Corrupción – Cuba – Corruption
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Cuba y Lampedusa

Cuba y Lampedusa
LORENZO B. DE QUIRÓS 03/04/2016 02:35

La visita de Obama a Cuba supone un giro radical de la política
norteamericana hacia la isla y el reconocimiento de un hecho: cincuenta
años de embargo no han servido para producir un cambio de régimen
político en la perla de las Antillas. El acceso de Raúl Castro al poder
se vio acompañado por una serie de modestas reformas que han introducido
algunos elementos de mercado y de propiedad privada con la finalidad de
estimular el crecimiento, elevar el depauperado nivel de vida de la
población y, de este modo, mantener y legitimar el monopolio del poder
detentado por el Partido Comunista. Esta estrategia sería similar a la
adoptada por China y por Vietnam y las autoridades cubanas parecen
apostar por ella. Sin embargo, el comunismo isleño está más apegado a
los esquemas del comunismo soviético de lo que lo estaban hace unas
décadas los chinos y los vietnamitas. Desde 2010, el gobierno cubano ha
permitido el desarrollo del auto-empleo. Alrededor de 500.000 cubanos
poseen licencias que les permiten trabajar de manera independiente. Al
mismo tiempo, el ejecutivo ha “liberado” casi tres millones de acres de
tierras estatales para que éstas sean explotadas por agricultores
privados y por cooperativas independientes con el objetivo de aumentar
la producción de alimentos. En paralelo han emergido miles de bares y
restaurantes que han cambiado la fisonomía de las ciudades y pueblos de
la isla y, por vez primera en cinco décadas, los cubanos pueden comprar
y vender sus casas. Pero sólo un 8,9 por 100 de los cubanos es
propietario de su casa. También se han eliminado los requisitos de las
visas para salir de la isla, lo que permite viajar al exterior. Todas
estas medidas y otras han supuesto una considerable transformación
respecto a la situación anterior pero no pueden ocultar las profundas
deficiencias estructurales del sistema.Los cubanos que quieren trabajar
al margen del sector público tienen limitado su campo de elección a 181
categorías profesionales determinadas por el Estado. Estas se
circunscriben a empleos de escasa cualificación y de bajo valor añadido
y no se permite el desarrollo de la iniciativa privada en campos como
las manufacturas, la construcción y la mayoría de las actividades
comerciales por citar tres ejemplos paradigmáticos. Esto es, el tipo de
ocupaciones “liberalizadas” es inaccesible para los individuos con mayor
capital humano a quienes sólo les cabe optar por trabajar para el Estado
o emigrar. El modelo puesto en marcha por Raúl Castro es hacia una
economía de baja productividad y, por tanto, con escasa capacidad de
elevar de manera significativa los estándares de vida de la población.El
marco regulatorio es inconsistente y falto de transparencia lo que se ha
traducido en la creación de una enorme economía sumergida y en la
emergencia de una gigantesca corrupción. El Gobierno practica un
asfixiante control de precios para contener de manera artificial las
tensiones inflacionarias y mantiene un tipo de cambio dual que es una
fuente de ineficiencia y de prácticas corruptas. El sistema financiero
está en su totalidad en manos estatales y acceso al crédito para los
nuevos emprendedores es inaccesible sin la “ayuda” de los burócratas.
Por otra parte, el control político de la justicia impide a ésta jugar
papel alguno en la corrección de las “desviaciones” del sistema. De
momento, Cuba no ha realizado ninguna transformación significativa que
altere su sistema económico ni institucional.En contraste con lo
acaecido en China e incluso en Vietnam que endorsaron la famosa máxima
de Deng Xiaoping “hacerse rico es glorioso”, el ganar dinero en Cuba se
contempla todavía como un crimen execrable y la prosperidad individual
es vista con una indisimulada sospecha. Así lo han experimentado en sus
propias carnes muchos de los nuevos emprendedores. En la práctica, la
élite extractiva compuesta por los militares, los burócratas y
dirigentes del partido controla los sectores claves de la economía y es
la única que tiene acceso a la riqueza mediante la utilización de los
instrumentos puestos a su alcance por el “el socialismo de amiguetes”.
En realidad, la política económica del régimen está aún más cerca de los
dogmas soviéticos que de los esquemas chino-vietnamitas.Si la tesis de
que Cuba camina hacia un modelo económico en el que los mecanismos de
mercado van a desempeñar un mayor papel es cuestionable a la vista de
los hechos, la hipótesis de cualquier apertura política del régimen
carece de la mínima consistencia. En el período inmediatamente anterior
a la visita de Obama, se intensificaron las detenciones de disidentes.
En 2015, el número de detenciones arbitrarias de disidentes alcanzó la
cifra de 1.447 el pasado noviembre y, por supuesto, la dictadura cubana
continua prohibiendo la existencia de partidos, la libertad de expresión
y de reunión. Incluso se han producido retrocesos en la insignificante
liberalización económica. En 2015 no fue legalizada ninguna nueva
cooperativa y se estrechó todavía más el abanico de las ocupaciones que
pueden ser desempeñadas al margen del Estado.Cuba continúa siendo una
economía reprimida por las ineficiencias sistémicas propias de un
régimen comunista. Dominada por compañías estatales conectadas con la
oligarquía político-militar, la economía carece de dinamismo, hecho
agravado por el clientelismo y la corrupción. La leve apertura a la
iniciativa privada se ve severamente restringida por la ausencia de una
verdadera voluntad de reforma que asfixia a los “emprendedores” en las
redes de la burocracia y de una fiscalidad confiscatoria. Quizá la
normalización de las relaciones económico-comerciales con EE.UU. y el
fin del bloqueo generen la presión necesaria para una verdadera
transición hacia una economía y una sociedad más libres, pero esa es una
frágil esperanza que, aquí y ahora, no tiene un fundamento sólido. La
dirigencia cubana ha hecho suyo el viejo lema del príncipe Salina en el
Gatopardo: “cambiar algo para que todo siga igual”.

Source: Cuba y Lampedusa | Economía | EL MUNDO –
www.elmundo.es/economia/2016/04/03/56fbede4ca474128778b4597.html

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