Corrupción – Cuba – Corruption
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Quise donar… ¿pero cómo?

Quise donar… ¿pero cómo?
En Cuba hay que pedir permiso hasta para ayudar al prójimo
Miércoles, octubre 19, 2016 | Pedro Manuel González Reinoso

VILLA CLARA, Cuba.- Cuando nací, en el año de la revolución triunfante,
en casa había un entra y sale de gente permanente porque, además de la
vieja tintorería propiedad de mi abuelo paterno que luego “entregaría”
al gobierno durante la ofensiva revolucionaria en 1968, el CDR
vanguardia de mi cuadra se sembraría justo allí.

Mi padre estuvo movilizado cuando Girón y la Crisis de Octubre, y mi
madre era federada fundadora, y atendía, además de la retaguardia
combativa, una clase de corte y costura para compañeras “de lucha”,
medio analfabetas y necesitadas de escapar de sus obligaciones
mundanales. Academia que titulaban “Ana Betancourt”. Por tanto, en mi
hogar sobró ajetreo en asuntos de colaboraciones multilaterales.

Casi siempre hubo, coronando el espacio, una inmensa caja de cartón en
la cual depositar lo que a menudo traían los vecinos racionales. No lo
que les sobrara, sino lo que consideraban sería utilizable. Sin siquiera
esperar por catástrofe alguna. Suerte de naturaleza humanitaria primaba
en aquel aire comunal.

También las prendas serviciadas en la tintorería que sus clientes no
recogían porque morían, emigraban o eran detenidos, pasaban a engrosar
aquella caja.

El comité de zona, representado en un jerarca satisfecho montado a la
cabeza de jeep soviético, pasaba periódicamente con la brigada detrás a
recoger lo acopiado. Y no dejaba comprobante en absoluto, sino anunciaba
que “en la próxima emulación seríamos los vencedores”. Tal era la
confianza que existía y nadie mencionaba la competitividad heredada del
régimen anterior.

En el patio de la tintorería se formaban tremendas borracheras los
sábados en la tarde, cuando la jornada laboral concluía, y los conocidos
del barrio se reunían sin poner en peligro sus respectivas economías si
compraban varias cajas de cervezas, más unos pescados para confeccionar
la receta de mi abuelo asturiano, la famosa “salsa de perro”. Era
ocasión para que algún aspirante trasnochado (al paranoide y ubicuo G2),
dejando caer algo en la caja con el fin de no levantar sospecha, se
colara en el grupo, haciéndose la mosquita muerta, a escuchar lo que
tenían que decir quienes bajo alcohol soltaban la lengua sin pedir
permiso a nadie.

Hubo amigos y familiares que cumplieron injusta prisión por hacer
críticas “no constructivas” sobre el proceso que ellos consideraban
extorsionador, porque las pedigüeñerías constantes al obrero común
subían la parada, y las valoraciones sobre la marcha “del proceso” no
siempre eran bien recibidas. Algunos de aquellos infelices, convertidos
luego en “ex presos políticos” justo por expresarse cuales sujetos
libres, emigraron del país, decepcionados con el sistema que con ahínco
contribuyeron a forjar, convertidos pues, para toda la eternidad, en
enemigos a muerte del socialismo castrista.

El taller de mi madre sirvió para que las federadas exaltadas cosieran a
la carrera los millones de bolsitas de negro polietileno que se
reclamaban para el nunca germinado “Cordón Cafetalero” (de café caturra)
que circunvalaría La Habana. Ello, por orden del aventurero caprichoso y
comandante de todo lo divino. Menos mal que para desecar la Ciénaga de
Zapata —otro de sus tantos delirios— no hizo falta empantanar a más
gente comprometida y fidelísima. Máxime que era “turba” exportable lo
que se buscaba en el subsuelo.

Pero cuando en 1963 el ciclón Flora asoló al oriente cubano, se armó
espontáneamente una recogida extra de ropas, calzados, medicinas y
alimentos para socorrer a aquellas zonas desconocidas y malhadadas. Fue
el acto masivo más altruista visto que todavía me conmueve.

Guardo en mi memoria infantil la solidaridad vecinal que entonces
distinguía a la clase trabajadora de Cuba. No solo en los pequeños
pueblos, adonde la revolución llegó repartiendo bondades y haciendo
estragos que los demás justificaron como necesarios, sino en el país
entero. Nunca comprendimos que era deber del Estado auxiliar al soberano
cuando caía en desgracia, así que preferimos mirarlo como abnegación de
los mandantes.

Las personas próximas del vecindario, solían compartir el platico de
dulce casero por encima de la cerca, y en reciprocidad debían
devolvérselo lleno. Esa costumbre hermosa de convivencia se fue
extraviando a lo largo de los años, y hoy los mismos vecinos se miran
con rencor o desconfianza.

Leyendo ayer sobre las donaciones que —entre otras— el PNUD, el PMA y la
FAO (instituciones cuyo mayor capital proviene de las naciones más
odiadas del primer mundo) han enviado al lejano este cubano post
huracán, me ilusioné creyendo que algo podíamos endosar también los
nacionales. Por dignidad memorística, aunque fuese poco.

Fui a preguntar al Poder Popular si existía oficina o algo parecido
—como antaño— donde depositar recursos que la gente, salvada del meteoro
acá, quisiera donar. Y un mohín despectivo de la recepcionista (no sé si
era empleada fija o guardia administrativa) obtuve por respuesta.

En consecuencia partí, recordando a Cáritas en los trágicos 90s, hasta
una orden de monjas foráneas (porque cubanas nunca he visto) en la
Ermita colindante y entregué unas medicinas excedentes que alguien hubo
mandado desde el exterior para mi madre enferma, convencido de que a
cualquiera, en cualquier parte, servirían. Porque ellas reverencian
sonrientes lo que des, sin cuestionar procedencia o motivación.

Creo que nuestros políticos, excelsos ejemplos de soberbia e inmodestia,
harían bien en aprender de estas congregaciones: dar sin nada esperar,
ni gratitudes.

No voy a soñar con aportar dineros, porque no tengo, y pocos podrían
desprenderse de su breve dote, pero estoy seguro que a los nuevos ricos
nacionales, y hasta los herederos de la estirpe gobernante que en muchos
lugares del globo ostentan fortuna, si existieran movilización e
información adecuadas, fibras sensibles de sus muy duras corazas se
pulsarían.

Tristes argumentos giran sobre mi cabeza para digerir tanta indolencia.
La corrupción, más la falta de transparencia, han construido una
catedral a la deshonestidad galopante que, como mal de males, contamina.
Las instituciones no se atreven a organizar fraternidades desde la
población, porque tienen la certeza de que perderán —como en casi todo—
el control de lo recaudado, y terminarán llenando estrados y fiscalías
de delincuentes y hasta de ellas mismas.

Porque muy poco de lo conseguido (si no existen garantías de entrega)
llegará a manos de damnificados.

Si se autorizara una encuesta para saber qué pasó con los millonarios
donativos del fenómeno Sandy en Santiago de Cuba en 2008, entre los que
aún aúllan su migaja, entenderíamos por qué Guantánamo no puede ser de
ningún modo la excepción.

Source: Quise donar… ¿pero cómo? | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/quise-donar-pero-como/

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