Corrupción – Cuba – Corruption
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La mejor manera de ‘hacerse hombre’?

¿La mejor manera de ‘hacerse hombre’?
“Los muchachos tienen que pasar trabajo, saber lo que es el hambre y la
vida dura, para que tengan disciplina”
Martes, agosto 16, 2016 | Miriam Celaya

LA HABANA, Cuba.- Recientemente, durante una breve estancia en Miami a
propósito de un encuentro académico sobre temas jurídicos en el que
participé, me sorprendió escuchar de un cubano emigrado –un hombre de
edad bastante madura– su aspiración a que en una futura Cuba democrática
se mantenga una ley de Servicio Militar Obligatorio. Su propuesta se
basaba en el supuesto de que la vida militar impone disciplina y madurez
en los jóvenes, virtudes que –a juicio del proponente– están
prácticamente extinguidas en la Isla.

Con mucha frecuencia y con mínimas variantes, he escuchado esta misma
frase en diferentes escenarios dicha por cubanos del más disímil color
político o sin idea política alguna. El denominador común es la edad de
quienes así opinan: generalmente adultos mayores de 55 o 60 años.

Diríase que la experiencia de la fallida República, donde hubo tantos
presidentes procedentes de la vida militar, y las casi seis décadas de
esta calamitosa revolución encabezada y dirigida ad infinitum por
militares hay quienes no acaban de percibir el daño que ha infligido la
arraigada tradición militarista en nuestra historia.

Todavía hay quienes piensan que ciertos jóvenes “descarriados” solo
pueden “hacerse hombres” después de ser obligados a pasar el servicio
militar, preferiblemente en alguna de las llamadas unidades de combate.
“Los muchachos tienen que pasar trabajo, saber lo que es el hambre y la
vida dura, para que tengan disciplina”, afirman muchos venerables
septuagenarios. Sin embargo, si tal principio fuera cierto, los cubanos
que hemos nacido y crecido bajo el castrismo estaríamos entre los
pueblos más disciplinados del planeta.

Lo más curioso es que ese mismo principio ha resultado válido tanto para
tirios como para troyanos. Baste recordar que los simpatizantes de
Fulgencio Batista estaban convencidos de que la dirección del país debía
estar en manos de un “hombre fuerte”, aunque ello supusiera la violación
del orden constitucional. Una percepción que hizo posible el golpe de
estado de marzo de 1952, abriendo una nueva puerta a la violencia militar.

Apenas unos años después, otro “hombre fuerte” batía los récords de
popularidad entre los cubanos, al tomar el poder por las fuerzas de las
armas, derrocar al “fuerte” anterior e imponer la dictadura militar más
larga que haya conocido este hemisferio.

Ese mismo pensamiento militarista fue el que hizo posible la existencia
de las tristemente célebres Unidades Militares de Apoyo a la Producción,
creadas con el objetivo de enmendar y “hacer hombres”, a través del
rigor y la disciplina de la vida militar, a homosexuales, religiosos,
“blandengues”, pequeñoburgueses y otros elementos, cuyas tendencias y
actitudes no parecían lo suficientemente dignas a los “machos” verde
olivo de la élite del poder.

Y en nombre de ese belicoso espíritu nacional, invocado desde la Ley 75
(o Ley de la Defensa Nacional), han sido llamados a las filas miles y
miles de jóvenes cubanos. Desde Cuba no solo se ha exportado la
testosterona castrense en forma de guerrillas, sembradas en varios
países de Latinoamérica y África, sino que también centenares de
jóvenes reclutas cubanos que pasaban el Servicio Militar Obligatorio
(SMO) fueron inmolados inútilmente en la guerra de Angola. Los que
regresaron vivos llevan consigo hasta la actualidad el trauma de la
guerra, aunque en la Isla nunca se ha reportado oficialmente ni un solo
paciente con síndrome de estrés postraumático. Los jóvenes que se
negaron a ir a la guerra, por su parte, sufrieron presidio militar por
“traición”.

La quimérica superioridad moral de la formación militar en los hombres
se relaciona directamente con la matriz machista de la cultura cubana y
se refleja incluso en conocidas frases populares. Quién no ha escuchado
aquello de “si no te gusta esto te alzas en la Sierra”; o “no te hagas
el guapo que tú no has tirado tiros”. Porque ser un “tira-tiros” no solo
es un signo irrefutable de valentía varonil, sino también la fuente de
legitimación de la fuerza impuesta por sobre los argumentos.

Seguramente quienes propugnan las supuestas virtudes de la disciplina
militar como solución a la crisis de valores de la sociedad cubana
actual, olvidan que más de medio siglo de SMO, lejos de formar el
carácter de nuestros jóvenes, ha sido fuente de humillaciones y
privaciones, que solo han logrado potenciar el rencor y la frustración
de encontrarse sometidos forzosamente a una actividad por la que no
sienten la menor vocación. No se me ocurre una peor manera de “hacerse
hombres”.

