Corrupción – Cuba – Corruption
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Desarraigo

Desarraigo
VERÓNICA VEGA | La Habana | 19 de Septiembre de 2016 – 08:59 CEST.

Cuando se habla del resultado efectivo de la revolución cubana, no puedo dejar de pensar en una palabra que cada día se hace más perceptible y patente: desarraigo.

Más abarcadora que “exilio”, porque se puede aplicar por igual a ausentes y a presentes, y no está reñida con la ambigüedad del propio término “ausencia”, tan relativo. Y más profunda, ya que atañe a lo visible y a lo invisible, a esas raíces ocultas, torcidas y renegadas, que subsisten en las almas de tantos hijos de Cuba.

Su sentido se percibe de un golpe en los estragos más evidentes: el éxodo que no cesa y crece; en la depauperación de nuestras ciudades, de la apariencia y vestimenta del ciudadano cubano; en su conducta social. Pero también en su lastrado sentido de pertenencia a su propio país.

El cubano se siente excluido en la organización y administración de sus intereses más directos. El efecto de esa política de marginación se refleja en indiferencia por su propio entorno, en actitudes incívicas que son la reproducción de un sistema inmoral que lo induce a la inmoralidad continuamente.

El estigma del desarraigo está en los jóvenes que se deslumbran con todo lo que provenga de “afuera”: un auto, un equipo electrónico, una ropa, una película, una bandera ajena, un modo de vida que destile libertad económica, de acción, de pensamiento.

Ese estigma está en la falsa indolencia por el acontecer político, no la política oficial que satura los medios sino la extraoficial, la de los que se han atrevido a romper la hipnosis y a reaccionar, reclamando su derecho a opinar sobre el destino de su país. La apoliticidad de los cubanos, especialmente de los jóvenes, es una de las peores secuelas del desarraigo. Y su expresión más grotesca es el hecho de que se hayan podido mantener, aun a mínima escala, los actos de repudio, degeneración de un concepto de nacionalismo que se nos inculcó intencionalmente deformado.

La prohibición de la religión fue una de las incisiones más dañinas, desterró valores universales que ayudan a sostener el equilibrio de la ética en el entramado social. Reemplazada por un sistema de valores espurio que, siendo concebido para manipular y controlar a través de la expresión del egoísmo, no puede manifestar virtudes sino vicios: intolerancia, miedo, odio, envidia, insolidaridad… Un sistema de valores que no genera evolución, sino involución.

El control estatal de la información es la causa del enorme desconocimiento del cubano en tantos temas que domina hasta un adolescente del Primer Mundo, es la razón de su parcialidad y analfabetismo político y jurídico, pero también de la ignorancia general sobre su propia cultura, su historia e incluso su geografía. El monopolio de los recursos y los medios de producción han derivado en sempiterna pobreza material, el atraso tecnológico y su limitación de movimiento dentro y fuera de Cuba.

El resultado es simplemente matemático: la gente descubre que no puede cambiar nada, que su opinión no cuenta. Entonces, ¿en dónde descansa su autonomía? En irse, si puede, o en sobrevivir y/o prosperar con los medios que le facilita esa misma corrupción, sin identificarse con la sociedad en la que está insertado. Pero, ¿cómo ser del todo insensible a aquello que lo afecta directamente y día a día? Construyendo espejismos de seguridad: una casa lo más cómoda posible, un trabajo “rentable” aunque el precio de sus réditos sea la tranquilidad, lo cual significa que tal seguridad no existe. No hay seguridad sino está garantizada y protegida por la misma ley.

Este sistema enfermo que empezó desde arriba hacia abajo, y aquí ha seguido expandiéndose por falta de alternativas, ahora se retroalimenta carcomiendo sus mismas bases. La salud pública, la educación, el deporte… Ese que sostuvimos con nuestra precaria economía, sin poder elegir, como sucedáneo del patriotismo auténtico, ingenuamente conmovidos por triunfos, récords y medallas que en nada cambiaban nuestra angustiosa cotidianeidad.

El cine cubano, también amordazado por la política oficial, ha crecido disforme, sin poder expresarse a plenitud. Salvo loables excepciones, las películas del patio redundan en argumentos y personajes estereotipados que no representan nuestra complejidad. Ni siquiera las más atrevidas, que llegan atrasadas por las restricciones de la permisividad, donde los héroes apenas consiguen ser humanos y las historias jamás alcanzan la actualidad.

La salud, la educación, los emblemas que todavía se ostentan con gran pompa, no han escapado al proceso destructivo. Se compra la atención médica con regalos, se paga por traslado en ambulancias, a veces por ingresos, y hasta por turnos de operaciones quirúrgicas. La venta de exámenes en escuelas secundarias, preuniversitarios, tecnológicos, FOC (Facultad Obrero Campesina), ya no es noticia.

¿Cómo la falsedad, el fraude, podrían forjar certeza, arraigo, identidad? ¿Cón qué parte de su Isla puede sentirse identificado el cubano?

¿Con las calles rotas y esquinas con basureros desbordados, aguas albañales, animales que sufren maltrato y abandono? ¿Con sus ancianos marchitos? ¿Con la naturaleza estropeada, contaminada, de los barrios marginales? ¿Con la exuberante de playas y cayos donde reinan los turistas extranjeros? ¿Con las casas derruidas donde tantos viven hacinados? ¿Con el Capitolio, el Gran Teatro de la Habana, (que ahora no es de la Habana sino de Alicia Alonso), con los lujosos hoteles donde no puede ni soñar hospedarse?

Los cambios que se articulen desde esa Cuba soñada, ¿posible?, en la que ya coinciden tantos proyectos y foros, (la mayoría desde la pluralidad que solo permite el ciberespacio) deberían tener en cuenta la urgencia por regenerar raíces, crear sentido de pertenencia. Un primer paso podría ser ir despolitizando el discurso, venga cual venga. Despojarlo de epicidades, radicalismos, de yuxtaposiciones violentas. Para que el cubano de a pie experimente que la administración de un país puede y debe ser algo que incida realmente con su vida, que puede existir relación entre discurso y progreso.

Source: Desarraigo | Diario de Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1473621686_25235.html

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