólicos de
la política y el poder como el Capitolio, pero también en la algarada de
la calle y al interior de la familia, es decir, en espacio público y
privado.

El habanero se percata de que la actividad abolicionista se produce “en
todas partes”, y cuando en los noventa escribe a sus amigos negros sobre
el advenimiento de la república, sintetiza la desobediencia con un
vocablo muy gráfico: “campaña”, de igual índole que las campañas
sociales, cuya realización o no hace a los pueblos buenos o malos. Pero
al hablar de la desobediencia de los afrocubanos, apunta a una futura
“campaña redentora y activa” contra los racistas. En corroboración,
había escrito en La Nación que los afronorteamericanos “protesten”
también “en todas partes” contra la violencia que tenía como centro a
las parejas birraciales.

Martí “sueña” su campaña (la llama también protesta y resistencia), “y
así verá que la vamos a hacer”, escribe a su amigo afrocubano Juan
Bonilla. No propende solamente un espacio digamos total, sino también
una total incidencia en el tiempo. Por ello, al delinear a un periodista
ecuatoriano reconocido por no acudir en ningún caso a la violencia,
escribió que “a quien merme facultad alguna de las que puso en el hombre
la naturaleza”, lo que significa derechos humanos, o “posesión de todo
lo real del derecho humano”, “¡guerra como la de Proaño! ¡Guerra de día
y de noche, guerra hasta que quede limpio el camino!”. Por supuesto que
guerra es una metáfora, pues en verdad se refiere a una campaña.

Anotó niveles de violencia discutidos en nuestro siglo por estar
contenidos en la desobediencia. De tal manera escribió que “tunden con
sus garrotes los feligreses de Henry Ward Beecher”, y trae también a
colación que el mayor propagandista del abolicionismo, W. Lloyd
Garrison, había sido arrastrado por las calles; aquí hay que admitir
su conciencia de un factor consustancial a la desobediencia civil: los
sujetos sociales que ejecuten el método serán reprimidos. Y el poeta
adelanta lo que está dispuesto a soportar como consecuencia de la
represión —incluso la muerte— por la defensa en democracia del “derecho
del hombre, sea negro o blanco”.

Tampoco se le escapa que la controversia en favor de la abolición
incorpora un simbolismo y un vínculo con la ley. Por admitir la
esclavitud, la Constitución norteamericana fue ásperamente atacada por
los enemigos del sistema en sus crónicas. Evidencia asimismo que el
objetivo de los contrincantes era el dominio de las instituciones, y así
discierne otros contenidos en las teorizaciones de nuestro tiempo acerca
de la desobediencia.

Convivencia con los negros en Nueva York

La convivencia con los problemas de afrocubanos, afrocaribeños y sus
familias, lo situó en ángulo más idóneo para indagar soluciones a la
discriminación, luego de la victoria cubana sobre el colonialismo
español. En La construcción social de la realidad, Berger y Luckman
llaman “realidad por excelencia” a esa vida cotidiana que cobra cada vez
más relevancia como hacedora de la historia. Esa visión generó en Martí
un cambio trascendental que será aplicado en la realidad sociopolítica
por el PIC. En no corta medida, este partido es hijo de sus nociones.

No nos alcanza el espacio para meditar coincidencias con personalidades
como Ghandi o Luther King, y en especial acerca de la democracia, amor o
hermandad. En los tres, tales factores son decisivos para la
fructificación de la protesta civil. También aquí dejamos fuera de la
antimodernidad martiana un ejército de tópicos como: la belleza de la
raza, la invisibilidad general de ésta en el discurso del poder, la
educación occidental como instrumento de resistencia y el criterio del
apóstol acerca de un gobierno colegiado donde el negro ocuparía,
obligatoriamente, la presidencia en uno de los períodos estipulados.

Vale intercalar asimismo el poder que tuvo la raza en el Partido
Revolucionario Cubano, cómo Martí exaltó a la mujer de raza negra entre
los hacedores de la nación y su oposición a un Antonio Maceo confinado
al papel de Titán de Bronce, o sea, guerrero, y afirmaciones o
sugerencias de futuro poder político para Maceo, Juan Gualberto Gómez y
Rafael Serra, a quien conceptúa de “épico”. Y un punto importante: era
imposible para un blanco, a quien todo le llega desde la garra del
discurso occidental, no repetir prejuicios o nociones problemáticas en
el siglo XIX, sobre todo si cree necesario adentrarse en las
profundidades del tema.

