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Cuba y el Vaticano – el milagro que no llega

Cuba y el Vaticano: el milagro que no llega
Los cubanos siguen emigrando hacia donde creen que Dios ha puesto su
mano, más allá de la intervención de Su Santidad
martes, julio 7, 2015 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba. -Han transcurrido 17 años desde que un jefe del Estado
Vaticano visitara por primera vez esta Isla. En 1998 Juan Pablo II llegó
a Cuba precedido por una fama bien ganada: había jugado un papel
importante en la transición polaca –su país natal–, donde finalmente se
alcanzó la democracia tras décadas de subordinación al comunismo soviético.

Tales credenciales del Papa Peregrino despertaban expectativas entre
muchos cubanos, todavía golpeados por la más profunda crisis económica
de su historia, y esperanzados también en la posibilidad de una eventual
transición derivada de alguna “flexibilización” del rígido centralismo
de la economía y la política en la Isla. Asumían razonablemente que
después de tantas carencias y malvivir solo cabía mejorar. Por otra
parte, era excepcional que un Papa nos prestigiara con su presencia. La
vanidad nacional alcanzó cotas inéditas, y los más optimistas del
momento esperaban que, además, el prestigio de Józef Wojty?a influyera
positivamente en una voluntad aperturista del gobierno cubano.

Para mayor ilusión, el discurso de Juan Pablo II ante una plaza colmada
por una mezcla de fieles y diletantes de ocasión, y frente a la
gigantesca imagen del Che Guevara, hizo una abierta referencia a la
necesidad de romper el aislamiento que sufrían los cubanos como
consecuencia del sistema político: “ábrase Cuba al mundo”, dijo en su
inspirada homilía ante la muchedumbre delirante que lo escuchaba
extasiada y llena de esperanzas, como si el solo hecho de que el Sumo
Pontífice lo sugiriera se fuera a producir, por ósmosis, el milagro de
la libertad y la democracia para Cuba.

La multitud, sin embargo, tenía sus motivos para creer en milagros. A
fin de cuentas el propio gobierno que apenas una década antes de la
llegada del Papa se autoproclamaba comunista y ateo, y que había
hostigado durante 30 años a los creyentes de cualquier denominación
religiosa, marginándolos y excluyéndolos en lo que fue una verdadera
cruzada al revés –contra los fieles a Dios–, había obrado el sortilegio
de transitar del más acendrado odio hacia todo lo que representara
religiosidad, a legalizar todos los credos, e incluso a bendecir la
entrada de religiosos a las filas del Partido Comunista. Y lo había
logrado sin gradaciones, sin levantar suspicacias y, lo más relevante,
sin que nadie le exigiera cuentas, dado que una de las más inefables
virtudes autóctonas consiste en confundir la justicia con la amnesia.

Indudablemente, colocar a Dios y a Marx en un mismo altar fue un aporte
espiritual de la revolución que no ha sido debidamente reconocido.
Surgió así un nuevo espécimen en la fauna socialista: el
comunista-místico; y súbitamente ser creyente se convirtió casi en un
adorno de moda. Crucifijos cristianos y collares de santería de herencia
africana proliferaron alegremente entre nosotros, muchas veces mezclados
entre sí, con tanta naturalidad como si jamás hubiesen sido proscritos,
como si no hubiesen sido fusilados decenas de jóvenes cristianos en la
Fortaleza de la Cabaña, no hubiesen existido las Unidades Militares de
Apoyo a la Producción (UMAP) o no hubiese sido profundamente lastimada
la espiritualidad religiosa que había sido siempre parte esencial de la
cultura nacional.

Para cuando Juan Pablo II nos honró con su presencia éramos un país tan
democráticamente religioso que el propio Monseñor Carlos Manuel de
Céspedes confesaba tener tras su puerta fetiches de santería. Ni qué
decir del Pecador en Jefe, quien recibió personalmente al Santo Padre y
fue bendecido por éste y por Dios, a pesar de que se saltó el trámite de
la confesión.

No obstante, el saldo general de la visita de Juan Pablo II fue
positivo, en especial para la Iglesia Católica cubana, que ganó nuevos
espacios sociales, experimentó una discreta animación y hasta fundó
revistas que, aunque no cuentan con una gran tirada, sí son toleradas
por el gobierno y gozan de reconocimiento entre la población. De paso
recuperamos las navidades, y además el clero autóctono consiguió permiso
para que la Virgen de la Caridad pudiera dar un breve paseo –a manera de
procesión– cada mes de septiembre.

