Corrupción – Cuba – Corruption
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Crónica de un balsero de a pie III

Crónica de un balsero de a pie III
Tercera y última parte del testimonio de un cubano que ha emprendido el
peligroso viaje de Guatemala a EE UU
MARIO J. PENTON, México DF/Laredo (Texas) | Noviembre 20, 2015

El aroma del café me hace acercarme a la cocina. Los primeros rayos de
sol no han asomado cuando Domitila y su esposo Juan se aprestan para
comenzar las labores de la finca. Ellos nos protegerán ese día,
ocultándonos de la policía mexicana, siempre presta a la deportación.
“Han sido cientos, sino miles, los cubanos que han pasado por esta casa.
Todos dicen lo mismo: “que allá no pueden trabajar ni vivir”, cuentan.
“Gracias a los cubanos tenemos este ranchito”. Su casa apenas son dos
cuartos, uno de los cuales lo ocupamos el grupo de migrantes. El tesoro
familiar lo constituye su finca, una pequeña extensión de tierra poblada
de árboles de hule. En ese lugar recibimos la mejor atención de todo el
trayecto, llegamos incluso a bañarnos. Una especial solidaridad une a
esta mujer de corazón noble con el destino de los migrantes cubanos. Su
hija vive desde hace diez años en Estados Unidos. Llegó allí como mojada
y desde entonces no han vuelto a verse. Esa fue la última escala hasta
el Distrito Federal, la capital mexicana.

Un viento frío, que denota la altitud, y un sinnúmero de luces nos hacen
creer que llegamos a la capital. El peligro de un control extraordinario
de la policía nos hace arrojarnos a toda prisa del camión e internarnos
en una zona semidesértica. El guía nos apura. De nuevo, un altercado con
el ejemplar tropical de la “guapería revolucionaria” está a punto de
convertirnos en deportados. La intervención de las mujeres hace que no
llegue la sangre al río, al menos de momento. La noche transcurre sin
otros contratiempos.

Para alegría de algunos y tristeza de otros, esa noche es la última vez
que vimos a los hindúes y a los centroamericanos. En mitad del camino,
un vehículo nos intercepta, se suben y, a toda prisa, toman otra ruta.
Según se nos dice, ellos entrarán por otra frontera.

Llegamos a la Ciudad de México sobre las tres de la mañana. Una casa de
diseño exclusivo, repleta de obras de arte y libros de literatura,
religión e historia nos sugiere que estamos en contacto con alguien
instruido y sensible al mundo de la cultura. Sorpresa mayor cuando
conocemos a la “patrona”, una señora con credenciales de traficante que
combinaba en sus rasgos, la virilidad con la astucia y el sexto sentido
femenino.

“¡Un cubano que venga solo!”. Tímidamente levanto la mano. “¡Otro!”. Un
muchacho del grupo se me suma. “¡Otro cubano que venga solo!”, dice
imperativamente. Silencio total. Todos los demás vienen en parejas, por
lo que nadie se decide a dejar a su compañero. “¡Usted, levántese, que
se va!”. De nada sirven las súplicas de Maikel, quien viaja con su tío.
Está decidido y no hay vuelta atrás. Tendrá que dejar a su tío solo. El
“guapo” cubano, que intentó colarse en esta primera salida, termina con
el rabo entre las patas al enterarse de que aun habiéndole dado hasta
las joyas de su mujer al coyote en Guatemala, supuestamente su dinero no
está completo y tendrá que esperar retenido en México. Inmediatamente
pensamos que es la respuesta de la organización a su actitud agresiva
con el guía que nos llevó hasta la capital.

