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Obama y Raúl Castro – encuentros y desencuentros

Obama y Raúl Castro: encuentros y desencuentros
CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 21 Feb 2016 – 9:22 am.

Obama irá a La Habana en marzo. El viaje forma parte de su cambio de
política con relación a la Isla. Quiere, como pretendía Juan Pablo II,
que “Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”.

Eso incluye, como planteó El Nuevo Herald, la entrada en el país de
corresponsales independientes que no estén intimidados por la policía
política. ¿Lo llevará Obama entre sus peticiones?

Pocas horas antes de la noticia, el Departamento de Estado anunció que
se reanudaban los vuelos comerciales —hasta un centenar al día— y se
autorizó la instalación de una ensambladora de tractores.

La Casa Blanca quiere dificultar cualquier involución de las medidas
tomadas si a partir de las elecciones de noviembre ganara un candidato
adverso a tener buenas relaciones comerciales con el régimen cubano.

Es muy significativo que el portavoz del Gobierno norteamericano haya
declarado que Obama no piensa visitar a Fidel Castro. Es un gesto con el
que desea subrayar su poca conexión ideológica con la dictadura. Al fin
y al cabo, él nació después de Bahía de Cochinos y se formó tras la
caída del Muro de Berlín. Es el primer presidente realmente
post-soviético de Estados Unidos.

Al margen de la curiosidad antropológica que provoca visitar al viejo
tirano, que ya no es un jefe de Estado, sino un señor embutido en un
mono deportivo que dice unas cosas muy raras, retratarse con él y
escucharle sus infinitas boberías (hoy agravadas por la edad y las
enfermedades), forma parte de un conocido ritual político que,
subliminalmente, transmite un mensaje de solidaridad o, al menos, de
indiferencia con la segunda más antigua dinastía militar del planeta. La
primera es la de Corea del Norte.

Obama no quiere cometer ese error. Se va a reunir, en cambio, con
miembros de la “sociedad civil”. Esa expresión incluye a la oposición.
Tal vez hable con la periodista Yoani Sánchez, con los opositores García
Pérez “Antúnez”, Cuesta Morúa, Antonio Rodiles, con las muy valientes
Damas de Blanco, que todos los domingos desfilan pacíficamente mientras
la policía política las insulta y agrede. El propósito es obvio: darle
apoyo a la pluralidad democrática.

Raúl Castro, por su parte, siente que participa en un juego
contradictorio y peligroso. Obama ha declarado unilateralmente el fin de
la Guerra Fría en el Caribe, pese a que La Habana continúa en
zafarrancho de combate.

Las actividades del Foro de Sao Paulo, la estrategia antinorteamericana
de los países que conforman el Socialismo del Siglo XXI acaudillados por
Cuba, la transferencia de armas a Corea del Norte, violando los acuerdos
de Naciones Unidas, y el apoyo incondicional en el Medio Oriente a
organizaciones terroristas como Hezbolá, son algunos síntomas de esa
vieja mentalidad subversiva antiyanqui a la que los Castro no han
querido renunciar jamás.

El general James Clapper, director de la US National Intelligence, lo
decía oficialmente el 9 de febrero pasado ante el Comité Senatorial de
las Fuerzas Armadas: desde la perspectiva del espionaje, Cuba formaba
parte de los cuatro países más peligrosos para Estados Unidos. Los otros
tres eran Rusia, China e Irán.

Horas más tarde, la Isla devolvía un misil norteamericano portador de
secretos tecnológicos que, “por error”, había sido enviado a La Habana
desde un aeropuerto europeo. Durante los 18 meses que duró la
“equivocación” el cohete había estado en poder de la inteligencia
cubana. En ese periodo, suponen los expertos, el Gobierno de Raúl Castro
tuvo tiempo de copiarlo, venderlo o compartido con sus aliados
antiamericanos.

¿Qué va a hacer Raúl Castro ante la rama de olivo que le ha entregado
Obama? ¿Va a cancelar las señas de identidad de la revolución cubana y
admitir que ha vivido en el error casi toda su existencia?

No lo creo. Durante 60 años, desde que estaba alzado en la Sierra
Maestra y secuestró a unos marines norteamericanos, su leitmotiv ha sido
pelear contra Washington y tratar de destruir el injusto sistema de
producción capitalista, convencido de que los males de Cuba provenían de
la empresa privada y de los yanquis.

Luego la vida le demostró lo contrario: los males cubanos son la
consecuencia de que no hay suficiente capitalismo ni suficientes
yanquis, ni suficiente democracia, carencias especialmente crítica
cuando agoniza la generosa vaca venezolana, ordeñada sin pausa ni
clemencia en medio de los horrores del socialismo real y de una orgía de
corrupción a la que no son ajenos los amos de La Habana.

Me lo decía un notable experto en desarrollo internacional que prefiere
el anonimato: “Si Raúl pretende superar la crisis económica y social que
padece Cuba, sus tímidas reformas no servirán para nada si no abre el
juego político y establece un régimen de libertades, aunque ello
implique la eventual pérdida del control del Estado”.

Y luego remató: “Mientras exista un partido único, y mientras las
grandes iniciativas empresariales estén en manos de una camarilla
burocrática que toma las decisiones, el país continuará hundiéndose”.

Eso lo saben todos sus compatriotas. Por eso huyen.

Source: Obama y Raúl Castro: encuentros y desencuentros | Diario de Cuba
www.diariodecuba.com/cuba/1456009754_20362.html

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