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Renunciar a la inocencia

Renunciar a la inocencia
[14-06-2015 20:46:10]
Alberto Medina Méndez

(www.miscelaneasdecuba.net).- Es habitual que los seres humanos caigan
en la trampa de confundir los deseos con la realidad. A veces, las
ansias de que algo suceda, hacen que se pueda creer que todo va en esa
dirección y que es inexorable que esa percepción personal sea compartida
por la inmensa mayoría de la sociedad.
La realidad siempre se ocupa de poner las cosas en su lugar. Lo que
parecía evidente se derrumba y los hechos refutan todo con absoluta
contundencia. En casi cualquier ámbito de la vida se puede convivir con
esa ingenuidad casi eternamente, pero en la política lo empírico se
presenta de un modo aplastante y no deja más alternativa que reconocer
el error de perspectiva.

A veces, el anhelo es tan potente que la gente prefiere continuar
desorientada por algún tiempo adicional, intentando explicar lo ocurrido
y apelando a aspectos secundarios, existentes, pero no determinantes.

Hace tiempo que la sociedad considera que la política dejó de ser la
herramienta de las transformaciones para convertirse en un instrumento
de sometimiento, abusos y corrupción. Por eso se enfada y con razón.

Frente a esos inaceptables atropellos, reacciona casi heroicamente y
asume un legítimo protagonismo que aspira a modificar la situación
actual y encauzar entonces, aquello que nunca debió salirse de rumbo.

El ciudadano medio cree, con convicción, que la democracia es el camino
para dirimir las discrepancias de una comunidad. Pero también percibe
que ese sistema de gobierno ha sido cooptado por una casta, una
corporación de personajes que se han apropiado de la conducción de esa
maquinaria.

Es por eso, que esa ciudadanía enojada e indignada, con bronca e
impotencia, entiende que debe hacer algo al respecto y asume la
responsabilidad de liderar ese proceso de reformas indispensables.

Ese análisis, pese a su simplicidad, no es incorrecto, pero es
insuficiente, porque no mensura con seriedad las variables más
relevantes que explican el presente y el modo preciso en el que opera la
política contemporánea.

Por obvio que parezca, nada se supera si no se comprende primero su
dinámica y se entienden sus reglas básicas. Recién entonces se puede
plantear una estrategia adecuada y tener así una posibilidad cierta de
lograr resultados. Las ganas son necesarias, pero no alcanzan si no se
les agrega una importante dosis de profesionalismo y una perseverancia
sistemática.

Lo que ocurre en el presente es la consecuencia de una serie bastante
prolongada de situaciones que derivaron en esta actualidad. No se ha
llegado hasta aquí de la mano de casualidades o circunstancias inconexas.

El entramado actual es complejo, sofisticado y la maraña de ingredientes
que lo componen lo hace casi inaccesible. No puede ser encarado con
éxito solo apelando a rudimentarios recursos y maniobras primitivas.

El fraude estructural, las regulaciones que condicionan la participación
política de los ciudadanos, los privilegios de la partidocracia, el
financiamiento de las campañas son solo algunos de los condimentos cuyo
replanteo de fondo es esencial. Sin embargo, la posibilidad concreta de
lograrlo pronto parece políticamente inviable y fácticamente imposible.

A la farsa propia del sistema se agrega la apatía de una ciudadanía
abatida por su extensa nómina de derrotas individuales y colectivas,
situación que molesta a muchos, pero que es el desenlace esperable de un
esquema que fue montado intencionalmente para que derive en esa postura
general.

La desesperanza cívica no es un incidente fortuito, sino que es el
resultado de una planificada y exitosa estrategia de quienes ostentan
el poder para evitar que la sociedad retome el mando. En una comunidad
empoderada, ninguno de los despropósitos del presente, tendrían
viabilidad alguna.

Quienes ejercen el poder, los que orientan los destinos de la política y
llevan décadas en esto, no serán derrotados en las urnas por
principiantes. Ellos pueden no saber gobernar, pero tienen la destreza
para retener poder indefinidamente y son expertos en quitarse de encima
a los aficionados.

El aparato político de los gobiernos, el clientelismo estructural, el
asistencialismo vigente, la discrecionalidad con la que administran los
dineros del Estado y cierto talento en el juego electoral son demasiadas
ventajas para que un grupo de improvisados ciudadanos bien intencionados
puedan destronar a los que han hecho de la política su forma de vida.

Siempre cabe la posibilidad de que los poderosos tropiecen, de que la
soberbia les juegue una mala pasada, que un hecho inesperado los
debilite y sean víctimas de sus andanzas, pero no es razonable pretender
triunfos que dependan solo de una combinación infinita de errores ajenos.

Ningún desafío debe ser descartado, por difícil que parezca. Pero para
encararlos se debe tener los pies sobre la tierra. Se precisa de
bastante inteligencia, de una sabiduría inagotable para superar los
escollos y de una actitud a prueba de casi todo para transitar el
sendero a recorrer.

La idea no es caer en el desanimo sistemático y bajar los brazos. No es
ese el planteo. Pero es vital e imprescindible entender profundamente
como funciona el sistema, dimensionar su complejidad y comprender sus
intrincados mecanismos para dar la batalla de un modo conducente. Se
precisan de muchas cualidades para emprender ese recorrido. Pero el
requisito número uno para enfrentar al régimen es renunciar a la inocencia.

Source: Renunciar a la inocencia – Misceláneas de Cuba –
http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/557dcbf23a682e03b0cfd4fc#.VX6Ra_mqqko

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