Corrupción – Cuba – Corruption
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Cuba se instala en el ‘mendigocapitalismo’ mientras aguarda el fin de la era Castro

Cuba se instala en el ‘mendigocapitalismo’ mientras aguarda el fin de la
era Castro

Cada vez más cubanos viven a espaldas del régimen, tan solo preocupados
por los tratos bajo cuerda que les permiten sobrevivir
AUTOR
ALFREDO PASCUAL. LA HABANA
01.02.2016 – 05:00 H.

Las personas entrevistadas para este reportaje no han sido advertidas de
que su testimonio figuraría en un artículo de prensa de modo que, por
respeto y para evitar represalias gubernamentales, sus nombres han sido
modificados.
Seguro que habrá escuchado cientos de veces aquello de que hay que
viajar a Cuba antes de que cambie; si no lo ha hecho aún, deje de
apurarse, porque Cuba ya está cambiando. La bandera norteamericana ondea
en el malecón de La Habana, hay vuelos diarios a Miami, una nueva clase
media abarrota los restaurantes y ‘la yuma’, como se conoce a los
estadounidenses en jerga cubana, campa a sus anchas por el país
descoyuntando su microeconomía a base de propinas que duplican el sueldo
del camarero que las recibe.
El acercamiento a Estados Unidos, materializado en julio con la
reapertura de las embajadas en Washington y La Habana, supone también la
renuncia a un modelo, el castrista, que ya no funciona ni para Cuba,
como el propio Fidel reconoció en una de sus últimas entrevistas. Para
los cubanos, Fidel Castro es la inspiración, el dogma, el hombre que
sustenta la revolución, y Raúl el perfil bajo, un hombre con el don de
la gestión llamado a liderar una transición tranquila. Su misión, ahora,
consiste en abrir el grifo de las reformas de poco en poco, cuidando que
el caudal no se los lleve por delante antes que la misma biología.
La idea es que el capitalismo cale como el chirimiri en la población,
pero aunque el oficialismo se empeñe en negarlo, ya están todos
empapados. El 75% de los trabajadores se desempeña directamente para el
Estado, percibiendo en torno a 27 dólares mensuales, una cifra con la
que es imposible alimentarse, especialmente con los precios de los
supermercados cubanos. A excepción del ron, el azúcar, hortalizas y
algunos dulces y conservas, que se producen en la isla, el resto de
alimentos se importan; no solo eso, sino que el Estado, al no tratar con
mayoristas, los compra a precio de consumidor, lo que genera un
importante sobreprecio al final del proceso. Un bote de pepinillos en
vinagre de Spar sale por cinco dólares y una botella de Marques de
Riscal, por más de 20.
Siempre les queda, piensa el extranjero, la libreta de
racionamiento. “¿Y con la libreta qué vamos a comer? ¿Tú podrías comer
con medio kilo de pollo, cinco huevos y 200 gramos de frijoles al mes?”,
explica Rafael, taxista en La Habana. Rafael y su mujer canjean la
libreta todos los meses, como el resto de cubanos, pero necesitan el
complemento salarial que les proporciona el taxi y, en muchas ocasiones,
el dinero que su hija, médica en Italia, les envía periódicamente. Su
caso es excepcional en tanto que se ciñe a la legalidad. Otros, los que
más, sobreviven a base de vender ‘por la izquierda’, el vocablo que
utilizan los locales para referirse al trapicheo. Desvían una parte de
la gasolina, los alimentos o los productos que les provee el Estado para
revenderlos a precio de mercado. De mercado capitalista.
A primera vista, Cuba es un país desabastecido. No hay yogures, pescado,
leche, cristal o repuestos de automóvil. Sin embargo, a poco que se
hacen dos o tres preguntas, es posible encontrarlo todo ‘por la
izquierda’. En los bares estatales más famosos de la concurrida calle
Obispo, en el centro de La Habana, los camareros se llevan sus propias
botellas de ron. “Sirven los mojitos y daiquiris con ellas y se meten en
el bolsillo lo que sacan. Luego, cuando han hecho ‘su’ caja, empiezan a
trabajar realmente para el Estado”, dice un empresario español que
trabaja en La Habana. Existen incluso tiendas, una por manzana, que
venden ‘el paquete’, un ‘pendrive’ con cerca de un terabyte de
información con todo lo que ha emitido la televisión norteamericana el
mes anterior, algo que, en teoría, el Estado considera propaganda
imperialista. El propio Gobierno no se queda atrás, revendiendo la señal
de Sky o pinchando directamente los deportes del Telediario de TVE sin
el menor recato.

