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Empresarios criollos en el país del invento

Empresarios criollos en el país del invento
“Todo lo que usamos viene de los basureros. Lo traen los buzos”
Miércoles, febrero 1, 2017 | Ernesto Pérez Chang

LA HABANA, Cuba.- Cuando Marcos enciende los artefactos, en el barrio no
se escucha otra cosa que no sea el ruido ensordecedor de su peculiar
Centro de Producción. Algunos vecinos cierran puertas y ventanas no solo
para menguar las molestias sonoras sino porque saben que, detrás de ese
sonido, llegan fuertes olores a barnices, aguarrás y a plástico quemado,
también densas nubes de polvo de barro, yeso y vidrio.

Pero a muy pocos les molesta que Marcos encienda sus artilugios incluso
antes de la salida del sol o que, en ocasiones, los apague más allá de
la medianoche. Tanto el ruido como las polvaredas, aunque se pudiera
sospechar que sean la causa de un posible aumento de los casos de
diversas enfermedades en esa pequeña localidad en las afueras de La
Habana, les proporciona a muchos de sus habitantes un empleo bastante
seguro y, hasta cierto punto, bien remunerado.

Marcos quisiera poder comprar otras máquinas más modernas o tener
suficiente capital para proveer a sus trabajadores los medios de
seguridad requeridos y poder cuidar del entorno pero, según él, es
imposible. Todo cuanto existe en su fábrica improvisada, la cual ha
levantado en el patio de su vivienda, lo ha conseguido en vertederos o
como resultado del desguace de talleres estatales abandonados:

“Nadie me dio las máquinas. Ninguna es original. La moledora de plástico
la armó mi cuñado con piezas que le trajeron del vertedero. Una de las
cuchillas es un molino de hace más de cien años y el cajón es una bala
de gas vieja. (…) la pulidora la armamos con un motor que recuperamos de
un taller. Todo es inventado, aquí no hay nada comprado en una tienda.
Es que no hay tiendas para eso, ni tampoco puedes traerlos de afuera
(del extranjero). Todo esto ha sido armado a pulmón”, asegura Marcos.

En el taller de Marcos toda la familia trabaja para echar para adelante
un negocio que da empleo a más de treinta personas. Los ancianos y los
niños pulen y pintan las piezas cuando salen del horno o de los moldes;
las mujeres alimentan las trituradoras o acomodan los productos en las
cajas. Los hombres se encargan de los trabajos más fuertes. Cargan los
sacos de la materia prima que usan, funden el plástico y el plomo y,
cuando hace falta, escarban en los basurales cercanos en busca de cuanto
desecho pueda ser transformado en un objeto vendible, sobre todo en
adornos baratos para los hogares o en suvenires para los extranjeros que
visitan la isla:

“Aquí trabaja todo el mundo. Mi sueño es tener algún día una fábrica de
verdad. Una fábrica con los apellidos de mi familia, algo que pueda
heredar a mis nietos y que ellos se sientan orgullosos de sus padres”,
dice Yania, la esposa de Marcos.

Ella fue la que avivó la idea de fundar el taller cuando su esposo salió
de la cárcel y no encontraba un buen trabajo. Un primo les habló de lo
bueno del negocio y, como tenían un patio amplio en un barrio apartado y
con gente necesitada de trabajo, decidieron lanzarse a la aventura del
“cuentapropismo”.

“Es difícil. Muy difícil porque hay pocas cosas a favor”, comenta Yania
cuando le pregunto si reciben apoyo estatal para el desarrollo de la
empresa: “Todo consiste en pagar impuestos y ya. También jugarle cabeza
al Estado porque siempre están listos para cerrarte el negocio. Yo he
trabajado para el Estado y te digo que con nosotros son más extremistas
que con ellos mismos. A las empresas del Estado se les perdona todo
aunque no produzcan nada, a nosotros nos llevan contra la pared. Aun así
se sobrevive porque este es el país del invento (…). De todo tenemos que
encargarnos nosotros. Comprar la pintura, el yeso, las botellas,
mantener las máquinas y rezar porque no se rompan porque no hay manera
de buscar otra que no sea buscando por ahí, inventando”.

