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El discurso nada glorioso de Obama

El discurso nada glorioso de Obama
CARLOS EIRE, 13/04/2016

El discurso del Presidente Obama – sus llamadas “observaciones al pueblo
de Cuba” – dado en La Habana y transmitido por toda Cuba el martes 22 de
marzo de 2016, no fue en lo más mínimo sorprendente ni notable.

Fue un ejemplo clásico de obamaspeak: un complicado tapiz, entretejido
de lugares comunes imprecisos, anécdotas con potencial de inspiración,
falsos mitos, y mentiras patentes, todo ello adornado con varias
referencias a su persona y unos cuantos hilos de legítima verdad.

Sin embargo, el discurso resultó un tanto memorable por dos razones,
ambas relacionadas con el contexto.

El primer contexto es el público al que se dirigía: “el pueblo de Cuba”,
quien no está acostumbrado a que un extranjero le dirija la palabra, ni
a que le propongan un futuro luminoso como alternativa al de constante
sacrificio que le brindan sus dictadores, o a la realidad oscura y
represiva de su vida cotidiana.

De modo que, efectivamente, el discurso fue memorable por la identidad
del orador, y por el contenido y el tono, que eran totalmente fuera de
lo común para los cubanos que han vivido la vida entera bajo el régimen
castrista.

El segundo contexto es el lugar donde se pronunció el discurso, el
llamado Gran Teatro de La Habana – un edificio robado a sus dueños
legítimos y vuelto a nombrar para disimular el robo. En muchos sentidos,
el rejuego orweliano del nuevo nombre reflejaba lo más importante del
discurso: el empeño en evadir los hechos históricos y las realidades de hoy.

El Gran Teatro de La Habana, antes el Centro Gallego, fue construido por
inmigrantes españoles de la provincia de Galicia, situada en el ángulo
noroeste de la Península Ibérica. El edificio – una de las joyas
arquitectónicas de La Habana – fue pagado por expatriados trabajadores y
ahorrativos que luchaban por una vida mejor para sí y para sus hijos,
gente cicatera como mis abuelos gallegos, a quienes la llamada
Revolución les robó el edificio sin compensación ninguna.

Lo mismo que el Presidente Obama no se refirió a la historia del
edificio donde pronunció el discurso, ni al delito de robo que oculta su
nuevo nombre, tampoco hizo referencia a algunos de los hechos más
preocupantes ocurridos en las últimas seis décadas de la historia de
Cuba, ni a las verdaderas razones que existen tras las malas relaciones
entre el régimen castrista y los Estados Unidos de América.

Como corresponde a un ejemplo clásico de obamaspeak, este discurso
calcado del patrón burocrático consistió de cuatro elementos esenciales:
algunas verdades (pocas), varios mitos (abundantes), muchos lugares
comunes (más abundantes todavía), y una retahíla de mentiras (todas
entretejidas con los mitos y los lugares comunes).

Volviendo a la metáfora del discurso como tapiz, veamos primero los
escasos hilos de verdad hábilmente entrelazados en este tejido de
lugares comunes, mitos y mentiras.

Cuatro verdades se aprietan engarzadas en un solo párrafo hacia la mitad
del discurso. 1. “Aunque levantáramos el embargo mañana mismo”, dice
Obama, “los cubanos no realizarían su potencial sin un constante proceso
de cambio aquí en Cuba”. Entonces agrega: 2. “Debería ser más fácil
abrir un negocio aquí en Cuba”. 3. “Un empleado debería poder buscar
trabajo directamente con las compañías que invierten aquí en Cuba”. Y 4.
“La Internet debería estar disponible por toda la isla, para que los
cubanos puedan conectarse con el mundo exterior”.

Bien cierto, seguramente. Bravo. Gracias, Señor Presidente, por
señalarle a su público lo que salta a la vista.

