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Odebrecht y la revolución de la honradez

Odebrecht y la revolución de la honradez
CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 12 de Febrero de 2017 – 10:17 CET.

Parece que el siglo XXI no será el de otro socialismo trasnochado, como
pretendían algunos descerebrados empedernidos, sino el de la honradez,
compañera imprescindible de la democracia liberal.

Me explico.

Odebrecht es el nombre de la mayor compañía de construcción de América
Latina y una de las más eficientes. Lo novedoso no es que pagara
sobornos millonarios en toda América, una práctica endémica en nuestra
cultura, sino que ese delito se convirtiera en un escándalo
internacional y llevara a la cárcel a decenas de funcionarios corruptos
y a los directivos que aportaban las coimas. Eso es rarísimo.

Lo extraño es que el ingeniero Marcelo Odebrecht, heredero y cabeza de
una empresa brasileña con 167.000 trabajadores, que opera en 60 países,
acabara tras la reja condenado a 19 años de cárcel por haber hecho
negocios fraudulentos, muchos de ellos vinculados a las trampas
cometidas en la asignación de los contratos de Petrobras, el gigante
petrolero de su país.

Odebrecht repartió dinero profusamente “bajo la mesa”. En su país, en
época de Lula da Silva y Dilma Rousseff, 349 millones. En la Venezuela
de Chávez, 98. En la Argentina de los Kirchner, 35. En el Ecuador de
Rafael Correa, 33 (más que los “socialistas del siglo XXI” son los
peores pillos del siglo XXI). En Panamá, 59. En República Dominicana,
92, en Perú, 29. En Guatemala, 18. En Colombia 11 y en México algo más
de 10.

El total es de casi 800 millones de dólares entregados en sobornos a
cambio de miles de millones de dólares adjudicados a la compañía por
medio de contratos amañados. Coimas por las que la empresa ha aceptado
pagar una multa en EEUU de 3.500 millones, de los cuales casi un tercio
corresponden a Braskem S.A., una enorme filial de Odebrecht dedicada a
la petroquímica.

¿Por qué Marcelo Odebrecht y otros ejecutivos revelaron sus delitos?
Porque hace unos años se aprobó una ley en Brasil que rebajaba las penas
de los condenados si colaboraban con la justicia. No fue un súbito
ataque de mala (o buena) conciencia, sino una maniobra legal para salir
del infierno de las cárceles brasileñas.

De alguna manera, esta violenta sacudida ha venido en auxilio de la
vapuleada democracia liberal. La idea de que todos somos iguales ante
las leyes presupone que todos estamos obligados a cumplirlas, y no hay
duda de que en las tres cuartas partes del planeta, incluida casi toda
América Latina, ese principio no se respeta.

La impunidad con que los políticos electos o los funcionarios de más
alto rango violan la ley y se convierten en millonarios, tiene al menos
dos efectos devastadores en la ciudadanía. Por una punta, genera una
atmósfera de cinismo total ante un método de gobierno que postula la
sujeción a la ley, pero los políticos y funcionarios que lo administran
practican lo contrario. Y por la otra, provoca la imitación en cascada
de la corrupción. “Si mi jefe se enriquece ilegalmente con estos
negocietes, ¿por qué yo no voy a hacer lo mismo?”.

Muchos funcionarios menores, tras las huellas del mal ejemplo de sus
superiores, venden los trámites a su cargo: los burócratas cobran por
gestionar asuntos que deberían ser gratis, o por agilizar pagos
legítimos; los policías negocian las multas, revenden la cocaína
confiscada o se colocan discretamente en las nóminas de las mafias, y
así hasta el infinito.

¿Cómo extrañarse de que la mitad de la policía mexicana —250.000
personas— fuera corrupta cuando la casi totalidad de la jerarquía
política de ese país incurría en hechos parecidos, pero mucho más
costosos, que afectaban a una sociedad desmoralizada que acaba pechando
con el sobreprecio?

Hace años, el hermano de un notable político español acusado de un
delito de tráfico de influencias se hizo famoso con una frase reveladora
que obtuvo la benévola comprensión de la sociedad: “Qué pasa, ¿es que
siempre van a robar los mismos?”, dijo. El problema más grave de que
roben algunos impunemente es que acaba robando todo el que puede.

Uno de los mejores pensadores norteamericanos contemporáneos, Douglass
North, muerto en 2015, Premio Nobel de Economía (1983) por haber
demostrado la relación entre el funcionamiento de las instituciones de
Derecho y la prosperidad, en uno de sus últimos ensayos explicó que las
naciones podían dividirse en dos grupos, uno de “acceso abierto”,
relativamente pequeño, y el otro, mucho mayor, de “acceso limitado”.

Las de acceso abierto, encabezadas por EEUU y seguidas paulatinamente
por las 25 más exitosas, fundamentaban su funcionamiento y el éxito de
los individuos en la meritocracia, el mercado y la sujeción a la ley.
Las de acceso limitado, en los contactos personales y la violación de
las reglas. De ahí las diferencias en los resultados entre unas y otras.

En las de acceso abierto, a la mayor parte de las personas no les
molesta que Bill Gates o Warren Buffett se hayan hecho inmensamente
ricos operando dentro de las normas, pero no toleran que un sujeto se
beneficie de las ventajas del sistema y se enriquezca haciendo trampas.
Esto no quiere decir que no haya bribones, sino que se les combate y
desprecia.

En las de acceso limitado “quien tiene padrinos se bautiza”. En ellas se
comete todo género de tropelías e inmundicias en medio de sociedades
encharcadas en la corrupción y anestesiadas por la impunidad con que
operan los “triunfadores” elegidos por el poder político, perpetuando el
círculo vicioso de empresarios que se enriquecen comprando políticos y
viceversa.

Esto es lo que está cambiando ante nuestros ojos. Muchas sociedades
están mudando la piel y en medio de grandes escándalos pasan a
trompicones del acceso limitado al abierto, espoleadas por jueces probos
dispuestos a limpiar la sentina, caiga quien caiga.

La gran revolución del siglo XXI es la de la honradez. Poco a poco el
relato y la práctica se irán acercando. Tomará cierto tiempo, pero
sucederá. Ya está ocurriendo.

Source: Odebrecht y la revolución de la honradez | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1486846021_28868.html

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