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El pretexto de la “conciencia tributaria”

El pretexto de la “conciencia tributaria”
[17-05-2015 18:58:15]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- La hipocresía es moneda corriente y eso ya
no es primicia. Esta inadecuada postura cívica aparece, también, en el
terreno de la tan mentada “conciencia tributaria”. Algunos han tenido
hasta el atrevimiento de definirla con cierto sesgo académico, diciendo
que es la “interiorización en los individuos de los deberes tributarios
fijados por las leyes, para cumplirlos de una manera voluntaria,
conociendo que su cumplimiento acarreará un beneficio común para la
sociedad en la cual ellos están insertados”.
Es un verdadero disparate igualar dos términos que claramente se
contradicen. Abonar impuestos no es un acto voluntario, porque la
palabra impuesto se refiere a lo forzado, a lo obligado. Si fuera un
gesto auténtico, espontaneo, vinculado al deseo genuino, en todo caso,
sería una donación.

Como suele pasar en diferentes órdenes de la vida cotidiana, este tipo
de justificación retorcida no deja de ser un mero ardid, casi un
consuelo, que intenta convertir en aceptable algo que es intrínsecamente
malo. Existen, al menos, cuatro grupos bien definidos que utilizan este
recurso argumental y pretenden transformarlo en un axioma indiscutible,
en un mandato bíblico.

Por un lado están, los recaudadores, los que trabajando de esto
preservan la gestión de los organismos de recolección compulsiva de
gravámenes. La medida de su eficiencia está directamente relacionada con
el monto percibido. Por eso, en las campañas de difusión masiva apelan a
esta consigna por ser la menos antipática. “La gente debe pagar sus
impuestos porque es el único modo de que el Estado funcione y cuantas
más personas lo hagan mucho mejor será para la sociedad”, sostienen. A
veces inclusive recurren al ruin artilugio del “sorteo” como dispositivo
para que unos ciudadanos sean delatores del resto, denunciando así a los
que no cumplen.

Otro sector que opera en idéntica dirección es el de la parasitaria
estructura estatal. Todos los que viven del Estado, saben que la sangre
que fluye por esas venas se nutre de impuestos, emisión monetaria y
endeudamiento. En tiempos en el que los dos últimos no son una
posibilidad relevante, los impuestos, es decir el dinero detraído de la
sociedad en forma coercitiva, posibilita la existencia del empleo
estatal y de su cuantía depende, en buena medida, que sus remuneraciones
puedan ser mejoradas.

Un tercer espacio lo ocupan los que no pagan casi ningún impuesto o, al
menos, no perciben hacerlo. Son trabajadores, subsidiados o desocupados.
Sus ingresos son bajos y no son alcanzados por algunos de los voraces
impuestos diseñados especialmente para escarmentar a los segmentos más
elevados. Ellos reclaman conciencia tributaria como fórmula para aliviar
su rencor contra los que más producen. Pretenden igualdad y creen que un
sistema tributario que les quita demasiado a los que más disponen, los
nivela rápidamente. No saben como aumentar sus propios ingresos y se
creen víctimas de este mundo cruel. Este perverso esquema es positivo
porque les quita a los demás, a quienes culpan por tener más que ellos.

El último grupo está compuesto por los que pagan MUCHO en impuestos. No
contribuyen por convicción, sino porque su actividad no les permite
escapatoria. La administración ya ha encontrado el modo eficiente de
tenerlos de rehenes. Como no pueden evadir, no admiten ser los únicos
tontos y quieren compañía ante semejante abuso. Rendidos frente a la
impotencia de estar atrapados por el régimen, apelan desesperadamente a
este recurso dialéctico tan pobre como inmoral. En esto, se parecen al
grupo anterior. Sus motivaciones surgen del resentimiento y eso no habla
bien de ellos. Las garras del sistema los han cooptado y no desean
sentirse tan estúpidos, por eso acusan al resto, para que reciban el
mismo castigo.

Pagar impuestos no es un acto voluntario. El impuesto implica que el
Estado detrae, por la fuerza, una parte demasiado relevante del esfuerzo
personal. Nadie paga con satisfacción y alegría. En todo caso lo hace
porque no puede evitarlo, porque el esquema se ha diseñado para que no
se lleve el producto deseado sin ese “peaje” o bien porque no pagarlo
implica un riesgo legal trascendente que se traduce en multas costosas o
inclusive prisión.

Esta afirmación general puede verificarse empíricamente a diario. Quien
intente refutarla puede dar testimonio personal de ello y hacer hoy
mismo el ejercicio pidiendo que le aumenten el precio de un bien y le
carguen impuestos no cobrados o hasta dejando un extra, ya no como
propina para el individuo que le facilita el producto, sino directamente
para el Estado.

Es más, si un individuo cree tan férreamente en la bondad de los
impuestos podría pedir a los gobiernos, en cualquiera de sus
jurisdicciones, que le facilite un número de cuenta bancaria para
depositar allí dinero propio como donación para los “loables” fines para
los cuales el Estado destina el dinero.

Después de todo este individuo que defiende la idea de “conciencia
tributaria” cree que lo recaudado como tributo no termina en manos del
aparato político, la corrupción o el despilfarro tradicional. El recita,
a viva voz, que todo eso es para la salud, la educación y la seguridad.
Pues bueno, que deposite masivamente sus recursos propios allí, en vez
de utilizarlo para su entretenimiento o el consumo suntuario de
innecesarios bienes. La inconsistencia ideológica es tan evidente que no
admite casi ningún argumento serio que pueda ser tenido en cuenta con
cierta sensatez.

Si finalmente se opta por pagar impuestos, asumiéndolo como el “mal
menor”, si se lo hace porque no se ha encontrado un mejor modo de
financiar las “supuestas” necesidades que permiten vivir en comunidad,
al menos sería saludable evitarse los retorcidos planteos intelectuales
que pretenden justificarlo. No es razonable intentar convertir lo
malvado en bondadoso. En todo caso, un poco de resignación ciudadana,
puede servir como transición, pero solo para intentar ser más creativos
y seguir buscando mecanismos que permitan sustituir este atropello
cotidiano por algo superador. Mientras tanto, sería muy conveniente
asumir que cuando se habla de impuestos no se dispone de buenas razones
que lo respalden. El desafío es pensar como se abandona el pretexto de
la conciencia tributaria.

Source: El pretexto de la ‘conciencia tributaria’ – Misceláneas de Cuba

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/5558c8a73a682e0430742439#.VVmzO_mqqko

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