Amor a 300 CUC
Gladys sonríe cuando le pregunto si el Gobierno está al tanto del
volumen de economía sumergida que manejan los cubanos. La corrupción no
solo está tolerada, sino que sin ella probablemente el régimen no
sobreviviría. De 21 años y nacida en Placetas, un pueblo cercano a Santa
Clara, la joven de raza negra responde a la definición de jinetera. La
abordo en un momento que su cliente, un italiano cincuentón, sube a la
habitación del hotel a ducharse. Lleva con él cuatro días, guiándole por
la ciudad, acompañándole a comer y cenar… y también ofreciéndole sexo
por 300 CUC (el peso convertible, con paridad dólar). Gladys no tiene
otra ocupación. No le sale a cuenta trabajar 40 horas por 27 dólares.
Con lo que saca por una semana jineteando da de comer a sus padres, a
sus hermanos, a sus abuelos e incluso a la familia de su pareja.
“Antes las chicas aceptaban sexo por un bolígrafo o una camiseta, porque
no teníamos nada, pero ahora eso cambió: Cuba está llena de turistas que
vienen a dejarse el dinero y pasarlo bien, y eso tiene un precio, ¿no,
papi?”, relata con tono empresarial. Su objetivo final, como el de
muchas de sus amigas, es salir de la isla, ya sea obteniendo la
nacionalidad con un matrimonio o ahorrando lo suficiente para obtener un
visado en otro país.
Las reformas del Periodo Especial oxigenaron la economía cubana, pero
ahondaron más la brecha entre blancos y mestizosLa caída de la URSS
propició un terremoto económico en Cuba. El PIB de la isla dependía en
gran medida de las remesas que recibía de los rusos, que les cambiaban
azúcar por crudo en una suerte de subvención encubierta. El
desmoronamiento soviético dio paso al Periodo Especial, que en tres
años -entre 1990 y 1993- contrajo el PIB un 36% y forzó al Gobierno a
abrir la mano con la iniciativa privada y el turismo. Se creó una red de
servicios, impulsada por la inversión extranjera, sobre todo europea y
especialmente española, que benefició a la población mejor preparada
para el trato con el turista, que pudo acceder a la gestión de los
servicios hosteleros, ya que un extranjero no puede ser titular de un
negocio en Cuba. Quedaron excluidos de la ecuación muchos negros y
mestizos, un tercio de la población, históricamente menos instruidos,
que tuvieron que buscarse la vida por medio, entre otros sistemas, del
jineterismo.
El jineterismo tiene mercado. Los principales hoteles de La Habana y
Varadero, fundamentalmente en temporada baja, se llenan de turistas
europeos en busca de sexo y alcohol. Viajan solos o en pequeños grupos,
permanecen apenas una semana y realizan viajes cortos, habitualmente en
busca de sol y playa. Andrés y Julián son dos empresarios españoles.
Andrés apura los últimos años de su carrera; Julián hace dos que se
jubiló. Ambos tienen familia e hijos, pero reservan dos o tres semanas
al año para visitar Cuba. Tienen ‘novias’ aquí. Traen la maleta llena de
comida y productos textiles para ellas, que les esperan dispuestas a
pasar una semana a cuerpo de reina.
Visitarán Varadero, Viñales y quizá Pinar del Río, localidades aledañas
a la capital populares por su atractivo turístico. Aseguran que sus
esposas no saben lo que hacen, pero en La Habana no se cortan: irán de
la mano con sus ‘novias’ y presumirán de ellas ante otros que están en
su misma situación. “No es prostitución en absoluto. Son chicas que
aprecian mucho estar con un europeo, porque pueden acceder a
restaurantes y hoteles que en otro caso tendrían prohibidos.
Representamos otro tipo de hombre, les gustamos”, dice Andrés mientras
recoge su equipaje en el aeropuerto de La Habana. El autoengaño, si se
riega con ron, es menos doloroso.
El jineterismo es una cuestión bidireccional. Los hombres negros son muy
apreciados por las mujeres europeas. Ellas viajan en grupos más grandes,
normalmente con motivo de alguna celebración, y prefieren encuentros
esporádicos, no planificados. Yaniel es un mulato de 31 años, con rastas
y lengua afilada, que viaja junto a su ‘novia’ italiana entre Trinidad y
La Habana. Presume de haber obtenido el pasaporte serbio gracias a una
relación con una mujer suiza de la banca. “Ella me invitaba a Suiza
cuatro veces al año y me manda miles de euros para mí y mi familia”,
dice, sin importarle demasiado lo que opine su nueva compañera que,
aunque paga todo, está convencida de que lo suyo es amor.
“En esta isla no hay amor, solo negocios”, suelta entre risas Jorge, el
taxista que nos lleva, que no dispone de licencia para operar ni se
plantea obtenerla. Acude a primera hora de la mañana a la estación del
Viazul, el servicio estatal de autobuses, a recoger a los turistas que
se han quedado sin plaza. Una vez ha llenado su ‘almendrón’, un Buick de
los años sesenta con un motor diésel de segunda mano, viaja hacia la
ciudad que le pidan. Carece de cinturones de seguridad, revestimento de
las puertas y partes de la carrocería que pudieran parecer necesarias,
como los guardabarros. Compró el Buick hace dos años y le puso el motor
de un Ford sin demasiados conocimientos mecánicos. Las juntas que no
juntan las soluciona con trapos, que se impregnan de diésel y llenan el
habitáculo de gases nocivos. “No pasa nada, yo estoy aquí metido seis u
ocho horas diarias y tengo pulmones de deportista”, asegura.

