Corrupción – Cuba – Corruption
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Las dos Cubas

Las dos Cubas
ELISABET SABARTÉS | La Habana | 11 de Enero de 2017 – 08:53 CET.

Yardiel y Osmani conversan en el asiento delantero del viejo Chevrolet
azul cobalto que avanza a trompicones por una estrecha carretera entre
plantíos infinitos de caña madura. Ponderan las ventajas y los
inconvenientes de la lucha por la subsistencia en la capital y en el
campo. Lo bueno y lo malo de la gran ciudad, sometida ahora a una
creciente presión migratoria por la llegada de miles de provincianos en
busca de oportunidades, y de la Cuba rural, cercada por el subdesarrollo.

No llegan a ninguna conclusión: cada quien prefiere lo suyo, aunque los
dos se ponen de acuerdo cuando el palabreo deriva hacia las grandes
lacras del “sistema” que les impiden progresar: sueldos miserables,
impuestos altísimos, falta de internet libre y corrupción generalizada.

Yardiel, habanero de 23 años y chófer de taxi privado, se queda
pensativo al volante, observando a los trabajadores de un pelotón de
zafra que descansan en un carromato destartalado después del almuerzo.
La temporada de cosecha arrancó hace pocas semanas en estas tierras de
Ciego de Ávila, agobiadas por una sequía pertinaz.

Osmani, que nació en la comarca hace 30 años y practica el pluriempleo
como mecánico electricista y técnico de laboratorio en un policlínico
local, atribuye la falta de lluvia al cambio climático. Vive en un
municipio cercano, donde funciona un central azucarero que se salvó del
cierre masivo de plantas de molienda organizado por el régimen a partir
del 2002 para “reestructurar” la industria y elevar su rendimiento. Como
muchos otros planes económicos del socialismo tropical, ese también
fracasó y Cuba —que antes de la revolución era uno de los mayores
productores de azúcar del mundo— el año pasado solo fabricó 1,6 millones
de toneladas de refinado, menos de lo que logró en 1912.

La enorme columna de humo blanco y espeso que exhala la chimenea del
ingenio surca en horizontal la inmensidad del cielo hasta perderse de
vista. El aroma del vapor, dulzón y ahumado, impregna el aire cargado de
bagacillo, una bruma imperceptible de partículas de fibra de caña que
cae sobre la pequeña ciudad durante la molienda. Día y noche.

Desde que la fábrica fue construida en el año 1916, todo allí gira en
torno al azúcar. Aunque la crisis del sector —una de las principales
fuentes de ingresos para la economía nacional, después de la exportación
de médicos, el turismo y las remesas familiares— ha traído fuertes
recortes de personal. Hace un año, el ingenio prescindió del 30% de sus
trabajadores y, de los cuatro turnos de ocho horas que daban continuidad
a la producción, se pasó a tres tandas de doce horas.

“Yo no estuve de acuerdo, lo dije en la asamblea, pero aquí nadie se
queja”, masculla Oldanier, un empleado, entre vahos de aguardiente
extremo, mientras juega a los dados con Usniel, un vecino que trabaja en
los servicios de mantenimiento municipal. Los dos viven en las
cuarterías que circundan la fábrica, hileras de habitáculos adosados de
cuatro por cuatro metros, sin agua corriente por falta de grifos en
baños y cocinas, pero que el Gobierno entregó como obra terminada.

Los despidos en la central dejaron a decenas de empleados en la calle,
que han pasado a formar parte de la legión de cuentapropistasque se
buscan la vida fuera de la nómina del Estado. “Aquí no es como en La
Habana, tenemos pocos negocios independientes porque hay mucha escasez
de productos y los que se encuentran son carísimos”, explica Osmani.

A diferencia de la capital, donde abunda el mercado negro en divisas, en
el campo cubano la oferta para el consumo es limitada. En cambio, el
acceso a los artículos básicos no regulados —los que nos están en la
exigua lista de víveres de la libreta de racionamiento— es más fácil y
económico. Por la proximidad a la tierra y a los campesinos que la
trabajan en usufructo y venden en el mercado libre parte de su
producción, una vez han cumplido el volumen de entrega pactado con el
Estado. Aunque la mayoría se salta la regla, igual que los precios
máximos de venta, porque no tienen otra forma de cubrir gastos.

“Si el inspector te coge, hay que darle un menudo por abajo. Lo mismo
pasa con los taxis. Aquí tenemos cincuenta carros que se dedican a eso y
solo uno con licencia”, dice Carlos, agricultor por cuenta propia, con
más de 15 hectáreas sin sembrar por falta de agua.

