Corrupción – Cuba – Corruption
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Año bisiesto, año siniestro

Año bisiesto, año siniestro
Los signos hasta ahora apuntan a más pobreza, más emigración, más
corrupción, más represión
viernes, enero 15, 2016 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- El año 2016 ha iniciado bajo malos augurios. Como si
no fuera suficiente el desaliento general después de transcurrido un año
de tensa paz entre los gobiernos de Cuba y EE UU sin que se perciba
mejoría alguna en las condiciones de vida, la crisis alimentaria tiende
a agudizarse y se acrecientan las carencias. Los productos del agro son
cada vez más escasos, de mala calidad y altísimos precios, mientras la
oferta de las tiendas recaudadoras de divisas es paupérrima. Numerosos
comerciantes por cuenta propia (carretilleros) han desaparecido del
paisaje citadino, en tanto los puntos de venta de las cooperativas
exhiben un desabastecimiento que anuncia la proximidad de tiempos peores.

Lejos –y náufragas– quedaron las grandes expectativas surgidas a raíz
del 17 de diciembre de 2014. La tozuda realidad ha vuelto a demostrar a
todos que el mal de Cuba es endémico: radica solo en la maléfica
combinación de un sistema sociopolítico y económico fracasado y
obsoleto, unido a la persistencia de una camarilla dinástica
políticamente inepta que secuestró al país 57 años atrás, cuyo principio
y fin esencial radica en mantenerse aferrada al poder a cualquier costo.

Dicho de otra manera, el desengaño nacional estriba en poner las
perspectivas de felicidad en un milagro que vendría ‘de afuera’ para
salvarnos del demonio autóctono que tenemos en la Isla: el castrismo,
cuna y reservorio del desastre. De ahí que ante el desengaño
(¿autoengaño?), miles de cubanos eligen buscar fuera de Cuba esa
felicidad que se les niega aquí dentro.

Sin embargo, por pura coincidencia, el declive natural del experimento
castrista, ya agotado en sí mismo, tendrá su mayor prueba de
supervivencia en este año bisiesto. Porque si bien el 2016 se anuncia
difícil para la gente común –ese conglomerado de mayorías que algunos
han dado en definir con el desafortunado término de “cubanos de a pie”–,
tampoco será un panal de mieles para la gerontocracia verde olivo y sus
buquenques.

Cierto que el Gobierno-Estado-Partido, en la figura del
General-Presidente, sigue detentando el poder a su arbitrio, pero en los
últimos tiempos las circunstancias no le han sido todo lo propicias que
esperaban. A pesar de los muchos reconocimientos y recibidos por parte
de gobiernos y organizaciones internacionales y a contrapelo de la
legitimación –hasta ahora inútil– de la dictadura cubana en los foros
del mundo democrático, incluyendo los de índole financiera, todavía no
se han concretado las inversiones extranjeras previstas, que aportarían
el capital necesario para comenzar a remontar la crisis económica interna.

La “nueva era en las relaciones entre Cuba y la comunidad financiera
internacional”, según palabras del departamento francés de Finanzas,
todavía está por arrojar frutos para la elite del Palacio de la
Revolución, en tanto la Ley para la Inversión Extranjera sigue sin
ofrecer las garantías jurídicas que requieren los potenciales
inversores. La corrupción generalizada, parte raigal de la realidad
nacional, también les aconseja cautela a la hora de negociar.
Obviamente, el lento ritmo de “reformas” del socialismo de Estado puede
ser encomiable en la hipocresía de los foros, pero resulta incompatible
con las urgencias del capital.

Por otra parte, en la fisonomía política regional se han estado
produciendo importantes cambios que socavan las alianzas sobre las que
se apoyan los planes de eternidad castristas. El “socialismo del siglo
XXI” se tambalea y –tal como el ‘socialismo real’ de Europa del Este–,
tiende a “desmerengarse”. Recién caído el cetro del populismo al estilo
Kirchner en Argentina, el chavismo también acaba de sufrir un formidable
revés en Venezuela, al ganar la oposición la mayoría absoluta en las
recientes elecciones legislativas, en medio de una crisis nacional que
va desde la mayor carestía de alimentos, corrupción e inseguridad
ciudadana que recuerda el país, hasta las acusaciones de narcotráfico
que señalan al propio Presidente y a sus acólitos más cercanos.

A este tenor, el sostén petrolero de la castrocracia –ya en fase de
merma desde 2014– está pendiente de un hilo. “Sin prisas, pero sin
pausa”, el temor a los apagones comienza a extenderse sobre muchos en la
Isla, incrementando la incertidumbre y añadiendo presión a la válvula,
una garantía de la continuidad del flujo migratorio, fundamentalmente
hacia EE UU.

A este escenario se suma la crisis política generada del escándalo de
corrupción en Brasil, que implica a la mandataria y a su partido. La
izquierda en la región ha caído en el cono de un tornado y han quedado
muy atrás aquellos días gloriosos, cuando un Chávez exultante lanzaba
bravatas e insultos “antiimperialistas” en todos los podios y regalaba a
manos llenas la riqueza nacional venezolana, para beneficio de las
autocracias latinoamericanas y otros parásitos oportunistas.

Como colofón, en los últimos tiempos se ha estado acentuando el signo
represivo al interior de Cuba. Es el indicador de que crece la
inseguridad del régimen, y así también su preocupación por mantener el
control sobre una población cada vez más pobre, más descontenta, más
irreverente y menos temerosa.

Por lógica natural, en este año bisiesto asistiremos al último congreso
del PCC que encabezará la llamada generación histórica. No es muy
probable que un Raúl Castro de 90 años o su espectral hermano, de 95,
estarían en condiciones de dirigir el VIII Congreso en 2021. Tampoco
parece posible que la sombra de lo que una vez fue la nación cubana sea
capaz de sobrevivir a otros cinco años de castrismo.

El VII Congreso del PCC, a celebrarse en abril, será sin dudas el suceso
más importante para la política interna de Cuba. Nos guste o no, ese
inverosímil partido que carece de programa político, en el que milita
menos de un millón de miembros y en el que no cree ningún cubano
medianamente lúcido, “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y
del Estado”, según lo refrenda el Artículo 5 de la Constitución, de
manera que en ese cónclave deberá dirimirse al menos la intención del
gobierno sobre el futuro político del país para los siguientes cinco
años. No sería prudente proponer otros 300 Lineamientos ineficaces.

Otro evento importante del año será, con toda seguridad, la propuesta de
la nueva Ley Electoral. Teniendo en cuenta el terror que despierta en la
gerontocracia todo lo que se parezca a elecciones democráticas, habrá
que ver qué engendro de la jurisprudencia propondrán para “perfeccionar”
(aún más a su favor) el sistema electoral vigente, y hacerla parecer
‘más democrática’. En especial, la reciente experiencia venezolana los
hará aferrarse con mayor fuerza a aquella famosa máxima del ex
Presidente: “¿Elecciones, para qué?”.

“Año bisiesto, año siniestro”, decían nuestras abuelitas. Y en efecto,
los signos hasta ahora apuntan a más pobreza, más emigración, más
corrupción, más represión… y así también mayor crecimiento de la
inconformidad y de la disidencia interna. Con todo, nada va a impedir
que Cuba cambie para bien, de la mano de quienes ya no tienen nada más
que perder que su propio miedo. El panorama se dibuja espinoso y sugiere
que 2016 será un año decisivo para los cubanos.

Source: Año bisiesto, año siniestro | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/ano-bisiesto-ano-siniestro/

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