Después de desayunar nos conducen a un tráiler. En el camino confirmo
mis suposiciones: la “patrona” es una mujer de una inteligencia
excepcional. De conversación fácil y opiniones formadas, diserta con
soltura sobre la realidad mexicana. Dedicó su vida a estudiar, no está
casada y su principal hobby es viajar, por lo que en sus cortos 40 años
ya conoce buena parte del mundo, incluyendo Cuba. Después de desearnos
lo mejor para el viaje, nos hace valorar el privilegio que supone la Ley
de Ajuste y nos pide que aprovechemos esa oportunidad para superarnos y
ser hombres de bien.

El camionero también resulta de trato fácil. Se llama Óscar. Se dedica
desde hace muchos años al traslado de mercancía hasta la frontera sur de
Estados Unidos. Aunque se ve forzado a traficar con cubanos para
mantener a su familia, según nos cuenta, jamás le ha pasado por la
cabeza emigrar a Estados Unidos. Con el dinero que hace, “la va
pasando”, nos dice. Casi 15 horas estamos encerrados en ese tráiler, en
lugares especialmente diseñados para esconder a las personas. Espacios
reducidísimos a los que tenemos que acudir en cada puesto de control con
que nos tropezamos en el camino, aunque según se nos informa, todos
están comprados. “La corrupción es el cáncer que agobia a México”, se
queja Óscar, “pero todos estamos corruptos porque los mismos políticos
son los primeros corruptos que se enriquecen a costa del país”. Mientras
él trafica con tres cubatas hacia el vecino del norte, los generales,
opina, lo hacen con armas y droga. Todos están implicados, solo que a
diferente escala.

En Nuevo Laredo se organiza el trasbordo. Una pick up blanca a cargo de
los temibles Zetas se encarga de llevarnos a la frontera. En ellos
termina el tráfico, pues son quienes controlan los bajos fondos del área
fronteriza. Nos piden abandonar todo cuanto poseemos, es decir, apenas
una bolsa con una muda de ropa y lo que llevemos escondido.
Supuestamente debemos llegar sin nada al puente internacional de Laredo,
Texas, para no levantar sospechas en los cuerpos policiales mexicanos.
Tras un cruce de palabras con nuestros tratantes, logro salvar los
papeles que me acreditan como universitario y una bandera cubana. Todo
lo demás queda en el pasado. Se nos entrega cuatro pesos mexicanos, con
los que iniciamos una nueva vida. Ante nosotros, el puente que marcará
el final de una vida sin derechos.

Con nada es comparable la emoción de sentirse libre. Al compás de las
lágrimas avanzamos para alcanzar lo antes posible la otra orilla. La
pesadilla llega a su fin. Selvas, pantanos, policías, el miedo al
asalto, narcos, traficantes, todo quedará atrás como el precio a pagar
por la libertad. Un grupo de alrededor de 80 cubanos pernoctan en las
instalaciones migratorias estadounidenses, que se ven desbordadas por la
avalancha de cubanos. Algunos llevaban días esperando tramitar su
parole. No todos llegan por razones políticas. Muchos comentan que su
intención es regresar a Cuba en cuanto obtengan la residencia
norteamericana. Salieron de Cuba vendiendo casas o endeudándose vía
Ecuador por dos motivos fundamentales: el desespero ante una situación
que no tiene salida y el temor a perder los privilegios que otorga la
Ley de Ajuste Cubano, con las recientes aperturas hacia el régimen de La
Habana. Nunca oyeron hablar de tales derechos, ni conocen lo que es la
democracia.

Era momento de dar gracias, de regocijarnos por alcanzar la tierra de la
libertad. También de llorar por quienes no lo consiguieron. Habíamos
cruzado nuestro propio Mar Rojo, ahora quedaba la tarea de no añorar las
cebollas de Egipto, aunque lo que tenemos por delante es el desierto al
que se enfrenta todo migrante. Finalmente podíamos decir como Martí: “La
libertad cuesta cara y hay que decidirse a pagarla por su precio o
resignarse a vivir sin ella.”

Source: Crónica de un balsero de a pie III –
www.14ymedio.com/reportajes/Cronica-balsero-pie-III_0_1892810706.html

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