Corrupción – Cuba – Corruption
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La mafia del pizarrón

La mafia del pizarrón
MIRIAM CELAYA, La Habana | Julio 05, 2016

“Todo el mundo sabe qué profesores aceptan dinero”, me dice un grupo de
jóvenes. De hecho, algunos no solo lo aceptan, sino que lo exigen
claramente a los alumnos que saben que no serían capaces de aprobar el
examen por sí mismos.

Discurren los días finales del curso escolar 2015-2016 y, una vez más,
sale a la palestra el recurrente tema del fraude de escolares y
maestros, la mala preparación de los estudiantes, la poca calidad de la
enseñanza y la escandalosa pérdida de valores entre no pocos
profesionales de la educación.

Un grupo de cinco estudiantes de 10º y 11º grados del preuniversitario
Gerardo Abreu Fontán, de Centro Habana, aceptaron ofrecerme sus
testimonios sobre el tema bajo condiciones de anonimato, en una
entrevista que se prolongó por más de dos horas y que descubrió ante mí
un amplio y profundo entramado de corrupción.

“Tú sabes que conmigo vas a tener que entrar derecho…”, dice el
profesor al mal estudiante, en plena aula y en presencia de todos los
condiscípulos. Una frase que desde la semántica pura no dice mucho, pero
en los códigos marginales lo dice todo. El aludido entiende y acata: la
jugada está cantada.

Alrededor de esta mácula existe todo un sistema de tarifas y estrategias
que funcionan perfectamente engranadas, con la precisión de un reloj
suizo. La impunidad de este laberinto de artimañas fraudulentas es casi
absoluta.

En la capital cubana existe una especie de pacto no escrito que estipula
una tarifa aproximada, en dependencia de la modalidad del examen (si es
oral o escrito), del período que se evalúa (si el examen es parcial o
final), del barrio en que se enclava la escuela (que suele ser
indicativo del poder adquisitivo de la familia de los estudiantes) y de
la calidad y/o experiencia del profesor.

Así, para lograr una buena nota en un Trabajo de Control Parcial (TCP)
generalmente el estudiante rezagado, pero de familia relativamente
solvente, debe pagar entre 2 o 3 CUC al profesor de la asignatura.
Algunos docentes, sin embargo, cobran a 4 CUC la calificación de cada
pregunta, por lo que, teniendo en cuenta que un TCP contiene tres
preguntas, el costo se puede elevar a 12 CUC por cada TCP de cada
asignatura básica.

Por su parte, la prueba final contiene cinco preguntas, pero el sistema
y las tarifas en este caso varían dependiendo de la maniobra que se
aplique. Por ejemplo, una variante es que un número determinado de
estudiantes manifieste previamente al profesor de la asignatura su
interés en pagar para que el docente encargado de “cuidar” el aula
durante el examen les permita cometer fraude, sea buscando en libros y
libretas la respuesta correcta de cada pregunta, sea copiando entre sí.

El profesor “cuidador”, a su vez, cobra 5 CUC por cada estudiante
complotado en el caso, de lo cual pagará una parte al profesor de la
asignatura y otra al jefe de año, que hará la vista gorda cuando realice
las correspondientes rondas de vigilancia por las aulas para garantizar
la pulcritud del proceso evaluativo. Se cierra así el círculo de lo que
pudiéramos llamar una especie de mafia del pizarrón.

Asumiendo que son cuatro las asignaturas que realizan prueba final
escrita –Español, Matemáticas, Biología e Historia– y que hay un
creciente número de estudiantes interesados en utilizar esta vía de
evaluación negociada, es fácil concluir que los dividendos que obtienen
estos “educadores” por concepto de fraude supera con creces el monto de
sus salarios.

Otra variante, que suele aplicarse cuando el profesor mantiene
relaciones estrechas con el estudiante y su familia, consiste en
realizar la revisión de los exámenes en la propia casa (del profesor o
del estudiante), donde el docente dictará al joven las respuestas
correctas, permitiéndole corregir los errores cometidos en el aula. En
estos casos el pago no es en dinero, sino que viene enmascarado bajo la
forma de un regalo más o menos costoso, acompañado de la correspondiente
eterna “gratitud” de la familia del adolescente.

Por último, también existe el viejo truco de alterar los registros de
evaluación oficiales, otorgando el profesor al estudiante una puntuación
superior a la obtenida en las evaluaciones, con lo cual le facilita
remontar el escalafón estudiantil y con ello acceder más fácilmente a
las mejores carreras universitarias una vez finalizados los estudios de
bachillerato.

Sin embargo, la modalidad más jugosa es la que se realiza a nivel
provincial, donde se elaboran y “custodian” los exámenes finales y las
revalorizaciones. Según los estudiantes entrevistados, ambas pueden ser
compradas por un precio que fluctúa alrededor de los 30 CUC, aunque para
ello es preciso saber acceder a la persona correcta, porque lo contrario
podría implicar una severa sanción.