Y también desde entonces el mundo se abrió un poco hacia Cuba, aunque
tras la partida de Wojty?a y hasta la actualidad, la mayoría de los
cubanos siguen encerrados en esta Isla-cárcel sin libertades
democráticas y sin la posibilidad del ejercicio pleno de sus derechos.

La segunda visita papal fue en 2012, cuando Joseph Ratzinger, como
Benedicto XVI, pasó revista por la feligresía de la hacienda en ruinas,
principalmente para conseguir algunas concesiones del Pecador Sustituto
para con la Iglesia. En esta ocasión la esperanza popular había sufrido
una considerable merma, pero Benedicto pronunció también su homilía ante
una masa de fieles –en la que hubo numerosos representantes de la
emigración cubana–, nos lanzó otra andanada de bendiciones de corto
alcance y se marchó, no sin antes presenciar un pequeño desorden
provocado por un opositor político que gritó consignas contra el
gobierno y que fue brutalmente reducido a golpes por un grupo de
miembros de la Cruz Roja nacional, mientras a su alrededor los corderos
del rebaño permanecían impávidos, sin siquiera emitir un balido.

Benedicto XVI en la Plaza, La Habana (foto de internet)

Ahora corresponde el turno al carismático Papa Francisco. Viene a Cuba
en este controvertido año 2015 con unas credenciales envidiables. Si no
bastaran su condición de ser nativo latinoamericano, haber estado entre
de los religiosos que animaron la Teología de la Liberación, llevar
adelante una depuración de la Iglesia Católica desarrollando a la vez
una fiera acometida contra la corrupción dentro del propio Vaticano, o
mostrar una austeridad y humildad propias del santo del cual tomó su
nombre como Sumo Pontífice, tiene el mérito extraordinario de haber sido
mediador en el actual acercamiento entre los gobiernos de Cuba y Estados
Unidos, ayudando así a poner fin a una hostilidad de medio siglo, que ha
definido la política y la vida nacional cubanas.

Con semejante currículo, sumado a una capacidad inspiradora tan rotunda
que hasta el General-Presidente en su reciente encuentro con el Santo
Padre experimentó una suerte de epifanía y prometió “volver a rezar” –lo
cual demuestra que la metamorfosis de religioso a militante del PCC
puede ser reversible–, cabría suponer una avalancha de expectativas
entre los cubanos ante la inminente visita. Sin embargo, esto no es lo
que se percibe en las calles.

También la momentánea ola de esperanzas que levantara en la Isla el
anuncio del 17D, se ha ido desvaneciendo ante la ausencia de cambios,
pese a que ya no tenemos un enemigo a las puertas de casa. Y en ese
escenario de apatía llegará Francisco. Llega a tiempo, antes de que la
emigración termine por vaciar del todo la Isla. Porque aquellos que
tenían unos pocos años cuando nos visitó Juan Pablo II, ya son adultos,
y muchos han escapado de Cuba. Las ilusiones de prosperidad y de
libertades se han estrellado contra el valladar del inmovilismo
gubernamental, y ya los discursos crípticos de los representantes de
Dios son insuficientes para levantar un nuevo capital de fe. Pocos creen
aquí en bendiciones papales.

A fin de cuentas, también el Vaticano es un Estado, con gobierno,
política e intereses propios. Y, –con perdón de los creyentes– ¡qué
tanto podrían interesarle nuestras aspiraciones de libertad a quienes,
al menos de jure, cifran sus mayores aspiraciones en el reino de los
cielos y no en las realidades de la tierra! Hemos sido aletargados
demasiadas veces por las palabras de falsos profetas como para cifrar
nuestras expectativas en otro jefe de estado. Después de 17 años de que
Juan Pablo II pisara tierra cubana, seguimos sin percibir los efectos de
sus congratulaciones. Nadie –salvo los ilusos más contumaces– espera que
ahora Francisco propicie el milagro de los cambios que tanto urgen a Cuba.

Por las dudas, decenas de miles de cubanos siguen optando cada año por
buscar las bendiciones por su propia cuenta y riesgo, y siguen emigrando
hacia donde creen que Dios ha puesto su mano sin necesidad de la
intervención de Su Santidad del Vaticano. Y así será, al menos mientras
el infierno verde olivo siga dictando las pautas en esta Isla maldita.

Source: Cuba y el Vaticano: el milagro que no llega | Cubanet –
http://www.cubanet.org/destacados/cuba-y-el-vaticano-el-milagro-que-no-llega/

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