La fábrica de Marcos y Yania no es única. En otro barrio cercano,
también estratégicamente apartado, hay otras “empresas privadas” que dan
empleo a decenas de personas que pudieran quedar en una situación
económica difícil de no existir tales opciones de trabajo.

Daniel y Abel también viven de transformar desechos en productos
vendibles. Han levantado una fabriquita en la finca de ambos siguiendo
una estrategia similar a la de Yania y Marcos. Al igual que ellos, no
han tenido apoyo estatal para crecer como verdaderos empresarios.

“Sería bueno un poco de apoyo”, opina Abel: “Solo queremos modernizar el
taller, arreglar las cosas que siempre nos señalan los inspectores y que
no debían hacerlo porque ellos saben que aquí en Cuba nada funciona como
debe ser. A los cuentapropistas quieren exigirnos como si nosotros
fuésemos magos. El gobierno dice: ´hay que producir´, ´hay que tener
iniciativa´ pero ya, todo se queda en palabras. Yo produzco, tengo
iniciativas y qué hago con eso solo. Se necesitan recursos y ¿dónde los
busco?”.

Frente a la fábrica de Daniel y Abel, construida en lo que fuera un
corral de cría de aves, todas las mañanas se congregan los llamados
“buzos”, hombres y mujeres de esos que escarban en los basurales en
busca de objetos reciclables. Daniel es el encargado de comprarles
aquellas cosas que luego usan como materia prima para la fabricación de
pozuelos, escobas, adornos, piezas de fontanería.

“Todo lo que usamos viene de los basureros. Lo traen los buzos”, comenta
Daniel: “Si nosotros pudiéramos crecer como empresa, miles de personas
se beneficiarían. Nosotros solo podemos comprar una parte de los que nos
traen. Aunque por aquí mismo hay otros talleres. (…) Mira, eso es algo
que el Estado no quiere ver. Nosotros producimos cosas que el gobierno
no produce, ¿no crees que sería bueno para el gobierno ayudarnos,
apoyarnos? Es como si no les importara. Cuando se trata de gastar dinero
meten la cabeza bajo la tierra como el avestruz, por eso estamos así”.

Daniel y Abel emplean a unos veinte trabajadores en el taller. No
obstante, desde su fundación hace ya unos dos años han pasado por allí
unas cien personas, lo cual nos hace dudar sobre los beneficios que reciben.

“Pagamos relativamente bien, más que el Estado, tratamos de resolver un
problema, pero es que no podemos producir todo el año. Más del cuarenta
por ciento de las ganancias se nos van en salarios. Eso es mucho y no
tenemos condiciones para hacerlo. (…) Contratamos gente y cuando vienen
los periodos de baja, tenemos que cerrar. A veces se te encarnan los
inspectores y si no tranzas con ellos te cierran y son días y días sin
producir. Te acorralan. Además, aunque todo marche bien, no puedes
asegurar vacaciones, no puedes pagar certificados médicos, no puedes
cubrir los accidentes laborales y así una serie de cosas que son causa
de ese desamparo que sufrimos los cuentapropistas. (…) Visto desde
afuera, sin analizar la situación real, te ven como un explotador, un
tipo inhumano, pero no tienen en cuenta que esto es sangreado, esto
funciona a sangre y fuego y con el miedo a que vengan y te cierren el
negocio sin más ni más”, afirma Daniel.

Cuando se habla del sector privado en Cuba se pudiera pensar en
realidades muy diferentes de las que vive la mayor parte de los
emprendedores de la isla o, sencillamente, circunscribir las más
favorables opiniones a ese espejismo creado por las experiencias de
políticos y celebridades foráneas cuando comen, beben y celebran en
restaurantes, clubes y casas de renta que, en su mayoría, han sido
financiadas por el capital foráneo o por la corrupción interna y, por
tanto, no dan cuenta de la otra cara de un ilusorio doblón de oro.

Source: Empresarios criollos en el país del invento | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/empresarios-criollos-en-el-pais-del-invento/

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