Corrupción – Cuba – Corruption
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El día de la bestia

El día de la bestia

Hoy se cumplen 57 años de la entrada de Fidel Castro en La Habana
El colapso del gobierno había dejado acéfalos los organismos del Estado
El enorme respaldo popular enmascaraba el carácter arbitrario y tiránico
de la revolución
VICENTE ECHERRI

Escribo esta columna en una fecha ominosa, en un aniversario de la
infamia, día que debe ser para muchos de mis lectores y compatriotas de
particular consternación, aunque la mayoría no lo supiera, o ni siquiera
hubiera nacido, entonces: hoy (ayer cuando circule esta columna en la
edición impresa) se cumplen 57 años de la entrada de Fidel Castro en La
Habana para inaugurar la más larga tiranía personal que ha habido en
suelo americano y una de las más duraderas del mundo; tiranía que ha
devastado a Cuba como una incesante calamidad y que ha envilecido a su
pueblo hasta los límites de lo irreconocible. Con la excepción de los
casi cuatro siglos que duró la trata y esclavitud de los negros, ningún
mal en la historia de mi patria ha sido peor.

Sin embargo, pocos pudieron imaginarlo aquel día que fuera jubiloso para
casi todos, jornada de auténtico entusiasmo y desbordamiento popular
como tal vez no había tenido lugar desde la instauración de la
república: gente de todas las clases y condiciones unidas para celebrar
lo que suponían era la reafirmación del régimen democrático luego de un
gobierno que había violentado el proceso constitucional y en el que no
habían faltado corrupción y desmanes.

Pero esa democracia que tantos festejaban no salía de las urnas, ni del
cordial entendimiento de las fuerzas políticas, sino del colapso
institucional y de manos de un caudillo en traje de campaña que llegaba
a la capital al frente de una banda de subversivos. El colapso del
gobierno ocurrido una semana antes había dejado acéfalos los organismos
del Estado y acentuado la desmoralización que ya venía minando a las
Fuerzas Armadas. La república, pues, caía inerme en las manos de un
facineroso que, sin ninguna otra figura que le sirviera de contrapeso y
por efecto de los acontecimientos mismos, llegaba a la capital investido
de poder absoluto. El enorme respaldo popular de que disfrutaba Castro
en ese momento enmascaraba el carácter arbitrario y tiránico que habría
de ejercer de manera irrestricta a partir de entonces en nombre de esa
entidad mítica que él mismo encarnaba: la Revolución.

Testigo de estos hechos, como puede serlo un niño de diez años, no me
sentí contagiado por el universal alborozo; acaso porque algunos de mis
mayores no mostraban simpatías hacia el movimiento revolucionario, pero
aún más por una aprensión natural que me llevaba a desconfiar de un
régimen que gozaba del apoyo de tan abrumadora mayoría. He pensado
después que de haber vivido en la Alemania de Hitler o en la Italia de
Mussolini hubiera sentido el mismo rechazo: me repugnan por instinto los
líderes carismáticos que se apoyan en movimientos de masas para
subvertir el orden y adueñarse del poder sin cortapisas. Las tiranías
populares son las peores.

En la televisión seguíamos los acontecimientos de aquel día que se
mantiene fresco en mi memoria con el horror y la impotencia que deja en
nuestro ánimo el presenciar una catástrofe que no podemos hacer nada por
evitar. Por la noche Castro peroraba interminablemente desde una tribuna
en el polígono de la ciudad militar de Columbia con una paloma posada en
el hombro. Una tía mía, que presumía de sus facultades de visionaria y
junto a quien veía la transmisión, apagó el televisor, en un arranque
súbito, al tiempo que decía con rotundidad: “este hombre es una bestia
del Apocalipsis”. Opinión cuya certeza no tardarían en comprobar muchos
de aquellos que aplaudían y que hoy, 57 años más tarde, puede tenerse ya
como un juicio apodíctico, es decir, cierto, evidente y demostrado.

©Echerri 2016

Source: El día de la bestia | El Nuevo Herald –
www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/vicente-echerri/article53748450.html

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