Un quinto hilo de verdad aparece al principio del discurso, pero no pasa
de ser una media verdad: “El pueblo cubano es tan innovador como
cualquier otro pueblo del mundo”, dice Obama. “Ya tenemos un claro
monumento a lo que son capaces de construir los cubanos: se llama
Miami”. Bien cierto, pero solo a medias. Lo que pudo haber dicho – y lo
que debió haber dicho– era esto: “Si no hubieran llegado los hermanos
Castro, hoy toda Cuba sería mejor que Miami”.

Y es ahí donde está la cosa. El discurso deja fuera la presencia funesta
de los hermanos Castro en la historia de Cuba, y el dolor y sufrimiento
que le han causado estos criminales al pueblo de Cuba.

Lo cual nos trae a los mitos del discurso.

Todo él va dirigido a una abstracción mitológica, “el pueblo cubano”; y
toda la historia de las últimas seis décadas queda convertida en una
pelea, sumamente emotiva y sin razón, entre esa abstracción y otra que
se llama “Estados Unidos”, “los americanos” o “el pueblo americano” –
una pelea habida por culpa de una odiosa bestia mitológica llamada “la
Guerra Fría”.

Por ninguna parte, en este discurso, aparecen los hermanos Castro. Por
ninguna parte se mencionan sus muchos crímenes contra la humanidad. Por
ninguna parte se les culpa de esclavizar y destruir al “pueblo cubano”,
ni de envenenar las relaciones con Estados Unidos. En su lugar aparece
otra abstracción que desempeña el papel de villano: “la ideología”.

Como lo ha hecho ya un sinfín de veces, Obama se inserta en la historia
como el paladín ideal que mata al dragón de la “Guerra Fría”, al que
siempre dibuja en caricatura – algo así como un monstruo de los cuentos
infantiles, sin dientes ni aliento de fuego, con escamas blanditas y
alas tan diáfanas como lo es toda abstracción del pensamiento. La
“ideología”, en obamaspeak, no es una verdadera amenaza a la vida y la
integridad humana, ni una tremenda fuerza esclavizante, sino un fantasma
ilusorio venido de un pasado distante – cuanto más, un soplo de humo que
se disipa de inmediato si convenimos con Obama en que no pesa nada. Para
garantizar que su público cubano le reconozca el poder de disipar esa
abstracción desdentada, Obama – como siempre– se inserta en la narración
histórica al decir: “Desde que llegué a la Presidencia, estoy instando a
los pueblos de América a que dejen atrás las batallas ideológicas del
pasado”.

Olvídense de los hermanos Castro y de las decenas de miles de cubanos
que han asesinado; de los cientos de miles que han encarcelado y
torturado, y de los dos millones que empujaron al exilio; de los misiles
nucleares que apuntaron a Estados Unidos, de los soldados y espías que
han enviado por todo el mundo, y de los terroristas que han patrocinado.

No. Olvídense de todo eso. El verdadero problema ha sido siempre la
ideología.

Lo cual nos trae a los lugares comunes del discurso.

Por dondequiera que se mire este tapiz obamesco, es fácil detectar
metáforas y abstracciones plagadas de lugares comunes. En realidad, son
tantos que se pierde la cuenta. Mencionemos, por tanto, solo los más
inquietantes.

“En muchos sentidos, Estados Unidos y Cuba son como dos hermanos que
llevan muchos años distanciados,” dice, “aunque compartimos la misma
sangre”.

¿Qué sangre? En resumidas cuentas, lo más que se acerca Obama a
identificar esa sangre es hablando simplezas de parecidos superficiales
entre la cultura cubana y la americana, sobre todo en los campos de la
música y el deporte.

También se refiere Obama más de una vez a “la esperanza”. Incluso se
atreve a hablarles a los cubanos de “la esperanza enraizada en el futuro
que ustedes pueden escoger y que pueden moldear, y que pueden construir
para su país”.

¿Qué esperanza, mientras siga en control la dinastía castrista? ¿Qué
cosa es esta “esperanza” vaga, o este “futuro” difuso? ¿A qué viene lo
de “escoger” y “moldear”? ¿Cómo va a ser eso, si en Cuba no hay sociedad
civil, ni estado de derecho, ni oportunidad de expresarse con libertad,
ni propiedad privada, ni economía de libre mercado?