“He sido revolucionario toda mi vida, he cumplido con ellos, pero ahora
que necesito que lleven una línea eléctrica hasta la turbina de mi pozo
para poder regar, pretenden cobrarme 6.000 CUC. Aquí falta de todo:
fertilizantes, fumigaciones, repuestos… Nos entregan una tercera parte
de los insumos necesarios. Trabajamos con yuntas de bueyes y tractores
MZT soviéticos de los años 60 porque no se nos permite importar nuevos.
Ya no se puede ser más ovejita, hay que defender lo de uno”, se explaya.

Yardiel, el joven taxista habanero, escucha y asiente. “Estos son los
logros del compañero que se acaba de morir”, ironiza, sin mentar a Fidel
Castro. Tampoco se asombra de que en las calles de la pequeña ciudad
provinciana escaseen los automóviles y que en su lugar circulen carros
tirados por caballos, bicicletas y alguna que otra moto china. Conoce el
campo porque se crió en un pueblo de oriente, pero emigró de niño a la
capital con su madre recién divorciada.

Igual que lo hacen ahora decenas de miles de cubanos del este del país
que llegan a La Habana huyendo de la miseria o buscando la forma más
rápida de irse al extranjero, el mayor anhelo de una gran parte de los
jóvenes de la Isla. Muchos de ellos, ciudadanos ilegales en su propio país.

En Cuba no hay libertad de tránsito y está prohibido desplazarse de una
provincia a otra sin un permiso especial de la autoridad, previa
demostración de que se cuenta con un domicilio en el lugar de destino o
con alguien que se compromete a hospedar al recién llegado. La mayoría
de los inmigrados no cumple con ninguno de los requisitos y se instala
en los barrios periféricos de La Habana, donde el control policial es
más laxo que en las áreas rurales. La ciudad, además, les ofrece un
abanico de oportunidades mucho más amplio que la provincia. Allí, pueden
emplearse en algún negocio de la incipiente clase media urbana o
conectarse a los dólares del turismo —un sector minúsculo en la zona
oriental— y a sus actividades colaterales, como el trapicheo de
cualquier alijo, la prostitución o la venta de drogas. En las calles más
transitadas de la capital, los dealers ofrecen ya abiertamente su
mercancía: un gramo de cocaína por 120 CUC y una bolsita de marihuana
por 30 CUC.

El aluvión —que según estimaciones no oficiales habría disparado la
población de la capital hasta cerca de los tres millones de habitantes—
es joven, pobre y, casi siempre, de raza negra.

Su llegada en masa en los arrabales de la ciudad está provocando
tensiones sociales y brotes de delincuencia, que el régimen se empeña en
ocultar. Casos como el que sucedió en pleno duelo por la muerte de Fidel
Castro en el barrio de El Cerro, cuando tres sujetos armados con
pistolas entraron de noche en una bodega estatal de alimentos, ataron al
vigilante con un cable eléctrico y se llevaron todo lo que pudieron. Los
medios oficiales obviaron el incidente, pero la gente del lugar lo
comentaba alarmada.

“En los barrios hay de todo. Drogas, armas, mercancía robada… lo que
quieras”, asegura Yardiel, que vive en La Lisa, uno de los focos rojos
de La Habana. Dice que en el campo siente mayor seguridad, aunque se
inquieta por el férreo control social que el régimen aplica en la Cuba
profunda, al enterarse de que la policía municipal ha llamado a cuentas
al propietario de la habitación donde se hospeda un periodista.

También le fastidia que en la pequeña ciudad azucarera no haya un solo
espacio público de conexión wifi, mientras en la capital ya son más de
30. Esa misma frustración siente Osmani, el mecánico, que se informa a
través del Paquetesemanal y su terabyte de material digital vendido en
el mercado clandestino y repleto de series de televisión, películas,
reality­show, documentales y aplicaciones pirateadas.

En cambio, valora la tranquilidad de la provincia. “Aquí no hay asaltos,
el peor delito es robar o matar una res. Si te agarran, te puede caer
más cárcel que por asesinar a una persona”, explica. Y en efecto, el
“hurto o sacrificio de ganado mayor”, como dice la ley, es penado con
hasta 20 años de prisión.

Fuera de esa transgresión, ni Yardiel ni Osmani dudan un segundo en
abrazar la ilegalidad y llenar el tanque del Chevrolet azul con diesel
estafado a alguna empresa oficial de transporte, que se vende a mitad de
precio gracias a una intrincada cadena de corrupción que involucra a
miles de personas en todo el país.

La Habana, donde escasea el combustible, está a casi 500 kilómetros.
Ellos argumentan: “Ya tú sabes…, el Gobierno hace como que nos paga y
nosotros hacemos como que trabajamos. Por eso todos los cubanos le
robamos al Estado. Aquí eso no es un delito, es una necesidad”.

Este reportaje fue publicado originalmente en el periódico La
Vanguardia. Se reproduce con autorización de la autora.

Source: Las dos Cubas | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1483439806_27836.html

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