Un Peugeot 508 por 262.000 dólares
En Cuba, lo más importante de un coche es su matrícula. El Estado
concede nuevas licencias con cuentagotas, de modo que el parque móvil
es, en esencia, el mismo que dejó Batista cuando fue arrollado por la
revolución, aderezado con Ladas y Moskvich de fabricación soviética que
empiezan a despedazarse. Es el más antiguo del mundo. El mercado de
segunda mano, visto desde el prisma europeo, resulta lisérgico: 10.000
dólares por un Chevrolet para el desguace o 25.000 por un Cadillac cuyo
motor, de un utilitario chino, apenas puede mover el peso del vehículo.
El Estado abrió la mano a las ventas sin licencia el año pasado, pero
nadie en la isla, literalmente, puede pagar lo que se pide por un coche
nuevo. Un Peugeot 206 con cinco años de uso sale por 65.000 euros, y un
508, cuesta más de 250.000. Jorge lo explica con la gracia que
caracteriza a los antillanos: “Antes teníamos un museo de coches
antiguos circulando por la ciudad y ahora tenemos otro, de coches
nuevos, que no se pueden ni tocar”.
Tampoco las carreteras están para muchos trotes. Recorrer 180 kilómetros
implica cuatro horas de viaje debido a los constantes agujeros, baches y
las eventuales apariciones de animales en la calzada. Casi nadie se
atreve a viajar de noche, porque la falta de iluminación y de asistencia
en carretera convierte cada trayecto en una aventura. La mayoría de las
carreteras, o estaban allí cuando llegaron los de Sierra Maestra, o las
construyeron los rusos y los venezolanos, principales aliados históricos
del castrismo, y tal cual se hicieron han quedado.
Los interiores de las casas son un drama de goteras, paredes mohosas y
humedad adherida a los mueblesLa infrastructura pública, como puede
comprobarse a lo largo de todo el país, nunca ha sido una prioridad para
el Estado. “¡A los turistas les gusta la degradación y la decadencia de
estas casas!”, dice el empresario señalando fachadas destrozadas. Por
dentro, en la zona habitable, son un drama de goteras, paredes mohosas y
humedad adherida al mobiliario. Al tercer día consecutivo de lluvia,
reza la leyenda, La Habana empieza a desmoronarse.
Los escasos fondos de que dispone Cuba se dedican a garantizar el
alimento y la sanidad de la población. Esto, junto a los altísimos
niveles de seguridad de la isla, inauditos en América Latina, son el
orgullo de los ciudadanos. Es complicado encontrarse a alguien que no
remarque una, dos o las tres cualidades en los primeros minutos de
conversación, del mismo modo que admiten que todo lo demás funciona
calamitosamente. La dictadura se da por supuesta. Nadie quiere hablar
del Gobierno, y mucho menos con un periodista. Es por eso que la única
forma de tomarle el pulso al país es preguntando como turista sin
excederse. Los mayores idolatran a Fidel, a menudo refiriéndose a él
como Fifi, uno de sus apodos populares, mientras que para los jóvenes ni
siquiera es un punto de interés. Más allá de cualquier opinión política,
la fascinación por el estilo de vida que tienen sus amigos expatriados
en Miami está por encima de todo. Cualquiera tiene un familiar allí, y
no es extraño: dos millones de cubanos, casi un quinto de los que viven
en la isla, tienen pasaporte de Florida.
De la subvención al capital
La sensación de que el socialismo solo le importa al Estado está
presente en todos los estratos sociales. Las laceraciones vitales del
Periodo Especial crearon un desapego con el régimen imposible de
restituir: el último que llenó la Plaza de la Revolución, tantas veces
abarrotada para escuchar los interminables discursos del Comandante, fue
el papa Francisco. Desde principios de siglo nadie en el Estado se
atreve a convocar a las masas allí por puro ‘horror vacui’, salvo la
celebración del Primero de Mayo, día del trabajador, que sigue
congregando multitudes. Y existen dudas sobre si la plaza se llena por
convicción o por la presión que ejercen los CDR (Comités de Defensa de