¿Por qué un prócer como John Brown culmina una biografía apenas
salpicada de prejuicios constatables? Porque no se metió a explicar y a
explicarse las más complicadas tramas sociales, políticas,
antropológicas y culturales del asunto, algo que la exhaustiva biografía
de David S. Reynolds deja saber.

En aquella década, Martí elogió a Brown como a ningún otro ser humano en
toda su obra. Hay que tener presente que entre 1880 y 1890 la batalla a
muerte contra la esclavitud pasó por una etapa de extenso rechazo
historiográfico, proceso con más de un parentesco con la interpretación
que se hace del poeta en nuestros días.

Por otra parte, se ha exagerado sobre Martí y la sociedad de instrucción
La Liga, pero, en primer lugar, la idea de la sociedad no fue de Martí,
aunque al conocer esas intenciones se dio a la tarea de ayudar a
instalarla y buscó profesores y el lugar de las clases. En segundo, no
se impone a sus amigos como letrado, o como el “consejero sabio” del que
escribe Arcadio Díaz Quiñones, a tenor de las opiniones martianas sobre
John Rawlings, el ayudante de Ulisses S. Grant, sino desde un segundo
plano se ofrece como “propagador de la verdad” antirracista que
generaran sus amigos. Es una voluntad inequívoca en favor de que se
escuche la voz del oprimido, de resonancia mayor por sus dolores y
expectativas.

Querer al negro como sujeto, como un hombre creador de sí, lo lleva a
reprochar fraternalmentela infravaloración personal entre alguno de sus
amigos, realidad que Du Bois, a partir de la larga esclavitud,
concomitante y seguida por la discriminación, calificó de “capa de plomo
que hace sufrir una permanente distorsión de la personalidad en hombres
de la raza”, como cita Claudio Gorlier en su Historia de los negros de
los Estados Unidos.

Juan Bonilla, alumno en La Liga, parece quejarse de forma impropia
porque el poeta se ha demorado en responderle una carta, y Martí
contesta: “Guarde Ud. y aumente la hidalguía y entereza de alma porque
lo estimo”. No es para nada casual que anuncie al mismo Bonilla la
“campaña redentora y activa” en la República contra los racistas, a
quienes llama “los malos”, entre una dilatada lista de adjetivos
condenatorios repartidos por toda su obra.

Cuando en 1893 el bardo anota también a Bonilla que está cumpliendo con
su “deber en La Liga de modo que no se ve ahora, pero ha de sentirse
luego”, indica evidentemente a la resistencia en la República, a las
luchas antirracistas futuras. Una expresión cabal de sus planes es el
hecho de que este mismo año, desde el periódico Patria, respalde a
quienes en Cuba demandan derechos y enfatiza que la labor divisionista
de España no ha logrado que los cubanos “rehúsen trabajar por la
creación de la patria en cuya libertad descansarán mañana…”.

Y también, en 1893, en carta a su amigo blanco José Dolores Poyo: “el
hablar será después, el esparcir el corazón, el esconderse en un rincón
de la vida, a consolar a los que sufren del odio o de la arrogancia
humana: ahora, es hacer la república”. Informa así a un blanco, que
probablemente estaba entre los descendientes europeos que exhortaría a
unirse al negro en la campaña reivindicativa. Tocamos ahora una
diferencia basal con el PIC.

Hay un tema apenas rozado y tiene que ver con lo que Martin Carnoy, en
La educación como imperialismo cultural, acuñó sobre la liberación del
dominio colonial, la cual quiere un renacer de lo humano y de la
estimación de sí mismo, una redefinición de lo que significa ser
independiente. Martí, Maceo y el afrocubano Ricardo Batrell entendieron
la guerra, con más o menos claridad, como “madre” del hombre para sí.
Fernando Martínez escribe que este pasado glorioso legitima en la obra
de Batrell, ya en la República, las exigencias de igualdad, la
identificación del otro y de potenciales enemigos. Más de una vez, el
poeta aludió a la guerra como un medio que aumenta la dignidad de los
que intervienen en ella. Es parte no desdeñable de “sus beneficios”, y
por eso sostuvo que la revolución propició “la mudanza súbita del hombre
ajeno en propio”,lo cual provocará novedad y aspereza en las relaciones
sociales.

Mientras redondea sus nociones de desobediencia civil, en Patria insta a
cerrar el paso a una República que no respete el “decoro del hombre para
el bien y prosperidad de todos los cubanos”, y sigue también entre
signos de admiración: “¡De todos los cubanos!”, que tuvo como objetivo
programático, para recordar a Ibrahim Hidalgo.

