Corrupción – Cuba – Corruption
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La hora terrible de los hombres fuertes

La hora terrible de los hombres fuertes
CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 23 Ago 2015 – 7:24 pm.

Las calles de América Latina se han llenado de personas que protestan
airadamente contra gobiernos de izquierda, de centro y de derecha.

Las calles de América Latina se han llenado de personas que protestan
airadamente contra sus gobiernos. Las protestas son contra gobiernos de
izquierda (Venezuela —el peor de todos—, Brasil, Ecuador, Bolivia,
Chile, Nicaragua y Argentina); contra los de centro (Perú y México); y
contra los de derecha (Guatemala y Honduras). Seguramente se sumarán
otros en el camino.

Quienes recorren las calles en América Latina se quejan, esencialmente,
por uno, varios o todos de los siguientes 12 motivos: la corrupción, la
ineficiencia, la inseguridad frente a los delitos violentos, la
impunidad de los criminales, la subordinación de los otros poderes
republicanos —el legislativo y el judicial— a la voluntad del ejecutivo,
el descarado cambio de las reglas para mantenerse en el poder
indefinidamente, la violación de los derechos humanos, las trampas
electorales, el control sobre los medios de comunicación, el
desabastecimiento, el atropello de los derechos previamente concedidos a
gremios o pueblos primigenios y los irresponsables maltratos al delicado
ecosistema.

El fenómeno es gravísimo. La percepción general es que en la región se
gobierna terriblemente mal, lo que en parte explica el secular atraso
relativo. Se ha roto el contrato social entre gobernantes y gobernados,
y estos últimos les niegan su consentimiento a los primeros. Tanto va el
cántaro a la fuente hasta que se rompe.

En la concepción republicana, todos somos iguales, estamos obligados a
cumplir las leyes, no podemos hacer constituciones o dictar leyes a
gusto de una camarilla abusadora, las elecciones son para organizar los
mecanismos colectivos de toma de decisión y no para legitimar a unos
mandamases corruptos.

Asimismo, se supone que los políticos y funcionarios obtengan sus cargos
y asciendan y se mantengan en ellos por sus méritos y no por sus
relaciones. Se trata de servidores públicos que llegan al gobierno para
cumplir con el mandato que le ordena la sociedad que los ha elegido. No
los han seleccionado para mandar, sino para obedecer. Esa, al menos, es
la teoría.

Y la teoría no está equivocada. Los latinoamericanos la hemos violentado
hasta hacerla fracasar.

La han violentado los malos empresarios, quienes, en contubernio con los
gobernantes, se reparten las rentas y les cierran el camino a los
actores económicos carentes de padrinos o incapaces de incurrir en sobornos.

Se han burlado de ella los gremios y sindicalistas que negocian
privilegios con el poder a sabiendas de que les hacen casi imposible a
los jóvenes entrar en el mercado laboral.

Le han hecho mucho daño ciertos religiosos de todos los rangos, ciertos
periodistas palabreros y ciertos profesores radicales que condenan la
búsqueda del triunfo personal, como si lograr el éxito económico en la
vida —logro viene de lucro— fuera delito y pecado.

Por supuesto que el diseño republicano funciona y es correcto. Lo vemos
en la veintena de países más prósperos y libres del planeta. Unos son
repúblicas y otros monarquías parlamentarias, pero todos aceptan las
normas esenciales del Estado de derecho parido por la Ilustración y
perfeccionado por las revoluciones liberales.

Entre esas naciones exitosas, unos gobiernos son liberales que
renunciaron al anticlericalismo de los primeros tiempos, mientras otros
son socialdemócratas que se despojaron de las supersticiones del
marxismo, democristianos carentes de fanatismo religioso y conservadores
que abandonaron el regusto por la mano dura y el culto desmedido por el
orden.

A veces integran coaliciones, a veces se adversan en el terreno
político, pero siempre se suceden democráticamente en el ejercicio del
poder. Forman parte de una misma familia política presidida por la
tolerancia, surgida de las revoluciones americana y francesa, aunque
dividida por un factor importante, pero no vital ni irreconciliable: la
intensidad y destino de la carga fiscal, lo que determina el tamaño y
las responsabilidades que cada grupo le atribuye al Estado.

No incluyo en ese linaje a comunistas, fascistas y autoritarios de todo
pelaje —militaristas, ultranacionalistas, fanáticos religiosos— porque
no creen en la virtud de convivir con el que es diferente y respetarlo,
ni en el pluralismo inherente a toda sociedad, ni en la alternancia
democrática en el gobierno, como demuestra el infinito rastro de
cadáveres que han dejado en sus esfuerzos por conservar el poder.

Es conveniente que los latinoamericanos aprendamos de una vez una
lección bastante obvia: la estructura republicana es muy frágil y sólo
se sostiene a largo plazo si las sociedades son capaces de segregar
gobiernos que acepten y cumplan las reglas que le dan sentido y forma a
esa manera de organizar la convivencia. O gobiernan bien o todo se va a
bolina.

Cuando gobiernan mal, sobreviene primero la generalizada sensación de
fracaso, y luego los caudillos, los militares de ordeno y mando, los
revolucionarios iluminados, y se enseñorean sobre nuestros pueblos
agravando todos los males que juraban arreglar. Esa es la hora terrible
de los hombres fuertes.

Source: La hora terrible de los hombres fuertes | Diario de Cuba –
http://www.diariodecuba.com/internacional/1440350678_16500.html

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