la Revolución), presentes en cada manzana, sobre los vecinos. Las
muestras de desgaste del sistema son evidentes y, en gran medida, son
responsabilidad del castrismo, que más allá del comunismo se desempeña
como un sistema personalista, hereditario y últimamente gerontocrático.
Como sucedía con Franco, el Estado ha instalado en la cabeza de los
ciudadanos el concepto de que meterse en política es una estupenda
manera de complicarse la vida.
La represión ha ido bajando de intensidad en los últimos años, si bien
Cuba está lejos de respetar los derechos del ciudadano. Los
corresponsales son vigilados de cerca y represaliados cuando sus
informaciones no casan con la ideología estatal, ya sea negándoles la
acreditación de prensa o sacando a la luz fotografías comprometedoras.
Un reportaje como este, sin ir más lejos, puede implicar la negación del
visado en futuras visitas. A los disidentes se les silencia
sistemáticamente y, si insisten, se les invita a abandonar el país. Los
pocos que resisten, como Yoani Sánchez, tienen el honor de ver sus
publicaciones bloqueadas dentro de Cuba. Según Amnistía Internacional,
desde noviembre se han practicado cerca de 1.500 detenciones por motivos
políticos en la isla.
Ahora que Maduro atraviesa turbulencias en Venezuela, lo que se espera
de Raúl es pragmatismo, más concretamente que esquive otra crisis
económica. Si los opositores desplazan a los bolivarianos del poder, o
se desploma aún más el precio del crudo, se frenarán de inmediato las
remesas de petróleo que sostienen la economía de la isla, lo que
proyecta la sombra de un nuevo Periodo Especial. “Cuba es el modelo
comunista que mejor ha sobrevivido, pero no ha sido capaz de superar una
cuestión endémica al sistema: crear un modelo de producción propio.
Apenas produce nada, y lo peor es que Raúl no consigue dar con la tecla
para estimular la producción. Ha vivido décadas de los rusos y ahora lo
hace de los venezolanos. Y depender de otros siempre es peligroso”,
explica un corresponsal ubicado en La Habana.
Cuba es el modelo socialista más exitoso, pero ha fracasado en la
confección de un sistema de producciónLa única solución, y quizá la
mejor, pasaba por restablecer los lazos con su vecino imperialista. En
consecuencia, la isla se está llenando de ‘yumas’ con ganas de gastar
dinero en Cuba. En el último año se han abierto decenas de ‘paladares’,
restaurantes privados que buscan completar la oferta gastronómica más
allá del clásico arroz con frijoles. Ofrecen cubiertos entre 20 y 50
dólares por persona, una cantidad en principio inasumible para los
locales. Pero, he aquí la sorpresa, una incipiente clase media de
cubanos ocupa, cada vez más asiduamente, paladares como La Guarida o
Doña Eutimia, al tiempo que el Estado continúa negando la existencia de
clases sociales.
Los dólares han entrado en Cuba y posiblemente no hay vuelta atrás. La
isla se ha instalado en el ‘mendigocapitalismo’, un modelo que antepone
la petición a la producción y que abarca desde el Estado, subsidiado ‘de
facto’ por sus compañeros venezolanos, hasta a la población, que ve en
los turistas una forma de financiar las Nike o las camisetas de Messi
que tanto anhelan. Poco importa si es pidiendo, jineteando o inflando
los precios a los pieles pálidas. Al tiempo, internet ha comenzado a
funcionar en los parques -para los domicilios, se necesita un permiso
estatal y 900 dólares mensuales- y, con ella, los jóvenes cubanos
disponen de un canal directo para explorar el mundo que les rodea. Un
caudal de información y capital que puede llevarse por delante al
castrismo, si el acontecimiento biológico no lo hace antes.

Source: Cuba se instala en el mendigocapitalismo mientras aguarda el fin
de la era Castro. Noticias de Mundo –
www.elconfidencial.com/mundo/2016-02-01/cuba-se-instala-en-el-mendigocapitalismo-mientras-aguarda-el-fin-de-la-era-castro_1141794/

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