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Fidel Castro y la historia

Fidel Castro y la historia
RAÚL DOPICO | Miami | 18 Ago 2015 – 11:21 am.

Castro sabe que la historia no lo absolverá. Ha vivido tanto como para
ver el fin del fidelismo.

La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo

Platón

En el transcurso de lo que sería una larga y devastadora existencia
política, Fidel Castro, descendiente de una inculta pero rica familia
agraria del Oriente cubano, con un pasado controversial en relación al
origen de su riqueza, pasó de ser un joven estudiante de derecho que
militó en los grupos revoltosos de los años 40 del siglo pasado (más que
gansteriles, como se les ha pintado, eran gamberros que, desgajados de
la revolución de 1933, se ampararon en la Universidad de La Habana y se
instituyeron en grupos de presión violentos —más entre sí que contra el
Estado—, que ejercían fuerte influencia política en sectores como la
policía), a ser un hombre que se hizo llamar familiarmente Fidel —tras
arribar al poder, mediante una lucha armada más mediática que bélica,
amparado por un aura de Mesías—, para luego transformarse en un
autócrata sanguinario y cruel, que gobernó durante el día desde la
tribuna y las cámaras de televisión, y durante la noche desde el
intimidante estruendo de los paredones de fusilamiento.

En esa travesía el hombre también construyó un mito paradigmático a base
del enfrentamiento de David contra Goliat, que ha logrado arrastrar
hasta hoy, cuando las banderas se levantan en mutuas embajadas; en
realidad, ajustándonos a los hechos históricos, nunca existió tal
enfrentamiento, o en el mejor de los casos, terminó con el fin de la
crisis de los misiles y el alevoso pacto Keneddy-Krushov. De la misma
manera que el llamado bloqueo (otra invención semántica de Fidel) es más
una figura jurídica decorativa que una realidad político-económica.

Ese mito paradigmático fue durante 50 años bandera de la izquierda más
radical (y de mucha no tan radical); de los extremismos religiosos de
todas las tendencias (desde los cristianos de la teoría de la liberación
hasta los musulmanes); de los terroristas disfrazados de revolucionarios
emancipadores, como ETA, las Brigadas Rojas y Carlos Ilich Ramírez “El
Chacal”; de las narcoguerrillas colombianas y del intervencionismo
político-militar en países como Nicaragua, El Salvador, Guatemala,
Etiopía y Angola, además del apoyo a criminales prófugos de las Panteras
Negras o del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

Pero más recientemente, el mito logró su mayor hazaña, con su magistral
conversión en el chulo de Venezuela. Primero con el demagogo Hugo Chávez
(su alumno oligofrénico preferido), y ahora con Nicolás Maduro, el hijo
bastardo del aparato de inteligencia cubano.

Sin embargo, si dejamos a un lado la mitología del castrismo y de la mal
llamada revolución cubana, y analizamos la figura de Fidel Castro a la
luz de los hechos reales, no es muy difícil descubrir que en realidad no
solo ha sido uno de los grandes plagiadores del siglo XX (se apropió
para su beneficio del ideario político martiano —al mismo tiempo que lo
convertía en autor intelectual de su fracaso en el ataque al cuartel
Moncada—, imitó las acciones, la gestualidad y las frases
grandilocuentes de Adolfo Hitler —el ataque a la sede del gobierno de
Baviera y el alegato de “la historia me absolverá— y se ungió con
honores militares, intelectuales (ni siquiera su libelo de La historia
me absolverá es auténtico, lo escribió, manipulando lo ocurrido, meses
después del juicio por el asalto al Moncada), éticos, morales y de valor
personal que nunca tuvo), sino uno de los mayores mitómanos funcionales
de la historia. Con sus mentiras edificó un cuerpo sociopolítico que
funcionó a su antojo, y que fue modificando con mucha astucia a lo largo
de los años, en función de las circunstancias, y con el único propósito
de conservar el poder de manera absoluta.

Fidel Castro construyó eso que los cubanos comenzaron a llamar desde muy
temprano “fidelismo”, con la magia de un encantador de serpientes, a
base de muchas mentiras deliciosas (“Este año los cubanos no necesitarán
la libreta para comprar viandas”. No hubo viandas en los mercados en
1965. “En 1970 la Isla habrá de tener cinco mil expertos en la industria
ganadera y alrededor de ocho millones de vacas y terneras productoras de
leche. Habrá tanta leche que se podrá llenar la bahía de La Habana con
leche”. Aún hoy en Cuba no hay leche) y monstruosos delirios (el cordón
de La Habana, la zafra de los diez millones o la vaca Ubre Blanca —con
estatua incluida—, son solo tres patéticos ejemplos), que con el apoyo
de un eficiente aparato propagandístico y represivo adormecieron,
durante los 47 años que permaneció en el poder, la conciencia y el
espíritu de libertad de una gran parte de la nación cubana.