Esto, sin olvidar el mecanismo de corrupción que se ha potenciado a
partir de la compra que hacen muchos padres de la baja militar de sus
hijos en las oficinas de reclutamiento, muchas veces a partir de
certificados médicos falseados que alegan incapacidad del adolescente
para someterse al rigor de una unidad de combate. O el soborno a los
oficiales encargados del alistamiento, que por una cantidad de divisas
hace desaparecer el expediente militar del pre-recluta y éste no es
llamado a filas.

Pero la atadura militar de los hombres en Cuba se prolonga más allá del
cumplimiento del servicio activo, ya que tras el “licenciamiento” el
soldado pasa a formar parte de la reserva militar del país y queda
sujeto a movilizaciones cada vez que el Estado-Gobierno-Partido declara
alguna imaginaria amenaza o se le antoja ofrecer alguna demostración de
fuerza.

En las llamadas unidades de combate, término inexacto para nombrar el
campamento y sus áreas de tiro, armamento y ejercicios, la mayor parte
del tiempo los reclutas lo pasan en tareas de chapeo y limpieza, o en
alguna actividad cuartelera, de reparación y mantenimiento o de cocina.
Al término del servicio activo muchos de ellos solo habrán “practicado”
tiro con armas una única vez, y algunos ni siquiera habrán hecho un
disparo, de manera que distan mucho de estar entrenados para librar una
guerra o defender el país en caso de agresión.

Esto, para no mencionar otros factores de la “formación” de los jóvenes
reclutas en Cuba, como son las pésimas condiciones de vida en las
unidades, la insalubridad, la alimentación deficiente, la escasez de
agua para beber o para el aseo, los trabajos forzados, las vejaciones
por parte de los oficiales, entre otras penurias que nada tienen que ver
con un entrenamiento militar, con una verdadera preparación para la
defensa del país o con la forja del carácter en la disciplina y en los
altos valores éticos y morales a los que habría que aspirar.

El SMO no solo ha servido al poder como un mecanismo de sujeción y
chantaje sobre los adolescentes cubanos –al condicionarles la
continuidad de los estudios, los viajes al extranjero o la vida laboral–
sino que constituye una de las rémoras más retrógradas de las que
tendríamos que librarnos a la mayor brevedad. En una Cuba democrática el
ejército no debería sustituir las funciones del hogar y de las escuelas
civiles en la formación de los valores de nuestros jóvenes. De hecho, la
mayoría de los cubanos que hemos vivido por casi seis décadas en esta
prisión con carceleros uniformados de verde olivo, y que hemos soportado
un régimen de ordeno y mando, como si en vez de ciudadanos fuésemos
obedientes soldados, queremos asistir al final del nocivo culto a las
charreteras y de la filosofía de “pueblo uniformado”.

Una simple mirada a las figuras más emblemáticas de la historia cívica
de la Isla pone en evidencia la preeminencia del pensamiento
civilista-humanista sobre el militarista en la fragua de la nación. Los
ejemplos abundan, pero citemos solo nombres tan emblemáticos como Félix
Varela, José de la Luz y Caballero y José Martí, paladines de virtudes
muy alejadas del acérrimo militarismo de aliento hispano que nos ha
intoxicado el espíritu desde 1492 hasta hoy.

Punto aparte sería la existencia futura de academias militares, donde se
formen los oficiales en diferentes especialidades, con verdadera
vocación militar, que liderarían un ejército profesional bien pagado,
debidamente preparado y numéricamente mucho menor que las cuantiosas
huestes de bisoños hambrientos y resentidos que hoy se agrupan en las
fuerzas armadas y que en un imaginario caso de agresión armada al país
solo servirían de carne de cañón.

No es razonable que un pequeño país pobre y malcomido que no está en
guerra ni bajo amenaza de conflicto armado tenga más hombres
holgazaneando y perdiendo el tiempo en un ejército innecesario que
produciendo las riquezas y alimentos que se necesitan con tanta urgencia.

Sin embargo, no deja de ser cierto que en la Cuba futura necesitaremos
un formidable ejército. Solo que no sería un ejército de militares, sino
de pedagogos, de profesionales de todas las esferas, de obreros, de
campesinos, de comerciantes, de hombres de negocios, de ciudadanos
libres. Todos ellos tendrán sobre sus hombros una responsabilidad mayor
que la de mil regimientos guerreros: la reconstrucción material y moral
de una nación, arruinada precisamente por la casta militar sembrada en
el Poder en el último medio siglo, y que ha sido más perniciosa y
destructiva que la suma de todas las guerras libradas en la historia de
esta tierra.

Source: ¿La mejor manera de ‘hacerse hombre’? | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/la-mejor-manera-de-hacerse-hombre/

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