Por su parte, la nueva modalidad de evaluación oral para asignaturas
como Física y Química en la enseñanza preuniversitaria, que fue
establecida en el curso 2014-2015 para “facilitar” el aprobado a los
estudiantes y elevar la promoción, solo ha conseguido diversificar los
modos de fraude (corrupción) entre el profesorado.

Estos exámenes se realizan a través de “boletas”, elaboradas a escala
provincial. El procedimiento es sencillo: el estudiante “pagador” habla
con su profesor de esa asignatura, que a su vez coordina el truco con
alguno de los miembros del tribunal examinador al que entrega un listado
con los nombres de esos estudiantes, quienes pagarán por adelantado la
nota. El docente tramposo miembro del tribunal, por su parte, en el
momento del examen y una vez que ha comprobado el nombre en el listado,
entrega al estudiante una boleta ya resuelta, o le indica qué respuestas
de las que escribió debe corregir en caso de que el estudiante deba
elegir por sí mismo la boleta.

Cada asignatura tiene un precio diferenciado, en dependencia de su
complejidad. La prueba de Física, por ejemplo, este año costó 15 CUC.
Química suele ser más barata: de 5 a 10 CUC, o un regalo, que puede ser
desde un perfume, una cartera o alguna prenda de vestir, hasta una
botella de ron.

Las evaluaciones de asignaturas como Cultura Política, Inglés o
Computación, “que no son importantes”, “casi siempre se pagan porque son
baratas y casi todo el mundo puede hacerlo, y así te quitas eso de
arriba con 2 o 3 CUC o un regalito modesto, si se trata de un TCP”.

Cuando es un examen final, el que puede, paga 5 CUC para no exponer en
el seminario, que es la forma de evaluación. “A veces le pagas al
profesor para que te regale un seminario de algún curso anterior, y tú
solo lo transcribes, como si lo hubieses hecho tú”.

“Y todo eso sin contar que, además, el Día del Maestro reciben
muchísimos regalos”, acota M, el más vivaz de los entrevistados.

Pero la corruptela del gremio educativo no se limita al proceso
evaluativo. Según testimonios de estudiantes y padres, acceder a una
plaza de preuniversitario al finalizar el noveno grado (enseñanza
secundaria), más allá del escalafón, cuesta alrededor de 100 CUC, que se
pagan directamente a la dirección de la escuela, o bien se “negocia” con
algún funcionario municipal del Ministerio de Educación (Mined)
encargado de los “otorgamientos”.

A juzgar por estas afirmaciones, la corrupción corroe el otrora
formidable sistema educativo cubano y se atomiza a la vida cotidiana,
hasta tal punto que, incluso los estudiantes que no han sucumbido al
mecanismo del fraude –sea por razones morales o por limitaciones
financieras de su familia– lo perciben como algo común. Acaso un asunto
criticable, pero en ningún caso un delito.

“Es normal hasta cierto punto”, me dice G, un jovencito de 11º grado que
sueña con hacer una carrera de diseño. “No es que respete a esos
profesores corruptos, pero me da lo mismo. No es problema mío”.

Por su parte R, un adolescente de bello rostro y modales agradables que
quiere ser médico, cree que no está bien lo que hacen esos educadores,
“Pero cada persona merece su respeto, ese es su medio de vida, porque si
hubiera otra economía, otros salarios, otra formación de los
profesores… quizás sería distinto”.

Vuelve a intervenir M con una reflexión aguda para sus 16 años. Se
expresa con facilidad: “El problema es que el Gobierno les paga mal. No
invierte en los profesores ni en su formación porque ellos no le dan una
ganancia inmediata, como sí se la dan los médicos, por ejemplo, que van
a las misiones y el Gobierno se coge casi todo el dinero que les pagan
afuera. Claro que los profesores buscan cualquier manera para hacer
dinero, sobre todo los más jóvenes, que quieren salir, divertirse y
comprarse ropa y zapatos a la moda, igual que nosotros”.

Todos los adolescentes asienten en tácito acuerdo, mientras a mí me
invade algo muy parecido al desaliento. Estos jovenzuelos me han
ofrecido un atisbo de la real dimensión de los daños infligidos, no ya a
la economía, sino al cuerpo espiritual de la sociedad cubana. Me
impresiona la colosal tarea que supondrá reconstruir los fragmentos
morales de la nación una vez que haya terminado la larga pesadilla del
castrismo. Por supuesto, no acepto de antemano la derrota, pero por el
momento la corrupción sigue extendiendo sus tentáculos y amenaza con
ganarnos la partida.

Source: La mafia del pizarrón –
www.14ymedio.com/nacional/mafia-pizarron_0_2029597028.html

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