Podemos decir entonces, que si, como creen algunos, el éxito en política
se mide por la permanencia en el poder, Fidel Castro ha sido un político
exitoso. Pero que si el éxito político se juzga por la trascendencia
histórica (algo que a él le ha obsesionado toda su vida), entonces
podemos asegurar que ha sido, comparándolo con la grandeza que quiso
obtener al estilo de los grandes emperadores romanos, el político más
fracasado de la cultura occidental. Y es que si bien hoy, siglos después
de sus muertes, en todo el mundo hallamos los vestigios de las grandes
obras de aquellos emperadores (desde coliseos hasta acueductos), en la
Cuba del fidelismo, con Fidel aún vivo, lo único que encontramos son las
ruinas de una república exitosa que el fidelismo se encargó de destruir.

Tras 47 años en el poder, el 31 de julio de 2006, a las 9 de la noche
con 15 minutos, Fidel Castro dijo la mentira más importante de su vida,
a través de su jefe de despacho Carlos Valenciaga: “la operación me
obliga a permanecer varias semanas de reposo alejado de mis
responsabilidades y cargos”.

Fidel Castro no escribió ni firmó esas palabras. Estaba entre la vida y
la muerte, e iba a ser operado de urgencia para controlar una hemorragia
intestinal. Una condición médica que le impediría para siempre regresar
al poder, al menos de manera formal. Pero el personaje, con su ensayada
astucia de siempre, tuvo tiempo para dictar su intento de convencernos
de que todo estaba bien, que pronto estaría de regreso. Al fin y al
cabo, ese era el mayor logro de su vida: hacernos creer que debíamos creer.

Hoy, nueve años después de que Fidel Castro dejara de ser el autócrata
en jefe, y con su hermano Raúl al mando, cada vez va quedando menos del
poderoso fidelismo de antaño. Y no porque “la narrativa en Cuba ha
cambiado”, sino porque los símbolos que representaron al fidelismo están
siendo borrados, uno a uno, por el pragmatismo de Raúl, que busca salir
del atolladero económico que le dejó su hermano sin tener que ceder
espacios políticos.

Aquí algunos de los símbolos más notables que se han desmoronado.