Pero éste que Jean Lamore proclama como elaborador de una doctrina —la
première en son temps—, ¿con quiénes cuenta para su República
verdaderamente nacional? Lo dirá a Manuel Mercado: “con la masa pujante
—la masa mestiza, hábil y conmovedora del país—, la masa inteligente y
creadora de blancos y negros”. No utiliza aquí la abstracción pueblo,
antes bien lo muestra en su racialidad primordial.

Rafael Serra y Martí, silenciados

La historiografía apenas ha profundizado en lo que significó Serra, el
más cercano de sus amigos en La Liga y líder de su comunidad, en lo que
se refiere a la desobediencia civil que, sin duda, el poeta analizó
junto a otros afrocubanos. Veremos otros asuntos que no tocamos en un
puñado de artículos en DIARIO DE CUBA.

No por gusto Martí cita en Patria al intelectual autodidacto: “Hay que
sentir de veras amor por los que sufren de injusticia; y los que sufren
de injusticia han de amar el deber de conquistar su decoro”. Así, el
poeta pone en las páginas del periódico a un hombre que habla desde el
sufrimiento de su piel, decidido a “conquistar” su derecho, además de
reproducir la voz del oprimido en la institución partidaria.

Como ha dicho Miguel A. de la Torre, Martí institucionalizó el
antirracismo, pero también ha sido, hasta hoy, el único líder blanco —en
Cuba y mucho más allá— que institucionalizó la resistencia —post-bélica
en su caso— contra la discriminación. Por esto y más, Serra escribió en
La república posible que Martí “nos enseñó a ser indóciles contra toda
tiranía, contra toda soberbia”.

Pedro Deschamps destaca palabras martianas en Patria, donde Serra,
“descendiente de esclavos como es, ayuda sin ira y sin sosiego, a crear
hombres libres”. Curiosamente, el bardo le dice al matancero que las
ideas de éste son de él, de Martí, pero lo relevante es que le dice que
está “contentísimo” con lo que Serra manifiesta. Y añade: “Ud. es de los
pocos en quienes escribió, y con quienes pienso, tan plena y
sinceramente como cuando pienso conmigo mismo”. Además de citarlo a
menudo en Patria, hizo pública su intención de biografiarlo.

No debe soslayarse que el poeta, ya en 1889, exhortó a Serra a la unión
antirracista, aunque no solo de los afrodescendientes. “Todos los que
tengan voluntad han de ponerse juntos” contra “el trabajo de serpiente
de tanta gente mala”, o sea, de discriminadores cubanos que tanto abundan.

El 5 de febrero de 1905, el periódico El Nuevo Criollo, en su columna
fija titulada “Rasgos de Martí”, publicó estas palabras del diputado
Serra al presidente del país: “Tomás Estrada Palma no es un genio
dispuesto a entrar en las grandes luchas contra las preocupaciones, como
lo haría Martí (…) Es incapaz y mucho menos de imponerse a la voluntad
de los que por sus títulos universitarios o su fortuna se estiman como
dueños de este pueblo que ya despierta y que pronto dará pruebas de
riguroso enfado contra toda absorción de derechos”.

Todo esto, a tenor de la exclusión de esposas y de otros familiares de
congresistas negros a actos oficiales, lo que sucedió incluso con el
senador Morúa Delgado, como relatan los Castellanos en La cultura
afrocubana.

Pero, cuál es la calidad de este enfado. El tabaquero se lo advierte a
futuros seguidores del PIC, que se están poniendo de acuerdo aunque aún
transcurre el ocaso de 1904. Está cercana su visita a Estados Unidos en
compañía de Evaristo Estenoz, una de cuyas razones (según la reseña de
The New Times en 1912,) fue averiguar por qué la cifra de
afronorteamericanos con trabajo en el gobierno era proporcionalmente
mucho mayor que en la Isla. Martí divisó al célebre Frederick Douglass
presidiendo una junta de la raza, donde se abogó por un puesto para un
“negro notable” en el gobierno en Washington.

La calidad del enfado la había expuesto en El Nuevo Criollo el 29 de
octubre de 1904, en un editorial titulado “El Problema”, que reprodujo
María Poumier en La cuestión tabú: “aquí nunca habrá de alterarse el
orden ni la paz, por decisión e impaciencia suicida de la clase de color
(…) No habrá aquí, bajo ninguna forma y porque no puede haberla, un
conato siquiera de rebeldía armada”.