En cualquier secundaria americana, el orador invitado que diera un
discurso lleno de semejantes trivialidades se ganaría la burla más
implacable del público estudiantil por inflaglobos, ridículo y pretencioso.

Los cubanos no son idiotas –como lo reconoce el propio Obama en su
discurso– y seis décadas de represión les han dado un radar contra
inflaglobos mucho más eficaz que el de ningún adolescente americano. Es
cosa de imaginarse el grado de sarcasmo que provocaron tales
perogrulladas entre el público de Obama.

Lo cual nos trae a las mentiras del discurso, que son muchísimas.

Las más grandes tienen que ver con la historia, y están todas tomadas
directamente del Ministerio de la Verdad del régimen castrista, o de
algún derivado de esa narrativa como, por ejemplo, la película El
Padrino II.

En la mal disimulada narrativa marxista de Obama hay una dialéctica
constante entre una potencia imperialista (Estados Unidos) y una entidad
subordinada e injustamente explotada (Cuba); y dentro de esa relación
envenenada, Estados Unidos es responsable de casi todos los males de Cuba.

La explotación, dice Obama, empezó con la Guerra Hispanoamericana: “Hubo
un día en que las azules aguas que hoy sobrevuela el avión presidencial,
trajeron a esta isla barcos de guerra norteamericanos – para liberarla,
pero también para controlarla”.

Después de esto, con su “control” sobre Cuba, Estados Unidos no pudo
evitar comportarse muy mal. “Antes de 1959”, dice Obama, “algunos
americanos veían a Cuba como un objeto de explotación, ignoraron la
pobreza, potenciaron la corrupción”.

Esto es pura propaganda castrista, la que les han metido por los ojos a
todos los cubanos nacidos después de 1959 haciéndola pasar por
“historia”. Y en esta falsa “historia”, claro, siempre se supone que los
Castro son los héroes que rescataron a los cubanos de toda esa explotación.

El que un presidente de EE UU repita como un lorito tales mentiras, nos
dice mucho del carácter de tal presidente, y del valor que tiene, en el
mundo real, su discurso al pueblo esclavizado de Cuba.

Por otro lado, hay numerosas mentiras descaradas en cuanto al presente.

Una de las mayores alega que el llamado embargo “no estaba funcionando”
y que estaba “perjudicando al pueblo de Cuba”. Esto podría verse como la
pieza clave en la argumentación de Obama en pos de “normalizar” las
relaciones. Suena razonable. Pero la verdad es que el embargo nunca se
estableció para obligar al derrocamiento del régimen castrista, sino
para contener el daño que podía hacerle a Estados Unidos y sus aliados.
Y en lo que toca a ese objetivo, el embargo sí estaba funcionando.

En cuanto a la alegación de que el embargo perjudica al pueblo de Cuba,
nada hay más lejos de la verdad. Lo que en realidad empobreció al pueblo
de Cuba y lo llevó a la indigencia fueron las insensatas políticas
económicas del régimen castrista. Durante la vigencia del embargo, Cuba
ha venido comerciando con todos los demás países del mundo, y en la
última década y media, decenas de millones de turistas no americanos han
visitado la isla. No obstante, y a pesar de las oportunidades surgidas
de esos intercambios, la suerte de los cubanos ha seguido siendo la
pobreza, la privación y la represión.

Esta mentira del “embargo” constituye la base para otra no menos infame,
la alegación de que “Estados Unidos está normalizando relaciones con el
pueblo cubano”.

Nada menos cierto. En primer lugar, no está habiendo verdadera
“normalización” en lo que concierne a la vida de los cubanos. De hecho,
la represión ha aumentado y la economía ha empeorado desde que empezó a
calentarse la relación de Obama con el régimen castrista en diciembre de
2014. En segundo lugar, el llamado proceso de “normalización” no tiene
nada en absoluto que ver con “el pueblo de Cuba”, sino exclusivamente
con el régimen castrista – a saber, Raúl Castro, su geriátrica junta
militar, y sus apenas más jóvenes oligarcas.