1. El gusano, símbolo fidelista para catalogar al cubano despreciable y
traidor, convertido en mariposa, es el motor de la economía cubana. Sus
envíos de dinero, medicinas, comida, ropa y efectos eléctricos, sumados
a las enormes cantidades de divisas que dejan en sus viajes a la Isla,
son el principal rubro de la devastada e ineficiente economía cubana.
2. El permiso para viajar y permanecer en el extranjero hasta 24 meses.
Un instrumento político que busca aumentar la base de cubanos que
alimenten con dólares a la economía nacional, diseñado para crear una
clase de cubanos residentes en Estados Unidos (amparados por la Ley de
Ajuste Cubano), sin resentimientos políticos, que puedan entrar y salir
de la Isla sin conflictos. Un Mariel sin trascendencia política y muchos
beneficios económicos. Porque a Raúl, a diferencia de Fidel, no le
interesa mucho la ideología.
3. La ofensiva revolucionaria convertida en el capitalismo del
timbiriche, con dos millones de cubanos tratando de sobrevivir por
cuenta propia, 45 años después de que Fidel Castro se los quitó todo.
4. Las casas convertidas en objeto de venta o de renta. Los cubanos que
se van ya no pierden sus casas, y las pueden vender, comprar o rentar.
Incluso tener más de una.
5. El boxeo y el béisbol regresan al profesionalismo. Pronto lo harán
otros deportes, como el voleibol. El deporte rentado, hoy más
mercantilista que siempre, es una fuente más de ingresos de dólares. El
propósito fidelista del deporte amateur como vehículo de propaganda y
superioridad ideológica se desploma a pedazos inevitablemente.
6. Cuatro millones de cubanos que no tienen acceso a las remesas viven
en la pobreza extrema, con ingresos de cuatro dólares al mes, lo que
significa el derrumbe del sueño de una sociedad igualitaria, en el que
todos estaban al mismo nivel de pobreza, implementado por Fidel Castro a
través de su libreta de abastecimientos y su administración de la
miseria. O lo que es lo mismo, el control del poder a través del estómago.
7. Los médicos, las enfermeras y los maestros sustituyen las carencias y
las condiciones deplorables en las que trabajan, cobrando en dólares
servicios de contrabando de más calidad. Un regreso tercermundista a la
opción de la salud y la educación privadas.
8. La austeridad de Fidel Castro hace mucho que sabemos que está
empacada en lujos burgueses. Pero las nuevas tecnologías dejan esos
vicios al desnudo, con el hijo preferido de Castro convertido en video
viral, mientras vacaciona en Turquía a costa de la miseria del cubano,
con guardaespaldas incluidos. La revolución proletaria convertida en
lucrativa corrupción.
9. Los CDR, como la primera trinchera de los delatores del fidelismo,
convertidos en cascarones vacíos, con una inmensa militancia frustrada,
que es capaz, si se lo piden, de seguir gritando “Pa lo que sea Fidel,
pa lo que sea”, mientras sueña con fugarse para Miami, y reinventarse
como víctima del fidelismo, para regresar al año y un día.
10. Cuba sí y yanquis mejor. El eterno enemigo convertido en aliado
inescrupuloso, por obra y gracia de la ineptitud de un activista social
disfrazado de presidente, que está empecinado en ser el primer
mandatario yanqui en pisar La Habana en más de medio siglo. Todo porque
se acaba la teta chavista y se necesita del acceso al financiamiento de
los bancos del imperio.
Sin embargo, es vital destacar que el estado totalitario se mantiene
intacto. Lo que está cambiando es la manera de mantenerlo, la manera de
usar la fuerza represiva para conservar el poder. Ya no se fusila a los
opositores, se les mata en accidentes de tránsito. Ya no se dan grandes
e intimidantes discursos públicos, se intimida en privado. Ya los
opositores no reciben largas condenas de prisión, sino breves y
frecuentes detenciones y palizas en unos casos, y uno o dos años de
prisión sin juicio, en otros, dependiendo del tipo de oposición. Ya no
se prohíben los libros, las obras de teatro, las canciones o las
películas críticas. Se les ignora como si no existieran. Han aprendido
que nada de eso tumba a un gobierno. Todo lo contrario: sirve de
catarsis. Ya no se prohíbe el acceso a internet, lo cobran carísimo y lo
vigilan.

No, el estado totalitario cubano no se está desmontando, ni siquiera se
está reformando, a pesar de lo que dicen en la prensa de Miami algunos
payasos que simulan defender el bien de los cubanos. Raúl Castro sabe
que la supervivencia política de su régimen depende de mantener la
represión, como también sabe que el socialismo no se puede reformar.

Lo que está pasando en Cuba es que Raúl está borrando las huellas de
Fidel, para imponer las suyas. Lo que hay en Cuba es un cambio de
estilo. El fidelismo desapareció, por eso en Miami hay más locos y
fidelistas que en Cuba. Son los expulsados del paraíso que está creando
Raúl. El fidelismo vive hoy en Miami. Lo que vive en Cuba es el
“raulismo”, aunque eso a Fidel no le simpatice. Y es que Raúl, como
Margaret Tacher, piensa que “la misión de los políticos no es la de
gustar a todo el mundo”, ni siquiera a su hermano, al que durante tantos
años se sometió.

No obstante, Raúl, como Fidel, sabe que el día que deje de reprimir el
sistema totalitario se derrumba. Sabe que el día que lo intente reformar
se desmorona. El ejemplo de la Unión Soviética y la Europa del Este
sigue fresco en sus memorias. Y cuando a Raúl por momentos se le olvida
tras sus lapsos alcohólicos, un anciano pero aún astuto Fidel, que cada
vez tiene más cara de diablo, se lo susurra al oído. Es el único de los
trucos fidelistas que todavía ejerce cierto embrujo sobre su hermano.

Después de todo, en sus días finales, Fidel sabe que la historia no solo
no lo absolverá, sino que le tiene reservado un oscuro y humillante
rincón en el estercolero del olvido. Pero al mismo tiempo sabe que,
cuando ese momento llegue, su hermano estará, tarde o temprano, a su
lado, y entonces tendrá la oportunidad de volver a someterlo.

Source: Fidel Castro y la historia | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/cuba/1439889672_16385.html

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