No exageramos al afirmar que únicamente con la muerte de Serra, a quien
The New York Times propuso como una suerte de ideólogo del PIC, pudo
éste optar por lo que el matancero previó acertadamente como conato
armado, pero después de un período en que siguió posturas de actividad
pacífica y en situación muy difícil por la campaña racista que
pormenorizaría Aline Helg.

Si en general las de Serra son nociones publicadas en Patria o dichas
antes por Martí a sus amigos de La Liga, el autodidacto acopló
brillantemente lo que enfatizó como enseñanzas del poeta, a la nueva
situación republicana. “Martí es la democracia”, sintetizó Serra a su amigo.

Debió tener presente la frase martiana en relación con La Liga: “Hombres
estamos creando, y lo somos. Ya sé que en el mundo es una verdadera
novedad”. Así indicó el poeta al creador de sí, y exhibió en el mismo
sentido lo que publicó en Patria sobre un grupo de afrocubanos cuyos
nombres menciona y que en la Isla culpaban a España por la situación de
la raza. Estos “y muchos más” “sienten plena en sí la fuerza del hombre”.

La frase “conquistaremos toda la justicia” con que se despide de Juan
Gualberto coincide por su vocación de resistencia con la que envía a
Serra al partir a la guerra: “No se canse de defender, ni de amar”. La
lucha postcolonial en pro de los negros es, podría decirse, una voluntad
postrera, la última noción que traslada a dos de sus más queridos amigos.

La vigilancia sobre el acontecer social

Hablar de la vigilancia social en Martí es hablar también de
desobediencia civil, pues la vigilancia es la que avisará el momento de
la intervención, el preámbulo de la “campaña redentora y activa” o
alguna manera de negociación. La vigilancia forma parte de un único
mecanismo de intervención social.

Dirigida su pupila contra el marxismo, y la lucha de clases, precisa que
“el amor, administrado por la vigilancia, es el único modo seguro de
felicidad y gobierno entre los hombres”. Y de inmediato enlaza otro de
sus acercamientos indudables a la desobediencia: “el derecho pedido a su
hora y en su medida por quien no lleve cara de cejar, descorazona y
conquista a los mismos que más quisieran oponérsele (…), que desconfiar
es muy necesario, y amar lo es más”.

La frase “descorazona y conquista” deja ver al opresor transformado en
el proceso mismo de la lucha pacífica. Gandhi dijo que la desobediencia
no violenta contra una ley injusta o la discriminación tiene por objeto
convertir el corazón del oponente y no solo efectuar un cambio
sociojurídico. He aquí otra clave de la desobediencia civil, su objetivo
intransferible.

En nuestro entender, la noción de vigilancia, con filos de siglo XXI,
nació en buena medida de su atención incesante contra la discriminación
y no deberían despreciarse sus fallidas esperanzas en la Reconstrucción
en Estados Unidos. En septiembre de 1892 recuerda que el “beneficio
equitativo” es el fin de su quehacer, y añade que se ha de recomendar a
los soberbios el reconocimiento fraternal de la capacidad humana en los
humildes, y a los humildes la vigilancia indulgente e infatigable de su
derecho, y el perdón de los soberbios”.

Vuelve sin duda a referirse a la racialidad cubana, pero las nociones de
vigilancia y desobediencia no acusan límites, pues su función es
universalmente humana. Metida en la institucionalidad de una circular a
los Clubes y Cuerpos del Consejo del partido que encabeza, donde escribe
nociones problemáticas a otro respecto, perfila sus dichos y sostiene
que la cultura previa y vigilante no permita el imperio de la
injusticia, y llega a proponer que el hombre honrado ha de ejercer la
política siempre como vigilancia.

Desconocemos intento alguno de explicación de la vigilancia como clave
de la desobediencia civil en tanto preámbulo de la intervención social
en Martí, aunque autores como Jesús Sabourín y Fornet-Betancourt
coincidan en su “antirracismo vigilante”.

Símbolo martiano y presente

Las críticas que desde mediados de los90 del siglo pasado despliega un
sector de la academia norteamericana contra el pensamiento de Martí
sobre los negros, en particular cubanos, ha conducido a varios
relevantes intelectuales de la raza a repetir o ahondar esta tendencia.
Después de las nociones aquí expuestas, debemos preguntarnos sobre la
validez de eliminar al poeta como símbolo del antirracismo en probables
desobediencias venideras.

Source: Discriminación y desobediencia civil en la República de Martí |
Diario de Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1429782050_14166.html

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