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El último día de El Trigal

El último día de El Trigal
LUZ ESCOBAR, La Habana | Mayo 14, 2016

La fila de camiones se extiende en el terraplén que da entrada al único
mercado mayorista de productos agrícolas con el que cuenta La Habana.
Pero a diferencia de otros días, los campesinos que han llegado con su
mercancía no pueden descargarla ni venderla. La policía ronda el lugar y
alguien reparte un volante que confirma lo anunciado por el noticiero
estelar de la televisión: El Trigal ha cerrado.

Muchos de los que se congregaron este viernes frente a la puerta de
acceso del amplio local no sabían nada de la “mala nueva”. Llegaron con
sus cajas y sacos cargados de productos del campo y se encontraron con
los empleados, tan sorprendidos como ellos, por la suspensión de las
ventas en los 292 espacios donde hasta hace pocas horas se
comercializaban frijoles, cebollas, aguacates y otras frutas y viandas.

El conductor de un camión cargado de mangos casi rogaba a los custodios
de El Trigal para que le dejaran vender su mercancía. “Vengo desde
Santiago de Cuba y ahora voy a perder el viaje”, se quejaba el hombre.
“Soy agricultor” aclaraba, para evitar que le colgaran el calificativo
de “intermediario”. Un inspector le explicó que si se quedaba en las
inmediaciones le pondrían una multa y le decomisarían el producto.

“Por aquí vino el periodista de Cuba Dice, Boris Fuentes” cuenta uno
de los carretilleros que hasta el jueves vivía de cargar mercancía desde
los camiones hasta los andenes y las tarimas. El joven recuerda que el
reportero oficial quería grabar un programa sobre los altos precios que
habían alcanzado los alimentos en un mercado concebido para abaratar la
canasta básica.

Pasado el mediodía el lugar es un avispero de inconformidades y quejas.
“La gente lo insultó y le preguntó por qué no hacía un reportaje sobre
los altos precios en las Tiendas Recaudadoras de Divisas que son del
Estado”, cuenta el carretillero. A pocos metros, Diosbel Castro
Rodríguez, de 24 años, no acaba de creer que ha perdido el empleo con el
que sostiene a su familia. “Mientras tuve trabajo y pude darle de comer
a mi familia todo estaba bien. Pero tengo dos hijos y ahora sin trabajo
cualquier cosa me puede pasar por la mente”, insinúa el hombre.

Castro Rodríguez repite el reclamo de muchos otros en El Trigal: “Esto
no se puede hacer así de un día para otro, hay que dar un margen de
tiempo, para que podamos buscarnos otro trabajo”, lamenta.

Yerandy Díaz, vecino de la Fortuna, cree que el cierre del lugar ocurrió
sin aviso precisamente para que los usuarios y los trabajadores de las
instalaciones “no tuvieran tiempo a nada, ni a protestar, ni acudir a
ningún lugar”. Según cuenta, el presidente de la cooperativa que
gestionaba el mercado, Carlos Sablón Sosa, fue llamado para una reunión
de urgencia el mismo jueves en la tarde.

Mientras Sablón Sosa estaba reunido se presentó un grupo de inspectores,
que repartieron un papel en el que se confirmaba el cierre, cuentan
testigos. “Llegaron aquí con dos patrullas para intimidar y para que no
se formara ningún lío”, recuerda Yerandy Díaz.

En el lugar trabajaban 66 carretilleros que pagan una licencia para
ejercer esa ocupación, más de 30 vendedores y un centenar de personas en
las áreas gastronómicas, “más los miles de guajiros que vienen a vender
aquí cada semana”, apunta Díaz. Todos se han quedado perplejos con la
decisión gubernamental de suspender las ventas.

“Oficialmente nos hemos quedado desempleados, en el aire, no nos han
dado otra alternativa de trabajo”, se queja Díaz frente a la policía
mientras los ánimos comienzan a caldearse. El joven critica la falta de
transparencia porque el noticiero estelar adjudicó el cierra a
“ilegalidades pero no las mencionó”.

La cola de camiones sigue creciendo mientras los que llevan horas frente
a la puerta de El Trigal intentan convencer a los inspectores y la
policía de que “al menos den una última oportunidad para vender lo que
ya [han] traído hasta aquí”, pero las autoridades no ceden.

Yorenny Cobas, vecino de la Fortuna, era carretillero de El Trigal y
explica que laboraba trasladando el producto de un lugar a otro.
“Nosotros cobramos por el servicio al momento de hacerlo y, según la
cantidad, pueden ser entre 10, 15 o 20 pesos cubanos; pago una licencia
que vale 200 pesos al mes, más 87 de seguridad social y 60 al día cada
vez que trabajamos por el alquiler de la carretilla a la cooperativa”.

El carretillero pregunta sin mucha esperanza a un inspector “¿Usted sabe
cuántas familias se quedan ahora sin nada”. Considera que lo que ha
ocurrido con El Trigal traerá “más ilegalidad” porque los campesinos
“tratarán de salir de la mercancía y venderla”.

La tarde cae y El Trigal sigue cerrado, ha llegado una patrulla más de
policías y en la carretera de acceso al mercado un campesino pregona en
un murmullo sus mangos a precio de liquidación.

Source: El último día de El Trigal –
www.14ymedio.com/nacional/El_Trigal-cuentapropistas-carretilleros-emprendedores_cubanos_0_1998400142.html

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