Corrupción – Cuba – Corruption
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Aproches y “approach”

Aproches y “approach”
La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un
atenuante de esta
Redacción CE, Madrid | 25/10/2016 10:29 am

Una y otra vez se repite que la razón por la cual el sistema comunista
—o la versión castrista del mismo— no se ha derrumbado en Cuba es la
represión absoluta existente en el país. Al mismo tiempo, se asocia esa
represión a los hermanos Castro. Cuando estos desaparezcan, así lo hará
gran parte del miedo que su régimen inspira a la población.
Sin embargo, lo ocurrido en Cuba a partir de 1959 se aparta de esta
óptica en blanco y negro.
Una de las razones que ha permitido a los hermanos Castro mantenerse en
el poder es la capacidad para no ejercer una represión integra o
absoluta, salvo en los momentos en que se han visto seriamente
amenazados. Dejar abierta una puerta de escape a los opositores, siempre
que existiera esa posibilidad, y anticiparse a las situaciones límites
fueron dos de sus mayores habilidades.
Durante la “primavera negra” de 2003, el régimen castrista condenó con
toda severidad a 75 disidentes, y también ejecutó a tres simples
ciudadanos que habían secuestrado una embarcación en el intento de salir
del país, no por un afán represivo indiscriminado y generalizado, sino
para impedir el desarrollo de una situación que en poco tiempo lo
obligaría a tener que ejercer una represión masiva, desplegar un rigor
mucho mayor.
Esto no libra al régimen cubano y a sus dirigentes de culpa alguna. Es
simplemente un intento de conocer mejor la naturaleza del mecanismo
empleado para permanecer en el poder por tanto tiempo.
La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un
atenuante de esta. Mucho menos asociarla a una justificación de las
largas condenas y los fusilamientos ocurridos ese año y a lo largo de la
existencia del proceso revolucionario. Pero la maquinaria intimidatoria
que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo no
puede ser denunciada en términos tan simples.
El segundo error de análisis, que con frecuencia ocurre, es hacer
depender esa maquinaria de control de la función de uno o dos protagonistas.
Es cierto que la muerte de Fidel Castro, la de su hermano menor o ambas,
sacarán a relucir una serie de expectativas que, por muchos años la
mayor parte de la población, y de la dirigencia alta y media del país,
han mantenido a la espera.
Sin embargo, no hay que ilusionarse y pensar que estas se canalizarán de
inmediato, lo que tendría como resultado un cambio total de la situación
imperante en la Isla.
En primer lugar, porque hay mecanismos establecidos que van más allá de
la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores
sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una
conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión
perdida. El primero de enero de 1959 fue el día en que el ciudadano se
creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y
de los demonios ajenos. A partir de entonces se inició un proceso que
alentó las esperanzas y los temores de los pobres y de la clase media baja.
A unos y otros les dio seguridad para combatir su impotencia y les
permitió vengarse de su insignificancia. Pero al tiempo que nutrió el
sadismo latente en los desposeídos, y les brindó la posibilidad de
ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, intensificó su
masoquismo. De esta forma, quedó establecido el principio de la
aniquilación del individuo por el Estado, mediante el afianzamiento de
un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios.
Con una población que mayoritariamente no había nacido en 1959, el país
está formado por ciudadanos que han vivido bajo el doble signo del poder
de un padre putativo, dominante y despótico. Aunque también
sobreprotector y por momentos generoso. Es el Estado cubano, que se
ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante.
El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de
motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura,
historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For
Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un
ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la
envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles
de arrancar.
Para Sharansky, la lucha por la paz y la seguridad debe estar vinculada
con promover la democracia. De lo contrario, solo se consigue posponer
el problema.
La confrontación, no necesariamente bélica, pero sin dar respiro al
enemigo, es la única solución.
Sharansky es un activista más que un político (aunque ha ocupado cargos
en el parlamento y el Gobierno israelí). Ello no les resta valor a sus
argumentos, pero obliga a situarlos en el terreno ideológico y no de la
política práctica.
En su obra quien fuera un conocido disidente defiende tan ardorosamente
sus argumentos, que en muchos casos pasa por alto aspectos que
contradicen o complementan sus explicaciones. Vistos los hechos con una
perspectiva más amplia, la Détente contribuyó a la caída de la Unión
Soviética, mucho más de lo que Sharansky está dispuesto a reconocer, y
el afán de consumo jugó un papel tan importante como las ansias de
libertad —quizá mayor— en la forma rápida en que los ciudadanos
soviéticos y de Europa Oriental volvieron la espalda al sistema
socialista en la primera oportunidad que pudieron.
La falta de libertad les impidió hacerlo antes, pero la escasez de
productos de Occidente les hizo correr de prisa al abrazo del capitalismo.
El no ceder una pulgada, el no admitir la necesidad de reconsiderar una
política de represión feroz, que no admite la menor disidencia, no es
algo nuevo en Cuba. Ello no exime a esa actitud de ser una muestra de
debilidad del sistema.
En gran medida, esa debilidad es consecuencia de los tres pilares en que
se fundamenta el gobierno cubano: represión, escasez y corrupción.
El exigir una posición incondicional es abrir la puerta a oportunistas
de todo tipo, quienes a su vez se desarrollan gracias a la escasez
generalizada.
Por décadas el gobierno cubano ha caminado en la cuerda floja, con la
población controlada entre el uso de una represión casi siempre
profiláctica y la ilusión del viaje a Miami, pero siempre bajo el
peligro de un estallido social.
Si La Habana admitiera un mínimo de cordura, y diera muestras de superar
el encasillamiento que ha mantenido por décadas, el peligro de este
estallido social disminuiría. Pero, por el contrario, lo único que hace
es alimentarlo a diario.
Detrás de este control extremo, que no permite manifestación alguna de
los derechos humanos, hay un fin mezquino. El mantenimiento de una serie
de privilegios y prebendas. La represión política actúa como un
enmascaramiento de una represión social que ha penetrado toda la
sociedad. En última instancia, el régimen sabe que el peligro mayor no
es la posibilidad de que la población se lance a la calle pidiendo
libertades políticas, sino expresando sus frustraciones sociales y
económicas.
Nunca como ahora el ideal de libertad y democracia para Cuba había
estado tan aislado. Los gobiernos latinoamericanos miran para otra
parte, la Unión Europea y Estados Unidos ensayan nuevos acercamientos
donde los aproches han sido sustituidos por un approach único y general.
Los cubanos, mientras tanto, siguen a la espera.

Source: Aproches y “approach” – Noticias – Cuba – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/cuba/noticias/aproches-y-approach-327336

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