Miente también Obama con respecto a los cambios que supuestamente están
ocurriendo en Cuba, como por ejemplo, los adelantos económicos a partir
del empleo por cuenta propia, que se sacan a relucir con falsos relatos
estimulantes sobre los cuentapropistas o empresarios. Todo cubano sabe
que el engaño del cuentapropismo es una de las mentiras mayores, y que
no es ningún pasaporte a la prosperidad y la libertad, porque todo lo
que hay en la isla sigue siendo absoluta propiedad del régimen castrista.

Tal vez la peor mentira de todas sea la de los cambios que Obama se
contempla promoviendo en el seno de su abstracción, “el pueblo cubano”.

El discurso llega al crescendo con la invocación del término
“reconciliación”, vocablo cargado que utilizan tanto el régimen
castrista como la Iglesia Católica, la cual tiene bajo control.

Obama invoca la “reconciliación” intencionadamente, con la esperanza de
vincularse con Nelson Mandela y la historia de Africa del Sur tras el
apartheid, donde el término se utilizaba para suavizar las tensas
relaciones entre negros y blancos.

Lo que hace incorrecto el uso del vocablo en el caso de Cuba –y lo que
hace que sea mentira hablar de “reconciliación”– es que la verdadera
reconciliación implica penitencia y reconocimiento de culpa por parte
del pecador. Los más grandes pecadores de la historia reciente de Cuba
–los hermanos Castro y sus partidarios– no solo se han negado a
reconocer su culpa, sino que de hecho siguen en el poder y se niegan a
dejar de violar los derechos humanos del pueblo de Cuba.

Hasta que los que gobiernan en Cuba no se quiten del medio y reconozcan
su culpa – y hasta que los miembros de la cúpula dirigente no sean
juzgados ante los tribunales por sus muchos crímenes contra la humanidad
– no puede haber en Cuba una verdadera “reconciliación”.

Hablar de “reconciliación” como pago por las muchas concesiones de Obama
al régimen castrista equivale a hablar de “reconciliación” entre un
violador y su víctima mientras el violador sique violándola una y otra
vez, sin remordimiento y sin que se avizore el fin de su agresión.

Por último, para resumir su propia retórica insípida, narcisista y
autoengrandecedora, Obama concluye el discurso con una versión en
español de la consigna de su campaña de 2008, “Sí, se puede”.

Hasta que los que gobiernan en Cuba no se quiten del medio y reconozcan
su culpa no puede haber en Cuba una verdadera “reconciliación”
Sí, cómo no. Dígaselo a las Damas de Blanco, Obama, por favor, mientras
las golpean y las arrestan todos los domingos. Dígaselo a los presos
políticos que se pudren en pequeños calabozos. Dígaselo a los escolares
cubanos a quienes se alimenta con mentiras y propaganda disfrazadas de
“educación”, y sin esperanza de ganar alguna vez, como adultos, más de
veinte dólares al mes. Dígaselo a la madre cuyo hijo o hija se acaba de
ahogar tratando de escapar en una frágil balsa del infierno que es la
Cuba de Castro

Dígales, por favor, cómo es posible lograr otra cosa que no sea lo que
el régimen castrista se digne darles a la hora del reparto.

Hasta que no haya más amos ni más esclavos, no se acabará la esclavitud.

El que Obama les haya lanzado a los cubanos su consigna de campaña, Yes
we can, es exactamente lo mismo que si en EE.UU., antes de la Guerra
Civil, un abolicionista del Norte hubiera visitado una plantación del
Sur para decirles a los esclavos que se olvidaran de sus cadenas y
pensaran en cosas agradables.

Utilizar en Cuba esa consigna reciclada fue una gran vergüenza, y
resultó un final muy apropiado para un discurso muy vergonzoso.

Carlos Eire, profesor de historia en la Universidad de Yale, ha escrito
varios libros, entre otros Esperando por la Nieve en La Habana, que ganó
el National Book Award.

Source: El discurso nada glorioso de Obama –
www.14ymedio.com/blogs/cajon_de_sastre/discurso-glorioso-Obama_7_1979871994.html

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