Corrupción – Cuba – Corruption
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Doble moneda, reformas y congreso

Doble moneda, reformas y congreso
Una de las paradojas del modelo cubano es que la falta de eficiencia
productiva actúa muchas veces como carta de triunfo político
Alejandro Armengol, Miami | 18/04/2016 10:15 am

Desde hace décadas en Cuba persiste una situación esquizofrénica: el
Estado te vende pero no te paga lo suficiente para comprar. Lo curioso
es que, con esta actitud parásita al extremo, el Gobierno logre mantener
un control absoluto y sustente una retórica nacionalista.
En su discurso de inauguración del VII Congreso del Partido Comunista de
Cuba, el gobernante Raúl Castro señaló que la dualidad monetaria y
cambiaria es un asunto en el que no se ha dejado de trabajar y cuya
solución “no quedará para las calendas griegas”, pero no ofreció más
detalles. Con relación a los salarios, reconoció que “los salarios y
pensiones siguen siendo insuficientes para satisfacer las necesidades
básicas de la familia cubana”, pero no anunció ninguna aumento al respecto.
No hay esperanza alguna de que la discrepancia entre precios y salarios
vaya a disminuir, sino todo lo contrario. Limitarse a ver el asunto como
el resultado de la existencia de una dualidad monetaria es interpretar
una consecuencia del problema como la esencia del mismo. La dualidad
monetaria en Cuba es una “contrariedad” que se admite, pero cuya
solución se alarga.
Este enfoque no solo parece estar cada vez más alejado de cualquier
posibilidad de éxito, sino que en la práctica no cumple la función de
plan de largo alcance, destinado a lograr un objetivo, aunque sí un fin
más inmediato: dilatar el asunto y trasladarlo a una especie de limbo
que intenta ocultar la falta de capacidad o de disposición para hallar
una solución.
Una estrategia destinada al fracaso económico que es en realidad una
táctica política, la cual hasta ahora ha logrado su meta: considerar
transitorio un callejón sin salida.
Se repite así la paradoja del modelo cubano, donde la falta de
eficiencia productiva actúa muchas veces como carta de triunfo político.
La brecha entre salarios y precios constituye una situación anómala con
consecuencias que van desde el aumento de la corrupción y el robo hasta
la amenaza potencial de disturbios y caos.
Lo peor en este caso es que el principal empleador del país —el
Gobierno—, no enfrenta el problema con decisión y premura. Se limita a
mirar hacia el exterior para los ingresos imprescindible para su
subsistencia —remesas, turismo, servicios médicos y de profesionales en
el exterior y exportaciones muy específicas, como la industria
farmacéutica y algunos minerales— mientras se desentiende de la
subsistencia de sus ciudadanos.
Hay una diferencia cada vez mayor entre la Cuba del ciudadano de a pie y
la Cuba de permanencia, estabilidad y desarrollo: la visión que a los
ojos del mundo intenta ofrecer el Gobierno cubano. De su ensanchamiento
o disminución depende el fracaso o el triunfo de Raúl Castro.
Es un error confundir ese fracaso o triunfo con la caída de ese
gobierno. No es la búsqueda de mayor democracia lo que está en juego en
La Habana, sino el intento de encaminar al país en una estructura
económica más eficiente dentro del autarquismo político. El mando en
Cuba se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen
supermercados, viviendas y empleos, y el miedo a que todo esto sea
imposible de alcanzar sin una sacudida que ponga en peligro o disminuya
notablemente el alcance de los centros de poder tradicionales.
Hasta el momento las respuestas en favor de transformaciones han sido
descorazonadoras. El peligro del caos rodeando la indecisión entre la
permanencia y el cambio.
Cuba ha logrado con éxito vender su estabilidad, por encima de cualquier
esperanza de mayor libertad para sus ciudadanos.
Las apariencias de estabilidad, sin embargo, no deben hacer olvidar al
Gobierno cubano que, en casi todas las naciones que han enfrentado una
situación similar, lo que ha resultado determinante a la hora de definir
el destino de un supuesto modelo socialista es la capacidad para lograr
que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento sino centenares de
supermercados y tiendas.
De esta manera, hay dos opciones que no necesariamente toman en
consideración el ideal democrático.
Una es el mantenimiento de un poder férreo y obsoleto, que sobrevive por
la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y que
en buena medida se sustenta en la represión y el aniquilamiento de la
voluntad individual. Otra es el desarrollo de una sociedad que avanza en
lo económico y en la satisfacción de las necesidades materiales de la
población —sobre la base de una discriminación económica y social
creciente—, pero que a la vez conserva el monopolio político.
Esta última disyuntiva, que abre un camino paralelo a las esperanzas de
adopción de cualquiera de las alternativas democráticas existentes en
Occidente, no es ajena a la realidad cubana.
Se asiste entonces al desarrollo cada vez mayor de una deformidad
económica, en que el “carácter socialista” viene determinado por el
monopolio en el comercio de ventas al por mayor —y en buena medida
también minoristas—, mientras se desentiende del incremento, o incluso
el mantenimiento, de la creación de empleos bien remunerados.
El avance económico y las posibilidades de empleo sustituidas en buena
medida por la promesa del avance del timbiriche.

Source: Doble moneda, reformas y congreso – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/doble-moneda-reformas-y-congreso-325346

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