Corrupción – Cuba – Corruption
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Desolación en La Isla del Coco

Desolación en La Isla del Coco
FRANK CORREA | La Habana | 8 de Marzo de 2017 – 08:40 CET.

El parque de diversiones habanero Coney Island fue en su momento una de
las atracciones más famosas de América Latina. Estaba situado en una
zona muy céntrica, Quinta Avenida, y abarcaba un extenso territorio
desde la playa La Concha hasta el Fruticuba de la calle 112. Frente al
Coney Island se erigían nada menos que el Rumba Palace, La Cocinita,
el Mare Aperto y el restaurante Himalaya, que vendían todo tipo de
comidas. Y en la acera abundaban los carritos de fritas y existían
muchas fondas y bares en los alrededores, que le daban a la zona un
aspecto cosmopolita.

Eran famosas las celebridades que venían al Coney Island, extranjeros y
de toda Cuba que pasaban por allí y quedaban maravillados por la Casa de
los Cristales, la Mujer de 500 Libras, o la gran Montaña Rusa. El parque
de diversiones se volvió con el tiempo un lugar importante de
distracción, de encuentro, de citas. Pero con el triunfo de la
revolución desapareció el comercio particular y el Estado sumió a la
zona en un largo inmovilismo.

El barrio donde estaba situado el parque, llamado Romerillo, se
empobreció y aunque durante algunos años más el Coney continuó por
inercia siendo sitio de preferencia de los provincianos que visitaban La
Habana y de los habaneros, el tiempo y el socialismo se encargaron del
resto. Poco a poco se fueron destruyendo los aparatos, las
instalaciones; finalmente cerraron el parque y aquello se convirtió en
pasto del olvido.

Por más de 20 años, el sitio paradigmático del desarrollo urbano de la
década del 50 fue un gran solar yermo, pero en 2000 el Gobierno
suscribió un convenio para que la inversión china instalara un parque de
diversiones de 20 aparatos. El antiguo Coney Island fue bautizado
entonces como La Isla del Coco, y en muy poco tiempo la mala
administración y el fantasma de la inoperancia han convertido a este
nuevo parque en un verdadero páramo.

En una reciente visita podía constatarse la escasa asistencia de
público, aun siendo sábado. Solo tres familias visitaban el parque.
Habían seis niños, que llegaron a conocerse, incluso a intimar, porque
eran los únicos que montaban y volvían a montar los mismos cinco
aparatos que quedan con vida en el parque.

Aunque la jornada laboral ya había terminado, las empleadas encargadas
de accionar los aparatos continuaban brindando servicio. “Para ver si
ganamos un poco más con el cobro sin ticket de las vueltas”, confiesa
Elsa, que trabaja en las Sillas Voladoras.

Javier, encargado del aparato llamado El Dragón del Amor, uno de los
pocos sobrevivientes de la debacle del parque, dice que los trabajadores
han escrito al Poder Popular y al Partido, pero el parque cada vez está
peor. Nadie ha hecho nada.

En cambio Gisela, empleada del Carrusel, con el rostro sumamente agotado
por una jornada laboral larga, da otra vuelta a los seis niños mientras
cuenta que a veces pasa ocho horas en su puesto de trabajo para dar
servicio a dos niños en todo el día.

“Este parque pertenece a la empresa Recreatur”, dice. “El director está
preso y el subdirector está bajo medida cautelar. Aquí la corrupción ha
sido muy grande. Mira cuántos aparatos rotos: El Barco Pirata, el Pulpo,
Los Platillos Voladores, El Elefante, La Montaña Rusa… Viene muy poca
gente al parque, pero además, ¿para qué? ¿A montar cinco aparatos y sin
nada que comer? Javier puede contarte más, es el secretario del sindicato.”

“Sindicato ficticio”, dice Javier. “Aquí esto es desolación y mentiras,
nada más. El salario de los que trabajamos con el público son 250 pesos,
tal vez uno de los más bajos del país, mientras que los de la brigada de
mantenimiento ganan miles… y pregúntate tú, ¿qué arreglan? El Elefante
está parado por una pieza desde hace dos años. Ya trajeron la pieza,
ahora hay que esperar que venga el especialista chino a ponerla. Al
Pulpo se le pudrieron las patas y es un aparato que ya no tiene arreglo.
Y la Montaña Rusa se ha convertido en un dinosaurio en exposición… Lo
mejor de la recaudación del parque se lo llevan los cuentapropistas, con
sus variedades. Pero nosotros, los del parque, tenemos que esforzarnos
por una supuesta prima, que nunca llega.”

Ernesto, que es el custodio más viejo del parque y pariente de El Chori,
legendario personaje del antiguo Coney Island, tiene una teoría jocosa
sobre la ruina del parque y dice que es muy probable que por ser Quinta
Avenida la “vía expedita del Comandante en Jefe”, decidieron suprimir en
el camino el riesgo de un parque de diversiones con niños alebrestados y
payasos.

Source: Desolación en La Isla del Coco | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1488928005_29481.html

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