Corrupción – Cuba – Corruption
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Involucionamos los cubanos?

¿Involucionamos los cubanos?
JOSÉ HUGO FERNÁNDEZ | Miami | 8 Ene 2016 – 9:06 am.

A muchos no parece inquietarles el caos de corrupción que impera en
Cuba. Tal vez por aquello de que allí donde todo es anormal, solo lo
normal produce expectativa. Aunque más probablemente sea porque hoy la
corrupción se ha convertido en fondo del paisaje en todo el mundo, como
la línea del horizonte. Sin embargo, justo de ello se desprende lo más
inquietante del comportamiento corrupto entre nosotros. Somos un caso
único. Quizá de penosa involución humana.

Mientras que en cualquier otro país la corrupción actúa como
excrecencia, como conducta más bien propia de funcionarios, políticos,
malhechores y magnates, en la Isla se presenta orgánica y sistémica,
atañe a todos, sustituye al trabajo y a su agente natural, la eficacia
económica. En ninguna otra nación —y nunca antes en la historia de la
nuestra, desde los tiempos coloniales— la corrupción ha conseguido
permear y pudrir todas las estructuras económico-sociales, estando a
cargo, con mando absoluto y sin contrapartidas institucionales.

Por un milagro de sui géneris dictadura, nuestros caciques viraron al
revés aquella teoría de índole marxista, según la cual la moral es una
superestructura condicionada por la realidad económica. Aquí la realidad
económica (es decir, su crisis crónica) es superestructura que
condicionó el trastorno totalitarista de la moral.

Siempre hubo pobres en Cuba. Siempre fueron muchas las personas cuyos
ingresos no alcanzaban para satisfacer necesidades de primer orden.
También existieron siempre —aunque quizás no en cifras tan alarmantes
como las actuales— menesterosos, excluidos, vagos, indigentes, rastrojos
sociales. Mas, lo nuevo, lo que no halla antecedentes en la historia de
la familia cubana, es esta opción por el delito que hoy nos marca como
norma común de supervivencia.

“Pobres pero honrados.” Podría decirse que sobre este lema fue fundada
nuestra nacionalidad, al menos en lo que respecta a los pobres. Ni en
los más hambreados años de la dictadura de Machado, ni en los días más
convulsos y crueles de Batista, la gente humilde de nuestra Isla
delinquió en masa como lo hace hoy en día. Es que ni siquiera en los
tiempos perversos del dominio colonial.

La corrupción, la falta de decencia como práctica generalizada y
sistemática eran cotos casi exclusivos de los políticos, de los
poderosos, pero a la generalidad de nuestros hogares humildes jamás
podía llegar alguien con un producto robado sin que se le exigieran las
correspondientes explicaciones y el reparo.

¿Qué nos ha sucedido? ¿En qué momento y cómo empezamos a torcer aquella
tradición tan arraigada como otras que también perdimos? ¿Cómo es
posible que un pequeño grupo de individuos de tan mal talante y peor
ralea nos cambiara el carácter de forma radical?

Escarbar en la yema de estas interrogantes es en verdad lo más
provechoso que podríamos hacer hoy. En primera, todos los cubanos, donde
quiera que estemos; y en segunda, todos nuestros activistas democráticos
y opositores al régimen.

Y desde luego que esa búsqueda tendría que partir del punto y de la hora
exacta en que el castrismo empezó a desmontar y a reformular a la
diabla, a demencial capricho, al dedo que dispone según batan los
vientos, todas las estructuras económicas y sociales, las costumbres,
las tradiciones, la cultura, las buenas maneras que distinguieron desde
siempre al cubano como un ser honrado, trabajador, hacendoso, apegado a
la familia y responsable ante las leyes.

La tarea sería ardua y seguramente demorada. Pero no queda otra. Además,
tampoco existe la menor duda de que solo podrá ser llevada a cabo en
democracia.

La última vez que el régimen exteriorizó su preocupación por este caos
corrupto que nos hizo involucionar, fue hace apenas unos días, durante
la sesión final de la Asamblea Nacional del Poder Popular en 2015. Pero
claro que, como de costumbre, enfocaron el fenómeno mañosa y
superficialmente, partiendo de un principio básico para ellos: buscar
las causas fuera de su entorno, ahora entre la tan propicia iniciativa
privada y en el trabajo por cuenta propia.

Lo mismo ocurre cuando se animan a señalar culpables dentro del aparato
estatal. En días atrás la Controlaría General le pasó inspección a 212
empresas del régimen, una faena para la que debió movilizar a más de
2.000 auditores. Pero, naturalmente, nadie sabe a derechas (no lo
sabremos nunca) cuántas barbaridades fueron detectadas, o cuántas no
fueron ni siquiera buscadas.

De cualquier modo, tampoco serviría de mucho conocer detalles. Guiarse
por el número de funcionarios, administradores y aun de ministros que
sean sustituidos, para concluir que el régimen está librando una exitosa
pelea contra la corrupción, no solo sería erróneo, también sería un
error ingenuo. La única manera de avanzar más o menos en el control de
las prácticas corruptas —que ya forman parte de nuestras nuevas
tradiciones— es combatiéndolas desde un cambio radical en los sistemas,
tanto en el que inspecciona como en el que gobierna.

La razón que no tiene conciencia de sus propios límites es una débil
razón, nos advirtió Pascal. Y he aquí el caso de esos guardianes de la
moral de los ejecutivos cubanos, la Controlaría General de la República
con su jefa Gladys Bejerano.

Source: ¿Involucionamos los cubanos? | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1452240397_19297.html

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